Tombstone: The Great Chinese Famine, 1958-1962
Yang Jisheng
Farrar, Straus and Giroux
656 págs.

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En 1957 a Mao se le había ido la olla.

No quiero decir que hubiera perdido el control de sus facultades mentales. La cuestión era otra: había dejado que su intelecto cediese a los vapores emanados de una visión insaciablemente utópica del socialismo. Antes de 1957 se había conformado con el no pequeño triunfo de su revolución en China. Pero ahora se planteaba algo mucho más importante: en qué consistiría la construcción local del socialismo y cuál sería la estrategia más eficaz para ejecutarla. 

Hasta 1957 había fiado en una política de transición basada en un equilibrio inestable entre elementos típicamente capitalistas (mantenimiento de algunos sectores de economía de mercado imposibles de liquidar con rapidez) y mecanismos típicos de la economía socialista de la Unión Soviética (creciente planificación a partir de 1953). En política, el modelo de la Nueva Democracia trataba de hacer sitio para una alianza de clases que, aun basada en la hegemonía del partido comunista, tenía que tomar en cuenta la existencia de otras aún no extinguidas. Especialmente el enorme peso del campesinado y la no escasa influencia de la llamada burguesía nacional, cuyos intereses, aun en desigual medida, resultaban ser ampliamente divergentes de los del socialismo.

Hasta 1957 la actitud de los dirigentes chinos hacia la transformación socialista de su economía había sido de prudencia. El gran debate de fondo giraba en torno al ritmo de su desarrollo y la tónica prevalente advertía contra un crecimiento impulsivo o, con la jerga del momento, precipitado. En 1956 el Octavo Congreso del PCC recogía en su informe político que «la mayor contradicción doméstica en nuestro país es la contradicción entre la demanda popular de establecer una nación industrial avanzada y la realidad de una nación agraria y atrasada. Así se manifiesta la contradicción entre la exigencia popular de un rápido desarrollo de la economía y la cultura y las condiciones actuales en las que una y otra no pueden satisfacer esa necesidad».

El 9 de octubre de 1957, ante el Segundo Pleno del Comité Central elegido en ese CongresoLa cronología interna del Partido Comunista Chino se rige por los hitos determinados por sus Congresos, en cada uno de los cuales se elige un Comité Central, su máximo órgano de gobierno. El Comité Central adopta sus decisiones fundamentales en sesiones plenarias (Plenos) que se celebran sin plazo determinado y en las que ocasionalmente pueden participar miembros del partido que no pertenecen a ese órgano (Plenos ampliados)., Mao Zedong, que hasta el momento se había mostrado renuente hacia quienes como Gao GanGao Gan fue un importante dirigente comunista. En 1928 participó en un frustrado levantamiento en la provincia de Shaanxi; se unió a la Larga Marcha en 1935, y fue elegido miembro del Politburó en 1945. En 1947 se convirtió en el principal dirigente en la región de Manchuria donde intentó una rápida transformación socialista de su base industrial. En 1953 hizo acerbas críticas a Liu Shaoqi y a Zhou Enlai atacando la escasa determinación de su política económica. La acusación de haber puesto en peligro la unidad del partido provocó su desgracia y Gao se suicidó en 1954. En 1955, póstumamente, fue expulsado del partido. defendían posiciones más radicales, pasó a criticar a los tibios que se oponían a un avance precipitado y mantuvo que la contradicción doméstica principal había cambiado. Ahora Mao la definía como el enfrentamiento entre «el proletariado y la burguesía y entre la ruta socialista y la capitalista». 

Un mes más tarde, ante la flor y nata del comunismo internacional reunida en Moscú para decidir la nueva estrategia del movimiento, Mao haría un pronunciamiento radical que dejó pasmada a su audiencia . El capitalismo internacional había entrado en una etapa de rápida decadencia frente a un movimiento comunista seguro de sí mismo y el viento del Este volvía a prevalecer sobre el viento del Oeste que decía el Gran Timonel con su inigualable estro épico; la Unión Soviética superaría a Estados Unidos en quince años mientras que China haría lo mismo con Gran Bretaña, medida la distancia en toneladas métricas de producción de acero; y no había que temer una reacción desesperada por parte de los imperialistas. Así desencadenasen una guerra nuclear, así liquidaran a la mitad de la humanidad, así estarían finalmente perdidos. La mitad supérstite abrazaría el socialismo.

