Si no te ofendes es porque no quieres

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Cincuentona. Jaquetona. Culona. Al acercarme a mi quincuagésimo séptimo cumpleaños me ha dado por calibrar el alcance de ciertas adjetivaciones que, siempre tomando en cuenta la edad de una mujer, no son ni muchísimo menos inocentes: ¡vamos, que las carga el diablo! Vean si no esta progresión ineluctable, por eufónica más que nada, y en ritmo creciente ofensivo, que les propongo arriba y que paso a desentrañar.

«Cincuentona», tan diferente de «cincuentista» –una definición que me atrae porque, al cabo de cincuenta años y pico de existencia, en las modernas ciudades imperiales uno acaba por convertirse en un cuentista, en un arribista, en un bastillista o en un arrojado alcoholista–, tiene en esa abundante terminación en «-ona» algo de rotundamente pingüe, orondo y metafísicamente inapelable. O, para expresarlo de una manera brutal, nadie se enamoraría líricamente de una «cincuentona» como lo haría de una evanescente jovencita. No es porque lo carnal excluya el verso, sino porque «cincuentona» me parece insuficiente y culpablemente evasivo. Quiero decir que, ya puestos a contar decenios, a señalar las grasas y arrugas, a ofender aprendiendo, y ya metidos en nalgas, prefiero que me llamen «jaquetona». Una «jaquetona», o «jacona», tiene un encanto animal añadido: no hay color. Por un lado, estás provista de un sedoso manto de pelo propio que atenúa las canas y te evita la peluquería, ese lugar del «cutre femenino» –otros lo llaman «eterno femenino», ellos sabrán– y, por otro, te aparta sin totalitarismos de los ensangrentados y nunca confortables abrigos de astracán con cuello de visón, que pesan más que un muerto y despiden un tenebroso tufo a viuda empobrecida. «Jaquetona» me gusta, sí, y hasta puede llegar a tener un tinte heroico, deportivo, definitivamente «plein air».

Pero, ¡ay!, sin apenas darte cuenta, y a fuerza de manosearlo, el término evoluciona mal, tiene un fondo perverso. No puedo dejar de advertir ahora, que «fondo» y «fondillo» es como llaman en el país en que nací, la República Dominicana, al trasero, al que reverencian sin disimulo tanto o más que los italianos. En la secularmente hambrienta España, ¡y lo que te rondaré morena!, se prefieren las tetas, porque al fin y a la postre, dan de comer. A lo que iba, y para no prolongar el misterio, «jaquetona», ya podían imaginárselo ustedes, desciende sin traumas visibles hasta «culona», y toca, redundantemente, como no podía ser de otra manera, fondo. ¡Respirad, malditos!, que ahora viene lo peor. De lo de «culona» no te consuela nadie, porque las descripciones, a diferencia de las metáforas, siempre aciertan en lo esencial y se cierran despiadadamente sobre sí mismas, como los círculos del infierno del Dante. Según tengo entendido, la primera vez que se aplicó el adjetivo «dantesco» fue al culo desplomado de una dama florentina.

Respiramos, y seguimos. Mientras el proceso de deterioro físico se recrudece, yo, experta en encontrar talismanes salvadores para todas las travesías del desierto que se tercien, he dado con un mantra que me sirve para aguantar la pedrada y desarrollar uno de los rasgos más íntimos, persistentes y agotadores de mi carácter: la ira. En mi caso reviste aspectos verdaderamente incómodos, porque ni es santa, ni se la ve llegar. Nada en mi fisonomía renuente y descolorida permite inferir que, a nada que me toquen las narices, me pongo como una hidra. ¿Qué hacer con la ira? ¿Acumularla? Tal vez. Durante la incipiente vejez hay tantos motivos para encolerizarse que me veo obligada a poner sólo un ejemplo reciente. Ayer mismo, buscando un cargador de teléfono móvil, que me fue vendido tras asegurarme que se trataba de un accesorio «universal» adaptable a cualquier modelo nuevo,recorrí varios comercios especializados en tecnología punta y sólo encontré desdén e incomprensión. Para disuadirme en mi empeño emplearon hasta las técnicas más rastreras: con decir que me informaron de que sólo lo encontraría en una tienda de Alcorcón, queda todo dicho. He observado, además, que los vendedores de electrodomésticos –ellos en especial– libran una batalla sin cuartel contra todo objeto que no tenga un aire, como ellos dirían, «tren-dy». Cuanto ya estaba gozosamente dispuesta a prescindir por completo de un chisme que sólo utilizo en el campo cuando los madereros del Concello de San Román se cargan, en su salvaje denuedo profesional, además de los eucaliptos, los cables de telefonía, caí en la cuenta de que la única tienda que me abastecería con amabilidad sería ¡una de decomisos! Y así fue. Estoy un poco desilusionada por haberlo resuelto, pero tiempo al tiempo.

El mantra

Viene a decir Evelyn Waugh, un escritor suculento que frecuento con alegría menos cuando se enfanga sin piedad, justamente por exhibirla cansinamente, en el ideológico y ñoño Retorno a Brideshead, que, al rebasar los cincuenta y seis, más o menos, uno debe estar dispuesto a entrar en la reconfortante «edad de la cólera». Creo recordar que añade una fecha precisa en la cual también la cólera se extingue, como todo lo demás, pero, conociendo su perfecta crueldad, no me arriesgo a buscar el dato exacto, no vaya a ser que me esté ya saliendo de plazo. «Culona», bueno; caducada, jamás.

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