Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

La caricatura militante

«Cartooning for Peace es una red de 162 dibujantes de todo el mundo que tiene como fin defender la libertad de expresión, los derechos humanos y el respeto mutuo entre poblaciones de culturas y creencias diversas, mediante el lenguaje universal de la viñeta de prensa». Copio literalmente la información antedicha de la solapa de uno de los volúmenes de esta agrupación –creada en 2006 por el célebre humorista francés Plantu? que acaban de traducirse al español por la editorial Akal. Dispongo ahora mismo de cuatro de ellos, que constituyen la materia a la que voy a referirme en este artículo. Son ¡No caigáis en la Trumpa!¡Todos migrantes!¡Paso a las mujeres! y ¡Desunión europea!. Cada uno de ellos recopila de un modo ordenado –según capítulos temáticos y citas escogidas al efecto? sesenta viñetas de prensa de dibujantes de múltiples países sobre los diversos temas que quedan expresados en los títulos. Todos preludian con un texto introductorio de un especialista en la cuestión: Éric Fottorino para el volumen sobre Trump, Benjamin Stora sobre la emigración, Élisabeth Badinter sobre la lucha femenina y Daniel Cohn-Bendit sobre la Unión Europea.

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La frivolidad compulsiva

Durante mucho tiempo, al menos en nuestra cultura occidental, la profundidad de pensamiento se medía por la proporción o intensidad de advertencias negativas o incluso catastrofistas. A mayor abundancia de estas, más consideración y prestigio. El ensayista conspicuo destilaba amargura, al tiempo que dejaba vislumbrar su fascinación por la hecatombe. O, en otros términos, la atracción del abismo. Desde luego en nuestros lares, el intelectual-tipo (con todas las excepciones que quieran) era de natural pesimista y, hasta si me apuran, argumentaría que me quedo corto, pues el espécimen ?por poco que se le dejara a su ser? tendía al monte de la desmesura catastrofista y ejercía con fruición digna de mejor causa de auténtico agorero. Hay quien dice que teníamos el terreno abonado por muchos siglos de concepción católica de la existencia: ya saben, este mundo como valle de lágrimas y cáliz doloroso para aspirar a la otra vida. 

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De cómo y por qué el cielo es el infierno (y II)

Les recuerdo que estábamos hablando de “El sueño”, un relato de Julian Barnes que cierra el libro titulado Una historia del mundo en diez capítulos y medio. El protagonista de esta fábula –y ustedes también, naturalmente, es decir, todos– hemos comprendido varias cosas importantes. La primera y principal, porque abre la compuerta de todas las contradicciones, es que la ruptura de nuestras limitaciones temporales, lejos de resolver nuestros problemas, acentúa paradójicamente nuestras insuficiencias. Por decirlo de manera más sencilla, disponer de todo el tiempo del mundo o instalarnos en la eternidad en vez del tiempo tasado agrava hasta lo insoportable el peso de nuestras limitaciones. Este sueño en el que nos hemos asentado es, naturalmente, un sueño en su doble sentido: la fantasía que desarrollamos cuando estamos dormidos, pero también el deseo irrealizable que albergamos cuando estamos despiertos. 

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De cómo y por qué el cielo es el infierno (I)

En nuestra civilización, desde Platón y Aristóteles –por lo menos?, la felicidad es un tema recurrente en el discurso filosófico, así como una de esas cuestiones que llenan páginas de periódicos, revistas y, hoy en día, Internet cuando llega el verano o, simplemente, no hay otros asuntos más urgentes que tratar. Es verdad que el tratamiento filosófico de la cuestión poco o nada tiene que ver con las coordenadas en que se plantea el tema el hombre común, hasta el punto de que, si este busca alguna respuesta practicable en los textos clásicos, o incluso en el ensayo más cercano a nuestros días, es casi seguro que termine, como dicen en mi familia, con los pies fríos y la cabeza caliente.

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Alegría de vivir

Mucho me temo que algunos de los lectores de esta sección habrán fruncido el entrecejo –por decirlo al modo clásico y contenido? al ver el epígrafe que encabeza en esta ocasión los párrafos que siguen. «¿He leído bien?», me imagino que habrán pensado. O, en términos más desinhibidos: «¿Está de coña?» En el fondo, la cuestión subyacente es: ¿va con segundas intenciones, es un guiño sarcástico? Porque, indudablemente, lo menos normal sea acaso tomarse el titular en serio. ¡Con la que está cayendo! ¿De verdad este tío quiere hablar de «alegría de vivir»? Más bien habría que preguntarse en qué mundo vive este sujeto.

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Humor feminista

Vivimos en un mundo en el que no podemos sustraernos a la información y a las opiniones que nos llegan de todas partes. ¿Qué digo? ¡Yo creo que me quedo corto con esa aseveración timorata! En realidad, sucede otra cosa, que parece que es la misma o muy parecida a la que acabo de expresar y al final resulta ser otra muy distinta: lo que sucede es que nuestra conformación de esa realidad que nos circunda viene dada por opiniones heterogéneas e inconexas que nos llegan de aquí y de allá. Esas opiniones van asentándose en el interior de cada uno de nosotros y terminamos haciendo con ellas un gazpacho al que le concedemos el marchamo de opinión propia. Como en la caverna platónica, opinamos de opiniones, es decir, sabemos o, mejor dicho, creemos saber de sombras, hurtando, o hasta despreciando olímpicamente la realidad, aquellos objetos que son las fuentes primigenias de las sombras. ¿Opinión propia? ¡Váyase a freír espárragos!

