Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Confesiones del comisario tibetano

A los pocos días del banquete del Día del Profesor, vuelvo a encontrarme con el comisario político que me había declarado su eterna amistad o lo que fuera aquello que quería decir con lengua de trapo después de haber bebido en demasía. En esta ocasión, en una cena en casa de otro miembro del departamento, con menos gente, menos etiqueta y más oportunidades para charlar. Lamentablemente, me lo sientan al lado y asignan a una profesora con dominio del inglés para que me traduzca sus reflexiones. Debe de ser una astuta treta del anfitrión para quitarse él de en medio y poder organizar, como así lo hace, una partida de mahjong con los otros tres invitados. No hay escapatoria, así que tengo que escuchar durante un par de horas las confesiones del comisario.

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Amor de hombre

En China, a mediados de septiembre, se celebra el Día del Profesor y, con ese motivo, el departamento en el que enseño organiza una serie de actividades para sus miembros. Pueden ser una salida al campo, o una visita a la playa o, si hace mal tiempo, una tarde en un hotel en el que se organizan partidas de cartas o de mahjong. Imagino que también incluye tiempo para intercambio de cotilleos y para movidas de política académica, pero mi limitado conocimiento de la lengua me impide seguir esas sutilezas. Estas actividades de hermandad acaban siempre con un excelente banquete.

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El taquillazo

El taquillazo de 2012 en China ha sido Perdidos en Tailandia, una de esas comedias de acción que los críticos estadounidenses suelen bautizar como slapstick. En su primer mes de exhibición en el país (se estrenó el 12 de diciembre) la recaudación superó los mil millones de CN¥ (alrededor de185 millones de dólares o 130 millones de euros), convirtiéndola en la película china más comercial de la historia. Ha batido los récords previos de la versión en 3D de Titanic (975 millones de CN¥) y de Painted Skin: The Resurrection (727 millones); y sólo Avatar (1,39 millardos) sigue por delante de ella en el palmarés total, aunque a Perdidos le queden aún dos años por delante para superarla. La película es obra personalísima de Xu Zheng, que la ha escrito, producido y dirigido, amén de ser uno de los actores principales. Su coste inicial fue de 2,2 millones de dólares.

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Poca fe

Hace unos meses, la presidenta de mi universidad en Saigón, seguramente por quitarse ella de en medio, me pidió que atendiese a un personaje interesado en discutir un proyecto que, según él, podría ser de interés mutuo. Estos embolados son parte habitual del trabajo, así que me puse manos a la obra. Él iba alcanzado de tiempo y no podía acercarse hasta el campus, por lo que concertamos una cita en uno de los cafés más concurridos de la ciudad, el Highlands Coffee, justo detrás de la Ópera, para evitar extraviarnos, pues no nos conocíamos. Un par de días después me encontraba allí con un hombre relativamente joven, de unos cuarenta años, de nacionalidad canadiense. Le ofrecí tomar algo. «No, gracias. Nada aquí», vino, severa, la respuesta. «No quiero contribuir a las ganancias de una compañía que explota a los trabajadores locales. Hombres y mujeres». El encuentro prometía.

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En Hong Kong, al filo

Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.

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Rostro Pálido se trabaja el sudeste asiático

La mujer musitó algo en su lengua natal, así que no pude entenderlo, pero lo acompañó con un gesto inequívoco que, éste sí, resultaba obvio desde mucho antes de que se empezase a hablar del turismo sexual. Era el mismo que hace años, cuando uno era joven, usaban las pajilleras del Retiro madrileño y de seguro que las palabras ininteligibles serían también las mismas. «¿Le desahogo, señorito?». Por segunda vez me pasaba eso y las dos ocasiones sucedieron en alguna de las peluquerías del anterior aeropuerto de Bangkok, ése que ha cedido el paso al Suvarnabhumi de hoy (Suvanapum abrevian los locales): modernísimo, fosforescente, tetrafónico y sin peluqueras licenciosas. Juro, aunque pocos me crean, que el único placer que yo buscaba en aquellas peluquerías se limitaba al de arreglarme la barba, matando así el tiempo entre dos vuelos. Hay cosas mejores que someterse a manipulaciones de extraños en un espacio semipúblico y, llegado el caso, uno puede componérselas por sí mismo y a coste cero.

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Por narices

Casi todos tenemos en nuestra lengua términos despectivos hacia eso que los cursis llaman el Otro. Muchos de ellos se dedican a los miembros de países y culturas diferentes y, como son desdeñosos, tratamos de mantenerlos para uso interno sin dejar que el Otro se entere. Los japoneses se refieren a los occidentales como gaijin y en Tailandia nos llaman farang. Ambos términos son, en principio, meramente descriptivos. Gaijin significa nada más que extranjero y farang parece que deriva de frank o francés, usado luego para todos los europeos y, en general, para todos los blancos. El desprecio en ambas palabras viene sobreentendido para los locales, pues tanto los japoneses como los tais consideran que los extranjeros, por serlo, son manifiestamente inferiores a la propia estirpe. Desde las guerras del opio los chinos se han referido a nosotros, con un desprecio veteado por el pánico, como los diablos blancos.

