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El padre Bosco avanzaba por Algar de las Peñas con la sensación de ser el último habitante del pueblo. Las calles se hallaban vacías y no se escuchaba ningún ruido, salvo el sonido del viento, que gemía al doblar las esquinas o escalar por los tejados, provocando el temblor de las tejas. El viento era lo único que parecía vivo. Todas las casas se encontraban cerradas. Las puertas y las ventanas, casi siempre abiertas, ahora mostraban sus hojas encajadas en los marcos, con aspecto de labios sellados que custodian espesos secretos. El mal ya no parecía algo abstracto o lejano, sino una calamidad que se había abatido sobre el pueblo, sumiéndolo en un sueño pegajoso, casi un vómito que caía del cielo como un alud de tierra, semejante al que parece semienterrar al famoso perro de Goya, con la cabeza trágicamente alzada y la angustia en los ojos. El padre Bosco sintió que era ese perro a punto de sucumbir en un paisaje de pesadilla. Se preguntó si había muerto. La muerte nunca anuncia su llegada, salvo por pequeños e insignificantes detalles: frío en los huesos, un sabor amargo en el paladar, un jadeo obstinado, unas manos ateridas y acribilladas por minúsculos pinchazos. No había sentido nada de eso, pero quizás el universo ya continuaba su marcha sin él y no se había enterado. Si el más allá era lo que contemplaban sus ojos, tendría que darle la razón a Homero, que describía el ultramundo como un pálido reflejo de la realidad, apenas una sombra entre la niebla.

Súbitamente, el viento cesó de soplar. Parecía que el último habitante del pueblo se marchaba, dejando atrás un vacío absoluto, no muy distinto del que reina bajo una tumba. De repente, comenzó a escuchar sus propias pisadas. Pisadas huecas sobre las piedras redondas que cubrían las calles. Pisadas asimétricas que reflejaban el carácter irregular del suelo. Pisadas que rebotaban contra las fachadas, como voces duplicadas por el eco. ¿Dónde estaban los vecinos? El mundo parecía haber perdido los colores. Solo había blancos, negros y grises, contrastados de una forma dramática, casi expresionista. ¿Se encontraba en una película de Fritz Lang? De repente, se le nubló la vista, parpadeó durante un largo rato, como si sufriera un incontrolable tic nervioso y cuando al fin logró interrumpir el movimiento de sus párpados, descubrió que Algar de las Peñas había adoptado el aspecto de un pueblo bávaro. Las fachadas habían crecido adquiriendo una forma puntiaguda, el pilón situado cerca de la iglesia se había convertido en una fuente octogonal con una pequeña columna en el centro, rematada por un cazador que soplaba por un cuerno, el bar de Martín ahora era en una cervecería con los alféizares llenos de flores y un cartel con letras góticas. Escuchó voces en el interior y se acercó a la ventana con la esperanza de ver algún rostro conocido, pero se quedó paralizado al observar lo que sucedía al otro lado del cristal. Un hombre con el rostro pavorosamente blanco y unos ojos maliciosos, que se movían como dos escarabajos enloquecidos, gesticulaba entre las mesas, alzando la voz histéricamente. Un flequillo denso y grasiento corría por su frente y un bigotito ridículo, similar al de Charlot, subía y bajaba, impulsado por una boca con la negrura de un abismo. Sus ojos despedían una luz fría que parecía congelarse en el aire, dibujando una telaraña de hielo. El hombre hablaba sin parar. Parecía embriagado por sus propias palabras, casi al borde del éxtasis. Todos le escuchaban con miradas de asentimiento. Algunos parecían embobados, casi poseídos por una emoción religiosa. No podía engañarse. Sabía quién era, pero no se atrevía a pronunciar su nombre. Si estaba soñando, ¿por qué parecía todo tan nítido? El blanco y negro era desconcertante, pero transmitía solidez y verosimilitud.

El hombre que arengaba a la clientela de la cervecería era relativamente joven. Quizás treinta años. Aún no arrastraba a multitudes, pero no tardaría en hacerlo. El mundo sufriría lo inimaginable por su culpa. ¿No sería sensato detenerlo ahora, evitando que desatara el apocalipsis? No se atrevía a utilizar la palabra exacta que le venía a la mente, lo que le sugería hacer su conciencia, pues atentaba contra sus creencias más elementales, pero sabía perfectamente que no cabía otra alternativa. Aquel hombre delgado, no muy alto y con una voz grave, que alzaba y bajaba teatralmente las manos, poseía algo demoníaco. No se refería a una cualidad sobrenatural, sino a una carencia. El demonio es el cero absoluto, la nada destructora. Todo indicaba que aquel agitador de mirada afiebrada se odiaba a sí mismo. Por eso necesitaba seducir. Se notaba que había ensayado sus gestos. Le imaginó delante del espejo, moviéndose como un histrión. El mal era eso. Embriagarse con la propia imagen, ignorar a los demás, desdeñar al otro. El demonio posee legiones, pero no conoce la amistad. Sus acólitos únicamente son peones. Está atrapado por una soledad total e irreversible.

