Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

El más negro de todos los humores

Cuando mencionamos las palabras «humor negro», de una manera casi automática, poco menos que inconsciente, nos preparamos para algo así como un chiste o una broma sobre la muerte, la enfermedad, la desgracia o, por decirlo en una palabra, el mal que le ha sucedido o puede sucederle a alguien, de modo real o ficticio. En el mundo y en el tiempo en que vivimos, «humor negro» es sinónimo de broma cruel, lindante con lo políticamente incorrecto y, por tanto, susceptible de ser tomada o comprendida como una provocación, sobre todo si afecta a colectivos tradicionalmente marginados: los judíos, quienes sufren alguna deformidad física o enfermedad mental, o incluso las mujeres como un todo (cuestiones de género). A este respecto, dicho sea de paso, lo primero que habría que objetar, si nos ponemos puristas, es la propia denominación, por lo que revela de asociación del negro con la cara más desgraciada de la vida. ¡Qué porvenir más negro me espera!

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Tópicos (y II)

Los dos textos de los que les prometí el otro día que iba a ocuparme son muy desiguales en contenido y en ambición comprensiva. Baste decir con respecto a lo más obvio, su extensión, que el escrito por John Carlin, titulado «Españoles vs. británicos», es un simple artículo de prensa que no superará los cuatro o cinco folios, mientras que el escrito por Ian Gibson es un auténtico libro –de más de cuatrocientas páginas– que, además, no se propone tanto teorizar o hablar genéricamente de España y los españoles cuanto contar sus Aventuras ibéricas, como delata ya el propio título. Al final, sin embargo, como no podía ser menos, el trasfondo de dichas aventuras es el paisaje y el paisanaje peninsulares, con lo que llegamos al mismo punto de partida. Así que puede decirse, sin forzar las cosas, que a ambos textos los hermanan tres cosas: un fuerte componente autobiográfico, un soterrado tono irónico y, lo que es más importante de todo, el intento de dar una imagen del conjunto del país y de los españoles como colectividad desde la óptica de un observador que mantiene un pie dentro y otro fuera del ámbito ibérico.

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Tópicos (I)

Por esta vez, no me andaré por las ramas y lo diré con una contundencia que no deje la más ligera sombra de duda: me encantan los tópicos. Sí, me gustan los tópicos y voy a dedicar este artículo a contar por qué y argumentar a favor de ellos. Por supuesto, sé perfectamente que con esto me expongo a que más de uno que yo me sé me mire desde las alturas de su superioridad intelectual con una mezcla de desprecio y conmiseración. ¡Qué digo! ¿Más de uno? En realidad, lo difícil sería encontrar una excepción a la regla general de desaprobación. Simplemente calificar algo de tópico en una controversia política, en una tertulia o en la más modesta charla insustancial, deja inerme al así interpelado: «¡Eso que dices es un tópico!» «¡No estás más que sosteniendo tópicos!» ¡No se hable más! La consideración de tópico ?¡y no les digo ya nada de topicazo!? deja un argumento para el arrastre y al que lo sustenta en una posición más que incómoda, a la defensiva, con apremiante necesidad de justificarse. ¡Hombre, sí, quizás, pero…!

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¡Así se escribe la historia!

Hoy voy a tirar piedras contra mi propio tejado. Mejor dicho, contra una de las cubiertas de ese tejado a dos aguas bajo el que me he cobijado toda mi vida profesional. Sobre la otra cubierta no hace falta que me ponga ahora a tirar piedras, por la sencilla razón de que ya se han encargado otros muchos desde un pasado inmemorial en lanzar proyectiles de grueso calibre hasta el punto de que lleva ya un tiempo indeterminado hecha un auténtico colador. Perdón, me dejo llevar por el hilo de esa metáfora tan trivial y, lo que es más grave, me temo que no me explico adecuadamente. Pongamos nombre a todo. Verán, una de las vertientes de mi tejado es la filosofía. Sobre el valor de la filosofía, ¿qué puedo decirles a estas alturas? Yo mismo, cuando mis alumnos más díscolos o críticos me preguntan para qué sirve la filosofía, empiezo por decirles provocadoramente con una sonrisa de oreja a oreja: ¡para nada! 

