A Social History of Maoist China. Conflict and Change
Felix Wemheuer
Cambridge University Press, 2019

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A social history of maoist china

¿Qué hubiera usted pensado de sí mismo si, entre 1921 y 1949, de ser un don nadie que se buscaba la vida a salto de mata con intentos revolucionarios fallidos hubiera pasado a liderar la mayor revolución comunista de la historia, a convertirse en el Gran Timonel de una nación de 552 millones de habitantes y a gozar de un poder omnímodo, impuesto sin duda por la fuerza, pero también aceptado, así fuera pasivamente, por una amplia mayoría de la población china? ¿Y si, por añadidura, en pocos años más usted hubiera obtenido éxitos adicionales como la guerra de Corea (1950-1953) donde -según la versión de Pekín- China evitó la victoria americana y forzó a Estados Unidos a la firma de un armisticio; o, como en 1957, cuando obtuvo de la URSS la tecnología necesaria para el desarrollo de una bomba nuclear propia; por no hablar de la conversión de la China maoísta en la segunda Roma soviética y de la propagación del Pensamiento Mao Zedong como alternativa al revisionismo de Moscú?

Es lógico que Mao tuviera un alto concepto de sí mismo. Más aún cuando, al tiempo, sus logros se celebraban no sólo como hazañas personales sino como pruebas de la fuerza inexorable del materialismo histórico y de su capacidad para acelerar el curso de la historia. Si, contra todo pronóstico, en China la ola comunista había sido capaz de llevarse por delante a los invasores japoneses y de derrotar a las fuerzas de la reacción representadas por el GMD -Guomindang, el Partido Nacionalista de la burguesía nacional encabezado por Chiang Kai-shek-, qué nuevos portentos no le tendría reservados el futuro.

Como buen marxista, Mao tenía mucho de creyente.

Creyente había que ser para esperar a mediados del siglo XX la revolución comunista en China, un país con un glorioso pasado, pero de incierto presente. Las llamadas revoluciones comunistas, excepto cuando fueron impuestas por Ejército Rojo en Europa oriental al final de la Segunda Guerra Mundial, han sucedido justamente allí donde, según los cánones de la doctrina, hubieran tenido que esperar, es decir, en sociedades atrasadas donde el desarrollo del capitalismo sólo había dado los primeros vagidos. Ese fue el caso de Rusia y otro tanto sucedió en Vietnam, en Corea del Norte, en Camboya, en Cuba y, por supuesto, en China. Todas ellas revoluciones contra Das Kapital como tachara Gramsci a la de octubre 1917 con un término válido para las demás.

Comunismo, en los escritos de Marx, es un término que refiere siempre a un estadio superior en la evolución de la especie humana, sólo realizable cuando el desarrollo de las fuerzas productivas permita un aún inimaginable acceso colectivo a toda clase de bienes materiales y culturales. Sin costes. Gratis total. En esa sociedad de la abundancia habrán desaparecido la tiranía de la pobreza y la falta de libertad impuesta por la división del trabajo y de la sociedad en clases. Podremos ser, en fin, libres y creadores de nuestras propias vidas: granjeros por la mañana, estudiosos de las sutras budistas luego de la siesta y reyes del reguetón por la noche. 

Por eso, cuando hablamos de revoluciones comunistas obviamente no nos referimos a que, por el momento, ninguna de ellas haya alcanzado tan altas miras. A las ya conocidas se las llama así porque las han realizado partidos que proponen alcanzar esa meta algún día aún lejano. Hasta ahora, lo único de lo que han dado muestras esos partidos es de tener una marca reconocida y de que sus dirigentes están resueltos a impulsar la distopía. En su versión más conocida, la del partido leninista, el comunismo ha sido, es y será una estrategia de poder para creyentes.

El partido forjado por Mao Zedong en Yan’an y hoy liderado por Xi Jinping no ha sido una excepción. «Ostensiblemente el régimen defendía valores poderosamente universalistas: libertad, igualdad, paz, justicia y democracia […] Y, a diferencia de la democracia liberal aventuraba un peculiar experimento social para alcanzarlos, una vez que la sociedad acabara por fundirse en una comunidad de abundancia y sin clases en la que el propio estado desaparecería. De la misma forma que la Unión Soviética tras la revolución bolchevique, el régimen sabía cómo fascinar a sus diferentes audiencias en el camino hacia la utopía»Frank Dikötter: The Tragedy of Liberation. A History of the Chinese revolution 1945-1957. Bloomsbury Press: Nueva York 2014, p. 257

Pero, al día siguiente de la revolución, las sociedades en donde han triunfado los partidos comunistas siguen ancladas en su misma situación previa de atraso económico y social. Tomemos el caso chino. Cuando se fundó la República Popular en 1949 China era uno de los países más pobres del mundo. El censo nacional de 1953 recogía que la expectativa de vida estaba en 40 años. China seguía siendo aún una sociedad agraria con una amplia mayoría de su población rural y analfabeta. La tasa de urbanización en 1949 estaba en un escuálido 10,6%.

