¿Español o españolista? Conmemoración del pasado e identidad nacional


Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español
Javier Moreno Luzón
Marcial Pons Historia. Madrid, 2021
323 p.

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Centenariomanía. Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español

Nadie sustenta hoy la ingenua consideración del pasado como mero depósito de acontecimientos sucedidos ni, en su acepción académica, solo como estricto objeto de estudio de la historia. El pasado se usa para los más variados menesteres, sometido a las necesidades del presente y proyectado hacia los objetivos de futuro. Lo que llamamos pasado, lejos de ser una especie de mina abandonada, aparece dinámico y mutable, hasta el punto de que se ha generalizado la boutade de que nada hay tan cambiante como el ayer. Como dicen algunos, de Borges a Eduardo Galeano, parece que tenemos un espléndido pasado por delante. Por otro lado, tampoco nos podemos engañar respecto a su entidad: el pasado es una construcción que hacemos los seres humanos para explicarnos la realidad y nuestra ubicación en ella y, en tanto que tal, susceptible de múltiples conformaciones en función de nuestros conocimientos, intereses o la simple perspectiva temporal. Esto no significa la negación, como fantásticos o irreales, de los sucesos pretéritos sino el reconocimiento de que la interpretación de los mismos estará sometida a los criterios vigentes en cada momento. Por traer a colación un episodio histórico que luego volverá a aparecer, nadie osa discutir que Colón arribó a lo que luego se llamaría América en 1492, pero llevamos más de cinco siglos discutiendo quién era Colón, qué intereses defendía o representaba, si fue él quien llegó primero a tan lejanas tierras, si se trató de un descubrimiento, qué consecuencias se siguieron de la conquista y hasta si aquel territorio debía llamársele nuevo continente, Colombia o América.

Si la globalización ha reactivado las pulsiones identitarias, no es extraño que la búsqueda compulsiva de identidad se haya dirigido también hacia el pasado, no tanto para rastrear las raíces –aunque también- como en búsqueda de legitimidades (morales, culturales y políticas). Presentarse como víctima de atrocidades pretéritas o de simples discriminaciones produce réditos que innumerables grupos y sectores, que se pretenden herederos de los damnificados de ayer, pretenden hoy cobrar. Ahora bien, si una cosa queda clara en el libro que nos va a ocupar, es que tales búsquedas y reflejos en el pasado no constituyen un recurso de nuestros días sino todo lo contrario. Ha sido y es un procedimiento típico en las configuraciones nacionales el diseño de un pasado ad hoc con fines aglutinadores, como palancas de movilización o para establecer propuestas sugestivas de futuro. Hablamos de un campo en el que convergen historia y memoria, política y cultura y, por supuesto, nacionalismos y populismos de toda laya. Desde cualquiera de esas perspectivas, se atribuye gran valor y profundo significado a la conmemoración del pasado en sus más diversas expresiones, sea como monumentos, recreaciones, desagravios, liturgias, celebraciones o festividades, por citar algunas de las más comunes. Uno de los modos más eficaces para visualizar ese pasado y hacer pedagogía del mismo es establecer fechas emblemáticas o acontecimientos cardinales que ejerzan de crisol y símbolo de la trayectoria histórica de una colectividad (muy a menudo, espectaculares victorias o agónicas derrotas). La memoria común se simplifica así en forma de efemérides, susceptibles de transformarse en días de fiesta nacional o cualquier otra clase de evocación pública. En fin, valga todo ello como prólogo para constatar el interés de las ciencias sociales por este uso –y abuso- de la memoria colectiva y, en particular, por las conmemoraciones (aniversarios y centenarios).

