Contra la España vacía
Sergio del Molino
Alfaguara, Barcelona, 2021
280 p.

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Reflexionaba en mi anterior comentario sobre los arcanos del éxito editorial a propósito de Feria, de Ana Iris Simón. Un fenómeno similar vivió unos años antes, en 2016, Sergio del Molino con La España vacía. Viaje por un país que nunca fue (Turner). Me apresuro a precisar que mi comparación se limita en este caso al éxito, no a las razones o fundamentos del mismo, porque este segundo libro, con todos sus defectos, tenía desde mi punto de vista un calado incomparablemente mayor que el primero. Además de disfrutar del mencionado éxito de ventas, del Molino consiguió algo que está al alcance de muy pocos autores, la conversión del título de su obra en una acuñación que hizo fortuna –como un trendig topic, diríamos con el lenguaje de hoy- hasta el punto de que en estos últimos años el sintagma de la España vacía o sus diversas variantes, como España vaciada, despoblada o abandonada constituye no ya solo un tema privilegiado en la agenda política, sociológica o ensayística, sino un mero lugar común en las más diversas tertulias y columnas de opinión.

Debo adelantar también con cierta premura, para deshacer desde el principio otros malentendidos que, pese a las referencias anteriores y a la propia ficha del libro que encabeza este artículo, no voy a hablar aquí de la susodicha España vacía y no precisamente porque el tema no me interese, sino porque quiero ser fiel a lo que sostiene Sergio del Molino en las páginas iniciales del volumen que va a centrar mi atención. (Apunto de paso que me gustaría ocuparme del vaciamiento del interior peninsular en un artículo específico y prometo hacerlo en la primera ocasión posible). Pero ahora no tengo más remedio que atender a las consideraciones de la introducción para no despeñarme yo mismo por la equivocada vertiente que, según el autor, han seguido no ya solo los críticos sino hasta los exégetas de su España vacía.

Según argumenta del Molino, aquel libro de 2016, que puso sobre el tapete el acusado desequilibrio poblacional y territorial de nuestro país fue incomprendido o malinterpretado en la medida en que su objetivo último no era tanto este tema en sí como una propuesta para articular España y dotar de sentido la convivencia nacional. Para no incurrir en más tergiversaciones, transcribo sus propias palabras: «yo concebía la despoblación como un eje de conflicto sin explorar que podía recoser algunos rotos que amenazaban con destruir España como comunidad política. Si los mitos nacionales estaban muertos, los símbolos patrióticos daban urticaria a una buena parte de la población y triunfaban los separatismos, (…) ¿qué podía unir a los españoles y hacer que alguien de Barcelona sintiese que sus impuestos estaban bien invertidos en una comarca de Badajoz? Para que eso suceda, a aquel le tiene que importar la comarca de Badajoz. El de Barcelona y los de Badajoz han de sentirse parte de una misma comunidad política (…). Los relatos nacionales sirven para crear esas comunidades y cohesionarlas. La España vacía era para mí un relato posible, una herramienta narrativa para que el señor de Barcelona no sintiese que los de Badajoz le robaban el dinero».

No voy a negar, porque es evidente, que algo de esto estaba en su famosa España vacía, pero no es menos obvio para todo aquel que examine la obra en cuestión que esta no era su línea medular o, desde luego, no entendimos tal cosa los miles de lectores –yo entre ellos, claro está- de aquel volumen. En cualquier caso, no es asunto ahora, a estas alturas, de entrar en tales disquisiciones. Lo que importa es que el escritor madrileño ha escrito otro libro para dejar clara aquella postura de su ensayo de hace cinco años que había generado malentendido o confusión y no se le ha ocurrido -para rizar el rizo- otro título mejor que Contra la España vacía. En mi opinión, un reclamo publicitario, quizá hábil si de lo que se trata simplemente es de vivir de las rentas del éxito anterior pero que, desde el punto de vista del contenido, no contribuye en absoluto a elucidar o refinar las propuestas del autor. Antes al contrario, parece que del Molino sugiere una tesis contrapuesta a la de su anterior obra, cuando se trata de todo lo contrario, la depuración de la misma.

