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Decía mi buen amigo, el vivo «póstumo» José Bergamín, utilizando la jerga taurina que también a él llegó a cansarle del todo, y mientras se echaba al coleto un «sol y sombra» (mitad anís y mitad coñac), que cuando muriese no quería «ronda de peones». Ahora que leía La vida en minúscula, de Alfred Polgar, en un capítulo titulado «Discurso, por desgracia nunca pronunciado, ante la tumba de las víctimas», veo que en él se refiere asimismo a los que rodean al inminente muerto como «el corro más denso de los vivos». Ese «más» me resulta punzante y preciso, un pensamiento cerrado y circular, que revela un desdeñoso, pero ya casi olvidado, compañerismo final. Es como si lo insufrible no fuera la ligereza y el desentenderse de los que se van, su apaciguador fantasma, sino la pesadumbre, la densidad del interés piadoso, el insoportable valor añadido de la vida que le rodea, le jalea para que siga aguantando, y le reclama atención hasta el último segundo. No, la afición no va a renunciar tan fácilmente a su tajada de agonizante. Cuando más te urge algo –¿y qué sería la muerte sino la única urgencia que uno puede tomarse en serio en esta necia vida?–, más largo y conversado te lo hacen: ¡ya oigo cómo resopla! Se insiste; se hacen corrillos. Y luego, si el individuo en tránsito era alguien de carácter, se quejan de que al estirar la pata les haya dado una coz.

No piensen ustedes que estas notas son lúgubres, porque el momento más jovial de la escritura es ese en el que uno se ocupa de disuadir a la muerte amontonando conjuros matinales. Yo lo hago según amanezco, porque amanezco fatal. El día que no estoy febril, estoy descoyuntada; a ese otro que transcurre bajo la amenaza de una poco inspiradora cefalea, minuciosa y hostil, le sigue invariablemente un crujir de cervicales, que si no fuera porque presagia un más humorístico baile de San Vito, y un entontecimiento liberador, me haría tirarme por la ventana: ¡un séptimo piso! Mis vísceras, para no quedarse atrás, y en formación paralela, se manifiestan por igual, aunque yo me resisto a visualizarlas porque los médicos afirman, palpándome con cierta aprensión, que nos enfrentamos a un «colon irritable». «¿Y por qué habría de ser el colon una excepción?», les digo. Como se trata de un colectivo uniformado, que tiende al misterio poco reparador, y no le gustan las algaradas de los enfermos, guardan silencio; faltaría más, ¡son lo mejor de España! Para entendernos, se trate de un asunto meramente espástico o tercamente provocador, el caso es que, mientras te desangras, siempre acaban fumándose un puro.

Puesto que las palabras llevan a las palabras y los pensamientos amorosos interceden por uno, justo cuando iba a seguir con estas quejumbrosas babas, me llega un correo de otro viejo y valeroso amigo, Adolfo Fernández-Punsola. Me escribe esto desde su pueblo, Cabezón de la Sal. No interpela a nadie, pero tampoco se deja halagar, y habla con fiera sencillez de campesino exiliado; con el cuajo de los arbolitos menudos en medio del tornado de objetos y sujetos: «Hoy ha empezado el frío en serio y me he acordado de ti porque volverás a visitarnos cuando haga mucho frío. La verdad es que la vida a estas edades nuestras es una cosa rara. Me siento con mejor cabeza que nunca y a la vez me veo desvanecer en el escenario de los escaparates, cafés y calles. Supongo que le pasa a mucha gente cuando envejece; ¡siento no habérselo preguntado a los que envejecieron antes que yo!».

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