Y era esa eventual ocurrencia la que había llevado a Mao a perder la olla.

Como buen creyente, no dudaba ni por un segundo de que su utopía no estuviese llamada a convertirse en realidad. A falta de una divinidad ya superflua que lo garantizase, las leyes de la evolución histórica de la especie descubiertas por el materialismo histórico y su adaptación a las particularidades de China -el Pensamiento Mao Zedong- iban a ser de obligado cumplimiento. Y en breve.

De una u otra forma todos los dirigentes comunistas del país desde Mao hasta Xi han mantenido esa misma convicción hasta nuestros días, aunque las etapas y los modos de impulsarla hayan variado. Hoy nos ocuparemos de la más desvergonzadamente criminal: el Gran Salto Adelante impuesto por Mao y su partido comunista.

Suele atribuirse a Stalin, otro de los grandes carniceros del siglo XX, la reflexión de que «una muerte es una tragedia; un millón, una estadística». La pronunciase o no, la frase refleja de forma apropiada la actitud del padrecito de los pueblos ante las matanzas a las que había recurrido para imponer la colectivización de la agricultura en su imperio soviético.

Como se dirá más abajo, en la China del Gran Salto Adelante el número de muertes prematuras y de nacimientos no habidos varía según los autores pero, en cualquier caso se estima en decenas de millón. Detrás de esas estadísticas había, pues, millones de tragedias que no han llegado a contarse por la falta de cauces admitidos por el partido o por su denodada política de olvido sistemático. Pero su muro de silencio se ha ido rompiendo poco a poco.

A finales de abril 1959 a Yang Jishen, un estudiante de enseñanza secundaria y miembro de la Liga de la Juventud Comunista, le sorprendió el aviso de que su padre estaba muriéndose, literalmente, de hambre. Corrió al domicilio paterno (Yang residía como interno en su escuela) y se encontró con un panorama aterrador: su padre en cama, incapaz de atender a sus necesidades básicas, incluso la de masticar los pocos alimentos que Jisheng había conseguido reunir antes de visitarle. Yang padre murió a los tres días de su llegada y su recuerdo movería a Yang hijo a decidir contar, cuando llegase la ocasión, su inesperada muerte y los detalles de su suerte, extendiéndolos a los de otros millones de muertos en la hambruna de 1959-1960.

Yang Jishen acabó sus estudios, ingresó en el partido comunista en 1964 y se graduó en la universidad Tsinghua en 1966. Tras su licenciatura trabajó en la agencia oficial de noticias Xinhua hasta su retiro en 2001. Su actividad periodística le llevó a visitar los rincones más apartados de China y en sus viajes, a escondidas, fue haciéndose con los materiales para su libro sobre los estragos del Gran Salto Adelante. Tombstone por el título de su edición en inglés –Lápida sería la traducción apropiada en castellano, pero el libro sigue sin editar aquí-, apareció en 2012 (Penguin: Nueva York). La versión china original (2008) se publicó en Hong Kong y está prohibida en la República Popular.

Volvamos allí.

En 1957 para Mao resultaba evidente que había llegado el momento de dar un Gran Salto Adelante hacia la construcción del socialismo en China. El proyecto largó amarras a finales de 1957 cuando millones de campesinos fueron obligados a participar en proyectos de irrigación en diversos lugares del país. Mao saludaba satisfecho el papel desempeñado en ellos por unas cooperativas agrarias cada vez más grandes y ambiciosas. Recuérdese, sin embargo, que en esos consorcios los cooperantes mantienen sus propiedades y colaboran para obtener fines establecidos de común acuerdo.

