Libros recientes.

Mussolini contra Lenin

El germen del libro Mussolini contra Lenin puede que se encuentre en parte en el prólogo de otro de los libros de Emilio Gentile, centrado en la marcha sobre Roma, en el que realizaba una brevísima comparación entre Mussolini y Lenin y el día en que tomaron el poder. Gentile concluía recriminando: «Todavía no se ha intentado una historia comparada entre la revolución de octubre bolchevique y la revolución de octubre fascista»Emilio Gentile, El fascismo y la marcha sobre Roma, trad. de Luciano Padilla, Barcelona, Edhasa, 2015, p. 13.. No obstante, Mussolini contra Lenin colma sólo parcialmente el vacío historiográfico, ya que no se centra en las dos revoluciones. Tampoco es una comparación entre las dos biografías. Sin embargo, resulta especialmente útil para reflexionar sobre la evolución del pensamiento de Mussolini y su visión del poder leninista.

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Aires de época

En el cuarto capítulo de La verdadera vida de Sebastian Knight, entre los libros escogidos del héroe de la novela de Vladimir Nabokov, entre Hamlet, Madame Bovary, El hombre invisible, El tiempo recobrado, Alicia en el país de las maravillas, El rey Lear, un diccionario anglo-persa y una guía para comprar caballos, está Viento del sur (1917), de Norman DouglasCuando Virginia Woolf reseñó Viento del sur en The Times Literary Supplement del 14 de junio de 1917, definió al autor (que ya contaba entonces cuarenta y nueve años) como «muy personal, muy suyo y de su momento». En Cien libros claves del movimiento moderno, 1880-1950, Cyril Connolly consideró Siren Land (1911), la primera gran aproximación literaria de Douglas a Capri, «un nuevo capítulo de intimidad en el idilio anglo-italiano y uno de los libros de viajes más felices», pero fue Old Calabria (1915) la obra de Douglas que mereció entrar en los Cien libros claves del movimiento moderno, 1880-1950 como obra maestra, ejemplo de fusión de géneros, «libro de viajes, historia, filosofía y autobiografía».

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Alta Filosofía Natural

Si seguimos soportando algunas taras ideológicas, es porque funcionan como prejuicios queridos que merman nuestra agudeza, pero tal vez nos ayudan a vivir. Entre estas taras, una de las más llevaderas es el «naturalismo», es decir, la creencia en que «eso-verde-que-está-ahí-fuera» resulta ser radicalmente distinto de nosotros y mejor que nosotros: un mundo armónico y sometido a sus propias leyes, pero que hace las veces de pantalla donde proyectamos nuestros deseos insatisfechos y nuestros delirios.

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Bendita obsesión

Franz Schubert compuso Viaje de invierno, un ciclo de canciones para voz y piano sobre el texto homónimo del poeta Wilhelm Müller, hacia el final de su corta vida; y con el tiempo ha llegado a convertirse en uno de esos monumentos de la música clásica que tiene un número grande de devotos solitarios y silenciosos. Los amigos del compositor reaccionaron extrañados cuando este lo interpretó ante ellos, ya cerca de la muerte. Él les advirtió: «Amo esta música más que ninguna otra de las mías, y vosotros llegaréis a amarla igualmente». La amaron, desde luego, y hoy son numerosos sus sucesores, al menos en una cierta escala intelectual y social. Cuando se ofrece el ciclo completo de los veinticuatro Lieder, los auditorios se llenan y, al menos desde hace medio siglo, se han multiplicado las ediciones discográficas. Son seguidores silenciosos y solitarios, porque llevan su devoción de un modo discreto, tal vez con mutuas confesiones sobre su belleza y el escalofrío que produce su escucha, mientras que ninguna de sus canciones se ha visto expropiada –como sí una gran cantidad de piezas de música clásica– para añadirse al incesante muzak que se ha convertido en la banda sonora del capitalismo globalizado. No ha ocurrido, creo, todavía, encontrarse con una de estas canciones en un anuncio televisivo o al subirse a un avión. Demasiado depresivas y tristes, dirá alguno; aunque todo puede llegar. De modo que Viaje de invierno es una música que se disfruta pura, sin contaminaciones ni interferencias; a ser posible, de manera integral. Sería, por eso, tanto más interesante preguntarse qué es lo que escuchan y perciben los devotos de esta pieza de culto, qué clase de resonancias y referencias le encuentran: tanto más cuanto que el texto alemán es asequible sólo para una parte de ellos, y muy pocos pueden hacerse cargo de sus complejidades formales en lo musical. 

