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Javier Marías, 2008
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Algar de las Peñas, uno de los pueblos negros de Guadalajara, nunca había parecido una de esas villas manchegas, polvorientas y austeras, sino un lugar impregnado de una magia ancestral semejante a la que se advierte en las aldeas gallegas, con sus historias de brujas y trasgos. Esa noche, suave e imprecisa como un sueño, las fachadas de pizarra evocaban los hórreos y los castros, la costa escarpada y el mar negro, con sus pescadores alumbrándose con faroles bajo una luna espectral. El padre Bosco caminaba por el pueblo con la mirada sumida en el asombro, esperando que en cualquier momento emergiera un arco celta o un santuario consagrado a la Virgen. Sin embargo, no aparecieron esas formas, sino dos sombras que caminaban cogidas del brazo, hablando en voz baja, como si compartieran entrañables y lejanos recuerdos.

Cuando pasaron a su lado, descubrió estupefacto que se trataba de Ramón María del Valle-Inclán, con sus barbas de chivo y su rostro quevedesco, y Javier Marías, con una gabardina negra y un sombrero de ala ancha, similar al de los espías que ocultaban discretamente su rostro durante los años de la Guerra Fría. Caminaba despacio, casi solemnemente, pero sus voces solo eran un rumor ininteligible, parecido al de un confesionario. Se preguntó si intercambiaban secretos. No lo creyó probable. Valle-Inclán abogaba por la «otra verdad», por esa mentira espléndida e inofensiva que salva al mundo de la mediocridad. No le interesaba escarbar en sus propias entrañas y airearlas, sino prodigar belleza mediante magníficos embustes, como que había arrojado su brazo a los cocodrilos para evitar que volcaran su canoa mientras navegaba por un caudaloso río de América del Sur. Javier Marías no era partidario de la «otra verdad», sino de no saberlo todo, de respetar los secretos, de tener el coraje necesario para preservar esas penumbras que hacen la vida tolerable. ¿Qué sucedería si el pensamiento perdiera su preciosa intimidad y se hiciera público y visible? ¿Soportaríamos saber lo que los demás piensan de nosotros? ¿Soportarían los otros saber lo que pensamos de ellos? Si nuestra mente fuera de cristal, como un escaparate que exhibe su mercancía, la humanidad retrocedería al estado de guerra, cuando la civilización aún no había inhibido la violencia mediante la razón, el decoro y la prudencia.

¿De qué hablarían entonces? ¿De literatura o quizás de arte? Javier Marías se separó de Valle-Inclán y se acercó al padre Bosco, pese a la escasa simpatía que tenía por el clero.

-¿Ha observado su barba fluvial? ¿Ha advertido que se dispersa y deshilacha? ¿Se ha fijado en sus ojos juveniles y vivos? Parece satisfecho consigo mismo, casi invulnerable. Nadie diría que al hablar cecea.
-¿Por qué me cuenta todo eso?
-Porque la especialidad de los escritores es mirar. ¿Qué es un buen texto sino un ejercicio de miramiento, un escrutinio que rastrea el detalle, buscando las claves de un rostro? A mí se me ha acusado de antiespañol, de sicario de la pérfida Albión, pero entre mis escritores favoritos hay muchos compatriotas y Valle es uno de ellos, aunque no se aprecie su influencia en mi escritura.
-¿Por qué le gusta Valle-Inclán?
-Por su mano conspicua, por su mirada irónica, por su frente bromista, por sus botines con el empeine blanco, porque una vez paseando por el campo se cruzó con un pastor y su rebaño y, alzando el bastón al cielo, le dijo gritando: «Apártate vaquero y deja paso a los hidalgos».
-¿Es usted igual de arrogante?
-No, arrogante, no. Impertinente, pero ¿por qué se extrañan? Casi me han arrebatado mi nacionalidad. Cuando estoy en un país extranjero y me presentan como un autor español, experimento la tentación de levantar la mano y aclarar que se han equivocado. Mi destino es ser una apátrida. Hasta mi antigua editorial me combatió y repudió, un caso único en los anales de la historia.
-¿Entonces no tiene patria?
-Quizás mi biblioteca. Y Madrid, claro, mi ciudad.
-Borges sostenía algo parecido. Decía que el hecho capital de su vida había sido la biblioteca de su padre y que su gran amor era Buenos Aires.
-Sí, es cierto. Perdone, pero tengo que dejarlo. Valle se ha marchado. Por ahí viene Borges. Me corresponden las tareas del anfitrión, un deber sagrado.