China durante la época del Gran Salto Adelante

Poco después, a mediados de 1958, el partido adoptaba una nueva línea general para «marchar adelante sin vacilaciones, apuntar alto y construir el socialismo hasta alcanzar resultados mayores, más rápidos, mejores y más económicos», lo que se conseguiría mediante tres acciones paralelas: aumento fulgurante de la producción agraria; rápida industrialización; y eliminación de la familia como elemento socializador básico mediante la difusión por todo el país de las cocinas comunales.

En abril de ese año se formó en Chayashan la primera comuna popular de China. A diferencia de las cooperativas, las comunas ponían en común todas las propiedades agrarias -con espacios mínimos para la explotación individual-, así como también todo el utillaje, el ganado y demás enseres productivos. Las comunas quedaban sometidas a la autoridad del partido, que nombraba a sus dirigentes, y estaban obligadas a seguir las líneas de actuación del plan económico central. En resumen, se ponía en marcha un gigantesco plan de transferencias de los excedentes campesinos a las ciudades y a la clase obrera industrial que residía en ellas.

En agosto 1958, Mao ensalzaba las ventajas de estas nuevas cadenas de producción agraria. «Combinan la industria, la agricultura, el comercio, la educación y la defensa»Éste y los entrecomillados que siguen están tomados de la versión inglesa del libro de Yang.. En octubre su número ya ascendía a 26.576 con una participación obligatoria del 99.1% de los campesinos. Como anteriormente en la Unión Soviética, los chinos reaccionaron sacrificando sus cabañas. Si ya no eran de propiedad privada, por qué no compartirlas, comerse a sus animales y mejorar su escasa alimentación. En un viaje de inspección, Mao mostraba su alborozo: «qué vais a hacer con tanta comida extra».

Por su parte, los dirigentes comunales entraron en una cucaña por ver quién anticipaba mejores resultados en las cosechas venideras. Habían llegado las cosechas SputnikEl nombre provenía de los satélites puestos en órbita por el Kremlin. La palabra rusa designaba originalmente a quienes compartían un viaje, pero pasó a celebrar los éxitos técnicos de la Unión Soviética sobre el imperialismo norteamericano y, con ellos, la superioridad del socialismo. Sputnik en China significaba previsiones récord -generalmente anunciadas sin la menor garantía de cumplimiento- en las cosechas futuras. El Diario del Pueblo destacaba con honores a uno de ellos que preveía un rendimiento de 1.0007,5 kilos de trigo por mu (un mu equivale 666,5 m2 o un quinceavo de hectárea). . En 1955 una publicación oficial apuntaba que, en 1967, tras los próximos tres planes quinquenales los rendimientos agrarios pasarían a ser dos o tres veces mayores que los anteriores a la fundación de la República Popular, es decir, unos 450 millardos de kilos. Algunos dirigentes contaban en 1958 pulverizar esa meta en 1962. Cuando hay voluntad política, los límites no existen. «En la realidad, la producción de grano en 1967 fue de 218,7 millardos, menos de la mitad de lo que había previsto Mao. Sólo en 1993 se llegó a esos 450 millardos» (p. 88).

En 1958 Liu Shaoqi daba por buenas las cifras de las comunas Sputnik porque «han ganado a los científicos, que nunca se atrevieron a soñar con lo que ellas han conseguido. Eso es la revolución». Otros dirigentes hasta entonces prudentes como Zhou Enlai se sumaban, por la cuenta que les traía, al regocijo de los medios oficiales del partido.

Algo parecido sucedió con la industrialización. A finales de junio 1958 Mao subrayaba que «superar al Reino Unido no llevará quince años, ni siquiera siete; bastarán dos o tres para hacerlo especialmente en la producción de acero» (p. 115). A renglón seguido los altos dirigentes del partido decidieron doblar el volumen de forja de hierro y acero: once millones de toneladas. El objetivo se lograría con altos (?) hornos comunales diseñados a toda máquina donde los campesinos fueron obligados a fundir todos sus objetos de hierro para aumentar la producción. Cazos, woks, instrumentos de cultivo, hasta adornos femeninos acabaron allí.