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Tribulaciones de los chinos en China

Tenía que pasar varios días en Shenzhen y, aunque anteriormente había parado unas horas en la ciudad, sólo la conocía muy superficialmente. El tiempo justo para visitar a unos amigos o para un rápido paseo por la parte de la avenida Shennan donde se apiñan las atracciones turísticas: varios parques temáticos que tapan al Hexiangning, un mediocre museo de arte. Window of the World, Splendid China y China Folk Culture Village recuerdan al visitante que, si China es el imperio del centro, Shenzhen es el ombligo del mundo. En las cuarenta y ocho hectáreas de Window of the World, desde una diminuta torre Eiffel, puede verse todo lo que merece la pena en este bajo mundo. Y, en un par de horas, pasarse por el Taj Mahal, el Matterhorn y la isla de Pascua o la de Manhattan sin grandes fatigas. Splendid China sigue la misma lógica a escala nacional: salte usted del Templo del Cielo a la Gran Muralla y, de allí, en un pispás, al santuario tibetano de Potala, y así hasta los cien monumentos que se agolpan en sus treinta hectáreas.

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S-21

La foto, en blanco y negro, es una instantánea trivial, de ésas que se hacen por millones para guardar memoria de acontecimientos que sólo interesan a un reducido círculo de íntimos. En ésta, un hombre de edad madura muestra a la cámara un bebé de unos seis meses que semeja tenerse de pie porque el hombre lo sostiene. El pliegue mongol en los ojos de ambos recuerda que son asiáticos. El bebé está lustroso y bien vestido, y el hombre parece demasiado mayor para ser su padre; tal vez sea un abuelo orgulloso de su prole o un pariente solícito. La foto no tiene fecha, pero el polo que viste el hombre anuncia que no es demasiado antigua.

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Camboya, otra vez

Durante años me había resistido a volver a Camboya, pero la reciente visita de unos amigos cambió mi decisión. Los viajeros no conocían Phnom Penh e insistían en incluir la ciudad en un itinerario turístico que yo había limitado al sur de Vietnam. Me escudaba en que ellos ya conocían Siem Reap y el cercano Angkor y, con eso, habían visto todo lo que merece la pena verse en el país. No era verdad y yo lo sabía; mi contumacia se debía a que yo no quería volver allí. Pero Saigón está a tiro de piedra de la capital de Camboya y hay autobuses prácticamente a todas las horas del día. Sólo tardan un poco más que el avión y permiten hacerse una idea del paisaje camboyano. Fue la mía una resistencia inicialmente firme pero, a la postre, vencida, porque me sentía incapaz de dar una explicación razonable a mi empecinamiento; así que, por no sentar plaza de cabezota, me vi subido al autobús y resignado a trastear de nuevo con Phnom Penh, más una obligada extensión a Siem Reap.

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Una belleza rusa

«Este año tienes tres estudiantes internacionales», me dice un colega que trabaja en la oficina del departamento donde enseño, al darme la lista de mi clase. «Y una es una rusa preciosa», remacha con un guiño cómplice. Dos días más tarde, en la primera clase, miro en derredor para localizar a esa belleza rusa que, así lo creo, se distinguirá fácilmente de las estudiantes chinas por su melena rubia casi albina, unos ojos claros y transparentes como un remanso inesperado en el río, y una piel blanquísima que mueva a la contemplación. Nunca he estado en Rusia, pero a veces miro la televisión de allí y veo mujeres como ésas. Aquí, en China, estoy escudriñando la clase en vano. No hay nadie así. Y empiezo a pasar lista dando por supuesto que Vera, que así se hace llamar la rusa en inglés, estará lamentablemente enferma o habrá tenido mejores cosas que hacer. Otro día será. Su nombre es el último de la lista y lo llamo por pura inercia, aunque sé que no responderá.

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Por Saigón con Darwin a cuestas (II)

Usar la moto en Saigón es una decisión ontogénica, es decir, se refiere a la adaptación de un organismo individual a su medio. Pero el tráfico en la ciudad no es sólo cosa de particulares. También afecta a la filogénesis o desarrollo evolutivo de las poblaciones. Los individuos formamos parte de ellas y, por tanto, las poblaciones compiten entre sí por recursos escasos en un medio ecológico que no han elegido libremente. En el caso de Saigón, la especie moto pugna con otras: camiones, autobuses, coches, ciclistas y peatones. Todas ellas se disputan espacios viarios muy limitados, al tiempo que tratan de imponerse a las demás y, eventualmente, de amoldarlas a sus necesidades. Por ahora, las motos ganan. Y así confirman las expectativas de Darwin de que algunos miembros de una población pueden hallar formas de adaptarse al medio con cambios que potencian su capacidad reproductiva. A la larga, esos cambios ontogénicos generan la aparición de nuevas poblaciones.

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