Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

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Comunistas, sí, pero vietnamitas

Hace muchos años que no paso por Lugano y tal vez la memoria me traicione, pero recuerdo haber visto en algún lugar de la ciudad una de esas estatuas épicas que tanto gustaban antes de las guerras mundiales, con una leyenda terminante: Liberi ma Svizzeri (Libres pero Suizos). Más tarde pude saber que Liberi e Svizzeri había sido un movimiento antifascista que se resistía a formar parte de la Italia irredenta que Mussolini quería incluir en su gran Italia. Los suizos del Ticino podían sentirse satisfechos de su parentesco lingüístico, pero se resistían a ser asimilados por sus, a la sazón, ambiciosos vecinos, como se resisten hoy a la fusión con la Lombardía que proponen algunos visionarios del sur.

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