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Lerroux, un liberal in partibus infidelium

Más allá de las obras de José Álvarez Junco sobre Alejandro Lerroux y de Octavio Ruiz Manjón acerca del Partido Radical, siempre me intrigó por qué Lerroux había contado con tan mala opinión historiográfica. Entendía que así fuera en las interpretaciones autodenominadas progresistas: el personaje que gobernó con la CEDA y se opuso al Frente Popular cometió pecados nefandos, sin perdón. Pero es que igual opinión pulula en la historiografía que se predica alejada de banderías. Para casi todos, Lerroux ha pasado a ser un político carente de principios e ideología firmes, capaz de pactar con cualquiera, el prototipo del oportunista y demagogo. Pues bien, Roberto Villa rompe esta imagen con su libro. Primero, por el cúmulo de fuentes utilizadas, única forma de ser historiador sólido; segundo, porque ha desmenuzado qué quiso hacer Lerroux, con quién y para qué en cada momento; tercero, porque habla de su práctica política, anudándola con lo que quería de acuerdo con su ideología, que Villa muestra que sí la tenía; y cuarto, lo ha expuesto con una prosa elegante, gracias a la cual el libro de historia recobra el gozo de la obra bien escrita.

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Saudade en Lisboa

Lisboa es la ciudad de la saudade. No es posible caminar por sus calles, plazas y parques sin experimentar nostalgia, melancolía y cierto fatalismo. Antonio Muñoz Molina ya había ambientado una de sus primeras novelas en Lisboa y ahora vuelve a ella para narrarnos la peripecia de Bruno, un hombre en el umbral de la vejez que espera a su pareja en la soledad de un apartamento, sin otra compañía que su perrita Luria. Muñoz Molina elige la primera persona para impulsar el relato, logrando una intensidad que insinúa un fuerte componente autobiográfico. «Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo», afirma Bruno, sin ocultar su pesimismo existencial y su escasa fe en los logros del ser humano. Bruno ha vivido unos años en Nueva York y se ha mudado a Lisboa, buscando un ambiente más íntimo y silencioso. Testigo de los ataques terroristas del 11-S, no se hace ilusiones sobre el curso de la historia: «Probablemente el fin del mundo ha empezado ya, pero aún parece estar lejos de aquí». Se ha adelantado a su pareja, Cecilia, para acondicionar el apartamento. No quiere que añore su vivienda neoyorquina. Ha encontrado un barrio situado cerca del río Tajo y con un puente parecido al George Washington Bridge. Se muestra especialmente cuidadoso con la decoración, intentando reproducir con el máximo detalle el aspecto de su vivienda neoyorquina. El amor necesita una rutina. Las novedades conspiran contra la estabilidad emocional. 

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El inquietante encanto de la República de Weimar

La República de Weimar, sucesora en 1919 del Segundo Imperio alemán tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y liquidada en 1933 al ascender Adolf Hitler a la cancillería de lo que todavía tenía nombre oficial de Deutsches Reich, sigue ejerciendo cien años después de su nacimiento una fascinación indudable sobre las generaciones posteriores a 1945. Encanto, si se quiere, un tanto morboso, que resucita de forma periódica en tiempos de turbulencias democráticas, desafíos a las certidumbres de los sistemas democráticos construidos después de la Segunda Guerra Mundial, incertidumbre económica y difusas amenazas en el horizonte. Weimar se convirtió en un símbolo político lastrado, sinónimo de democracia fracasada en una sociedad moderna, consumida por enemigos internos y llegados al poder mediante unas elecciones.

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Ventajas y riesgos de la edición de genes

