Archivo Revista de Libros

Apenas me despierto

A mí me ocurre cada día, tal y como decía Chesterton que le pasaba a Dickens: que a la mañana siguiente de una noche de pesadilla me siento de nuevo lo suficientemente bien como para enfermar de nuevo y, así, inopinadamente, las ruedas de la gran factoría siguen marchando. Por las mañanas revivo de puro mal que me despierto y lentamente avanzo, mientras garrapateo, hacia un saludable optimismo que dura un suspiro. La amenaza puntualmente cumplida del dolor que llegará me asegura unas pocas horas de esparcimiento: horas de manga muy ancha, para entendernos. Pero la verdadera razón de este sobreponerse, más propio de sobrehumanos animales que de melancólicos seres lingüísticos, se debe en realidad a un hecho fortuito, y es que aprendí a madrugar apenas comencé a vivir en el campo, un saber que domino a la perfección como todo lo que se aprende a la pata la llana. 

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Blanco tirando a rojo

Nunca encanece a gusto de todos. Es más, a quien encanece temprano Dios no le echa una mano. Este es un argumento que definitivamente lastra toda discusión al respecto, porque, aunque es arduo de probar, siempre resulta engorroso poner en evidencia al mismísimo Padre Eterno, que bastante tiene él ya con su dosis de abstracción, empezando por la láctea pelambrera y acabando por esa barba lustrosa y nacarada que se confunde con un entorno de nubes o edredón de plumas, capaz de amortiguar las súplicas del más avezado beato. En fin, creo estar en disposición de asegurar que Dios
no se hace cargo de nuestras canas; de ellas tampoco. No, a él, como a todos los intemporales estetas, las canas le parecen una solemne tontería humana, una birria intempestiva, una demostración de que somos criaturas eminentemente perecederas y dolientes, solitarias.

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Casas que nunca fueron nuestras

Desde la primavera –que en el levante español es tan colorista y embriagadora que parece darte la bienvenida a ti en especial y, en cada nueva ocasión, como si quisiera atraer y cautivar de uno en uno a todo ingenuo e ignorante que se le viene al paso– de 1994 hasta el otoño de 2004 viví en casas de campo, alquiladas por muy poco dinero y con mucha alegre incompetencia, junto a mi marido y nuestros perros. Él iba y venía a Madrid para dar sus clases y yo permanecía allí por afán contemplativo y porque tenía un trabajo que no necesitaba mi presencia en la ciudad. Esto me enfrentó a largos períodos de soledad, pero ahora no los recuerdo tristes, sino gozosos, aunque con toda certeza tuvieron que tener sus momentos de desconsuelo, ¡faltaría más! Madrid, donde vivíamos casi sin pensar, se vació dramáticamente de amigos a principios de los noventa. Volvías a los bares habituales y la barra estaba desierta.

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¡Ah de la infancia, nadie me responde!

A menudo pienso en los niños. Sí, pienso mucho en esa fuente de vigor y rebeldía, gratuita y transitoria, y ello seguramente se debe a que no soy una devota y esforzada madre de quintillizos. Pero ese es otro cantar, que ahora me parece menos urgente. Se me ocurre que, de entre los muchos abusos y descuidos que se cometen a sabiendas –¿no saberlo hubiera sido mejor?– contra las indefensas criaturas, figura uno que no tiene perdón: a los niños se les echa a «la vida misma» como si no hubiese otra posibilidad. Les adjudicamos de entrada y sin consultarles una ilimitada capacidad de ensoñación; una inextinguible fuerza nativa, aún por doblegar, y creemos que su percepción melancólica –por interrogativa– de la realidad circundante, y hasta mareante, permanecerá intacta incluso en este despiadado mundo virtual de adultos infantilizados en el que hemos impuesto una especie de inmortal y birrioso «Pacto de las Imágenes»; una Rendición de Breda, pero sin lanzas ni caballos; sin emoción alguna. ¿Cómo podrán resistirse a ella? ¿Cómo se las arreglarán para vivir al margen de su hechizo abrasador?

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El canto de un duro

Víctor Gómez Pin, quien últimamente se hacía llamar Demetrio –a mí que no me venga con ésas después de tantos años envidiándole un nombre con resonancias de Edgar Allan Poe y cadencia chulesca–, llamaba, con su habitual retranca, al viejo y admirado amigo Agustín García Calvo, «Augusto», y no sólo por sus patillas de comodoro y la voz campanuda, sino más bien por esa máscara triste y pálida que voluntariamente había montado él sobre su rostro; máscara de payaso elegantón y plateado, ampuloso y terrible, antifaz teatral de tragedia griega, enmarcado por unas patillas decimonónicas que remataba lo que parecía ser una corona de cabello cano y rizado. El resultado era totalmente insólito, abrasador, antiguo. Gigante y cabezudo a la vez, no había quien le quitara la vista de encima.