Más allá de los títulos, a los que he prestado en esta coyuntura más atención de lo normal porque han trascendido del estricto ámbito editorial, lo que importa es el propósito de fondo que, dicho sea de paso, se expone con contundencia a las primeras de cambio: «El adjetivo clave era constitucional, y la autoridad filosófica, Jürgen Habermas». Si el adjetivo es constitucional, el sustantivo, ocioso es decirlo, no es otro que patriotismo. Del Molino se proclama «afín a esa idea que Habermas formuló para dar consistencia ética a la República Federal Alemana tras el trauma del nazismo» pero en seguida reconoce que «lo difícil era trasladarla al contexto español». En términos generales, «el patriotismo constitucional es una virtud cívica que no funciona en el vacío, sino ligada a una patria concreta». Esto es una obviedad que puede también formularse en términos más sencillos, a la par que irrebatibles: lo que sirve o funciona en Alemania no tiene por qué servir o funcionar en España, por la implacable razón de que casi todo es distinto, desde la historia hasta las mentalidades. Ni siquiera el trauma antes aludido, el nazismo –y la forma de salir de él- resiste la comparación con las circunstancias españolas.

Con todo, la formulación de patriotismo constitucional le parece a Sergio del Molino una opción más que estimable para dotar de sentido la convivencia política en nuestro país: «yo defendía que España responde muy bien a los requisitos de comunidad política que define el patriotismo constitucional: es un país ya hecho, que no hay que inventar ni construir, lo cual supone siempre una ventaja enorme; sus instituciones democráticas son sólidas y funcionales, y su esfera pública, diversa y rica, capaz de absorber cualquier debate». En este sentido, el patriota constitucional no solo no es un nacionalista, sino que deviene lo opuesto a este (en un capítulo ulterior el autor retoma más detenidamente el matiz, razón que me lleva, siguiéndole a él, a dejarlo para más adelante).

La viabilidad de un patriotismo constitucional en España se topa sin embargo con dos obstáculos formidables. El primero, el más específico, que «el patriotismo en España fue secuestrado por el nacionalismo español franquista» y así, «para evitar ser confundidos con nacionalistas de derechas, los demócratas progresistas [entre los que se incluye el autor] desarrollaron una aversión radical a toda la imaginería patriótica de España, al tiempo que se identificaban con las señas» de los nacionalistas periféricos. El segundo, más general, es que el patriotismo constitucional carece –en todas partes, pero especialmente en España- del atractivo sentimental o hasta pasional que generan otros banderines de enganche y otras lealtades.

Si acordamos que hace falta un relato o, más concretamente, un relato nacional que cohesione a la comunidad no solo en términos racionales sino sentimentales, ahora se entenderá mejor la propuesta del autor de la España vacía proponiendo a esta como el «relato posible» de vertebración del país: «al narrar el país como una red de afectos de ida y vuelta entre los campos despoblados y las ciudades hiperpobladas, se entendía mejor la dependencia de unos y otros y se revelaba la existencia innegable de una comunidad política». Lejos de seguir esa estela, argumenta con pesar Sergio del Molino, los lectores de la España vacía entendieron –o se empeñaron en entender- su planteamiento como soporte para clamar por la despoblación del interior peninsular en unos términos que poco tenían que ver con la cohesión nacional y sí mucho con la reivindicación de sus intereses particulares en la línea de «¿y de lo mío, qué?» Así, lo que estaba pensado para ser nexo de unión se trocó en lo contrario, empezando por el parlamento de todos, que se transformó en «un buzón de reclamaciones localistas», de las que el famoso «Teruel existe» se hizo ejemplo paradigmático. Hay que reconocer aquí que el razonamiento del autor, aunque indudablemente forzado, es habilidoso, porque le permite justificar el título de este volumen: «La España vacía ya no era el germen de una forma de comprenderse unos a otros, sino de extrañarse y despreciarse».

Llegados a este punto, tendría que decir respecto al libro que nos ocupa algo muy parecido a lo que señalaba acerca de Feria y Ana Iris Simón. En concreto, si Sergio del Molino hubiera utilizado las premisas apuntadas como material de partida para un desarrollo serio y riguroso de las posibilidades de un patriotismo constitucional en España o, en todo caso, de algo que lo sustituyera, podría habernos dado un ensayo sugestivo, siempre bienvenido por ser un asunto de gran interés y, en las presentes circunstancias de desafíos alternativos –sobre todo desde el independentismo catalán-, de máxima actualidad. El escritor madrileño afincado en Zaragoza tiene todas las cualidades para hacerlo, pues escribe con frescura y atractivo, da continuas muestras de un humor inteligente, posee un bagaje sólido de lecturas, como muestra en estas mismas páginas y despliega unas cualidades no muy comunes de agudeza inquisitiva sin perder un talante pragmático. De este modo, su reflexión se sitúa en clave de moderación y realismo, hasta el punto de que me dan ganas de decir -espero que se me entienda bien a mí en esta ocasión y no se me malinterprete- que se mueve, más que en el limbo etéreo de los analistas políticos al uso, en una afortunada confluencia entre la sabiduría popular y el sentido común.