Con algo similar han tenido que bregar todos los partidos comunistas triunfantes: ¿cómo modernizar la economía nacional para dar peso a la industria? ¿Cómo convertir una sociedad acuñada con el atraso material y cultural del campesinado en otra más moderna y productiva? En el caso soviético y en todos los demás, por decirlo con terminología maoísta, la contradicción principal surgía de la opción entre el campo y la ciudad. Pero cuando se aspira a una rápida transformación de la estructura social recibida, la paciencia es necesariamente limitada. La transformación de la economía y de la sociedad que, en otros lugares, ha llevado siglos tiene que hacerse ahora a uña de caballo. Especialmente rápido tiene que ser su proceso de industrialización y si para ello hay que recurrir a medidas drásticas o brutales, todas ellas quedarán justificadas por los beneficios que sus sociedades experimentarán en un par de generaciones.

Entre los trabajos recientes que dan cuenta de ese proceso en China, me ha parecido apropiado recurrir al de Felix Wemheuer (A Social History of Maoist China. Conflict and Change, 1949-1976, Cambridge UP: Cambridge 2019), un profesor de la universidad de Colonia. La colección de la que forma parte -Nuevos Estudios de Historia Asiática- se propone una aproximación revisionista a la materia, lo que, en el caso de Wemheuer se hace con excesivas dosis de comprensión por las medidas adoptadas al llegar al poder los comunistas chinos. Pero, con independencia de este juicio personal, su libro, junto al de Dikötter citado en más arriba, aporta detalles menos conocidos o peor establecidos en otras publicaciones sobre la época.

La primera tarea que se asignaron los comunistas chinos fue la transformación de la estructura económica del país eliminando la propiedad privada de terratenientes y capitalistas. Ya en 1953 se dotaron de un plan quinquenal y, al poco, impulsaron una economía planificada al estilo soviético, asentada sobre industrias estatales en las ciudades y sobre las cooperativas agrarias en el campo. Con una opción un tanto discutible Wemheuer habla de un intento de impulsar un Estado de Bienestar socialista. Sea como fuere, las medidas adoptadas para poner en marcha esa nueva política económica convirtieron al estado en el principal distribuidor de bienes y recursos entre la población y, para ello, necesitaban imponer un orden de prelación que permitiese a algunos de sus súbditos avanzar antes que otros. A pesar de su proclamado protagonismo en la revolución, los perdedores en el nuevo orden iban a ser los campesinos.

Dada la importancia que los nuevos dirigentes otorgaban a la industrialización y, en consecuencia, a la población urbana, la participación en los beneficios provistos por ese neonato estado protector dependería del lugar de residencia que, a su vez, venía marcado por un documento fundamental: el hukou, un carné de identidad, que los definía según el lugar de residencia de sus madres.

El hukou determinaba una diferencia fundamental: unos chinos -la minoría- pasaban así a situarse, según la terminología al uso, dentro del sistema; y una inmensa mayoría quedaría afuera. Aunque vivieran en un medio urbano, a todos los que tuvieran un hukou rural se los incluía entre los últimos.

La gran ventaja de los de dentro era lo que se conocía como el tiefanwan o tazón de arroz de hierroHabitualmente los chinos no usan platos individuales sino tazones en los que se deposita el arroz -equivalente de nuestro pan- que acompaña los bocados que se toman de fuentes colectivas con los palillos. De ahí que el tazón sea un elemento imprescindible en los usos prandiales chinos.,es decir, tener aseguradas algunas garantías vitales básicas. Con escasas excepciones, todos ellos trabajaban en una empresa estatal y contaban con cartillas de racionamiento que les permitían comprar a precios razonables alimentos y otros bienes de consumo; sus centros de trabajo (danwei) les daban acceso a viviendas baratas y a otros beneficios sociales. En suma, gozaban de un limitadísimo bienestar subvencionado por el Estado chino.

Los de afuera -la gran mayoría campesina- llevaban una vida mucho más azarosa. Inicialmente se les forzó a agruparse en cooperativas obligadas a vender sus excedentes -calculados sobre un pétreo mínimo- a un monopolio estatal que pagaba precios muy bajos. Así, los trabajadores rurales que -recordémoslo- componían el 90% de la población china, carecían de cartillas de racionamiento, salarios garantizados y seguridad social.

