Diluvios
Ignoro en qué temprano momento los dioses adoptaron la muy humana costumbre de mentir. O tal vez sea que la mentira estuvo siempre inscrita en su naturaleza, como irrefutable prueba de su condición de criaturas forjadas por la imaginación y la angustia de los hombres. El célebre argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, puesto patas arriba –si Dios, «ese ser del que no se puede concebir nada superior»–, es invención humana, entonces está contaminado por nuestras imperfecciones, es decir, puede ser mentiroso (entre otras cosas), aunque, en todo caso, siga gozando del privilegio de que, más allá de él, no hayamos encontrado (aún) nada superior. El Übermensch nietzscheano, un remedio para ateos melancólicos, sigue siendo poco más que pan voluntarista para hoy y hambre metafísica para mañana.