Todas estas cualidades, sin embargo, quedan en promesas más que en realidades cuando del Molino opta por un tratamiento superficial y deslavazado de un material heterogéneo que llevan al lector, primero con una cierta sorpresa y luego con una abierta decepción, a recorrer decenas de temas –de China a Canadá, de Trump a Le Pen, de Banksy al kibutz- y otros tantos libros y autores –de Solnit a Harari, o de Jorge Freire a Irene Vallejo-, que parecen ser, más que apoyos para un discurso coherente, meros objetos de recensiones apresuradas. Es indudable que ha sido una decisión plenamente consciente: con su planteamiento elemental y un tanto frívolo, del Molino opta por un libro que se lea muy fácilmente y se venda bien. Me basta apuntar para que se hagan una idea de lo que quiero decir que el capítulo primero se titula «Pijoprogre» y contiene una reivindicación humorística pero reiterativa del empollón gafotas, arquetipo con el que se identifica el autor, que luego llega a leit motiv (he contado hasta 14 menciones, todas muy parecidas) y hasta desemboca en grito de guerra («¡Gafotas de todos los países, uníos!») Es obvio que un camino alternativo de mayor rigor le hubiera restado los miles de lectores que a buen seguro sí abrirán este su nuevo libro e incluso llegarán complacidos al final, aunque, eso sí, sin saber muy bien qué les ha vendido o intentado vender el autor.

Pese a su envoltura frívola trufada de un egocentrismo a veces deliberadamente cómico pero también irritante en otras ocasiones, el libro plantea cuestiones interesantes acerca de la necesidad aquí y ahora, en esta España zarandeada por crisis variopintas, de un discurso integrador que promueva la cohesión nacional, el famoso relato, que sirva a la vez de discurso racionalista, sustrato político y vinculación emotiva. ¡La cuadratura del círculo!, exclamarán ustedes, y con razón, y más en un país en el que utilizar el término patriotismo genera sarpullidos, o algo peor, a más de la mitad de la población. Del Molino plantea tímidamente que un patriotismo constitucional como el de Habermas podría ser viable, sobre todo porque, como ya adelanté antes, se trataría de una adhesión y una lealtad que nada tendrían que ver con el nacionalismo. Contra la interpretación extensiva de nacionalismo de autores como Núñez Seixas, Sergio del Molino defiende que socializarnos en un determinado país e identificarnos con una cultura específica –algo inevitable por lo demás en casi todos los seres humanos- no nos convierte per se en nacionalistas, «del mismo modo que querer a nuestras madres no nos convierte en moralistas conservadores ni suspirar ‘ojalá’ nos transforma en musulmanes diluidos o evanescentes».

Amar la propia lengua o incluso internalizar los símbolos cotidianos que nos proporcionan «una sensación de hogar», tampoco hace de nosotros unos nacionalistas vergonzantes. Del Molino insiste una y otra vez en que propugna otra cosa muy diferente de cualquier tipo de nacionalismo, sea el catalán, sea el nacionalismo español de VOX. No quiere ni construir una nación sobre bases homogéneas ni primar a la colectividad nacional por encima de los individuos. «El patriota constitucional entiende que los titulares de los derechos son los individuos, no los territorios ni las lenguas». Ello es así hasta el grado de que «si debemos elegir entre la pervivencia de un idioma y la libertad de los ciudadanos a expresarse como les venga en gana, dejaremos morir ese idioma, como han muerto tantos otros a lo largo de la historia». Pese a esos intentos de deslindar nacionalismo y patriotismo, el autor no tiene más remedio que reconocer que la trayectoria histórica de España, sobre todo lo que sucedió en el pasado siglo y más concretamente durante el largo período franquista, determina la condición del primero –los «complejos» y «mala prensa» de todo lo que huela a nacionalismo español- y la viabilidad del segundo, porque el propio concepto de patria se asocia a un pasado ominoso. No hay más que ver en este sentido lo que pasa en muchos ambientes de nuestro país con la bandera, el himno y, en general, los símbolos que, aspirando a representarnos a todos, constituyen en realidad motivos de agria discordia.