A partir de 1958 se arrebataron a las cooperativas sus mínimas libertades de funcionamiento y todos los campesinos fueron encuadrados en comunas donde dependían de las decisiones de los funcionarios del partido. Pese a la importancia que el sistema maoísta atribuía a los orígenes de clase, esta diferencia entre población rural y urbana ocasionaba numerosas situaciones llamativas. Aseguraba, por ejemplo, que un capitalista de Pekín pudiera alimentarse mejor que un campesino pobre carente de cartilla de racionamiento.

«Para una gran mayoría de la población pertenecer a la ciudadanía rural significaba quedar excluida del Estado de bienestar socialista en una existencia ligada a la aldea y a la tierra. El modelo de desarrollo de la era Mao consistió básicamente en el avance de la gran industria pesada y urbana mediante la explotación del campesinado y la extracción de recursos rurales a precios artificialmente bajos. La divisoria urbana/rural se convirtió así en la diferencia fundamental de la sociedad maoísta» (p.23). Con algunas limitaciones sigue manteniéndose hasta hoy.

Sobre ella aparecían otras restricciones de acceso a los bienes distribuidos por el Estado. Pese al repetido sonsoniche de que, para Mao, «las mujeres sostenían la mitad del cielo», la realidad era diferente y se apegaba a la división residencial. En las empresas urbanas, especialmente en las estatales, la participación femenina tendía a ser más alta que en el campo donde no se proveían cantinas ni jardines de infancia. En cooperativas y comunas rurales muchas mujeres se dedicaban en exclusiva a las tareas de mantenimiento del hogar. Los salarios femeninos eran también inferiores a los de la ciudad y, por supuesto a los de los trabajadores rurales masculinos. Algo similar sucedía con la pertenencia a grupos étnicos donde la cultura y la lengua de la mayoría Han recibían trato de favor respecto a los demás grupos.

Por su parte y a pesar de la obsesión del nuevo régimen por establecer con precisión los orígenes sociales de cada uno de sus súbditos, la posición de clase se utilizaba sobre todo para filtrar el acceso a determinadas instituciones como las universidades, el ejército y, por supuesto, el partido. El uso masivo de categorías clasistas comenzó durante la campaña de reforma agraria (1947-1952) para decidir si una persona iba beneficiarse de ella o, en el otro extremo, ver confiscadas sus propiedades. De allí saltó al resto de la sociedad y generó diversas etiquetas ligadas a tres dimensiones del término clase: (1) estatus económico familiar previo a la formación de la República Popular en 1949; (2) tipo de empleo; y (3) orientación política, es decir, actitud hacia la revolución y la sociedad socialista.

Sobre estas tres variables y con el tiempo se articuló una complicada red posicional que adjudicaba eventuales roles al conjunto de los chinos y determinaba su fiabilidad política para el régimen. Dikötter ofrece un esquema simplificado de tres clases. Las clases confiables estaban representadas por los cuadros revolucionarios; los soldados que habían combatido en el Ejército Popular de Liberación; los mártires revolucionarios y sus descendientes; trabajadores industriales; campesinos pobres y medio-bajos. Entre las clases medias se contaban la pequeña burguesía urbana; los propietarios rurales medios; intelectuales y profesionales. Y finalmente aparecían las clases protervas: grandes terratenientes; campesinos ricos y capitalistas. Pero «pronto se iban a simplificar en dos categorías opuestas: rojos/negros o amigos/enemigos. [Esa clasificación dual] determinaba el destino de una persona durante décadas, pues los vástagos heredaban el estatus de su cabeza de familiaDikötter, op. cit, p. 47 .

Sobre estas bases se estructuró el nuevo régimen político y social. Retrocedamos, pues, un poco para entender mejor su arquitectura. El comunismo, para Marx y gran parte de sus seguidores, sería la apoteosis final de la prehistoria y el comienzo de una historia humana digna de ese nombre: una sociedad sin clases y sin Estado. ¿Qué sucedería con anterioridad, justo cuando el nuevo poder revolucionario acababa de derrocar al capitalismo?

Respuesta habitual entre marxistas y leninistas: un régimen transicional donde el nuevo poder en manos del proletariado y sus aliados entre los campesinos y algunos sectores avanzados de la burguesía nacional impulsarían la construcción de algo llamado socialismo cuyos rasgos no eran fáciles de definir. Habitualmente incluían una rápida disminución del papel de los mercados y la aparición de planes económicos que impulsasen la economía por el camino de la eficiencia y no del interés y el beneficio. La transición podía estar más o menos avanzada y en esto, una vez que se consolidaron algunas revoluciones comunistas, también había que hacer distingos. Por razón de su decanato histórico, la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) merecía así ser celebrada como la avanzada del socialismo. Los regímenes de partidos comunistas que tomaron el relevo estaban tan al principio de esa transición que merecían sólo el título de democracias populares. Así lo aceptaron los dirigentes chinos al bautizar a su nuevo estado como la República Popular de China.

