Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

La solterona

-Bonita piscina –comenta Victoria-. Gracias por invitarnos a la inauguración. Los canapés están buenísimos. Cuidas hasta el último detalle.

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Historia de un anarquista

Julián nació en 1946 en Algar de las Peñas, un pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Sus padres eran gente sencilla. Apenas sabían leer y escribir. Vivían en una pequeña casa con dos estancias y un patio con un limonero que desafiaba a los inviernos con el auxilio de un plástico compasivo. El padre trabajaba como pastor y cuidaba un huerto, luchando contra una tierra escasamente fértil. 

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Los forasteros

-Me gusta este pueblo –dijo Pacho-. Es…
-Auténtico –agregó Manuel.
-Eso es. Me has quitado la palabra de la boca.
Anita y Nathalie asintieron, mientras sacaban fotografías con los móviles, barriendo toda la plaza con el anhelo insaciable de captar hasta el último rincón.

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San Juan Bueno, Mártir

Se preguntaba si iba moriría atrapado en la grieta en la que había caído. Juan sabía que no era sensato hacer senderismo solo, pero le agradaba adentrarse en la naturaleza sin más compañía que un libro, algo de fruta y una botella de agua mineral. La Sierra Norte de Guadalajara era muy hermosa: hayedos, encinares, arroyos, rocas de pizarra. Cuando las hojas rojas de las hayas alfombraban el suelo, la tierra parecía palpitar como un ser vivo. Desde el interior de un hayedo, el cielo solo era una franja remota, pero su luz siempre  recordaba que había un infinito abierto en las alturas.

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Un mundo herido

Alejandro solía tomar el sol en la puerta de su casa. Sacaba una silla de playa, con franjas blancas y azules, y se sentaba, protegiéndose la cabeza con una gorra de los Chicago Bulls. Si era verano, se ponía el bañador y una camisa desabotonada. Descalzo, con el pelo largo y una barba de náufrago, llamaba la atención de los turistas que a veces se acercaban al pueblo, atraídos por las casas de pizarra y la diminuta iglesia, un prodigio de sencillez y equilibrio. 

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El corazón del río

-Ana me tiene muy preocupada.
-¿Por qué?
-Dice cosas raras. Te mira fijamente. Miente. Ahora ha inventado un amigo invisible. Dice que se encuentra con él en el río. Asegura que es un hombre sin amigos ni familia. Dice que necesita afecto, que nadie puede vivir sin ser importante al menos para otra persona. Dice que es un hombre desgraciado y con mucha tristeza en los ojos.  Solo tiene diez años, pero habla como si tuviera dieciséis.

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El huérfano del Pequod

Siempre he soñado con un jardín al final del invierno. En el pueblo disponía de una pequeña huerta y de un patio lleno de flores con las paredes cubiertas de madreselva. Era mi jardín, mi Edén, eso sí, ensombrecido por una dolorosa ausencia: mi mujer, a la que perdí hace año y medio. Cuando me obligaron a dejar el pueblo para vivir en Madrid, sentí que me arrebataban un sueño. Un sueño incompleto, pero que empezaba a poblarse con un nuevo afecto, una joven rumana con la que había establecido un vínculo cada vez más estrecho.

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Cuando ya no recuerde quién soy

Dentro de unas horas abandonaré mi casa. No sé si volveré. Mi mente viaja hacia la oscuridad. Tengo la sensación de que me marcho lejos de mí. Es posible que dentro de unos meses ya no sepa quién soy, ni a quién amé, ni qué experiencias marcaron mi vida. He preparado la maleta cuidadosamente. Mis manos ya no son jóvenes, pero aún pueden doblar una camisa o unos pantalones. Me gusta el olor que desprende la ropa limpia. Me transmite sensación de  orden, de equilibrio. No soporto la suciedad ni el descuido. Siempre he sido algo presumido. Cuando perdí a mi esposa, pasé unas semanas sin afeitarme ni lavarme, pero esa actitud solo agravó mi malestar. Al recobrar la rutina

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Eugenio Fuentes: la ordalía de Joseph K.

Las ordalías sometían al juicio de Dios a los presuntos autores de un crimen, empleando distintos métodos de tortura para dirimir su inocencia o culpabilidad. Se estimaba que Dios acudiría en auxilio del inocente, librándolo del dolor y la muerte. Aparentemente, se trata de un asunto del pasado, pero lo cierto es que las ordalías persisten bajo distintas formas: tortura, linchamiento –real o virtual-, calumnia, marginación, estigmatización.

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Michel Focault, el embaucador desenmascarado

«Hay que ser un héroe para no seguir la moralidad de tu tiempo», escribió Michel Foucault. ¿Se trata de una reflexión autobiográfica o una declaración filosófica? Foucault fue una de las primeras víctimas ilustres del SIDA. Falleció en 1984 en París, con cincuenta y ocho años. Desde entonces, se le ha acusado de perverso, pedófilo, sadomasoquista. Sinceramente, su vida privada no me interesa y no seré yo quien emita un juicio condenatorio. Cada uno es muy libre de organizar su vida sexual como le parezca, siempre y cuando no lesione derechos ajenos. Los juicios moralistas son insoportablemente miserables.

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Una vida entre libros

Algunos han especulado que el infierno se parece a un círculo. Todos los días son idénticos. Todo se repite. La rutina invade la vida. No hay espacio para lo inesperado e incierto. Si el infierno es así, yo vivo en él desde hace mucho tiempo, pero con una importante salvedad. Lejos de sentirme confinado en una prisión, experimento un júbilo que se aviva con la perspectiva de volver a vivir el mismo día una y otra vez. Solo me preocupa una cosa. Mi existencia no es un círculo perfecto. Un día se romperá. No pienso en las novedades que quizás se produzcan, sino en la irrupción de la muerte. Por desgracia, nuestra vida es una línea que se rompe antes

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Jean Paul Sartre, un sofista de alto vuelo

Jean Paul Sartre tal vez fue uno de los últimos mandarines de la cultura europea. Pocos autores han gozado de un prestigio tan elevado. Durante décadas fue la referencia indiscutible de varias generaciones, siempre pendientes de sus opiniones para utilizarlas como guía moral, política o estética. Rechazar la Legión de Honor en 1945 y no acudir a la ceremonia de entrega del Nobel de Literatura en 1964, donando el dinero a la causa socialista, incrementó su leyenda. No era un simple filósofo con pluma y talento de literato, sino un moralista de la envergadura de Nietzsche. Su intención era desmontar la tradición heredada para inaugurar una nueva era, donde el hombre se emancipara definitivamente de la tutela de los dioses

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