En un tiempo de nacionalismos rampantes y populismos desatados, en el que la fragilidad de las democracias ha quedado tan manifiesta que muchos han evocado los fantasmas de los años treinta del pasado siglo, la fórmula del patriotismo constitucional, o cualquiera otra que se le asemeje, carece de los resortes emotivos que despliegan otras alternativas más radicales o simplemente más demagógicas. Del Molino es consciente de ello y lo reconoce explícitamente. En cierto modo, es el reconocimiento de un doble fracaso: primero, el del relato de la España vacía, que no solo no constituyó una propuesta de integración sino que degeneró en un elemento más de confrontación a distintos niveles (entre lo rural y lo urbano, el agro y la industria, el abandono y la tecnificación, los despoblados y las concentraciones humanas); en segundo lugar, su reformulación más nítida en este segundo libro como patriotismo constitucional se revela problemática –por decirlo suavemente- en más de un sentido, en gran medida porque, como hemos dicho, el presente se edifica inevitablemente sobre un pasado tortuoso que genera sentimientos contradictorios. No hace falta recurrir a la especie de memoria histórica para constatar lo evidente.

Si se fijan, el mismo sintagma de patriotismo constitucional implica un oxímoron desde el punto de vista cultural: mientras que la patria apela a los sentimientos y en último término emociona o enardece, la constitución es un texto frío y técnico que simplemente regula la convivencia. La propia democracia es eso, nada más (aunque también nada menos), un marco para la convivencia. Sergio del Molino toma de Martín Caparrós un símil certero, el de la democracia como cinturón de seguridad, un gesto que muchos detestan y otros aceptan resignados, conscientes sin embargo tanto los unos como los otros que un recurso en apariencia tan trivial puede salvarles la vida. «Convivir en una comunidad política regida por la democracia liberal es ponerse el cinturón de seguridad. A nadie le apasiona atárselo, nadie hará del cinturón de seguridad la razón de una vida. Por desgracia, es lo mejor que podemos ofrecer: hacer política, vivir. No hay auroras de promesas ni otros mundos posibles. En el más optimista de los casos, aspiramos a mejorar poco a poco, sin garantías ni grandes expectativas, el mundo que ya tenemos. ¿Cómo convencer de que semejante tristeza, el gesto resignado y pacato de ponerse el cinturón, es lo mejor que puede hacer una sociedad? ¿Cómo insuflar trascendencia y sentido a la rutina átona?».

La grandeza y miseria de la democracia converge aquí con la grandeza y miseria de la nación española, una nación con siglos de historia que a estas alturas del siglo XXI parece desbordada por los acontecimientos, incapaz de generar símbolos de consenso, objetivos compartidos de futuro o eficaces anticuerpos frente a las amenazas disgregadoras que anidan en su seno. La vulnerabilidad y la incertidumbre que, como señala del Molino, son inherentes a la vida democrática se reflejan así en el marco de la nación en su conjunto, que reacciona de manera torpe e improvisada ante unos acontecimientos que parecen superar su capacidad de maniobra. Bueno, dirán ustedes, todo eso ya nos lo sabemos. Queremos, si no soluciones, al menos sugerencias que nos indiquen una salida del laberinto. Quizá el autor podría haber ensayado aquí una pirueta teórica que le habría reconciliado con ese público que pide respuestas pero, bien al contrario, responde con una sinceridad desarmante e irreprochable: «me gustaría dar respuestas nítidas y contundentes, pero no tengo más que un encogimiento de hombros». Se me ocurre un paso más, aunque no sea ni mucho menos reconfortante ni ayude en nada a salir del impasse: del Molino no tiene respuestas por la sencilla razón de que no las hay. Del mismo modo que la democracia es un sistema que en el fondo siempre está en crisis, porque es abierto y en su esencia está cuestionarse siempre a sí misma, la identidad nacional está sometida a tensiones que las desdibujan o descoyuntan. Cabría incluso admitir una paradoja: al final, después de tantas vueltas, asediados por el arrebato populista y la xenofobia nacionalista, puede resultar que un patriotismo mesurado y tolerante –llámesele o no constitucional- es lo menos malo que nos podemos ofrecer. Aquí y ahora tampoco tenemos otra cosa.

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