En términos menos oscuros, los comunistas chinos se referían a su régimen como una Nueva Democracia en la que podrían incluirse clases que aún podían desempeñar un papel importante en la marcha hacia el socialismo por su ideología, su capacidad intelectual y su defensa de la patria. Había, sin embargo, una condición básica para su funcionamiento: las decisiones políticas fundamentales sólo podía adoptarlas el partido político dispuesto a defender hasta sus últimas consecuencias las posiciones socialistas del proletariado, es decir, el Partido Comunista Chino, es decir, la vanguardia de esa clase dirigente. En definitiva, el nuevo régimen no podía ser sino una dictadura del proletariado.

Pero en la Nueva Democracia cabían también otros partidos políticos que representasen los intereses patrióticos de otras clases o fragmentos de ellas. Como en otras democracias populares, en la China actual existe un Frente Unido en el que se integran representantes políticos no comunistas y miembros de organizaciones de masas supuestamente independientes del partido.

Esa nueva democracia impulsaría un Programa Común aprobado en 1949. No era precisamente acogedor de las diferencias. Su objetivo fundamental era la transición al socialismo, aunque aceptaba -por el momento- una coexistencia más o menos pacífica entre empresas privadas y mercados abiertos, por un lado, y  el sector público por el otro. También estipulaba que, una vez ejecutada la reforma agraria, subsistiría la propiedad privada del suelo y podrían formarse cooperativas agrarias voluntarias para ayudar a los pequeños campesinos. Iba a ser un tiempo de espera hasta que las circunstancias permitiesen aventuras más osadas.

Pero aun así Mao tenía prisa. Como buen creyente marxista estaba convencido de la superioridad del socialismo y de la posibilidad -mejor aún, la necesidad- de impulsarlo para que China quemase etapas y se convirtiera rápidamente en una de las grandes potencias mundiales. Como diría en su discurso de 1957 ante los representantes de 64 partidos comunistas y obreros en Moscú, el viento de la historia había cambiado y, de nuevo, el del Este prevalecía sobre el del Oeste. Las fuerzas del socialismo eran abrumadoramente superiores a las del imperialismo.

Mao recordaba que justamente la Unión Soviética había lanzado al espacio dos Sputniks, satélites artificiales que avalaban su ventaja tecnológica sobre sus competidores americanos. Unidos al buen desempeño del socialismo ante otras crisis internacionales (revolución china; Corea; derrota francesa en Vietnam; Suez), los Sputniks abrían una nueva era de avances hacia el socialismo.

«Hemos dejado atrás al Oeste. ¿Poco o mucho? Para mí -tal vez me deje llevar del aventurismo- lo hemos dejado definitivamente atrás. […] China es hoy una gran potencia en términos políticos […] aunque económicamente sea aún pequeña. Pero nuestro pueblo está decidido a trabajar con denuedo para convertirla en verdaderamente grande. Khruschev nos ha dicho que la Unión Soviética puede superar a Estados Unidos en 15 años. En esos 15 años, nosotros habremos alcanzado a Gran Bretaña. Así pues, si mantenemos paz por 15 años, nos habremos tornado invencibles. Nadie se atreverá a desafiarnos: una paz duradera se extenderá sobre la tierra». Y ante el pasmo de su audiencia continuaba: si hubiese una guerra nuclear, cerca de un tercio, tal vez la mitad de la humanidad desaparecería, pero «aún quedaría el resto. El imperialismo sería sepultado y el mundo entero devendría socialista».

No era el de Mao un argumento debido a excesivo consumo de maotai. En buena medida, iba claramente dirigido a la línea de flotación de los dirigentes soviéticos que, a la sazón, se esforzaban por rebajar la confrontación con Occidente con una política de coexistencia pacífica entre los dos sistemas que la tradición marxista había declarado incompatibles. Pero, al mismo tiempo, reflejaba que la paciencia del Gran Timonel por esa coexistencia con el capitalismo en el terreno doméstico había llegado a su fin. Un cambio de opinión que pronto llevaría a China a toda clase de excesos. Los vientos de fronda de la utopía socialista anunciaban a los creyentes la llegada de una nueva era: un Gran Salto Adelante.

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