Julio Aramberri

Comunistas, sí, pero vietnamitas

Hace muchos años que no paso por Lugano y tal vez la memoria me traicione, pero recuerdo haber visto en algún lugar de la ciudad una de esas estatuas épicas que tanto gustaban antes de las guerras mundiales, con una leyenda terminante: Liberi ma Svizzeri (Libres pero Suizos). Más tarde pude saber que Liberi e Svizzeri había sido un movimiento antifascista que se resistía a formar parte de la Italia irredenta que Mussolini quería incluir en su gran Italia. Los suizos del Ticino podían sentirse satisfechos de su parentesco lingüístico, pero se resistían a ser asimilados por sus, a la sazón, ambiciosos vecinos, como se resisten hoy a la fusión con la Lombardía que proponen algunos visionarios del sur.

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Tet

La mayoría de la gente de mi edad oyó por primera vez la palabra Tet en 1968. Si 1963 fue un annus mirabilis, al menos para Philip Larkin («El acceso carnal empezó / en mil novecientos sesenta y tres / (un poco tarde para mí) / cuando el veto a Chatterley se acabó / y los Beatles sacaron su primer elepé»), para quienes a la sazón nos sentíamos tentados por el radicalismo los primeros meses del 68 fueron preternaturales. Estallaban los événements de París y la Primavera de Praga; crecía la oposición a la guerra de Vietnam en las universidades estadounidenses; Lyndon Johnson se veía obligado a retirarse de la carrera presidencial de ese año; las movilizaciones universitarias en Madrid, aunque fueron de menor cuantía, nos parecían –oh wishful thinking!– el prólogo de un enfrentamiento generalizado con el franquismo. Y Elvis Presley volvía a dar conciertos con su ’68 Comeback Special. Y el vuelo de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México. ¿Quién podría negarnos que el momento que esperábamos, nuestro kairós particular, estaba al caer, aunque no supiéramos muy bien en qué consistía?

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Un cuento chino

Hace poco se ha traducido al inglés el Diario de un funcionario (The Civil Servant’s Notebook), de Wang Xiaofang. No es la primera traducción de una novela china escrita dentro del país, ni es tampoco la mejor de esa procedencia, pero los chinos la han comprado como si fueran rosquillas. Su éxito no es una sorpresa. La novela traza un retrato despiadado de su burocracia actual y el lector aprecia que tiene en las manos el testimonio de alguien que sabe de qué está hablando. Wang Xiaofang fue durante años un burócrata de mediana categoría que llegó a secretario privado (en España lo llamaríamos jefe de gabinete) de Ma Xiandong, un vicealcalde de Shengyang, la capital de la provincia de Liaoning, que en 2001 fue condenado a muerte por haberse jugado –y perdido– 3,6 millones de dólares de la hacienda municipal en los casinos de Macao.

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Confesiones del comisario tibetano

A los pocos días del banquete del Día del Profesor, vuelvo a encontrarme con el comisario político que me había declarado su eterna amistad o lo que fuera aquello que quería decir con lengua de trapo después de haber bebido en demasía. En esta ocasión, en una cena en casa de otro miembro del departamento, con menos gente, menos etiqueta y más oportunidades para charlar. Lamentablemente, me lo sientan al lado y asignan a una profesora con dominio del inglés para que me traduzca sus reflexiones. Debe de ser una astuta treta del anfitrión para quitarse él de en medio y poder organizar, como así lo hace, una partida de mahjong con los otros tres invitados. No hay escapatoria, así que tengo que escuchar durante un par de horas las confesiones del comisario.

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Amor de hombre

En China, a mediados de septiembre, se celebra el Día del Profesor y, con ese motivo, el departamento en el que enseño organiza una serie de actividades para sus miembros. Pueden ser una salida al campo, o una visita a la playa o, si hace mal tiempo, una tarde en un hotel en el que se organizan partidas de cartas o de mahjong. Imagino que también incluye tiempo para intercambio de cotilleos y para movidas de política académica, pero mi limitado conocimiento de la lengua me impide seguir esas sutilezas. Estas actividades de hermandad acaban siempre con un excelente banquete.

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El taquillazo

El taquillazo de 2012 en China ha sido Perdidos en Tailandia, una de esas comedias de acción que los críticos estadounidenses suelen bautizar como slapstick. En su primer mes de exhibición en el país (se estrenó el 12 de diciembre) la recaudación superó los mil millones de CN¥ (alrededor de185 millones de dólares o 130 millones de euros), convirtiéndola en la película china más comercial de la historia. Ha batido los récords previos de la versión en 3D de Titanic (975 millones de CN¥) y de Painted Skin: The Resurrection (727 millones); y sólo Avatar (1,39 millardos) sigue por delante de ella en el palmarés total, aunque a Perdidos le queden aún dos años por delante para superarla. La película es obra personalísima de Xu Zheng, que la ha escrito, producido y dirigido, amén de ser uno de los actores principales. Su coste inicial fue de 2,2 millones de dólares.