Las técnicas de ingeniería genética se introdujeron en los años setenta del siglo pasado. Su objetivo es la manipulación del ADN con el fin de seleccionar un gen e introducirlo en un organismo de manera que se integre y funcione en su genoma. De ese modo puede conseguirse que dicho organismo produzca una proteína para la que no poseía información genética. Por ejemplo, casi toda la insulina utilizada con fines médicos es fabricada hoy día por bacterias a las que se ha proporcionado el gen correspondiente. No es de extrañar por ello que, de todas las propuestas que desarrolla la moderna biotecnología, sea la producción de transgénicos –organismos que han incorporado en su genoma material genético exógeno– la que ha tenido más impacto económico y repercusión mediática. El éxito en agricultura ha sido muy notable. Los cultivos de plantas transgénicas, principalmente soja, algodón, maíz y colza, se extienden sobre unos ciento noventa millones de hectáreas, de los que en España hay ciento veinte mil. Menor ha sido el impacto en producción animal. Los primeros animales domésticos transgénicos (cerdos) se produjeron en 1998. Desde entonces, su empleo para consumo humano ha sido poco importante. Hasta la fecha, sólo en Canadá y Estados Unidos se ha autorizado un salmón transgénico con dicha finalidad. Sí que se han utilizado, aunque en una escala pequeña, para producir productos farmacéuticos. Mayor interés han tenido los ratones transgénicos, que se emplean en gran medida para estudiar la base genética de caracteres de interés para el hombre, especialmente enfermedades.

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El lado oscuro del bien

Hace unos meses, The Daily Orange –diario local de Syracuse (Nueva York)– informaba sobre una polémica sucedida en el campus que la Universidad de Syracuse tiene en Madrid. Un grupo de estudiantes estadounidenses denunciaron a su profesora ante la dirección por haber permitido que la palabra nigger (término despectivo para referirse a las personas de raza negra) se escuchara en clase. La palabra no se había empleado como insulto, sino que aparecía en un texto de Paul Theroux que se leyó en voz alta. Aquella sesión terminó con la indignación entre lágrimas de una alumna afroamericana y la consiguiente movilización estudiantil. La dirección del centro reaccionó convocando una reunión extraordinaria y emitiendo un comunicado en el que reiteraba su compromiso con la inclusividad y contra la discriminación.

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Las antinomias de Carlos V

En los últimos años Geoffrey Parker ha venido ofreciendo a sus lectores sucesivos especímenes en formato king size, esto es, biografías de reales personajes en volúmenes de considerable extensión. Si mi cuenta no falla, suman cuatro de sus últimas obras unas cuatro mil quinientas páginas, de las cuales en tres mil se despliegan las biografías de Carlos V y Felipe II con desigual reparto (mil y dos mil, aproximada y respectivamente), correspondiendo las restantes a tema bien diverso que en su día comenté en esta revista. De las biografías citadas, una primera sobre Felipe II  requirió de una segunda etiquetada como «definitiva», seguida a su vez de otra «esencial» . Ésta de Carlos V se presenta, sin embargo, como «nueva», aunque no porque suceda a otra previa del autor. Se trata, simplemente, de que, en su factura, el autor se ha propuesto «utilizar todas las fuentes disponibles acerca de Carlos», con el propósito añadido de trasladar íntegramente al público lector todo el caudal informativo que la documentación consultada le ha proporcionado: «Para bien o para mal –promete Parker–, de lo que yo sé del emperador poco dejaré que quede en mi propio tintero». Atributos de «definitiva» parecen, pues, no faltarle. Por lo demás, no sorprende tanto esfuerzo. Parker se dio a conocer con una obra que, a día de hoy, continúa siendo de referencia para el estudio del conflicto de Flandes, también conocido como Guerra de los Ochenta Años (1567-1648), y en algún momento cabía esperar que abordara la biografía del artífice político que dio cuerpo al ente político protagonista y escenario de tales hechos. La deuda ha quedado, por tanto, saldada.

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Alfonso Guerra y los dos Partidos Socialistas

Cientos de miles de españoles podrían acreditar idéntica experiencia: en su círculo más cercano de amigos y familiares –aquel en el que uno tiene confianza para hablar con los demás sobre el sentido de su voto–, muchas personas que antes votaban al PSOE han dejado de hacerlo en la actualidad. Estoy hablando de quienes José Ignacio Torreblanca ha denominado, con razón, votantes fantasma del PSOE, o, también votantes huérfanos, «los de toda la vida, los de centroizquierda moderado, los progresistas sin estridencias y los pragmáticos que abjuran de los radicalismos y las exageraciones ideológicas, los que prefieren que su partido haga mucho y diga poco a que diga mucho y haga poco. [Los que] no tienen problemas con la Constitución de 1978 y se sienten moderadamente patriotas, más por orgullo por lo logrado por este país en los últimos cuarenta años que por un fervor identitario y esencialista», aquellos a los que, entre otras cosas, les provoca escalofríos que el PSOE recurra a «silencios, omisiones y sobreentendidos» para «ganarse los votos de los independentistas». Aquellos, en fin, que no entienden ni pueden aceptar que «partidos autocalificados de izquierdas encuentren razonable la compañía de partidos que apelan a la identidad para justificar desigualdades».