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Frente al toro de Osborne, La vaquilla de Berlanga

Hay muchos países que tienen en su escudo, su bandera o en sus símbolos nacionales algunas referencias zoológicas. Se supone en estos casos que el animal en cuestión representa al país o, sencillamente, que algunas de las cualidades que se atribuyen al bicho son por alguna razón características de los naturales del mismo. Hay casos muy emblemáticos y que conoce todo el mundo. Uno de los animales más repetidos en las representaciones heráldicas es el águila, cuyo vuelo y fisonomía se asocian a la majestuosidad, la fuerza, el dominio, la libertad y el orgullo. Países como Alemania, Estados Unidos o México la invocan en sus símbolos nacionales. Pero nosotros, los españoles, no necesitamos ir muy lejos para hallar ejemplos de esas figuraciones. Uno de los símbolos más exitosos de iconografía nacional es el que asocia a España con la imagen del toro. Pregúntenle al turista japonés más despistado, al estadounidense de sombrero tejano o a cualquier guiri de sandalias y calcetines, y lo más seguro es que todos ellos coincidan en que no saben nada de España y de los españoles, pero sí que esta es tierra de toros. 

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Transgresores

¿En qué punto convergen el sexo y el humor? Cualquiera de nosotros lo tiene claro a nivel intuitivo, aunque tan solo sea porque nos viene inmediatamente a la cabeza esa modalidad humorística que aquí, en España, llamamos chistes verdes y que en otros países denominan chistes rojos o picantes, o simplemente humor para adultos. El hecho de que este tipo de humor exista en todas partes muestra la universalidad de esa tendencia, pero no por ello resulta más fácil contestar de modo razonado a la pregunta con la que he iniciado este artículo. Además, la dimensión humorística del sexo no se agota en el chiste verde, que es únicamente una expresión –la más epidérmica o, si se prefiere, la más popular? de esa consideración jocosa de la actividad sexual de los seres humanos.

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Un mundo más divertido (y II)

Subrayé en el artículo anterior que este es un terreno minado de paradojas. Ahora tendría que añadir un matiz o una derivada que me parece igualmente insoslayable. Está bien eso de «revolución divertida» –yo mismo me he apuntado sin remilgos al marchamo? pero reconozco que usamos esa acuñación sencillamente porque no tenemos otra mejor. Se ha hablado muchas veces en términos alternativos de «revolución pop», pero, por lo menos en lo que a mí concierne, me parece una etiqueta equívoca y en el fondo tan insatisfactoria como la anterior. ¿Qué queremos decir con revolución pop? ¿A qué llamamos exactamente pop? Yo enseguida pienso en Warhol y en toda su patulea y reconozco que no es esa exactamente la realidad a la que quiero referirme.

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Un mundo más divertido (I)

Tengo un amigo –que espero no se reconozca en esta confidencia o, en caso inevitable, que me la perdone– que utiliza siempre como despedida afectuosa o simple respuesta bienintencionada a cualquier iniciativa mía la muletilla «¡Que te diviertas!», ampliable a un impreciso plural, «¡Que os divirtáis!», cuando somos varios los implicados. Da igual si le digo que voy a una actividad cultural o simplemente de copas, si salgo para un espectáculo o preparo un viaje. Sobre todo en este último caso, el piadoso deseo me ha parecido siempre especialmente extemporáneo, porque entre mis múltiples motivos para recorrer mundo nunca ha ocupado una posición prominente la búsqueda de diversión. Por lo menos de modo directo, inmediato o explícito, por más que luego, en muchas ocasiones, haya podido divertirme por razones sobrevenidas.

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Caspaña (y II)

A la maquinaria propagandística del independentismo catalán no le basta con defender argumentalmente sus propuestas políticas. Necesita, junto a ello, presentar una Cataluña idealizada, primero en su pasado esplendoroso, con sus logros admirables, sus espléndidas victorias y sus derrotas trufadas de heroísmo; a continuación, en su presente vigoroso y dinámico, pero también penoso y conflictivo por culpa de los opresores foráneos; y por último, naturalmente, en un futuro prometedor, casi idílico, cuando se hagan realidad las aspiraciones seculares de todo un pueblo. El complemento indispensable de esa estampa paradisíaca es la caracterización del enemigo –España, Estado español o, simplemente, el Estado– como el envés o negativo de todas esas cualidades que se celebran como propias.

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Caspaña (I)

El humor como arma de combate. El humor como forma sutil de continuar el proselitismo. El humor al servicio de determinados intereses. El humor como instrumento de penetración y difusión. El humor como bandera de reconocimiento de los nuestros en luchas enconadas. En el fondo, si quieren, todos los matices y variantes se condensan en esto: el humor como continuación de la guerra por otros medios (pretendidamente pacíficos, aunque no estoy muy seguro). Hay bromas que carga el diablo, chistes que disparan sin piedad, caricaturas ofensivas que son peores que muchos reproches, viñetas que incitan al odio, descalificaciones burlescas que hieren más que amenazas formales.

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