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¡Qué difícil es hacer reír!

Hacer humor es una tarea muy difícil. ¿Por qué? Supongo que, entre otros muchos motivos, estará relacionado con determinadas actitudes e inclinaciones con que nos asomamos a la vida y nos enfrentamos al mundo, culturalmente hablando. De todos es sabido, por ejemplo, que en nuestro ámbito occidental –y más en nuestro país?, el pesimista tiene un plus de atención y un prestigio inmerecido, mientras que el optimista y el risueño pasan la mayoría de las veces por ingenuos, cuando no simplemente por tontos de baba. El pesimista es el profeta y el optimista representa el candor. Es lo mismo que sucede con la palabra y el silencio: el callado suele beneficiarse de una predisposición a su favor, como si fuese un sabio siempre en potencia, mientras que el locuaz nos despierta un recelo instantáneo. Es frecuente oír a personas graves y circunspectas decir que valoran mucho el sentido del humor. La experiencia me ha hecho desconfiar inmediatamente de ellas. 

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Putas y sumisas (y algunas monjas)

Yo creo que quien mejor entendía este asunto era Manolo Escobar. Por lo menos, era el que mejor lo sintetizaba: «No me gusta que a los toros / te pongas la minifalda». Además, la cosa tenía su gradación. «No me gusta», le decía al principio, y enseguida se lo volvía a repetir: «No me gusta…» Aunque la chica fuera un poco tonta (y dábamos por sentado que si era guapa o estaba buena, algo lela sí era, ¡no lo iba a tener to!) sabía perfectamente que ese «no me gusta» significaba algo más una mera opinión. Además, el hombre –suponemos que con santa paciencia? se lo explicaba bien clarito: «La gente mira parriba / porque quieren ver tu cara». Bueno, eso era un eufemismo (¿sabría la chica lo que era un eufemismo?), porque, como cualquiera de los españolitos de los años sesenta sabía de sobra, no se miraba parriba en esas circunstancias para ver precisamente la cara. Las caras se ven de frente, como es obvio, no de abajo arriba. En fin, dejémonos de zarandajas. 

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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (y II)

Gracia y Justicia fue una de las principales revistas satíricas que existieron durante la Segunda República. Nació algunos meses después del 14 de abril, fecha de proclamación de aquel régimen. Exactamente, el primer número vio la luz el 5 de septiembre de 1931. Se mantuvo durante casi todo el tiempo que duró el sistema político que tanto criticaba, con un largo paréntesis de suspensión –cuatro meses? después de la sanjurjada (la fallida sublevación del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932). Como tantos otros diarios y revistas de la época, sufrió otras prohibiciones y secuestros porque, en contra de lo que suelen pensar los no versados en asuntos históricos, la República no fue nada complaciente con la prensa (de derechas y de izquierdas). Más bien se distinguió por todo lo contrario: una confrontación bastante reiterada con las actitudes y publicaciones críticas, a las que en buena medida se les aplicó durante un largo intervalo aquella auténtica ley de excepción que fue la «Ley de Defensa de la República».

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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (I)

Un pleonasmo, sé que dirán algunos –no sé si muchos? al leer el título de esta entrega. El humor es agresivo o no lo es. También suele decirse que el humor dispara siempre contra alguien. Ya he señalado aquí mismo en otras ocasiones que entiendo el humor como un vasto universo en el que cabe de todo y en el que no tiene sentido despachar patentes de corso. Puede hacerse humor de muchos tipos y no necesariamente contra a la contra. Aunque en esta ocasión es precisamente de este tipo de humor del que quiero tratar aquí. De un humor combativo, vitriólico, corrosivo. Un humor que nace precisamente como arma de combate. Normalmente, a lo largo de la historia –por lo menos, de nuestra historia, es decir, en el ámbito occidental? el humor de esas características se ha dirigido contra los poderes establecidos y, en particular, contra los grandes pilares de la sociedad, la Corona (o, en su defecto, el Gobierno o la cúspide del Estado), el Ejército y la Iglesia. 