Hace poco más de un siglo -desde las décadas finales del XIX hasta la Gran Guerra, grosso modo-, se extendió una ola de evocaciones del pasado en forma de conmemoraciones que, para el autor del volumen, llegaron a constituir una centenariomanía, vocablo que da título a su estudio. Sucedió en España, pero también en la mayor parte de las naciones europeas, hasta el punto de que lo acaecido en nuestros lares, de modo un tanto tardío, puede verse como el reflejo mimético de lo que acontecía en naciones vecinas: la construcción de un orgullo patrio y su correlato en forma de prestigio internacional. Así puede entenderse, como subraya el autor, que el impulso conmemorativo en nuestro país sea indisociable de una fecha crítica en la proyección exterior, en concreto el año fatídico de 1898. El llamado Desastre por antonomasia marca un antes y un después en la política de la memoria: hubo remembranzas anteriores a esa fecha, como el cuarto centenario del Descubrimiento (1892), pero no llegaron ni de lejos a tener el significado y trascendencia de las rememoraciones posteriores al momento del orgullo herido del león español. Esta necesidad de buscar motivos de estima colectiva y claves identitarias en el pasado es indisociable de un élan regeneracionista y una exigencia perentoria de reconstrucción nacional: la modernización del país que preconizaban las elites tenía que hacerse sobre el basamento de una tradición -para algunos venerable; para otros, ambivalente o, más bien, aleccionadora- que, en cualquier caso, nos permitía sentir el orgullo de pertenecer a una raza milenaria que había dejado su impronta en la historia universal. Aunque el presente fuera decepcionante, un pasado glorioso posibilitaba soñar un nuevo futuro de esplendor.

Javier Moreno Luzón es un acreditado historiador con una larga trayectoria docente e investigadora. Durante un tiempo, sus intereses parecían polarizarse en la política caciquil de la Restauración y, más en concreto, en la persona de una de sus figuras emblemáticas, el conde de Romanones. De esa época, su obra más representativa es Romanones. Caciquismo y política liberal (Alianza, 1998). Más adelante fue ampliando su campo de estudio, primero en torno al rey -coordina el volumen colectivo Alfonso XIII. Un político en el trono (M. Pons, 2003)- y luego hacia el conjunto del período (escribe con Ramón Villares, Restauración y dictadura, vol. 7 de Historia de España, Crítica/M. Pons, 2009). Pero lo que distingue desde hace ya bastantes años su producción bibliográfica es su atención a los procesos de nacionalización, símbolos nacionales y proclamas nacionalistas, ciñéndose siempre al ámbito español. Ahí se encuadran las ediciones de volúmenes colectivos como Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización (C.E.P.C., 2007) y, junto con X. M. Núñez Seixas, Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX, (RBA, 2013), así como la autoría, con el último de los citados, de Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea, (Tecnos, 2017). En el ejemplar que ahora nos ocupa, Centenariomanía, Moreno Luzón recopila siete artículos publicados previamente en diversas revistas u obras colectivas para constituir otros tantos capítulos de una obra que, pese a lo que pudiera maliciarse de antemano, no es el típico libro confeccionado a base de retazos sino que guarda una impecable unidad interna y una coherencia irreprochable.

Tras unas páginas de reflexiones generales sobre el uso político de la historia («El pasado en la arena»), los capítulos que se suceden mantienen un orden cronológico para abordar los sucesivos centenarios, los de 1908 («Entre el progreso y la Virgen del Pilar»), 1910 (la independencia de las repúblicas americanas, en especial Argentina), 1912 («Memoria de la nación liberal»), 1913 (descubrimiento del Pacífico por Núñez de Balboa) y 1916 (muerte de Cervantes), quedando un último capítulo («Glorias patrias») como corolario sobre la perdurabilidad de los mitos y símbolos nacionales durante la Guerra Civil, el franquismo y la restauración democrática. En cada uno de ellos se desmenuzan los fastos, ceremonias e iniciativas públicas y privadas para celebrar los respectivos aniversarios. Limitaré mi análisis a los elementos en común entre todos ellos. Al menos, siete se me ocurren y, sin duda, se trata de concomitancias relevantes. El primero y más obvio es que en todos los casos la historia se instrumentaliza y se mitifica: no se pretende tanto entender un hecho pretérito –aunque es verdad que en algún caso, como el aniversario cervantino, hay una excelente producción investigadora y ensayística- cuanto convertirlo en emblema, elemento de cohesión, símbolo cultural y bandera movilizadora en función de unos objetivos políticos concretos. El segundo elemento es una consecuencia inevitable de lo que acabo de señalar, pues lo que en principio estaba llamado a celebrar la unidad se convierte en motivo de discrepancia y división porque a menudo los postulados políticos desde los que se intenta hacer la recuperación son distintos y hasta antitéticos o irreductibles. Sucede especialmente con el aniversario de la Constitución doceañista, efeméride inmarcesible e irrenunciable para liberales y progresistas como reprobable, o cuanto menos sospechosa, para católicos y conservadores. Pero incluso el levantamiento de 1808 contra el francés está lejos de escapar a la controversia, pues mientras unos celebran una rebelión tradicionalista –la dignidad de la España eterna frente al invasor impío-, otros conmemoran la eclosión de un país de ciudadanos sediento de libertad.