De repente, Algar de las Peñas pareció lindar con la tarde y la llanura. Las puertas exhibieron el dorado bronce de antiguas aldabas. Los patios comenzaron a desprender olor a jazmines. La noche se convirtió en tarde cenicienta y el cielo adquirió la tonalidad del oro viejo. Un gato cruzó la calle, arqueando su lomo condescendiente y una ventana abierta dejó atisbar un espejo, que parecía un fragmento de hielo temblando en la luz mortecina del crepúsculo.
Javier Marías agarró del brazo a Borges y le sonrió, con esa complicidad de los que profesan las mismas pasiones. Ambos eran fieles amantes de la poesía inglesa y feroces enemigos de lo sórdido y estúpido, especialmente cuando contamina un texto literario, inundándolo de estancias mugrientas, personajes inanes y violencias innecesarias. Borges transmitía esa vulnerabilidad que se aprecia en todos los ciegos, cuyo aspecto depende de los demás. Alguien le había elegido un traje gris de tres piezas y una corbata granate. Un pañuelo blanco asomaba tímidamente por el bolsillo superior de la americana. No parecía un lirio, sino un tallo blanco. El pelo escaso y cano, el labio inferior desplomado, las cejas hirsutas, la frente agrietada como la corteza de un árbol. El párpado derecho caído insinuaba escepticismo y descreimiento.

Borges no parecía preocupado porque otros le oyeran, quizás porque la voz era lo que le permitía comunicarse con el exterior y abandonar esa forma de reclusión que es la oscuridad perpetua.

-Yo nunca reescribo mis textos –dijo con acento porteño-. Solo mitigo sus excesos, limo sus asperezas, tacho las vaguedades y sensiblerías. Personalmente, no he cambiado mucho. Soy el mismo que en 1923 escribió Fervor de buenos aires. Aquel muchacho y yo descreemos del éxito y el fracaso, las escuelas literarias y los dogmas. Ambos somos devotos de Whitman, Stevenson y Schopenhauer. Sin embargo, algo sí ha cambiado. De joven, buscaba los arrabales, los atardeceres y la desdicha. Ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

El padre Bosco no se atrevió a decir que su ceguera le impedía apreciar la luz y quizás el centro, salvo que se refiriera al equilibrio interior.

-¿Está pensando en mi ceguera? –preguntó Borges, dirigiéndose al cura-. Usted que es sacerdote debería saber que lo invisible también puede irrumpir en la conciencia. Yo distingo el día de la noche, el centro de la periferia y, claro, la serenidad de la desesperación, pero eso no encierra ningún misterio. No soy completamente ciego. Mi ceguera es total en un ojo y parcial en otro. Todavía aprecio –quizás sería mejor decir descifro- el verde y el azul. Hay un color que no me ha abandonado: el amarillo. Su fidelidad me conmueve. Quizás sea un don concedido por la fascinación que siempre me han inspirado los tigres del zoológico de Palermo. Siempre me demoraba ante el oro y el negro de su piel. Me atrevo a conjeturar que aquellas magníficas criaturas me concedieron su amistad.
-¿Qué colores echa más de menos? –preguntó Marías, bajando ligeramente el ala del sombrero, como si buscara la oscuridad total de un cuadro de Kazimir Malévich. En esos lienzos, que pretendían ser el «punto cero de la pintura», había creído ver la negra espalda del tiempo.
-Extraño el rojo y el negro. Vivo en una neblina verdosa o azulada, con una vaga luminosidad. El mundo del ciego no es la noche, sino un mundo indefinido, donde el blanco se confunde con el gris. Mi ceguera no fue un repentino eclipse, sino un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo. El crepúsculo finalizó en 1955, el mismo año en que me nombraron director de la Biblioteca Nacional. ¡Qué ironía! Era el responsable de un millón de ejemplares y no podía verlos. Yo, que había soñado el paraíso con forma de biblioteca.

Borges se separó suavemente de Marías y desapareció en el atardecer, confundiéndose con las sombras proyectadas por los árboles y las casas de pizarra. Al poco, oímos unos pasos y una figura espigada se recortó contra el cielo, que había recobrado su luminosidad. Un hombre con el pelo blanco y grisáceo, el bigote negro y tupido y una camisa blanca con corbata avanzó hacia Marías, saludándole efusivamente. Extraordinariamente alto, los pantalones le quedaban un poco cortos, pero eso no menoscababa su elegancia. Salvo por la estatura, se parecía mucho a William Faulkner. Su mirada grave e inteligente podía confundirse con malhumor. Su pelo, espeso y brillante, parecía la superficie de un mar en calma.