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Hoy no me puedo levantar

La protagonista y narradora de Mi año de descanso y relajación, una muchacha anónima de veintiséis años, quiere dormir sin parar. Según se describe, es «somnófila». En el comienzo, se ayuda con «trazodona y zolpidem y Nembutal», más adelante añade fenobarbital, Ambien o Ativan y, al cabo, descubre la panacea en un fármaco experimental (e imaginario) llamado «Infermiterol», que la deja frita tres días seguidos. «Alta y delgada y rubia y guapa», la muchacha es una bella durmiente de nuestro tiempo. Pero la novela no es ninguna fábula, y en su vertiente satírica registra la influencia del clásico de Iván Goncharov Oblómov (1859), cuyo antihéroe quería pasarse la vida en la cama. En la misma vena, Moshfegh salpimenta el descanso con el estrés y la relajación con las intrusiones del mundo.

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El doble rostro del procés

A la ya larga lista de libros sobre el procésJordi Amat, La conjura de los irresponsables , Barcelona, Anagrama, 2017; Joan Coscubiela, Empantanados. Una alternativa federal al sóviet carlista, Barcelona, Península, 2018; Lola García, El naufragio. La deconstrucción del sueño independentista, Barcelona, Península, 2019; Daniel Gascón, El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia Barcelona, Debate, 2018; Pau Luque, La secesión en los dominios del lobo, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018; Guillem Martínez, 57 días en Piolín. Procesando el procés, el caso, la cosa, la trila, Madrid, Lengua de Trapo/Contexto, 2018; Ignacio Sánchez-Cuenca, La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018; Santi Vila, D’herois i traïdors. El dilema de Catalunya, atrapada entre dos focs, Barcelona, Pòrtic, 2018; Oriol Bertomeus, El terratrèmol silenciós. Relleu generacional i transformació del comportament electoral a Catalunya, Vic, Eumo, 2018., se añaden ahora dos más que –como trataré de argüir– agudizan sensiblemente nuestra mirada sobre la crisis político-constitucional que ha vivido la relación de Cataluña con el sistema institucional español surgido de la transición democrática y encarnado en la Carta Magna de 1978 y del cual no conocemos todavía el desenlace. Como es bien sabido, ha concluido hace poco la vista oral del proceso por rebelión, sedición, malversación y desobediencia contra los protagonistas políticos y civiles del procés.

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El ejército que nació en Marruecos

«Ningún analista podrá poner en duda que la institución militar ha desempeñado un papel determinante en la historia de España», escribe el prologuista de este volumen, el historiador militar Fernando Puell de la Villa, para sostener seguidamente que, si el protagonismo castrense fue acusado durante toda la etapa contemporánea de España, aún lo fue más en el período concreto que va desde que se dibuja la «sombra de Marruecos» en la política española hasta la eclosión del franquismo. «A la vista de ello –argumenta a continuación– resulta incomprensible la escasa atención prestada por los investigadores a tema tan trascendental». La mencionada contraposición, convertida en tópico argumentativo y en lamento tan admitido como estéril, ha tomado carta de naturaleza como una realidad palmaria desde hace varias décadas en el frontispicio de cualquier publicación de historia militar. Tanto es así que el autor de esta obra, Daniel Macías, tras una breve introducción, toma como punto de partida de su análisis –de hecho, es la primera frase que encuentra el lector– el mismo planteamiento: «El africanismo, entendido como familia militar, ha sido muy poco y también mal estudiado hasta el momento». No resalto esta coincidencia como cuestión anecdótica, sino en la medida en que dicho diagnóstico, tomado, según acabo de apuntar, como premisa indiscutible, condiciona en última instancia la propia estructura del volumen que comentamos. Así, dado que el africanismo en particular, pero también el ejército español en su conjunto y todo lo relacionado con la órbita castrense, están, según las estimaciones antedichas, tan postergados en el ámbito académico o universitario, el autor considera necesario dedicar un amplio apartado –al menos un tercio del libro, adaptación, por cierto, de una tesis doctoral– a lo que bien podrían llamarse cuestiones previas: aclaraciones metodológicas, repaso bibliográfico, problemas de enfoque, bosquejo del contexto, debates ideológicos y panorama general del período.

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