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«Natura maxime miranda in minimis», correctamente traducido, viene a significar «la naturaleza es digna de admiración sobre todo en las cosas pequeñas» y algunos naturalistas del siglo XIX han aplicado este lema clásico al colibrí por ser una de las más grandes maravillas del mundo minúsculo; su casi invisible plumaje recibe y fracciona la luz con tal fuerza y variedad cromática que en Perú, uno de esos pueblos que habla el castellano con precisa belleza, llaman a esas plumas incomparables «cabellos del sol». Pero no nos pongamos estupendos; en casa la verdad es que cortábamos por lo sano y decíamos «maxima miranda in minimis». Este latín pervertido por el uso y abuso lo traducíamos a nuestra entera conveniencia, no sé si amorosa o poética –que una cosa no tendría por qué ser distinta de la otra–, como «lo más admirable es la pequeña Miranda», para honrar así, sin atisbo de exageración, a la criatura más chica que circulaba entre nosotros, nos apuntalaba en los días de frío desconsuelo y se adhería a la juerga general en los más luminosos. Miranda, una bulldog inglesa de nueve años, prieta, no gorda; de un manto atigrado color café y canela; chestertoniana, no wildeana, murió en el pueblo de Cedeira el pasado sábado, 20 de octubre, a las nueve y cuarto de la noche, tras sufrir un percance muy común a esta raza: un ataque cardíaco o, como nos dijo el perplejo veterinario con la intención de aligerar nuestro dolor, lo que inevitablemente lo convirtió en más profundo, «se descompensó».

A Miranda, si él la hubiera tratado, nunca le hubiese aplicado ese «descompensarse» un poco humillante, porque fue durante toda su alegre y digna existencia una perrita equilibrada y pundonorosa a la que no era fácil pillar en momentos de desaliento ni pavor, así que nunca nos hizo pasar por otra desazón que no fuera la de su hambre perpetua. Si algo le dolía, o si estaba exhausta, se las arregló toda su vida para mantener el tipo y seguir adelante. Ni siquiera en este último achuchón fatal, que nos pilló a los tres en la playa de Villarrube, uno de sus lugares favoritos en la tierra junto a la pastelería «Filipinas» y mi cama, donde ambas leíamos a trompicones cada mañana, jugábamos por la tarde y ella me ayudaba con el insomnio, se permitió dar indicios alarmantes.

Estaba el otro día «la albóndiga de amor», como la llamaba su admirador «El Roto», un gran pintor y un gran perruno, trasegando palitos en la orilla del mar con una dedicación y eficiencia que para sí quisiera cualquier ministro de Fomento actual, cuando, de repente, se zambulló en una poza un poco más honda y eso la desconcertó. Puso una cara rara, pero siguió con su tarea gozosa. Ya de regreso hacia al coche, y olisqueando por las dunas, que le gustaban especialmente en otoño porque empezaban a cubrirse de mullido musgo, dorado y verde como una corona merovingia, empezó a ralentizar el paso hasta casi detenerse. Estaba dándole su infarto civilizado, pero no lo supimos hasta la noche. Esa tarde la pasó mohína y fatigada, y empezó a perder color en los labios. Cuando el veterinario nos comunicó que no tenía remedio, pedimos la inyección de pentobarbital y todo acabó con dulzura y sin aspavientos; es decir, nada ha acabado, porque aquí ando escribiendo sobre ella y sorbiéndome los mocos, a qué engañar.

A Miranda le gustaba con delirio lo dulce, y aunque los expertos piensan que es fatal para los animales, a ella le sentaba de maravilla. Quiso la buena muerte de los perros (que tal vez porque no votan ni hacen testamento, no saben nada de la Patria, ni ascienden en la escala social, no rellenan formularios ni son «emprendedores», no van al cielo ni al infierno) mostrarse magnánima con ella, siendo como era tan golosa, y cuando alcé los ojos hasta la jeringuilla salvadora, reparé de pronto en que el pentobarbital es una sustancia de color rosa, como un caramelo de fresa diluido. Así, Miranda se fue al otro barrio como merecía: con su último caramelo azucarando su tibia sangre y pacificándonos a todos los presentes. En ese momento que todavía dura, que comparto abusivamente ahora con ustedes por no faltar a mi cita semanal, y del que no puedo aún escapar, estuve a punto de pedirle dos dosis: una para mí y otra para mi marido, porque cada vez tenemos menos ganas de bregar con «la insolvencia canallesca» –así lo decía Léon Bloy– del Estado Médico. Sí, acabar sin miramientos; sin cables, sin rezos, sin apologías, sin otra certidumbre que esta: la bondad y la verdad sólo se extienden y afianzan en la tierra gracias a los animales y reencontrarse con ellos sería el único paraíso en el que uno puede honestamente pensar; la única razón por la que intento portarme bien cada día. Hoy no, por cierto.

Epitafio festivo para Miranda

Un discípulo de Darwin llamado Lubbock se pasó dos meses encerrado en su casa de campo con el único y trascendente objetivo de enseñar a leer a su perro. No puedo aportar noticias claras sobre su éxito, pero sí recordar aquello que decía mi formidable amigo, el poeta José Miguel Ullán, y que me gustaría grabar en la tumba de Miranda y en la mía propia: «Señora, ¡tampoco los animales necesitan escribir!».

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