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Nada para todos

En mi juventud tenía yo un amigo, en realidad excompañero de militancia política, que se distinguía por su radicalismo antimilitarista. Para ser más exactos, su rechazo visceral se dirigía hacia todo aquel que gastara uniforme, en especial si el uniforme iba acompañado de armas. Más que contra el ejército, guardaba particular inquina hacia la Guardia Civil, de la que hacía continuas chanzas con una mordacidad sólo comparable al sectarismo cerril que era marca de la casa. Su persistencia, inmune a cualquier seña de cansancio por mi parte, es la responsable de que aún hoy recuerde algunos de aquellos viejos chistes que perpetraba con insistencia digna de mejor causa: «¿Por qué la Guardia Civil va siempre por parejas? Porque uno sabe leer y el otro escribir». En el fondo casi todos eran chistes ingenuos, pequeña válvula de escape para su frustración revolucionaria. 

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El humor negro como Schadenfreude (y III)

Ahora que caigo, me doy cuenta de que quizá no he sido suficientemente explícito en las dos entregas anteriores señalando, como hubiera debido hacer, que todo esto de entender el humor negro como Schadenfreude es fruto de mi cosecha, para bien o para mal, y que el profesor Richard H. Smith, autor del libro al que vengo refiriéndome, es completamente inocente de las disquisiciones que yo estoy perpetrando a su costa. Quede, pues, constancia de que su ensayo (Schadenfreude. La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana) no tiene de por sí en absoluto el sesgo con que yo lo he leído y que muy probablemente estoy transmitiéndoles. A Smith le interesa, como es normal, la vertiente psicológica del asunto y, en función de ese objetivo, hace un repaso de los diversos mecanismos que ponen en funcionamiento los seres humanos cuando se relacionan y comparan con sus semejantes. 

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El humor negro como Schadenfreude (II)

Una portada puede sintetizar en una sola imagen el contenido esencial de todo un libro. No es usual, desde luego. Más bien es absolutamente excepcional. Hay que ser un diseñador muy bueno y dar con la tecla exacta. En el caso que nos ocupa, Manuel Estrada lo ha conseguido plenamente. El libro en cuestión es un ensayo de Richard H. Smith: Schadenfreude. La dicha por el mal ajeno y el lado oscuro de la naturaleza humana. Recordarán que empecé a hablarles de él en la entrega anterior. En la portada, sobre fondo blanco, resaltan las siluetas oscuras de cuatro cuchillos de distintas dimensiones que penden de sendos enganches. Se supone que lo de desigual tamaño será para incitar a que cada cual se sirva coger el que necesite, según sea la ocasión. 

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El humor negro como Schadenfreude (I)

Les supongo sobradamente conocedores de lo que voy ahora mismo a decir, pero, aun así, señalaré en atención a los posibles despistados que el término alemán Schadenfreude hace referencia al secreto goce que nos causa el mal ajeno. El concepto es simplemente el resultado de la unión de los términos Schaden –literalmente, daño? y Freude –alegría?, es decir, como he adelantado antes, la satisfacción por o ante el daño que sufren nuestros semejantes. Dicho así, sin más, resulta un poco fuerte, porque uno puede imaginarse que está hablándose de un regocijo incontenible ante una profunda desgracia. Pero esto no es lo normal, porque la mayoría de los seres humanos tienen –tenemos? unos mecanismos de empatía o, en el peor de los casos, de contención o autocensura, que nos impiden mostrar o incluso sentir alegría ante el sufrimiento ajeno. 

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