España vuelve a la escena internacional


25 julio 1992. La vuelta al mundo de España
Jordi Canal
Taurus. 2021.

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25 de julio de 1992: La vuelta al mundo de España

A comienzos de agosto de 1990 el ejército de Irak invadió Kuwait. Meses más tarde, una coalición internacional liderada por las tropas de Estados Unidos inició una ofensiva para liberar ese pequeño país. En aquella guerra del Golfo el gobierno español, presidido por el socialista Felipe González, tomó algunas decisiones que muestran hasta qué punto había cambiado la proyección exterior de la España democrática. Barcos de guerra españoles participaron en el embargo marítimo impuesto por la ONU al régimen de Sadam Husein. Mucho más importante resultó la ayuda logística prestada a la respuesta militar de la coalición internacional, y especialmente a las tropas norteamericanas. Significativamente, durante los primeros días de la guerra tres de cada cuatro vuelos militares entre EEUU y Arabia Saudí hicieron escala en las bases situadas en suelo español. Aunque modesta, la contribución española en aquella guerra internacional tuvo un gran valor simbólico, como escribió el historiador Charles Powell: «es indudable que la guerra del Golfo contribuyó a romper el tabú de la no participación militar de España más allá de sus fronteras, y a superar la imagen de un país reacio a cumplir con sus obligaciones internacionales».Powell, Ch. (2001). España en democracia, 1975-2000. Barcelona. Plaza & Janés. P. 468.

A la luz de lo ocurrido treinta años más tarde, hacia 2010, en tiempos de la grave crisis económica agudizada por el gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, podría considerarse que aquel cambio de «imagen» de los noventa no resultó tan consistente ni consecuente como hubieran deseado bastantes españoles. Tampoco como habría correspondido a un país que a comienzos del siglo XXI había logrado, bajo el gobierno de José María Aznar, el éxito histórico de incorporarse a la moneda única poniendo en orden sus cuentas y demostrando a sus socios europeos que España era un socio fiable. Pero dejando de lado el escepticismo crítico que, cuanto menos, sugiere la evolución del papel de España en el mundo a partir del terrible atentado de marzo de 2004, lo cierto es que cuando se inauguraron los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Internacional de Sevilla en 1992 una ola de optimismo y entusiasmo pareció inundar a la sociedad española. Fue tal la ilusión colectiva que muchos llegaron a la conclusión de que España había salido de su ensimismamiento y, tras una década de gobiernos del PSOE y casi tres lustros de democracia representativa y estabilidad constitucional, el mundo veía como los españoles dejaban de ser un país atrasado y aislado. No es sólo que pusieran en marcha unos juegos olímpicos o una exposición con éxito, sorteando incluso la grave amenaza de un atentado terrorista, es que se habían subido al carro de la modernidad y podían organizar tanto una conferencia internacional para la Paz en Oriente Próximo (Madrid, 1991) como iniciar la integración militar en la OTAN o formar parte del club de socios europeos que negociaban y ponían en marcha la ampliación de la Europa comunitaria tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Es más, la exitosa transición a la democracia del vecino del sur servía ahora de modelo para algunos de los antiguos países satélites de la Unión Soviética. España parecía estar dejando de ser por completo «diferente». Había razones para el optimismo.

En esa línea escribe el historiador Jordi Canal cuando concluye que las Olimpiadas de Barcelona fueron «una buena síntesis de una sociedad y un país nuevos, reconformados desde la transición, que reclamaban otra mirada desde el exterior, alejada de tópicos gastados, al tiempo que pedían un lugar más adecuado y activo en el concierto de las naciones». Así, aunque «algunas cuestiones candentes persistían, […] el producto global entusiasmaba». Por eso, cree que es posible decir que el día 25 de julio de 1992, cuando tuvo lugar la exitosa ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, «representó, a fin de cuentas, la vuelta al mundo de España». (227)

Estas frases forman parte de un libro cuyo título es, precisamente, la fecha de la inauguración de los Juegos de Barcelona y cuyo subtítulo resalta esa idea de volver a estar en el mundo. Forma parte, junto con otros seis volúmenes, de una colección editada por Taurus y dirigida por el mismo Jordi Canal. Cada uno lleva por título una fecha significativa de la historia del siglo XX español. El objetivo no es otro que acercarse a ese pasado de una forma un tanto diferente, esto es, partiendo de una fecha concreta, narrando lo ocurrido en esa jornada, para utilizarlo como punto de partida sobre una aproximación al período.

