El anacronismo, enfermedad infantil de la historia


La disputa del pasado: España, México y la leyenda negra
Emilio Lamo de Espinosa (coord.)
Turner Libros, Madrid, 2021
248 págs.

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A la Historia le aqueja un mal que puede ser irreversible: el anacronismo. Juzgar los hechos del pasado con la mentalidad del momento presente. Trampa brutal. Inmensa. Habitual, y en los últimos años recurrente. El anacronismo en Historia es el hermano gemelo del populismo en política. Guiño patético a la más efímera de las actualidades, resolución falsa de conflictos complejos, atajo delirante de la investigación.

Herzen lo advirtió, la Historia no tiene guión, pero algunos hoy, y son legión, se empeñan no ya en escribir el guión de lo que vendrá, o tendría que venir, sino de lo que ocurrió. El anacronismo rezuma por todas partes y en todos los ámbitos historiográficos, se pierde en la bruma el concepto de historiología y volvemos a las artes mágicas. Un capítulo fascinante de todo esto es la celebración, o conmemoración, o recuerdo del bicentenario de la Independencia de México y los quinientos años de Tenochtitlán. Aquí la anacronía campa a sus anchas. Vale todo. Pero no, no es así. De ahí que sea bueno, al menos, un breve repaso de la reciente bibliografía en la que habría que deslindar, verbo muy querido por el gran escritor mexicano Alfonso Reyes, donde el lector encontrará un apoyo sustancial y donde el equilibrio es manifiestamente inestable, para detenernos en uno de estos libros publicados, La disputa del pasado. España, México y la leyenda negra (Turner), cuya coordinación ha estado a cargo de Emilio Lamo de Espinosa.

De lo publicado con desigual fortuna (lo hay para todos los gustos, exquisitos o más ordinarios) merece tenerse en cuenta: Cuando Moctezuma conoció a Cortés de Mathew Restall (Taurus), La batalla por Tenochtitlán de Pedro Salmerón (Fondo de Cultura Económica), La conquista, catástrofe de los pueblos originarios de Enrique Semo (Siglo XXI), La conquista de la identidadde Tomás Pérez Vejo y Alejandro Salafranca Vázquez (Turner), Conquistasde Martín F. Ríos Saloma (Sílex), ¿Quién conquistó México? de Fernando Navarrete (Debate), Conquistadores de Fernando Cervantes (Turner), La conquista de Méxicode Hugh Thomas (Planeta), sin ánimo de exhaustividad. Lo cierto es que convertir la Historia en un ajuste de cuentas respecto a los problemas políticos, económicos y culturales del presente no sólo es peligroso, es patético cuando no ridículo, si no es lo mismo.

Los estudios históricos tienen la misión de dar a conocer y, por ello, ayudar a comprender las profundas complejidades de los hechos ocurridos en tiempos pasados, mostrando el hilo de las fuerzas que movieron los acontecimientos, los personajes y sus decisiones, las herramientas de que disponían en tal momento, la mentalidad y el conjunto de conocimientos de todo tipo a disposición de quienes tomaban las decisiones. Deben resaltar la extensa gama de tonos grises en torno al blanco y al negro. Malos tiempos para la Historia son éstos, de ahí que volúmenes como el coordinado por el profesor Emilio Lamo de Espinosa constituyan un ejemplo, por su rigor, su búsqueda de ecuanimidad y su clara y precisa presentación, análisis y desarrollo de los asuntos a tratar. Como bien ha señalado Manuel Lucena Giraldo en las páginas de ABC Cultural: “El imperio español fue una monarquía compuesta o compacta, gobernada mediante la integración de élites de todos los continentes y geografías imaginables”. De ahí que las páginas de La disputa del pasado intenten vislumbrar los muy profundos recovecos en los que se configura una relación: México y España, y una propaganda de éxito, la Leyenda Negra. El revisionismo vulgar, el populismo de los cuentos de hadas. Es Emilio Lamo de Espinosa quien abre el volumen con «Tiempos de memoria, tiempos de olvido, tiempos de reconciliación», lo hace con una prosa narrativa sin hojarasca académica. No es posible cambiar el pasado. «Memoria e historia aparecen así contrapuestos, como los dos extremos de un continuo. La memoria es individual y personal, es subjetiva y particular, tiene un punto de vista particular, una mirada. Es también mi mirada contra la tuya y, en ese juego de espejos, ¿cuál es más creíble, más respetable? La historia es (o debe ser) lo contrario: objetiva, rigurosa, impersonal, universal. No mi historia, sino la historia». Aquí recuerda algo formidable de Antonio Machado y la Verdad.

