Blanco tirando a rojo
Nunca encanece a gusto de todos. Es más, a quien encanece temprano Dios no le echa una mano. Este es un argumento que definitivamente lastra toda discusión al respecto, porque, aunque es arduo de probar, siempre resulta engorroso poner en evidencia al mismísimo Padre Eterno, que bastante tiene él ya con su dosis de abstracción, empezando por la láctea pelambrera y acabando por esa barba lustrosa y nacarada que se confunde con un entorno de nubes o edredón de plumas, capaz de amortiguar las súplicas del más avezado beato. En fin, creo estar en disposición de asegurar que Dios
no se hace cargo de nuestras canas; de ellas tampoco. No, a él, como a todos los intemporales estetas, las canas le parecen una solemne tontería humana, una birria intempestiva, una demostración de que somos criaturas eminentemente perecederas y dolientes, solitarias.