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Poca fe

Hace unos meses, la presidenta de mi universidad en Saigón, seguramente por quitarse ella de en medio, me pidió que atendiese a un personaje interesado en discutir un proyecto que, según él, podría ser de interés mutuo. Estos embolados son parte habitual del trabajo, así que me puse manos a la obra. Él iba alcanzado de tiempo y no podía acercarse hasta el campus, por lo que concertamos una cita en uno de los cafés más concurridos de la ciudad, el Highlands Coffee, justo detrás de la Ópera, para evitar extraviarnos, pues no nos conocíamos. Un par de días después me encontraba allí con un hombre relativamente joven, de unos cuarenta años, de nacionalidad canadiense. Le ofrecí tomar algo. «No, gracias. Nada aquí», vino, severa, la respuesta. «No quiero contribuir a las ganancias de una compañía que explota a los trabajadores locales. Hombres y mujeres». El encuentro prometía.

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En Hong Kong, al filo

Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.

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Rostro Pálido se trabaja el sudeste asiático

La mujer musitó algo en su lengua natal, así que no pude entenderlo, pero lo acompañó con un gesto inequívoco que, éste sí, resultaba obvio desde mucho antes de que se empezase a hablar del turismo sexual. Era el mismo que hace años, cuando uno era joven, usaban las pajilleras del Retiro madrileño y de seguro que las palabras ininteligibles serían también las mismas. «¿Le desahogo, señorito?». Por segunda vez me pasaba eso y las dos ocasiones sucedieron en alguna de las peluquerías del anterior aeropuerto de Bangkok, ése que ha cedido el paso al Suvarnabhumi de hoy (Suvanapum abrevian los locales): modernísimo, fosforescente, tetrafónico y sin peluqueras licenciosas. Juro, aunque pocos me crean, que el único placer que yo buscaba en aquellas peluquerías se limitaba al de arreglarme la barba, matando así el tiempo entre dos vuelos. Hay cosas mejores que someterse a manipulaciones de extraños en un espacio semipúblico y, llegado el caso, uno puede componérselas por sí mismo y a coste cero.

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Por narices

Casi todos tenemos en nuestra lengua términos despectivos hacia eso que los cursis llaman el Otro. Muchos de ellos se dedican a los miembros de países y culturas diferentes y, como son desdeñosos, tratamos de mantenerlos para uso interno sin dejar que el Otro se entere. Los japoneses se refieren a los occidentales como gaijin y en Tailandia nos llaman farang. Ambos términos son, en principio, meramente descriptivos. Gaijin significa nada más que extranjero y farang parece que deriva de frank o francés, usado luego para todos los europeos y, en general, para todos los blancos. El desprecio en ambas palabras viene sobreentendido para los locales, pues tanto los japoneses como los tais consideran que los extranjeros, por serlo, son manifiestamente inferiores a la propia estirpe. Desde las guerras del opio los chinos se han referido a nosotros, con un desprecio veteado por el pánico, como los diablos blancos.

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Tribulaciones de los chinos en China

Tenía que pasar varios días en Shenzhen y, aunque anteriormente había parado unas horas en la ciudad, sólo la conocía muy superficialmente. El tiempo justo para visitar a unos amigos o para un rápido paseo por la parte de la avenida Shennan donde se apiñan las atracciones turísticas: varios parques temáticos que tapan al Hexiangning, un mediocre museo de arte. Window of the World, Splendid China y China Folk Culture Village recuerdan al visitante que, si China es el imperio del centro, Shenzhen es el ombligo del mundo. En las cuarenta y ocho hectáreas de Window of the World, desde una diminuta torre Eiffel, puede verse todo lo que merece la pena en este bajo mundo. Y, en un par de horas, pasarse por el Taj Mahal, el Matterhorn y la isla de Pascua o la de Manhattan sin grandes fatigas. Splendid China sigue la misma lógica a escala nacional: salte usted del Templo del Cielo a la Gran Muralla y, de allí, en un pispás, al santuario tibetano de Potala, y así hasta los cien monumentos que se agolpan en sus treinta hectáreas.

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S-21

La foto, en blanco y negro, es una instantánea trivial, de ésas que se hacen por millones para guardar memoria de acontecimientos que sólo interesan a un reducido círculo de íntimos. En ésta, un hombre de edad madura muestra a la cámara un bebé de unos seis meses que semeja tenerse de pie porque el hombre lo sostiene. El pliegue mongol en los ojos de ambos recuerda que son asiáticos. El bebé está lustroso y bien vestido, y el hombre parece demasiado mayor para ser su padre; tal vez sea un abuelo orgulloso de su prole o un pariente solícito. La foto no tiene fecha, pero el polo que viste el hombre anuncia que no es demasiado antigua.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.