El canto de un duro

Víctor Gómez Pin, quien últimamente se hacía llamar Demetrio –a mí que no me venga con ésas después de tantos años envidiándole un nombre con resonancias de Edgar Allan Poe y cadencia chulesca–, llamaba, con su habitual retranca, al viejo y admirado amigo Agustín García Calvo, «Augusto», y no sólo por sus patillas de comodoro y la voz campanuda, sino más bien por esa máscara triste y pálida que voluntariamente había montado él sobre su rostro; máscara de payaso elegantón y plateado, ampuloso y terrible, antifaz teatral de tragedia griega, enmarcado por unas patillas decimonónicas que remataba lo que parecía ser una corona de cabello cano y rizado. El resultado era totalmente insólito, abrasador, antiguo. Gigante y cabezudo a la vez, no había quien le quitara la vista de encima. Así tenía decidido Agustín ir por la empinada y sosa vida, uniformado con foulard hippie y chaleco negro de feriante de ganado, para ponernos a todos en nuestro sitio, y para ponerse a sí mismo en el más peligroso, el de un deus ex machina atrabiliario y astroso. Fui su alumna durante dos años, una vulgar, no de las extasiadas y misteriosas que se amontonaban en el bar La Aurora, donde él desgranaba a los presocráticos como quien come pipas. Venía yo de haber estudiado sin ningún provecho una carrera errática y poco ática de Ciencias de la Información, y pensé, con ánimo entre suicida y narcisista, que las lenguas clásicas, y especialmente las que se impartían en la Complutense, me sacarían del marasmo. Así fue gracias a Agustín. Allí se estudiaba de verdad o, mejor dicho, se aprendían cosas de las que sirven para alegrar tu vida para siempre.

Agustín era ya por entonces una figura, política e intelectualmente, un personaje incendiario en toda regla; un filólogo eminente, un traductor primoroso, un poeta grácil, un editor esmerado. Sus clases estaban lógicamente abarrotadas por personas que esperaban de él «una señal». Dio muchas, pero como era un tipo duro, nunca de compadreo, ni de simpatía. Él no era un hombre simpático, ni falta que le hacía; pensaba por todos nosotros y eso, estoy segura, cansa y tuerce el morro. Pero su alborozo al declamar a Catulo («Miser Catulle, desinas ineptire et quod vides perisse perditum ducas») era contagioso como la risa de los niños y su sentido de la equidad, tan ajustado como he visto pocos. Era, cosa improbable, paciente y zumbón con los demás compañeros. El eminente académico que le antecedía, un viejo prolijo y ceniciento, solía comerse parte del tiempo de clase de Agustín, y cuando al fin le pasaba los trastos, se despedía de nosotros con un desdeñoso y vil: «Bueno, ahí les dejo con el aedo García, el rey del aparato crítico». Y entonces hacía su aparición un refrescante y aplomado Agustín, quien, sí, era el rey del aparato crítico. Para mí, el denostado aparato crítico es un arma incruenta a la que nunca renunciaré: una de las muchas cosas que aprendí del «aedo», y sin esfuerzo. La otra –decisiva– es que, por encima de los conocimientos filológicos, de los compromisos cívicos, incluso por delante de la necesaria juerga, me enseñó a celebrar la lengua común, un verdadero don, el soleado y transparente lugar en alto desde el que todo se divisa y ordena; la palabra, su canto, su verdad y su ensueño. Ese descubrimiento fue para mí un aguijón que perdura, y un conjuro para borrar aquel cruel «la letra con sangre entra» de los tiempos de hierro.

Y, así, fue la música y no la letra, tan engañosa, la que nos llevó a perseguir la verdad y a no fiarnos de ella: dulce música, venturoso acento, valerosa versificación: «Dánosla hoy, y mañana, dánosla más todavía», que decía un buen poeta del hambre. Agustín recitaba con energía y naturalidad, y nos invitaba a hacerlo como quien te ofrece una copa en medio de una fiesta. Un día, para explicarnos la importancia de la frase, que él llamaba «instancia mínima de significado», nos pidió que nos levantásemos de uno en uno y lanzáramos la nuestra. Aquello se prolongó durante horas: nadie quería quedarse sin hablar. Cuando me tocó el turno aventuré un «Víctor Gómez Pin vive en París»; él dio un respingo y siguió, sin comentar nada. Más éxito tuvo, en cambio, la frase de una muchacha latinoamericana, menuda y melosa, que, asistida por su gatuno acento insular, maulló: «Me fassinan las seresas». No, a Agustín ya no es posible dársela con queso: era, ya lo he dicho arriba, un duro y un buen cantor.

A estas alturas de mi vida, reconozco su «mandato» muchas veces. Siempre anda por ahí su carcajada cuando me topo, por ejemplo, a una regordeta pintiparada en su cocina, que responde al nombre de guerra de Pepa de San Lúcar, y que cuando se arranca a cantar, viéndola su marido desgañitarse y afeándoselo, ella contesta: «Es que no sé cantar bajito». También planea sobre mí Agustín cuando leo su traducción de una poesía popular griega que acaba: «Abrir la puerta a la golondrina, abrir, abrir: / que viejos no, no somos: niños somos, sí». O cuando escucho sobrecogida la jota que tan sobriamente canta Javier Echeverría en un bar de Venecia: «Mira si sería guapa, / que hasta el mismo enterrador, / al tiempo de echarle tierra, / tiró la pala y lloró».

Sí, lo oigo muy a menudo y también hoy mientras escribo estas notas, el día de todos los muertos, y me cuentan que él mismo lo está. Lo oigo –decía– tomando aire y expirando canto, y lo cierto es que a Agustín no me lo represento sin resuello, callado y echado, hecho polvo. Sólo el rumor comprobable, el único, de que haya elegido a propósito este día en el que la muerte es común a todos, y no una tragedia personal, me hace pensar que tal vez sí, habrá que hablar de él mucho en adelante, y festejarlo, y leerlo, todo lo que podamos, porque él, tan poco conciliador, nos puso, sin embargo, en la boca la moneda de oro para pasar a la otra orilla: una lengua viva.

Ficha técnica

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