The World Turned Upside Down: A History of the Chinese Cultural Revolution
Yang Jisheng
Farrar, Strauss & Giroux, Nueva York, 2021.

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El prestigio del socialismo quedó muy maltrecho tras el espectacular fracaso del Gran Salto Adelante. El de Mao aún peor. Y no olvidemos que, juntas, esas dos cosas eran las que atizaban la hoguera utópica del Gran Timonel. No; no habría socialismo en China en los años de su vida. Y no. Tampoco iba a ocupar Mao el lugar de honor en la expansión del socialismo mundial sin que lo hubiese en su país.

Alguien tenía que pagar por ambas afrentas.

Sobre la segunda, que hoy interesa mucho menos, el libro de Julia LovellMaoism. A Global Story. Vintage Books: Nueva York 2019. Traducción castellana de Jaime Collyer: Maoísmo: una historia global. Debate: Barcelona 2021. -siempre tan complaciente- muestra a las claras por qué Mao tenía que estrellarse con sus palmeros internacionales.

Lo complicado fue lo de China.

En el verano de 1959, algo menos de año y medio tras el lanzamiento de las cosechas sputnik del Gran Salto Adelante, aparecieron las primeras dudas sobre la capacidad milagrera de Mao Zedong. En una conferencia celebrada ese año en Lushan, Peng Dehuai, a la sazón ministro de Defensa de la República Popular, le envió una carta con críticas a su política agraria y al alocado plan de industrialización.

La carta, que Peng hubiera querido mantener en privado, fue sin embargo distribuida a todos los participantes en una típica artimaña del Gran Timonel: usar su suprema autoridad para dar la vuelta a la posición de su crítico y convertirla en una inadmisible maniobra de división del partido. Una resolución de la conferencia denunciaba «los errores de la clique antipartido del camarada Peng Dehuai» y otra segunda remató la necesidad de «defender la línea general del partido y oponerse al oportunismo derechista». Siempre presente la necesidad maoísta de hacer coincidir cualquier atisbo de crítica con una posición derechista, es decir, un ataque a cualquier cosa que Mao, en aquel momento, defendiese. En 1958-1959 eran las Tres Banderas Rojas«Avanzar a toda máquina; apuntar alto; y construir el socialismo con resultados mayores, más rápidos, mejores y más económicos». que auguraban un éxito sin límites al Gran Salto.

Como era habitual, las escasas rectificaciones que, a raíz de las críticas, el aparato introdujo en esa línea general llegaron acompañadas por un incremento adicional de los objetivos del plan, lo que, a su vez, empeoró los confusos propósitos del Gran Timonel. Cada error corregido creaba uno nuevo. Pero, aun aceptando que el comunismo fuera una meta a largo plazo, Mao seguía insistiendo en la necesidad de profundizar ya y a uña de caballo en la construcción socialista para lograr que el comunismo se desplegase en unos breves, pero aún así expeditos quince años, es decir, hacia principios de los 1970s.

Los efectos de este nuevo derrotero pugnaz son bien conocidos: hundimiento de la producción agraria; fracaso de los altos hornos comunales; licenciamiento de los comedores colectivos. Un desastre sin paliativos: muertos de hambre por decenas de millón, numerosos actos de canibalismo, feroz aumento de la pobreza, brutales sesiones de lucha contra los acusados por haberse convertido en perros falderos del capitalismo, absoluto desprecio por los derechos ornamentalmente proclamados en la constitución, despotismo incontrolado de los dirigentes del partido, así fueran de mínimo rango, sobre el conjunto de sus súbditos. Era lógico que, con el tiempo, se hiciesen sentir las críticas por tales disparates y tantos crímenes imposibles de esconder.

A principios de 1962, en la llamada Conferencia de los Siete Mil Cuadros, a Liu Shaoqi y a Deng Xiaoping les cayó en mala hora la tarea de preparar un informe sobre los cambios a impulsar en la deriva del partido y de la nación. Liu, que en 1958 había compartido sin la menor duda las fanáticas expectativas socialistas de Mao, había girado tras una visita de inspección a su propio pueblo en 1961. Lo que había visto le horrorizó.

