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Poca fe

Hace unos meses, la presidenta de mi universidad en Saigón, seguramente por quitarse ella de en medio, me pidió que atendiese a un personaje interesado en discutir un proyecto que, según él, podría ser de interés mutuo. Estos embolados son parte habitual del trabajo, así que me puse manos a la obra. Él iba alcanzado de tiempo y no podía acercarse hasta el campus, por lo que concertamos una cita en uno de los cafés más concurridos de la ciudad, el Highlands Coffee, justo detrás de la Ópera, para evitar extraviarnos, pues no nos conocíamos. Un par de días después me encontraba allí con un hombre relativamente joven, de unos cuarenta años, de nacionalidad canadiense. Le ofrecí tomar algo. «No, gracias. Nada aquí», vino, severa, la respuesta. «No quiero contribuir a las ganancias de una compañía que explota a los trabajadores locales. Hombres y mujeres». El encuentro prometía.

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Textos de ocasión

Si a uno le gustan las novelas de Jonathan Franzen, tiene que ser paciente. En un cuarto de siglo, el autor ha publicado sólo cuatro, y nueve años separan las dos que han hecho verdadera mella en la literatura contemporánea: Las correcciones (2001) y Libertad (2010). La lentitud o, si se prefiere, la parsimonia forma parte de su figura de escritor serio, exhaustivo y panorámico; pero sería un error homologar a Franzen con, digamos, Thomas Pynchon, o algún otro sumo sacerdote literario que emerge una vez por década, con un tomo monumental bajo el brazo. Desde sus comienzos, Franzen ha combinado la ficción con el reportaje y los ensayos narrativos, que aparecen con bastante frecuencia en revistas como Harper’s y The New Yorker; y, tras el éxito masivo de Las correcciones, ha venido recopilándolos en libros de memorias (Zona fría, 2006) y misceláneas periodísticas: Cómo estar solo (2002) y, ahora, Más afuera.

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