Archivo Revista de Libros

La sombra de Caín

Cuando el padre Bosco observó que la aguja de la báscula marcaba ciento quince, sonrió con la alegría del alpinista que llega a la cima. Por primera vez, la aguja no alcanzaba su límite, manifestando su impaciencia por traspasarlo con unas pequeñas e inquietantes oscilaciones

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Un crimen imperfecto

-Nunca creí que me toparía con un crimen en Algar de las Peñas –comentó Eugenio Fuentes, mientras empujaba las gafas con el anular, alejándolas de la punta de la nariz.
-¿Verdad que es molesto? –preguntó Rafael Narbona, imitando su gesto.
-Un crimen siempre es algo desagradable.
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La biblioteca del fin del mundo

No lo advertí hasta que pasaron unos días. Mi biblioteca crecía con nuevos ejemplares, pero no se trataba de obras que yo hubiera adquirido, sino de volúmenes que irrumpían en los anaqueles de forma misteriosa. No sabía de dónde procedían. Mi mujer me aclaró que ella tampoco los había comprado. Vivimos en las afueras de Algar de las Peñas, casi en el fin del pequeño mundo compuesto por los trescientos habitantes de este pueblo de la sierra norte de Guadalajara.

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El otro

Sucedió hace tres años. Al principio, pensé que fue un sueño; luego, creí que se había tratado de una alucinación. Las casas de pizarra de Algar de las Peñas, con su aspecto de animal prehistórico atrapado en el tiempo, abonaban la tesis de una experiencia estrictamente imaginaria, pero la nitidez y recurrencia de los recuerdos apuntaban que había sido algo real. 

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El candidato

Pacho había convertido la caza en una pasión que absorbía casi todo su tiempo libre. Salía al campo muy temprano y no dejaba de disparar hasta que mataba más conejos y perdices de las que podía acarrear. Le gustaba colgar las piezas abatidas en el cinturón para poder alardear de su talento como matarife. Ahora se preguntaba cómo podía haber sido vegano. Matar y comer lo cazado le producía una satisfacción que jamás habría podido imaginar. Ya no era un hombre de ciudad, tímido y pusilánime, incapaz de soportar la crudeza del mundo real.

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Una actriz

En un pueblo como Algar de las Peñas, con solo trescientos habitantes, un forastero constituye un acontecimiento. No me refiero a los turistas, aves de paso que alborotan los fines de semana, sino a un nuevo vecino. Las dos parejas que abrieron el restaurante vegano se marcharon al cabo de los pocos meses, tras fracasar haciéndole la competencia al bar de Martín. Casi nadie mostró interés por un menú que no contemplaba las judías con chorizo, las codornices en escabeche o el cabrito asado, los platos tradicionales de la zona. 

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La solterona

-Bonita piscina –comenta Victoria-. Gracias por invitarnos a la inauguración. Los canapés están buenísimos. Cuidas hasta el último detalle.

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Historia de un anarquista

Julián nació en 1946 en Algar de las Peñas, un pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Sus padres eran gente sencilla. Apenas sabían leer y escribir. Vivían en una pequeña casa con dos estancias y un patio con un limonero que desafiaba a los inviernos con el auxilio de un plástico compasivo. El padre trabajaba como pastor y cuidaba un huerto, luchando contra una tierra escasamente fértil. 

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Los forasteros

-Me gusta este pueblo –dijo Pacho-. Es…
-Auténtico –agregó Manuel.
-Eso es. Me has quitado la palabra de la boca.
Anita y Nathalie asintieron, mientras sacaban fotografías con los móviles, barriendo toda la plaza con el anhelo insaciable de captar hasta el último rincón.

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San Juan Bueno, Mártir

Se preguntaba si iba moriría atrapado en la grieta en la que había caído. Juan sabía que no era sensato hacer senderismo solo, pero le agradaba adentrarse en la naturaleza sin más compañía que un libro, algo de fruta y una botella de agua mineral. La Sierra Norte de Guadalajara era muy hermosa: hayedos, encinares, arroyos, rocas de pizarra. Cuando las hojas rojas de las hayas alfombraban el suelo, la tierra parecía palpitar como un ser vivo. Desde el interior de un hayedo, el cielo solo era una franja remota, pero su luz siempre  recordaba que había un infinito abierto en las alturas.

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Un mundo herido

Alejandro solía tomar el sol en la puerta de su casa. Sacaba una silla de playa, con franjas blancas y azules, y se sentaba, protegiéndose la cabeza con una gorra de los Chicago Bulls. Si era verano, se ponía el bañador y una camisa desabotonada. Descalzo, con el pelo largo y una barba de náufrago, llamaba la atención de los turistas que a veces se acercaban al pueblo, atraídos por las casas de pizarra y la diminuta iglesia, un prodigio de sencillez y equilibrio. 

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