Ahora adoptaba una actitud que no regateaba las críticas a la línea general y que incluía a Mao. Otros, como Peng Zhen, alcalde de Pekín y miembro del Politburó, y Deng Xiaoping se sumaron a élLiu: «En la economía nos enfrentamos con dificultades significativas; el pueblo no cuenta con suficiente comida, vestidos y otras necesidades […] Nuestra producción agraria ha decrecido drásticamente; la industrial también, al menos un 40% […] No hemos saltado hacia delante, sino significativamente hacia atrás, hasta una posición notablemente peor». Peng: «Hoy existe una tendencia en el seno del partido a rehusar la expresión de opiniones y a temer la discusión de los errores. Si el 1% o una décima del 1% de los errores del presidente Mao no pueden discutirse, eso creará una mala influencia en el seno del partido». Deng: «El presidente Mao nos ha dicho que le pintamos como a un sabio y que no hay razón para ello. Todo el mundo comete equivocaciones y errores. Lo que importa es destacar cuántos: no temáis mencionarlos».. Tras ello, el debate entró en una fase tempestuosa. Lin Biao respondió a los críticos con un firme ataque. No en balde se había ganado el puesto de ministro de Defensa con su ciego apoyo a Mao. Al tiempo que Mao echaba mano de la sempiterna acusación de fraccionalismo derechista, Lin recomendaba el afamado contraveneno de su rebotica: el centralismo democrático leninista«Sin un alto grado de centralización no será posible crear una economía socialista. […] Nuestra dictadura proletaria se convertirá en una dictadura burguesa y, aún peor, en una dictadura de estilo reaccionario y fascista. Necesitamos mantenernos vigilantes ante esa eventualidad y espero que los camaradas la tomen en serio»., es decir, una sumisión perruna a las ocurrencias de la superioridad.

Inmediatamente después de la Conferencia empezó a tomar forma la venganza de Mao y de sus eventuales y, con los años, tornadizos adláteres. Había que organizar un serio ajuste de cuentas con tantos derechistas lapsos y relapsos. Así se resumen entre 1966-1976 los años de revueltas sociales -una práctica guerra civil- que impulsó Mao bajo la advocación de una Gran Revolución Cultural Proletaria.

Como no se trata de una película de suspense, voy a destripar de inmediato el argumento de esa intriga.

Una mayoría de analistas biempensantes del régimen chino arguye que se trató de un desesperado intento, felizmente malogrado, de impulsar a la República Popular hacia un desastre económico combinado con la tiranía personal del Gran Timonel. Su muerte en 1976 y el ascenso al poder de Deng Xiaoping iban a enderezar la situación mediante la incorporación de China a la economía mundial y su eventual tránsito hacia formas políticas menos autoritarias.

Esa cuenta galana que ha centrado la atención de los medios mundialistas durante más de un cuarto de siglo poco tiene que ver con la realidad. A quienes dudábamos de ella se ha venido a sumar recientemente y con autoridad un nuevo libro de Yang Jisheng, tan documentado y aún más realista que su Tombstone. Me refiero al flamante The World Turned Upside Down: A History of the Chinese Cultural Revolution (Farrar, Strauss & Giroux: Nueva York 2021). La edición china se publicó en Hong Kong en 2016 y no puede ser vendida o circulada en la República Popular. Aún no existe una edición en castellano.

A lo largo de sus 724 páginas Yang apura con precisión los detalles de un larguísimo proceso de infamias diseñado y jaleado por el Gran Timonel. En definitiva, Mao creó un enorme caos repleto de meandros maniobreros, de vueltas y revueltas hasta el punto de que, a menudo, no sabía bien cómo salir de ellos sin desconcertar a sus seguidores. Quien quiera pasar un buen rato recordándolo puede echar mano de Brothers (Anchor Books, Nueva York: 2009), una excelente novela de Yu Hua. Quien hoy se ponía al frente de una manifestación masiva para defender los amaños del Gran Timonel podía verse acusado de traición al día siguiente de haberlo hecho.

Castigos y humillaciones durante la Revolución Cultural.