Aquel hombre estaba solo, terriblemente solo. El mundo no era para él un espacio de encuentro, sino un escenario donde expandir su ego. Misántropo, soberbio y tal vez loco, su imaginación decoraba el futuro con imágenes terroríficas: ciudades en llamas, campos de prisioneros con kilómetros de alambradas, fosas repletas de cadáveres, ejecuciones en sótanos húmedos. Por primera vez se planteó seriamente si matar sería ético en algún caso. Si estaba en juego la inmolación de los inocentes, ¿no era inmoral inhibirse, dejando que la violencia triunfara? En ese momento, mientras se debatía entre los principios abstractos y los hechos dolorosamente reales, apareció un hombre vestido con una gabardina negra y un sombreo de ala ancha que le ocultaba el rostro. Se dirigió al alborotador, sacó una pistola y le disparó dos veces en el pecho. Se oyeron gritos, cayeron sillas y mesas, se rompieron algunos vasos y botellas. El agresor aprovechó la confusión para huir. Salió a la calle y echó a correr, proyectando su sombra en las fachadas, una silueta gigantesca e inquietante. El padre Bosco empezó a perseguirlo. Lo hizo de forma instintiva, como un perro que se lanza detrás de un ciclista. Mientras recortaba distancias, el pueblo fue recobrando su aspecto habitual. Las fachadas se encogieron, la fuente octogonal desapareció y el cazador que soplaba por un cuerno se esfumó.

La persecución acabó en la puerta del bar de Martín, que ya no era una cervecería, con flores en el alféizar y un cártel con letras góticas. Sin darse cuenta, habían dibujado un círculo. El sacerdote agarró por el brazo al hombre que había disparado, no sin temor de que sacara el arma y la utilizara contra él. Sin embargo, apenas opuso resistencia. De un manotazo, el padre Bosco le quitó el sombrero y descubrió con horror que su rostro era idéntico al suyo. Un vértigo agudo le hizo retroceder, tambaleándose. Bajó la mirada y sintió náuseas. Tardó un rato en recuperarse. Cuando al fin desapareció el malestar y pudo explorar la calle con la mirada, vio que estaba solo y con un revolver en la mano. El hierro calentaba la carne, recordándole que tenía el poder de arrebatar vidas. El viento volvió a soplar, produciendo un sonido muy humano, casi un lamento.

El padre Bosco se incorporó de la cama con violencia.

-Tranquilo –dijo el padre Juan-. Ha debido tener una pesadilla. O quizás alucinaciones. La covid-19 es así, pero no se preocupe. Está mejor que hace unos días.

-¿No debería estar aislado? –preguntó el padre Bosco, tocándose la frente con la mano para comprobar si la fiebre era muy alta.

-Yo tengo anticuerpos. Lo pasé, pero ni me enteré. Así que puedo estar a su lado y cuidarle. Además, estoy vacunado.

-Podrías infectarte otra vez.

-El bicho no quiere saber nada de mí. No le presté atención cuando vino a tocarme las narices y ahora se hace el ofendido.

-Ojalá tengas razón.

-¿Qué soñaba? Parecía muy angustiado.

-Me enfrentaba a una situación terrible. Un dilema. ¿Es lícita la violencia en algunos casos? ¿Habría sido ético matar a Hitler cuando solo era un agitador incipiente?

-Se habrían ahorrado muchas vidas, pero en esas cuestiones lo mejor es apartarse y dejar que Dios haga lo que considere oportuno.

-Sin duda tienes razón, pero mi pesadilla me ha revelado una cosa. Nadie se conoce bien a sí mismo y quizás sea lo mejor. Creo que lo del oráculo de Delfos es una temeridad.

-¿Se refiere a lo de «conócete a ti mismo»?

-Exacto. Menos mal que la vida nos exime de ciertas pruebas. Deberíamos valorar más el privilegio de vivir en una época de paz.

-¿Se anima a ver una peli esta noche? Me he bajado una de Fritz Lang: Man Hunt. Creo que es muy apropiada.

-¿La de Walter Pidgeon intentando cargarse a Hitler con un rifle de mira telescópica y George Sanders, como siempre, en el papel de villano?

-Veo que la recuerda bien.

-Y luego dicen que no existe la providencia. Te encargas tú de la cena, ¿no? Yo estoy para el arrastre.

-Sin problemas. Unas voces de la calle se colaron en la vivienda del padre Juan. El padre Bosco sonrió, satisfecho de que la vida siguiera su curso en Algar de las Peñas, sin someter a sus habitantes a los dilemas que habían estragado las conciencias de otros hombres en tiempos no tan remotos.

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