Todo en vano
Walter Kempowski
Libros del Asteroide, Barcelona, 2020

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A los que tienen en la cabeza sólo el mapa de Europa surgido de 1945, confirmado –salvo la caída del muro y la reunificación- en 1990-1991, les resultará difícil situar la región de Prusia oriental, entre otras cosas porque toda ella lleva sin formar parte de Alemania desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para decirlo en pocas palabras, estamos hablando de la costa sur del mar Báltico y, más exactamente, del sureste. Hoy se divide entre Polonia y Lituania (la más meridional de las tres Repúblicas Bálticas), pero con un enclave en medio que sigue siendo de Rusia y en donde se encuentra la ciudad más importante, Kaliningrado, llamada así por cierto en honor -todavía hoy- de Mijaíl Kalinin, político de la cuerda de Lenin y más aún de Stalin, que hasta su fallecimiento en 1946 fue en la URSS todo un Presidente del Presidium, valga la redundancia.

Ni que decir tiene que la zona formó parte del Tercer Reich. Más aún: allí, en lo que desde 1945 es Polonia, se emplazaba la célebre guarida del lobo, la Wolfsschanze -nada menos que ochenta edificios camuflados, cincuenta de los cuales eran búnkeres: un verdadero Führerhauptquartier o cuartel general del Führer- en la que, el 20 de julio de 1944, o sea, poco después del desembarco de Normandía y apenas un mes antes de la liberación de París, se perpetró por Claus von Stauffenberg el fallido intento de asesinato de Hitler.

Pero la historia germánica de Prusia oriental tiene raíces muy anteriores y se remonta nada menos que a la Orden Teutónica, fundada en Palestina en el marco de la tercera cruzada, o sea, a finales del siglo XII. Fue nada menos que el emperador Federico II Hohenstaufen (sí, el Rey de Sicilia y que da nombre a la Universidad de Palermo) el que les hizo el encargo de establecerse allí y convertir a la población al cristianismo. Incluso llegaron a constituir un Estado independiente, que acabaría encarnándose en el germen de lo que luego, a partir de 1701, y tras las correspondientes expansiones por el sur y el oeste, sería el reino de Prusia.

Pero no sólo eso: fueron los caballeros teutones los que fundaron la ciudad de Königsberg -literalmente, la montaña del rey, en honor de Otakar II de Bohemia y Mcmel- donde, entre 1724 y 1804, vivió nada menos que Immanuel Kant: no se puede uno imaginarse a nadie más alemán. Königsberg es precisamente la actual Kaliningsgrad.

Esa es por tanto la (histórica) región de Prusia oriental, dicho sea para que los menos instruidos en geografía y en historia pueden irse situando en la cartografía. Como es natural, las batallas -sobre todo, de los alemanes y rusos con polacos o viceversa- estuvieron a la orden del día a lo largo de los siglos. La estratégica ciudad de Danzig -el lugar también al sur del Báltico, que dio origen a la guerra mundial el 1 de septiembre de 1939, en términos que no hará falta explicar-, que formó parte de Prusia entre 1772 y 1919-1920, cuando en Versalles se creó el llamado corredor polaco, no se ubica propiamente en su parte oriental, pero su mención vale como símbolo de que estamos en una zona controvertida y casi con tanta historia como los Balcanes, para decirlo con palabras amables.

Vayamos concretando. Sucede que, a partir del otoño de 1944, cuando la suerte del conflicto estaba echada -la ofensiva de las Ardenas de diciembre no dejó de ser un intento desesperado-, a Prusia oriental -perteneciente, se insiste, al Reich- le tocaba ser invadida por el Ejército soviético, cuyos modales no solían ser precisamente delicados. Fueron las propias autoridades alemanas las que iniciaron la evacuación -la estampida, para llamar a las cosas por su nombre-, cada vez de manera más acuciante por el avance del enemigo. La crónica de esos últimos meses en una finca rural -entre enero y abril de 1945, para entendernos- es precisamente lo que narra esta novela de Walter Kempowski, alemán de apellido polaco y que vivió entre 1929 y 2007, con una existencia azarosa y que incluso, aparte de por vivir la guerra en plena adolescencia, sufrió prisión por ocho años, a partir de 1947, en la (mal) llamada República Democrática. Fue publicada en su versión original en 2006 –Alles Umsonst: todo en vano, sí, literalmente- y se ha visto traducida a muchos idiomas –en inglés es All for nothing-, siempre con gran éxito de crítica y público. A España llegó en 2020 y también ha merecido fuertes aplausos.

Debe notarse que el autor no es una figura menor en la literatura alemana del último tercio del siglo XX, antes y después de la reunificación: su proyecto Das Echolot ha acumulado diez volúmenes de documentos sobre la guerra mundial, incluyendo cartas y diarios. Una verdadera enciclopedia.

En Alemania y en Francia el conflicto de 1939-1945 ha dado lugar, por supuesto, a bibliotecas enteras, muchas veces centradas en las ciudades y en las persecuciones sufridas por los judíos, cuando no su traslado a campos de concentración o incluso de exterminio. Ahora es algo distinto y de ahí su originalidad y su valor: una granja situada en medio de la nada –Georgenhof-, donde la familia von Globig (o parte de ella, porque el padre está en Italia en el frente: la gran ausencia de la casa) lleva una vida anodina: anodina a fuerza de bucólica y decadente, pudiera decirse. Típico sitio -la población más cercana se llama Mitkan y es su villorrio miserable- donde nunca pasa nada. Hasta que llega la catástrofe: son las personas que huyen de la persecución soviética –del Ejército Rojo- y que acaban pidiendo cobijo allí –un violinista nazi, un economista, un aristócrata báltico o incluso un judío que hasta entonces se había salvado-, de suerte que entreveran su existencia, y desde luego sus palabras y también sus silencios –nadie hablaba del todo con sinceridad- con el público local. El relato está elaborado de manera que las impresiones más particulares se tejen unas con otras en un cuadro que va ganando en densidad, aunque –punto crucial- nadie termina de rebelarse contra Hitler. Casi diríase que se percibe una resistencia generalizada en aceptar el hecho –para entonces, visible para cualquiera- que Alemania lo tenía todo perdido y que ha sido el nazismo el que ha dado lugar a esa situación, de la que habrían de derivarse toda suerte de calamidades.

La pregunta que el lector se hace -y a la que el libro se abstiene de ofrecer respuesta- es la de siempre: no sólo como pudo Hitler llegar al poder y no verse contestado -la represión, por brutal que fuese, no basta para explicarlo-, sino sobre todo por qué, en ese tramo final de un conflicto cuyo trágico desenlace para el propio país nadie podía ignorar -entre julio de 1944 y abril de 1945-, no se desató en Alemania la típica guerra civil de todos los finales de época y cómo no hubo muchos más Stauffenberg. La explicación basada en el patriotismo -o la servidumbre voluntaria, si queremos verlo así- resulta muy socorrida, pero el libro de Kempowski pone de relieve que los mecanismos psicológicos son -y fueron- mucho más profundos y sutiles, empezando, por supuesto, por la propia ceguera, que, además, en muchas ocasiones resulta indisociable de la frivolidad. Se junta todo.

Winfried G. Sebald (1944-2001, es decir, que, felizmente para él, no tuvo ocasión de vivir aquello, porque era apenas un bebé) lo explicó con una frase que el libro recoge al final de sus 352 páginas: «La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante, pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania en aquella época».

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