Para no perdernos, el proceso de la Revolución Cultural puede resumirse como un ajuste de cuentas de Mao con los críticos de sus ilusiones utópicas. Entre mayo y julio de 1966 (bombardead el cuartel general; la rebelión está justificada) Mao convocó a las masas para expulsar de las filas revolucionarias a los revisionistas que, según él, proponían la restauración del capitalismo. Se formaron así por doquier comités revolucionarios de muy diverso pelaje que reemplazaron el poder del partido, formaron comités revolucionarios de nuevo cuño y, a menudo, se enfrentaron en cruentas guerrillas civiles.

Las estimaciones de víctimas del proceso varían desde varios cientos de millar hasta la cifra, a todas luces excesiva, de 20 millones. Yang, por su parte, las calcula en 2-3 millones. Tras las decenas de millón causadas por el Gran Salto Adelante, estas nuevas muertes, sean las que fueren, colocan sin duda a Mao como el mayor criminal en serie del siglo XX, al menos en números absolutos. En porcentaje, la palma se la llevan Pol Pot y sus colegas maoístas de Camboya que fulminaron a una cuarta de la población de su país.

1967 fue el año de triunfo del radicalismo que consiguió numerosas «victorias» sobre el enemigo de clase (caída de Liu Shaoqi y un alto número de dirigentes). En 1969-1970 los excesos de las masas rebeldes empezaron a preocupar al estamento militar y sus miembros se hicieron con el control de los comités revolucionarios. En un proceso aún por aclarar, Lin Biao forjó un golpe de estado, fue descubierto, trató de fugarse del país y murió en un accidente de aviación durante su huida (septiembre 1971).

Pero no son estos sucesos lo que trato de resumir. Resultaría imposible comprimir sus detalles en esta breve reseña. Lo decisivo, a mi entender, es contribuir a un juicio de lo que el proceso revolucionario significó para China y para su historia posmaoísta. Y, desde sus primeras páginas la versión de Yang se enfrenta con los espejismos de los medios mundialistas: «restaurar la verdad de la Revolución Cultural prohíbe al historiador optar por el camino ecléctico y trillado al uso entre los políticos»Este entrecomillado y los que siguen están tomados del Prefacio a la edición USA y no van marcados en ella con un número determinado de página..

En la realidad, fue un proceso que se complicó inesperadamente. «Inicialmente Mao Zedong esperaba que la Revolución Cultural durase, como mucho, tres años. Pero, a medida que se desarrollaba, aparecieron muchas situaciones imprevistas. Mao nunca esperó que su completa pérdida de control en agosto 1967 le obligaría a dejar en la estacada a algunos de sus más firmes partidarios. Nunca imaginó que en 1968 una inconciliable disputa en las filas militares le llevaría a abandonar a otros muchos. Esperaba que el Noveno Congreso del partido [1-24 abril 1969 JA] acabaría en su habitual configuración de “lucha/crítica/transformación”. Nunca anticipó que la ruptura con Lin Biao pudiese acabar con un escandaloso intento de fuga y muerte en 1971. Desde su mismo principio, un numeroso guirigay de acontecimientos descarriló a la Revolución Cultural, dejándola sin objetivos y a sus protagonistas sin rumbo. Luego del incidente con Lin, Mao creyó que podría devolver el proceso a su dimensión inicial, pero en ese momento el movimiento había perdido apoyo popular y sus seguidores empezaron a mirar hacia Zhou Enlai, que se convirtió así en el nuevo blanco de los revolucionarios. Un problema seguía a otro, al tiempo que se cometían nuevos errores para corregir los anteriores. La Revolución Cultural se convirtió en un trabajoso proceso de cruzar el río apoyándose en las piedras y hubiera podido durar aún más de no haber muerto Mao en 1976».

¿Por qué?

La Revolución Cultural hundía sus raíces en el sistema económico y político impuesto en la República Popular desde el triunfo comunista en la Guerra Civil (1945-1949) con el Guomindang y, a partir de ahí, en la brutal lucha intrapartidista sobre el camino a seguir en la marcha hacia la etapa final de construcción del comunismo. Los «derechistas» de diverso pelaje ponían su énfasis -al igual que Mao- en la lucha de clases, aunque con un enemigo allende sus filas (terratenientes, campesinos ricos, cuadros corruptos e intelectuales).