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Si no te ofendes es porque no quieres

Cincuentona. Jaquetona. Culona. Al acercarme a mi quincuagésimo séptimo cumpleaños me ha dado por calibrar el alcance de ciertas adjetivaciones que, siempre tomando en cuenta la edad de una mujer, no son ni muchísimo menos inocentes: ¡vamos, que las carga el diablo! Vean si no esta progresión ineluctable, por eufónica más que nada, y en ritmo creciente ofensivo, que les propongo arriba y que paso a desentrañar.

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Tristísimas

«Natura maxime miranda in minimis», correctamente traducido, viene a significar «la naturaleza es digna de admiración sobre todo en las cosas pequeñas» y algunos naturalistas del siglo XIX han aplicado este lema clásico al colibrí por ser una de las más grandes maravillas del mundo minúsculo; su casi invisible plumaje recibe y fracciona la luz con tal fuerza y variedad cromática que en Perú, uno de esos pueblos que habla el castellano con precisa belleza, llaman a esas plumas incomparables «cabellos del sol».

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Almohadillas y escabeles

Noto que en estos últimos días me voy deslizando, no por el terraplén de los tercetos encadenados, ¡quién pudiera!, sino por el de los comentarios sobre la actualidad política. No diré que la amargura que esta actualidad provoca no sea algo vital, pero su aspecto es poco serio y, desde luego, nada entretenido. Así que hoy vuelvo a lo mío, que tiene la ventaja de que puede ser, en cualquier caso, lo vuestro: la intimidad.

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Hablar por hablar

Según el mayor oreja del reino, ese tenor ligero que nunca ha ocultado su nostalgia por otros tiempos más amordazados (no repetiré su nombre propio ahora porque da lo mismo y todos los que temen perder sus privilegios dicen de una u otra manera las mismas gansadas), es «un disparate« que los medios de información nos den cuenta ad nauseam de los encontronazos callejeros entre los manifestantes y los cuerpos de ¿seguridad del Estado?, porque eso sólo serviría para alentar más a los descontentos.

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El corro de los vivos

Decía mi buen amigo, el vivo «póstumo» José Bergamín, utilizando la jerga taurina que también a él llegó a cansarle del todo, y mientras se echaba al coleto un «sol y sombra» (mitad anís y mitad coñac), que cuando muriese no quería «ronda de peones». Ahora que leía La vida en minúscula, de Alfred Polgar, en un capítulo titulado «Discurso, por desgracia nunca pronunciado, ante la tumba de las víctimas», veo que en él se refiere asimismo a los que rodean al inminente muerto como «el corro más denso de los vivos».

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Palabras para matar el hambre

¿De dónde viene la palabra pancarta? A mí, a bote pronto, y moviendo las sílabas como si fueran fichas –al fin y al cabo, la lengua es juego y fuego fatuo–, a lo que más me recuerda es a «Carpanta», aquel insigne hambriento dibujado por Escobar hacia 1947 para el tebeo Pulgarcito. Eran aquellos pobrísimos años de posguerra una época en la que los niños aún congeniaban con los mendigos y, no contentos con pegar la hebra en la esquina con el primer desharrapado que extendiese la mano, admiraban su estilo indumentario sin reservas, al mismo tiempo que intentaban imitar su modo de hablar, colorido y bravo. 

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Cretinos de ayer y de hoy

En una de las entradas del diario de Leonardo Sciascia titulado Negro sobre negro, que abarca desde finales de los años setenta hasta casi mediados los ochenta del pasado siglo –¡cómo me gusta eso del «pasado siglo», tan disuasorio para los amantes de la hermética actualidad!–, el escritor siciliano anota: «Ahora es difícil no encontrar un cretino que no sea inteligente y un inteligente que no sea cretino; pero los inteligentes nunca han abundado y, por tanto, siempre nos asalta una cierta melancolía, una cierta nostalgia cuando tropezamos con cretinos adulterados y sofisticados. ¡Oh, los estupendos cretinos de antes! Genuinos, integrales. Como el pan hecho en casa. Como el aceite y el vino de los campesinos».

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