Let it be
Durante las navidades de 1972, mi madre y mi hermana Rosa me regalaron Let it be, el último elepé de los Beatles. Yo tenía nueve años y acababa de perder a mi padre. Nos habíamos marchado a Cádiz a pasar el fin de año, huyendo de la tristeza. Nos alojamos en un hotel levantado a escasos metros del mar. Se trataba de un moderno edificio, con amplias terrazas y con un cementerio pegado a su costado. El océano me produjo una mezcla de temor y fascinación. Ya conocía el Mediterráneo, con sus aguas tranquilas y sus playas apacibles. Era un espacio acogedor, que invitaba a dormitar en la arena o a flotar en su superficie, con una reconfortante sensación de ligereza. El Atlántico era completamente diferente. La playa de Cádiz abarcaba kilómetros y cuando se retiraba la marea, se convertía en un hipódromo, donde los caballos volaban como las monturas de los héroes de Troya, desafiando al viento y a la gravedad. Los jinetes cabalgaban sobre una arena pastosa, que no se parecía a la arena del Levante, a veces negra como hollín y, en otras ocasiones, dorada como las hojas de un girasol.