Juan Benet se alejó unos metros, observando el pueblo. ¿Qué ven los ingenieros? ¿Cómo perciben el mundo? ¿Distinguen formas y colores o volúmenes y pesos? Benet era ingeniero, pero también escritor, lo cual quizás le permitía desarrollar una visión total, semejante a la de un demiurgo. ¡Quién sabe si la verdadera belleza, esa que solo conoce Dios, es la fusión de la geometría y la poesía, lo objetivo y lo intuitivo!

-Es un hombre incisivo y con argumentos implacables –comentó Marías, encendiéndose un cigarrillo con las manos ahuecadas, pues corría una ligera brisa-. Es un hombre con aplomo y al que le interesa todo. No está hecho para la muerte. Ya lo he dicho muchas veces. Que esté muerto es en su caso una ambigüedad, una indecisión involuntaria, sobre todo un gran misterio.
-No hay nada misterioso en estar muerto –replicó Benet, sacando una cajetilla de Marlboro-. Es el destino de todos los hombres.
-Marías dice que es usted un hombre con aplomo –intervino el padre Bosco, que luchaba contra una tos seca y sentía arder la frente-. ¿De dónde sale esa confianza en sí mismo?
-De mis principios vitales.
-¿Cuáles son?
-El trabajo y la vocación literaria. El primero te proporciona estabilidad; el segundo, goce ilimitado. La literatura ha llenado unos vacíos que de otra forma no hubiera podido colmar. Me ha permitido entrar en mundos vedados a mi actividad como ingeniero. A diferencia de la vida social y laboral, la tarea –o quizás manía- de escribir nunca decepciona.
-Su mundo literario es algo sombrío.
-Un universo de color rosa sería inaguantable. Yo no hago comedias. El que se acerca a la literatura para reírse no entiende qué significa el hecho literario.
Juan Benet dio unos pasos, dobló una esquina y comenzó a levitar.
-¿Qué es esto? –protestó-. No aguanto el realismo mágico. Seguro que García Márquez está detrás de esta mascarada. Onetti nunca haría esta estupidez.

Algar de las Peñas volvió a oscurecerse. Súbitamente, el olor a mar, a salitre, inundó el pueblo, como un soplo brusco e insolente, que penetra en la intimidad de los hogares sin pedir permiso. El campo circundante, un valle verde y salpicado de arbustos y piedras negras, se transformó en un puertecillo abandonado con un mar surcado por pataches y quechemarines. De repente, se oyeron las notas de un viejo acordeón. Una melodía sentimental, de esas que las generaciones de otros tiempos repetían hasta el infinito, propagó una tristeza solemne.

-¡Oh la extraña poesía de las cosas vulgares! –exclamó una voz-. ¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones! Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas como la fastuosa guitarra; vosotros no inventáis leyendas pastoriles como la zampoña o la gaita; vosotros no llenáis de humo la cabeza de los hombres como las estridentes cornetas o los bélicos tambores. Vosotros sois de nuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía vulgar, monótona, ramplona ante el horizonte ilimitado…

Fernando Savater avanzaba por la calle principal de Algar de las Peñas, recitando a Pío Baroja y, a ratos, mesando su barba de pirata. Parecía la encarnación de esa filosofía danzante y despreocupada que invocó Nietzsche. Javier Marías se puso a su lado y le preguntó si conservaba su fantasía de ser Douglas Fairbranks, Jr., en El prisionero de Zenda.