Jordi Canal (Olot, 1964) es un reconocido historiador español que ejerce como docente e investigador en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París. Aunque sus primeras investigaciones se centraron en el siglo XIX español y, más concretamente en el carlismo, con el tiempo se ha convertido en un autor prolífico que ha sabido combinar el rigor académico con la capacidad de divulgación. A diferencia de la mayoría de sus colegas, no sólo no ha renunciado a escribir para un público más amplio sino que ha publicado ensayos en los que la historia, bien escrita y bien documentada, se pone al servicio de un compromiso cívico con el presente democrático. Así ha sido, precisamente, con uno de sus últimos ensayos, dedicado a desentrañar los orígenes del proceso independentista en Cataluña: Con permiso de Kafka. El proceso independentista en Cataluña (Barcelona, 2018). Al respecto, basta citar una de sus respuestas en una entrevista concedida en 2018 al diario ABC para entender que Canal no encaja en el muy extendido perfil de historiador español «comprensivo» que atribuye los excesos del nacionalismo catalán a un problema de españolismo centralista y a la falta de sensibilidad democrática con la compleja realidad del pueblo catalán. A la pregunta de si tenía sentido considerar, como hacía el nacionalismo catalán, que el expresidente Puigdemont, actualmente fugado de la justicia española, era el 130 presidente de la Generalidad, Canal respondía de forma inequívoca: «Sí, otra mentira. Porque no ha habido 129 presidentes antes. Eso forma parte de la reinvención de la historia de Cataluña. El nacionalismo ha sabido convencer a los historiadores de que trabajasen en crear esta historia mitológica. Proclamar que hubo una Cataluña como estado y como nación en la Edad Media; y además hacer creer que era algo institucional y democrático. Se buscan continuaciones justificadoras del momento presente». Y en una pregunta previa sentenciaba: los catalanes «tenemos nexos con la Cataluña de la [Segunda] República e incluso la de finales del XIX, pero no con una sociedad medieval o moderna. Cataluña como estado y como nación no ha existido nunca».ABC, sección Cultura, 12.04.2018.. 

A tenor de estos antecedentes, era previsible que un ensayo que partía de la fecha del 25 de julio de 1992, centrada en un acontecimiento universal pero que tenía lugar en Barcelona, sirviera a Canal para narrar no sólo la historia de cómo el ayuntamiento, el gobierno autonómico, el gobierno nacional ––responsable de casi el 50 por ciento de las inversiones necesarias–– y distintas organizaciones privadas fueron capaces de afrontar con éxito la organización conjunta de unas olimpiadas, sino también para explicar cómo se comportó el nacionalismo catalán ante la posibilidad de que los Juegos pudieran servir para potenciar el cosmopolitismo y la modernización de Barcelona a costa del particularismo y el avance de la nacionalización. Por eso, como se explica en la misma contraportada del libro, Canal no sólo utiliza la fecha olímpica de 1992 para hablar de la «vuelta» de España al mundo, sino que incluye una explicación del «dominio del pujolismo en Cataluña» y de lo que llama «el camino al provincialismo».

25 julio 1992 no es como otros libros de historia. No es simplemente una narración de lo acontecido en aquel año tan importante para la joven democracia española. No tiene un orden previsible. Es algo diferente, que a veces resulta estimulante pero que en ocasiones desconcierta. Esto último me parece patente cuando el autor se adentra en una especie de crónica enciclopédica en la que desfilan multitud de datos y nombres sin más propósito que el de la acumulación informativa; por ejemplo, a propósito del medallero olímpico de Barcelona 92. Con todo, Canal ha conseguido insertar en la descripción de las Juegos Olímpicos de aquel año un balance muy interesante y provechoso de algunas de las preocupaciones de la política y la sociedad española en la última década del siglo XX. Su maestría narrativa se aprecia en algunas páginas que no pasarán desapercibidas. Así en el perfil biográfico de José Antonio Samaranch Torelló, arquetipo de la cultura del transformismo en la nueva España posfranquista, el máximo directivo del Comité Olímpico Internacional que en octubre de 1986 anunció que la candidatura vencedora para organizar los Juegos de 1992 era Barcelona, un personaje representativo de esas elites educadas y bien alimentadas bajo la dictadura franquista y que no tuvieron ningún problema para adaptarse a la Transición y continuar con una vida pública exitosa bajo el nuevo marco constitucional. También en el capítulo que utiliza con inteligencia crítica e indudable competencia narrativa la novela El amante bilingüe de Juan Marsé para introducirnos en el ambiente de aquella Cataluña «bilingüe y mestiza» que «iba a vivir» su «particular canto del cisne en 1992», la misma en la que el pujolismo avanzaba progresivamente en su particular proceso de nacionalización excluyente; aquella en la que los nacionalistas, con Pujol al frente, temieron, cuenta Canal, «los efectos de unos Juegos Olímpicos en Barcelona», no ya por «la posible españolización de Cataluña» como «por un eventual éxito que incrementara las oportunidades políticas de Maragall y los socialistas en una futura disputa por la máxima institución económica».

Canal ha sabido escribir un libro diferente que en muchos de sus apartados resulta atractivo. Todo lo que el lector espera de un título así lo encontrará, desde una detallada crónica de la organización y desarrollo de las Olimpiadas de Barcelona 92 hasta un balance breve de la década en la que el PSOE gobernó España y en Cataluña se inició el camino de la invención de la nación catalana y la progresiva y empobrecedora nacionalización forzada y subvencionada. Pero también apreciará un sugerente esfuerzo por complementar la historia de la política con dosis de interesante análisis del mundo de la cultura, el urbanismo, la canción y, sobre todo, la siempre imprescindible biografía. Y comprenderá por qué, si bien el verano de 1992 significó la «vuelta al mundo» de España, también dejó ya ver, aunque sólo entre bastidores, cómo el nacionalismo catalán empezaba a percibir que el éxito español era una amenaza para la pervivencia de los entramados sectarios, corruptos y provincianos que alimentaban la construcción del mito de la Cataluña moderna y oprimida.

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