Archivo Revista de Libros

El estilo Obama

La configuración constitucional de los Estados Unidos se presta de manera casi obligada a la confrontación entre el legislativo y el ejecutivo, sobre todo cuando sus detentadores no pertenecen al mismo partido. El caudal de emociones vividas en los últimos días del año 2012 con motivo de lo que se vino en llamar, con cierta razón, el «fiscal Cliff», el «precipicio fiscal», ha sido una nueva manifestación de ello, ciertamente no la primera y, desde luego, tampoco la última: de aquí a dos meses como muy tarde volveremos a vivir el suspense derivado de la fijación del techo del endeudamiento federal y la enésima discusión sobre la limitación del gasto, aplazada esta in extremis el último día del año pasado cuando los protagonistas del juego se dieron cuenta de que sólo cabía la adopción de una limitada subida de impuestos a los más pudientes del país para evitar que los recortes impositivos adoptados hace diez años por la administración Bush caducaran y con ello pudiera producirse un significativo aumento tributario para toda la población. Pero si no es nuevo el drama, sí lo es –relativamente– la manera en que el presidente Obama lo encara, vive y soluciona.

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En Hong Kong, al filo

Soplaba viento del este, así que el piloto enfiló hacia el aeropuerto de Lantau por la ruta menos habitual: desde el oeste, por la desembocadura del río de las Perlas. Cuando eso sucede, el avión entra a baja altura justo por el centro del estuario de Hong Kong y la vista es prodigiosa. Aquél, me dije, era mi día de suerte, pues tenía un asiento de ventanilla y a babor, con una perspectiva privilegiada sobre la isla. Que se chinchen los de estribor, le digo a mi vecino de asiento, que tienen que contentarse con Kowloon, el flanco continental de la ciudad y bastante menos espectacular desde el aire. «Ah, ¿sí?», se revuelve, envenenado porque él va a quedarse sin ver ninguno de los dos lados de la ciudad, «pues te pierdes el International Commercial Centre (ICC Tower), que, con sus 484 metros, es el edificio más alto del territorio». Y el más rimbombante, so gandul. Kowloon ha querido ningunear a la isla de Hong Kong, pero en su pecado de soberbia lleva la penitencia. Esa torre es un vampiro acromegálico que empequeñece todo lo que la rodea y le sorbe la sustancia.

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Episodios del pasado

Más de un lector de la magnífica obra de Santos Juliá aquí reseñada podría preguntarse por el interés que justifica escribir un libro de 459 páginas para rememorar un episodio de la lucha antifranquista en el ya lejano decenio que transcurrió entre 1955 y 1965. Pues bien, la respuesta es un rotundo «si»; el libro tiene interés por dos razones: personal la una y general, de actualidad política, la otra. La primera se centra en el protagonista del libro –Javier Pradera (en adelante JP)–, no sólo porque fue un arriesgado luchador contra la dictadura franquista sino, también, porque una vez desaparecida esta, tuvo una larga y notoria carrera como analista político y brillante editor. A ello se añade una consideración general relevante: a saber, de la lectura del libro puede extraerse una advertencia pertinente para la actual izquierda política española: la conveniencia de no incurrir nuevamente en parecidos errores de análisis y de estrategia a los cometidos en esa década por el Partido Comunista Español (PCE) y minuciosamente descritos por Santos Juliá, condenándose –a pesar de sus generosos sacrificios personales– a repetir su relativa irrelevancia una vez consolidada la democracia representativa en nuestro país.

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Conversación con Marcos Giralt Torrente:
«Leo la realidad literariamente y supongo que eso también es ser un escritor»

De su penúltima obra, Tiempo de vida, se ha dicho que es «el discurso de un alma atribulada que busca la paz» (Santos Sanz Villanueva) y que constituye un intento de «domar el sufrimiento por medio de la escritura» (Rosa Montero). Aunque esa obra le permitió obtener el Premio Nacional de Narrativa en 2011, de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) y del portentoso estilo de sus libros se habla mucho y muy bien desde hace años, en particular desde que obtuvo el Premio Herralde de Novela con París, en 1999. Claro que ese estilo parece haber sido dejado de lado al menos parcialmente por el autor a la hora de escribir Tiempo de vida. En este diálogo, que forma parte del ciclo «Antología en movimiento», una serie de conversaciones públicas entre el escritor Patricio Pron y una selección de artistas de la escena madrileña contemporánea en la librería La Buena Vida, Giralt Torrente habla de ese estilo, de la «ficción sin invención» y de la exposición a la que siempre está sometido todo escritor, no sólo cuando éste escribe una obra autobiográfica.

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Neoliberalismo y corrupción

Atraviesa el cine una era de plomo, así que uno hace lo que puede. Recorre la cartelera con el índice, cavila un rato, y termina apuntándose a una película que le suena de algo, o que le suena a que debería sonarle de algo, o… Bueno, el caso es que acabé sentado frente a El capital, de Costa-Gavras. A Costa-Gavras le interesa la política, y sus alrededores, y se pronuncia sobre asuntos que están en el aire, como se dice en la radio. Yo recordaba, más o menos, La confesión, en que los malos son los comunistas satelizados por la Unión Soviética. Aquí, los malos son los ricachones que desencadenaron la crisis financiera de 2008. El capital se sitúa, por tanto, en la estela de Inside Job (un documental) o Margin Call (ficción). Ambos productos estaban muy conseguidos, fuera o no su diagnóstico acertado. El capital no lo está, cuestiones ideológicas aparte. Probablemente, Costa-Gavras conoció de primera mano el debate sobre el comienzo del fin del comunismo. Presumo que, a finales de los sesenta, se hablaba de esas cosas en París, cuya clase intelectual estaba saliendo del largo invierno (mental) del estalinismo.

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