La historia, como los autores clásicos al decir de Borges e Italo Calvino, es lo que una sociedad o conjunto de sociedades han decidido recordar. Umberto Eco se preguntaba qué nos había llegado del legado griego y romano: ¿lo mejor o lo peor? ¿Cuánto se quedó en el curso lateral de la historia? Nunca lo sabremos. Porque como señala el coordinador: «No se arregla el pasado cancelándolo sino, al contrario, conociéndolo y teniéndolo presente para que no vuelva a ocurrir». Porque no es que cuando los hechos trágicos se repiten, se presenten como farsa (Marx), sino que ahora sabemos que se presentan como pastiche, algo peor. Y por este camino de distinguir entre lo ocurrido y lo que algunos se imaginan que ocurrió, circulan el conjunto de colaboradores reunidos. Es el caso de Martín F. Ríos Saloma, al preguntarse «Conquista, ¿qué conquista?», unas notas documentadísimas, y sabrosas, para una revisión y crítica historiográfica: «El mejor conocimiento de la conquista de México sólo puede hacer evidente el hecho de que a partir del siglo XVI las naciones que serían España y México –junto con los otros países de la región- poseen un pasado compartido en el que a lo largo de los siglos se han construido caminos de ida y vuelta que han significado una profunda influencia recíproca que se manifiesta –entre otros elementos- en el uso de una lengua compartida, en unas tradiciones, festividades y onomástica comunes, en la articulación semejante de los territorios y los espacios urbanos y, en fin, en una gastronomía que emplea cotidianamente productos originarios de ambos lados del mar».

«Colonia, ¿qué Colonia?» de Tomás Pérez Vejo en el que desarrolla con un imponente aparato historiográfico la representación de la América española como una sociedad colonial y la visión victimista que arrastra y se recrea hasta hoy. Regresa Lamo de Espinosa a las páginas para plantear al lector otra pregunta y buscar la posible respuesta: «Una civilización propia, pero ¿cuál?».  Enmarcada en Occidente, América Latina, ya desde las Crónicas de Indias, ha planteado una suerte de ontología en la que vislumbrar un carácter excepcional y de ahí las confusiones, o incluso las extravagancias, cuando el presente acecha en un mundo global. Llegamos así a las páginas dedicadas a la tan siempre citada Leyenda Negra, y son de especial interés los capítulos de Luis Francisco Martínez Montes, vislumbre del mundo hispánico y el canon de la modernidad, donde se recuerda el cúmulo de pensadores, académicos, poetas, músicos y artistas que aparecen y son reconocidos a lo largo de más de tres siglos. Un buen recordatorio. Un buen ejercicio de memoria, esta vez, sí, académica. Recreación jugosa, que hará contemplar al lector uno de los topoi de la Leyenda Negra, es «Mirada, ¿de quién?» a cargo de José María Ortega Sánchez, pues bajo la denominación de «El dogal al cuello» repasa, y de qué brillante y contundente manera, la «mirada» anglosajona sobre el mundo hispánico. Por aquí desfilan todos los títeres y todas sus cabezas. En «Frontera, ¿con quién, cuya autora es María Elvira Roca Barea, se analiza con profusión de datos, la relación con el mundo hispano en el interior de Estados Unidos. Menudo asunto hoy. Valgan dos apuntes bien sustanciosos. Roca Barea, con una prosa directa y contundente, procura explicar, entre otros tantos hechos, por qué los Columbus Days «se han convertido en fechas aborrecibles, que no merecen ser recordadas (…) pero no el Thanks Giving Day. El uno conmemora la llegada de los europeos a América (y su descubrimiento) y el segundo la llegada de unos europeos a América. La primera sin embargo pasa por ser el origen de todas las desdichas y la segunda no». Y otro asunto, vertebral, que trae la autora es lo que denomina el «trastorno bipolar» y la aztequización de la historia de México. Nada mejor y plástico que recordar lo que Roca Barea cita del profesor Manuel Aguilar, anécdota narrada por éste en un conversatorio en Los Ángeles. Ocurrió entre el profesor Aguilar y un alumno suyo, Jorge González:

-Profesor, me acabo de cambiar el nombre de esclavo –y entonces me enseñó su licencia de manejar- y ya me puse mi nombre azteca, que es el que me corresponde.

Entonces vi que se llamaba ahora Xhucoalt Temantzin Tenamaxtle, y le dije:

-Oye, Jorge, ¿y de qué parte de México vienes?

-Pues somos de Michoacán

-Pues tienes que cambiar el nombre porque tú no eres azteca. Estás cometiendo un error…en esto. Tendrás que ponerte Caltzontzin o algún nombre de los emperadores tarascos o purépechas, que son los únicos que derrotaron a los aztecas. No te puedes poner un nombre azteca porque estás contradiciendo el origen étnico de tu familia.

Lo que sucedió es que a la semana siguiente volvió y me dice:

-¿Sabe qué, maestro? Ya mejor soy Jorge González otra vez.

Pérez Vejo lo ha señalado en alguna ocasión respecto a «la historia que nos divide»: «La memoria sobre la conquista no es en México un problema con España, es un problema de México con su propio pasado y con su definición nacional». Cierra el volumen, un compendio, a modo de epílogo, de Guadalupe Jiménez Codinach, «Navegación en mares procelosos», titulo acertadísimo no solo para resumir todo cuanto contiene La disputa del pasadosino como sabia advertencia del terreno en el que la historia hoy se mueve y se maneja.

Fernando R. Lafuente Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset

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