Pero a Mao eso no le bastaba. Siempre necesitaba ir más allá. La toma del poder por los representantes del pueblo, según él, no había acabado de un jalón con la lucha de clases que, a través de numerosos atajos, seguía presente en la vida partidaria. De esta forma, para Mao, la lucha contra el «revisionismo» resultaba tan perentoria como el primer día en Yan’an y así los «revisionistas» se convirtieron en los principales blancos de su Revolución Cultural.

El movimiento fue una brutalidad sin precedentes, desconocida aun en los tiempos de formación de la República Popular. «La Revolución Cultural se apoyó en un movimiento de masas surgido de grupos políticos en situación de inferioridad [en el seno del partido JA] que tomó como objetivo a las élites burocráticas de nivel superior. […] La feroz crítica del pensamiento inconformista y su completo rechazo de las ideas ajenas permitieron a la ideología oficial controlar la mente de los individuos, guiar sus actos y monopolizar el discurso social, creando una mentalidad de grey que llevaba a sus partidarios a comportarse con una desbordada pasión política. […] La moral tradicional cayó a su nadir, reemplazada  por una pasión grupal que otorgaba máxima importancia a sus objetivos  sin reparar en otra cosa que no fuera conseguirlos».

La Revolución Cultural no podría, pues, explicarse sin el sistema burocrático/totalitario de estilo soviético impuesto a China desde 1949, donde los escalones superiores del poder se creían con licencia para avasallar a sus súbditos y beneficiarse con los resultados. Ese sistema -una creación directa de la voluntad de Mao- no tardó en convertirse en la principal barrera entre el líder supremo y su pueblo. «Mao era un miembro de la élite burocrática pero diferente de ella. Necesitaba que sus burócratas impusiesen su voluntad personal, pero los burócratas también persiguen sus propios intereses particulares, los de sus familias y los de sus clientes». Era el sempiterno problema de la agencia.

Mao decidió, pues, que «el grupo privilegiado» de la «clase burocrática» y las «autoridades académicas», según su terminología, se habían convertido en la «contradicción principal» para lograr las metas revolucionaras. Y así se veía obligado a apoyarse en lo que -razonablemente- a sus enemigos les parecía una reversión anarquista y/o populista. «Bombardead el cuartel general» era una consigna que rebosaba de esos resabios por los cuatro costados.

Los rebeldes -la línea general revolucionaria de los escritos maoístas- se convirtieron así en el brazo armado del movimiento anti-burocracia, pero eran débiles. Su dependencia de Mao les ponía en la cuerda floja tan pronto como el Gran Timonel trataba de limitar el caos generado por sus propuestas y confiaba de nuevo en el equilibrio burocrático para suprimir la contradicción. Las dos defenestraciones de Deng Xiaoping y su vuelta al poder son el ejemplo señero del problema de la agencia en la China maoísta y en la de hoy.

A la postre, en un sistema que desconoce el equilibrio y la limitación mutua de los poderes del estado -la certera aunque no siempre eficaz respuesta de los estados democráticos a ese problema- «desgraciadamente el triunfador final de la Revolución Cultural fue, una vez más, la élite burocrática que, esta vez, consiguió suficiente poder para investigar y castigar a sus responsables, así como para presidir la etapa de Reforma y Apertura y repartirse los despojos. […] El viejo sistema destrozado por la Revolución Cultural se recompuso tan pronto como ésta terminó. […] La Revolución Cultural fue, pues, un juego a tres bandas entre Mao, los rebeldes y la clique burocrática. Su resultado final fue la eventual victoria de ésta última y la derrota de los rebeldes que sufrieron las consecuencias del fracaso de Mao».

Frente a las quimeras mundialistas, es difícil resistirse al lapidario juicio final de Yang.

«Al tiempo que negaban de la cruz a la raya a la Revolución Cultural, los nuevos dirigentes chinos dieron otro impulso al sistema que la había creado: dictadura del partido único, poderosa centralización del poder y gran reverencia hacia éste. Al tiempo que recuperaba ese legado político, la élite burocrática de la era Mao (incluyendo a su progenie y a sus amigos) se convirtió en la nueva élite de la era de Reforma y Apertura». Parece difícil negar que esa clique burocrática se ha convertido en la dictadura de los capitalistas rojos de reciente cuño a los que hoy representan Xi Jinping y sus secuaces.

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