-Sí, claro, pero creo que James Mason lo hizo mejor en la versión de Richard Thorpe. Por cierto, vaya apellido para dedicarse a la dirección cinematográfica. La verdad es que no fue un gran director, pero nos dejó joyas como Todos los hermanos fueron valientes. De todas formas, creo que a mi edad haría mejor de Voltaire que de espadachín.
-Algunos le acusan de ser poco serio –observó el padre Bosco, llevándose el antebrazo a la boca para que su tos no salpicara con gotas de saliva a sus interlocutores.
-Nunca me ha interesado la seriedad. Pienso que Bernard Shaw tenía razón cuando sostenía que «toda tarea intelectual es una tarea humorística». Si aburres a la gente no te escucha. La primera obligación de un buen pedagogo es ser divertido.
-Pues usted lo consigue.
-Me sorprende que un cura diga eso.
-Ya sé que nunca le hemos gustado, pero yo ya estoy acostumbrado a que me miren mal por el alzacuello. Esa es mi cruz y la he abrazado con alegría. Por cierto, ha cambiado de ideas a lo largo de los años. Quizás podría animarse a rebajar su anticlericalismo.
-Hay curas que me caen bien, como el padre Brown, pero apenas huelo una sotana, me pongo de mal humor. En eso no voy a cambiar. En cuanto a mi evolución personal, puedo alardear de no pensar igual que a los diecisiete años. Solo los idiotas presumen de mantenerse en sus trece a pesar de lo que te enseña la vida.
-Hace unos instantes, Juan Benet hablaba de sus principios. ¿Cuáles son los suyos?
-Coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. Por cierto, ¿Benet estaba por aquí? Voy a buscarlo.

El cielo se llenó de nubes y comenzó a lanzar rayos y truenos. Los fogonazos de luz, interrumpidos por breves instantes de oscuridad, convertían las montañas en moles amenazantes que parecían avanzar como una gigantesca ola con espeluznantes crestas de espuma. El padre Bosco se quedó sobrecogido por el espectáculo. Miró a su alrededor y descubrió que se había quedado solo. Alzó la cabeza y vio que una extraña lluvia comenzaba a descender sobre el pueblo. Decenas, centenares de imágenes idénticas caían como gotas, describiendo una trayectoria escrupulosamente vertical. Se trataba de la imagen de Javier Marías con gabardina negra, sombrero de ala ancha y un paraguas negro abierto semejante al que utiliza Mary Poppins para elevarse o aterrizar suavemente.

El padre Bosco sintió que alguien le ponía la mano en el hombro:

-Será mejor que nos resguardemos. Dentro de poco, lloverán máquinas de escribir y será peor.
-¿Máquinas de escribir?
-Sí, todas del mismo modelo: Olympia Carrera de Luxe. Se venga de mí por haber prolongado su vida más allá de lo razonable. Dice que he sido un negrero despiadado con ella.

El padre Bosco miró a su inesperado acompañante y se topó con un joven de melena romántica y ojos plácidos y algo orientales. Había algo impenetrable en su rostro de labios femeninos y pestañas bien visibles. Parecía uno de esos individuos que no piden nada y por eso dan algo de miedo.

El cura y el joven se refugiaron en la única marquesina del pueblo, la parada del autobús que pasaba una vez al día. Ya bajo cubierto, el joven sacó unas gafas de sol y se las puso, inclinando un poco la cabeza. Después, se encendió un cigarrillo y empezó a chuparlo como si le fuera la vida en ello. El padre Bosco pensó que estaba jugando a ser Lee Marvin o Jack Palance. Casi todos los escritores sueñan con ser hombres de acción, quizás porque sus vidas son pacíficas, reiterativas y previsibles. La lluvia se incrementó. Miles de Javier Marías y Olympias Carrera de Luxe caían sobre las calles empedradas de Algar de las Peñas, convirtiendo el pueblo en un cuadro de Paul Delvaux.

El padre Bosco se incorporó violentamente, con la frente y la espalda bañadas en sudor. Descubrió que se hallaba en la cama, acompañado por un libro de Javier Marías: Miramientos.
El padre Juan se acercó y le dijo con afecto:

-El covid no le deja en paz. ¿Qué ha soñado esta vez?
-He soñado con Javier Marías y otros escritores.
-Entonces no ha sido una pesadilla.
-No, pero en mi sueño no parecían seres reales, sino personajes de ficción. Creo que los escritores pagan un alto precio por sus fantasías. En la medida que logran hacerlas verosímiles, se transforman ellos mismos en literatura.
-¿Va a seguir descansando?
-No, ya he pasado un buen rato en la cama con Javier Marías. Ahora me apetece mover un poco las piernas y beber un vaso de vino.

El padre Bosco se levantó, dejó en la mesilla Miramientos, un pequeño volumen con las páginas amarillentas, y se colocó el alzacuello. Sabía que muchos le miraban mal por esa tira rígida de tela, pero él no quería renunciar a ella, pues le parecía tan necesaria como el chaleco salvavidas de los socorristas, gracias al cual algunos se sienten más tranquilos cuando se adentran en aguas profundas.

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