El tercer elemento es particularmente interesante para entender la especificidad del caso español de nacionalización, lejos del modelo idealizado y centralista del vecino transpirenaico. En la península ibérica persisten durante toda la edad contemporánea fuertes regionalismos y localismos que, en algunos casos, chocan frontalmente con los postulados nacionalizadores pero que en muchos otros –la inmensa mayoría, de facto- conviven, se integran y hasta potencian los sentimientos de pertenencia a una patria común. Un caso paradigmático, una vez más, es la celebración de la guerra de la Independencia, en la que el sitio de Zaragoza, Agustina de Aragón y la Virgen del Pilar forman una triada característica, tanto de la región maña como de España en su conjunto. No es ya solo compatibilidad sino que la nobleza baturra se convierte en arquetipo de la determinación de la raza, del mismo modo que la jota es al mismo tiempo baile regional y expresión depurada del alma española. La cuarta característica se sigue de esta convivencia entre lo local y lo nacional y se refiere a las pautas del proceso de nacionalización, que tiene lugar -como era previsible- de arriba abajo, pero también, en una medida nada desdeñable, en sentido inverso, como resultado de diversas iniciativas de lo que para simplificar podríamos llamar sociedad civil o, al menos, de algunos de quienes decían ser sus representantes. En este punto habría que hacer una matización nada trivial, que se destaca en el libro: en distintas ocasiones, los gobiernos españoles fueron renuentes a las conmemoraciones, como pasó, por ejemplo, con el gobierno Maura en 1908. No fue el único caso, hasta el punto de que ello le sirve a Moreno Luzón para hablar del «sorprendente desinterés que sentían las elites políticas españolas por la nacionalización de las masas». Esta desidia fue compensada por el entusiasmo de elites culturales e intelectuales, con nombres que aquí se repiten como activistas incansables, como Rafael María de Labra, Mariano de Cavia o Rafael Altamira. Sin su concurso, a veces desinteresado, la centenariomanía no hubiera pasado de un difuso desiderátum, tan bienintencionado como baldío.

Esta última insinuación remite a la cuestión más determinante, el quinto rasgo que conviene destacar: si, como sostiene esta obra, los centenarios constituían una palanca de nacionalización, el éxito o fracaso de las diversas propuestas conmemorativas repercutirían directamente en la recuperación de un pasado compartido que sirviera para aunar fuerzas y afrontar los retos futuros. En este punto, Moreno Luzón se muestra ambivalente, no porque su criterio sea dubitativo, sino porque la misma realidad que enjuicia está llena de claroscuros. De manera recurrente, subraya que la mayoría de estas celebraciones, aunque lejos de computar como absolutos fracasos, generaron una relativa insatisfacción al quedar muy lejos de sus expectativas. El denominador común fue más un moderado éxito (retórico) que un conjunto de realizaciones prácticas. Aun así, «el imaginario nacional español» logró nutrirse «de unos cuantos mitos y emblemas muy poderosos, capaces de persistir en las más diversas coyunturas». La sexta nota distintiva tiene gran importancia a la hora de calibrar la efectividad de esta explotación del pasado. A pesar de que se rememoran acontecimientos muy disímiles –desde el Descubrimiento y Conquista de América a textos literarios y constitucionales- y pese a que los protagonistas de tales eventos son heterogéneos –desde un escritor, Cervantes, o un descubridor, Núñez de Balboa, hasta un colectivo, como el pueblo de Móstoles o Madrid en 1808-, la mezcolanza de aniversarios, lejos de disminuir su eficacia, conlleva su reforzamiento. No cabría hablar por tanto de fracaso del proceso de nacionalización, aunque esta se hizo por unos derroteros que el autor parece sutilmente deplorar, en la medida en que un patriotismo cívico –el que se vincularía a la Constitución de 1812 o a la de 1978- tuvo sistemáticamente que ceder en distintos momentos históricos «ante la reivindicación de factores étnicos-culturales, mucho más atractivos».