También en 1958 se produjo la campaña de lanzamiento de los comedores comunales. En junio 14, Liu Shaoqi arengaba a las mujeres comunistas de la Federación China de Mujeres. «Hoy en día hay mucha fuerza de trabajo mal empleada. Cada familia lleva a cabo sus tareas caseras: lava su ropa, educa a sus hijos, zurce sus vestidos y produce sus zapatos. […] Una sociedad comunista liberará a todas las mujeres de esos trabajos caseros. [En Henan, JA] una cooperativa rural de más de 500 hogares ha organizado un comedor comunal y ya no necesita cocinas en las casas. La fuerza de trabajo se aumentó en un 30% y [el gran recorte] ha reducido las tareas de cocina de 200 a 40 personas. Esa gran labor ha generado mayor productividad y grandes economías» (p. 233). A finales de año se habían establecido 3,4 millones de comedores comunales que alimentaban -al menos en la propaganda- al 90% de la población rural.

Todos esos grandes prodigios no soportaron el paso del tiempo.

En 1959 las exportaciones chinas de grano alcanzaron su mayor extensión con cinco millones de toneladas por comparación con las 200.000 importadas. Mientras tanto, la población agraria se veía diezmada por la mayor hambruna de los tiempos recientes.

La respuesta fue contundente. La escasez de alimentos que estaba causando muertes por millones se debía a la ocultación de sus cosechas por los campesinos y los funcionarios del partido dedicaron sin tregua sus esfuerzos a desenmascarar esas actividades contrarrevolucionarias, frustrarlas y castigarlas con la mayor severidad en las famosas sesiones de lucha. Si no conseguían demostrarlas, se las inventaban.

De nuevo, la realidad seguía su curso. Informes oficiales recogían que en Jining, provincia de Shandong los campesinos comían tallos de hierba, cortezas de árbol y paja. Más de 670.000 sufrían de edema y buena parte de ellos moría de hambre. Así también en muchos otros lugares. Mientras tanto Mao y los dirigentes comunistas seguían culpando a la ocultación, a caídas transitorias de la producción y a «los conservadores derechistas que se entregan de lleno a mantener cuotas reducidas de producción de grano» (p. 324). Mientras tanto, los líderes del partido recibían raciones especiales en los comedores comunitarios.

Pero la ficción no era fácil de mantener. En abril 1959 el Consejo de Estado (nombre del gobierno chino) reconocía que en quince provincias de las treinta y dos del país 25 millones de personas carecían de comida. En 1960 el número de muertes por hambre llegó a su máximo a mediados de año.  En Zunyi, provincia de Guizhou, y en Luoding, provincia de Guangdong -ambas localidades eran pequeñas zonas administrativas- más de 17.000 personas fallecieron por hambre en pocos meses. Mientras tanto, China volvió a exportar 2,72 millones de toneladas de grano. Por su parte, en mayo 1959 el Politburó se había visto obligado a rebajar la producción prevista de acero a sólo 13 millones de toneladas. Y, pese a los esfuerzos de Mao por mantenerlo a toda costa, el movimiento de comedores comunales empezó a desaparecer. Finalmente, a lo largo de 1960, por su absoluta incapacidad ante las muertes por hambruna, hubo que aceptar su liquidación.

En 1961 resultaba quimérico seguir negando la evidencia de que los tres grandes pilares del Gran Salto Adelante se habían venido abajo.

Sus efectos no fueron los mismos en todo el país. Yang atribuye las grandes diferencias en mortalidad a dos grandes factores. El primero, la fidelidad de los dirigentes locales a las consignas de Mao Zedong. Cuanto con mayor empuje las seguían, tanto más aumentaba el número de muertos. En segundo lugar, la hambruna golpeó con mayor fuerza en aquellos lugares donde las cifras de producción anunciadas eran más enloquecidas. Esa información oficial indicaba pérdida de vidas por decenas de millones, pero no llegaba más que a los altos dirigentes del partido.