El séptimo y último elemento común que quisiera comentar deriva de esta preferencia simbólica y no es otro que un sorprendente americanismo que admite diversas modulaciones, desde la grandilocuente y acartonada formulación de Madre Patria hasta una especie de hermandad político-cultural tutelada por España, por mencionar las más llamativas. Una y otra convergen en esa Hispanidad que teorizó, entre otros, Maeztu y que luego auspició el franquismo y que nunca pasó de un neoimperialismo de corto vuelo, mucho más utópico que realista. Lo de la sorpresa que mencioné líneas arriba procede de dos fuentes: una, que resalta el propio autor, consistió en una reinterpretación de las guerras de independencia de las naciones americanas, de modo que aparecieran no tanto como guerras contra España cuanto procesos de emancipación, como si fueran hijas mayores que salen de la casa materna. En este sentido se construyó un paralelismo entre los diversos levantamientos de liberación que se desencadenaron en tierras americanas y el que tuvo lugar en la península ibérica contra las huestes de Napoleón: se preserva así una supuesta hermandad entre todas las naciones de habla hispana mediante el reconocimiento de una lucha común por la independencia. Ayudó a todo ello que la hispanofobia americanista del XIX se transmutara en la hispanofilia del XX, sobre todo a partir del 98, cuando las jóvenes repúblicas hispanoamericanas vislumbraran las garras y el pico del águila estadounidense y se encontraran relegadas a la condición de meros ocupantes del patio trasero de la casa del tío Sam.

El otro rasgo sorpresivo deriva de que se podía entender bien la querencia americanista en centenarios como los del descubrimiento del Pacífico o el ya aludido proceso de emancipación americana, pero resultaba más difícil de explicar en el resto de los centenarios. Aquí, sin embargo, se abre paso una cuestión muy interesante para comprender la nacionalización española, la consideración del pasado y los factores de autoestima. En el mundo contemporáneo, España, sin su imperio, no es más que una potencia de segundo o tercer orden en el ámbito europeo y aún mucho menos en el contexto internacional. En el viejo continente, el idioma español a duras penas puede competir en términos de lenguaje político y diplomático con el inglés, el alemán o el francés. En cambio, mirando al oeste todo cambia, pues la lengua de Cervantes se expande desde California a Tierra de Fuego, una extensión inmensa, con muchos millones más de hispanoparlantes de los que habitan en la península. Así puede entenderse que el centenario de la muerte del autor del Quijote tuviera una dimensión trasatlántica. Paradojas del destino y de la historia: la Mancha afianza su dimensión universal en -y por- Yucatán, la Amazonía y la Pampa.

La conmemoración, escribe Moreno Luzón, es hacer política por otros medios. Como decía al principio, sería ingenuo pensar que el pasado es solo un depósito inalterable de acontecimientos. Incluso con esta concepción restrictiva, alguien decide por alguna razón qué olvidar y qué rememorar y, en este caso, cómo hacerlo y con qué sentido. Cuando la política elitista deviene política de masas, estas iniciativas se convierten en proclamas de movilización y para ello hacen falta apóstoles, gestas, héroes y mártires, es decir, una visión mítica del pasado y con ello, la conversión de la historia –ya simplificada ad hoc– en una suerte de religión civil. No es casual que se emplee la expresión «en los altares de la patria». El franquismo también lo decía sin ambages: «formación del espíritu nacional». Un estudio de estas características no puede soslayar por todo ello la confluencia de las conmemoraciones con los planteamientos nacionalistas. Se habrá advertido que en este comentario he orillado sistemáticamente tal concepto y me he referido a la nacionalización, porque empleando este término no puedo por menos que suscribir la tesis del libro. Pero probablemente desvirtuaría su espíritu y acaso también el sentido que el autor quiere darle al mismo si silenciara que Moreno Luzón hace en estas páginas tal uso -intensivo y extensivo- de los términos nacionalismo y nacionalista –que, por otro lado, nunca se definen o precisan- que más de uno se preguntará a lo largo de la lectura si toda conmemoración del pasado es por fuerza nacionalista o expresión de nacionalismo. Si prefieren, para ser más concretos, si cualquier reflejo positivo en el pasado hispano convierte a un español en españolista.

Nadie duda que las conmemoraciones, como sostiene Moreno Luzón, constituyen «importantes herramientas de nacionalización en manos de actores nacionalistas». Lo que nos preguntamos a partir de esa fórmula ambigua es, primero, si toda conmemoración constituye por sí una herramienta de nacionalización. No cabe la menor duda, sostendrán algunos. Pero sí surgen algunas dudas: por ejemplo, si celebramos en España el aniversario de Cervantes o la aparición del Quijote, eso sería una iniciativa nacionalizadora, pero… ¿y si tales eventos tienen lugar en Francia, promovidos por hispanistas franceses o una entidad estatal francesa? ¿Qué tipo de nacionalización se daría entonces? En segundo lugar, nos preguntamos si todo proceso de nacionalización tiene que ser necesariamente resultado de una política nacionalista. ¿Es siempre nacionalista la búsqueda de una identidad nacional? Lo que está en juego no es una simple cuestión terminológica sino algo más profundo que concierne al sentido último de la centenariomanía: ¿debemos entender que todas las conmemoraciones aquí descritas son en sí y por sí expresiones del nacionalismo español o, mejor dicho, de algunas de las distintas modalidades del nacionalismo español? Una vez más, la respuesta sería afirmativa según la óptica de una historiografía que, en la órbita de Michael Billig y su difundida acuñación de nacionalismo banal, encuentran que toda expresión política y cultural que atañe al pasado colectivo es per se nacionalista. No me extenderé aquí sobre un asunto ya abordado en esta misma revista (El nacionalismo español como nacionalismo banal: ¿es nacionalista el sentido común?) Una parte de los historiadores catalanes han usado pro domo sua este planteamiento y han sido particularmente beligerantes: según ellos, el nacionalismo español, como otros nacionalismos potentes o hegemónicos, se distingue precisamente por no reconocerse como tal. Eso significa en último término que todos somos nacionalistas, lo queramos o no. En el fondo, tal generalización del concepto llevaría a la inoperancia, pues no cabría distinción entre quienes se presentan como tales y todos los demás.

Es fácil colegir a estas alturas que no es casual la vinculación entre conmemoración y nacionalismo que campea en la portada, es decir, en el propio subtítulo del libro. La equiparación entre nacionalismo, identidad nacional y fiesta nacional es recurrente, ya desde el capítulo primero (cf. pp. 26, 28, 36) y luego la adjudicación del adjetivo nacionalista se extiende en múltiples pinceladas significativas que terminan por desplazar al término nacional. No es cuestión baladí porque de este modo los referentes más o menos estereotipados que constituyen la urdimbre de la identidad nacional se convierten en «mitos y símbolos nacionalistas» (p. 259), algo que no debe extrañar si el levantamiento de 1808 es una «guerra nacionalista» (p. 146); el 2 de Mayo, un «nacionalismo telúrico o racial» (p. 262); el 98, una «crisis nacionalista» (p. 222); el gobierno de Primo de Rivera, una «dictadura españolista» (p. 269) y hasta la serie de Curro Jiménez, una muestra de «nacionalismo popular» (p. 263). Desde mi punto de vista sería absurdo negar que tras la política de conmemoraciones se agazapaba alguna modalidad de nacionalismo español –casi siempre más retórico que pragmático-, pero ello no debe llevar a contemplar todos los centenarios y celebraciones como productos específicamente nacionalistas. Los procesos de nacionalización y búsqueda de la identidad nacional son siempre complejos y el caso español presenta además características contradictorias, como, por ejemplo, una imagen nacional fuerte pero una baja autoestima colectiva en muchos sectores de la población, que lleva a abominar de ser españoles o una actitud hipercrítica hacia todo lo hispano. Es probable que esta actitud haya contaminado también la perspectiva de los investigadores que tienden a ver todo lo español como españolismo (sobra subrayar lo peyorativo del término). La lectura del volumen de Moreno Luzón, tan impecable como investigación, es un buen motivo para reflexionar sobre el asunto.

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