Las estimaciones de Yang apuntan que el Gran Salto Adelante cambió por completo el rumbo de la demografía china. Hasta entonces su evolución había sido rápidamente ascendente desde 1949; en 1958 y los años siguientes, por el contrario, experimentó una rápida contracción. Entre 1958 y 1961 el número de muertes prematuras subió a 16,2 millones. A la vez, se produjo una enorme reducción del número de nacimientos que Yang estima en 31,5 millones. En total, 47,7 millones de chinos menos.

Yang ofrece una segunda opción, aún más escalofriante. Si se combina el esperable crecimiento regular de la población (número normal de defunciones menos número normal de nuevos nacimientos según el ritmo de crecimiento previo), en circunstancias normales, el número de chinos debería haber llegado a 711,9 millones a finales de 1961, pero en la realidad se produjo una disminución de 53,3 millones.

Yang coteja finalmente su propia estimación con otras de diferentes expertos y terminada con una cifra aún superior: la hambruna provocó 36 millones de muertes no naturales y una reducción de 40 millones en el número normal de nacimientos con lo que la pérdida demográfica total podría haber llegado a 76 millones de personasLas estimaciones de Yang difieren de otras más recientes. Dikötter, por ejemplo, (cf. su Mao’s Great Famine: The History of China’s Most Devastating Catastrophe 1958-1962. Walker & Co: Nueva York 2010, location 6161 ss.; La gran hambruna en la China de Mao: historia de la catástrofe más devastadora de China, 1958-1962. Traducción castellana de J.J. Mudarra. Editorial Acantilado: Barcelona 2017) habla de un mínimo de 45 millones de muertes prematuras. El número efectivo sigue sin saberse y, si algún día se llega a ello, será luego de que los archivos del partido puedan estudiarse con más rigor del actualmente permitido. Ese momento, como señalaba Felix Wemheuer (A Social History of Maoist China. Conflict and Change, 1949-1976, Cambridge UP: Cambridge 2019), se ha alargado bajo la era de Xi Jinping..

***

«Una lápida es memoria en piedra. Y la memoria humana es el escalón que sirve a un país y a su pueblo para ascender. Debemos recordar no sólo lo bueno; también lo malo. No sólo los momentos brillantes; también las tinieblas. Los dirigentes del sistema totalitario tratan de ocultar sus fallos y de resaltar sus méritos; de opacar sus errores y de erradicar por la fuerza toda memoria de las calamidades, de las tinieblas y de los males cometidos por los hombres. Por eso, los chinos se ven animados a envolverse en una amnesia histórica impuesta por quienes detentan el poder. Yo erijo esta lápida para que nuestro pueblo recuerde y decida desistir de las calamidades, las tinieblas y los males por esas manos de hombre» (p. 3).

Esa es la lápida, una y trina, que Yang cincelaba para sus tres destinatarios: el padre que murió de hambre en 1959; los, al menos, 36 millones de chinos que acabaron del mismo modo; y la diabólica utopía socialista que provocó la Gran Hambruna de Mao Zedong.

Pero la razón decisiva que acarreó la muerte de tantos chinos, remata Yang, fue la alianza entre una autocracia de talante soviético con el tradicional despotismo imperial chino, ambos resueltos a controlar la política, la economía, la cultura, la ideología y todos los demás aspectos de la vida cotidiana. O, en otras palabras, la determinación de sus dirigentes por crear una sociedad en la que no exista el menor abrigo institucional para los individuos aislados, es decir, sus súbditos, a quienes, impotentes, les toca soportar los designios que para bien o, tantas veces, para mal, les imponga la única institución que se cree con derecho a existir: el partido comunista. Por muchos años los entusiastas del maoísmo han exaltado ese sistema como la dictadura del proletariado -la gran mayoría de la sociedad, dicen- pero la realidad ha resultado mucho más cruda. No es más que la dictadura de una nueva clase de capitalistas rojos articulada en torno a los 95 millones de funcionarios comunistas, sus familiares y sus clientes. Ese es el gran trazo de unión entre el Gran Salto Delante de Mao; la era de reformas y apertura económica de Deng y esa silente comunidad próspera que hoy anuncia y celebra Xi Jinping.

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