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Ben Hur

Querida hermana:

¿Cómo estás, Luisa? ¿Qué tal mis sobrinos? Espero que Javi no siga metiéndose en líos. Me parece muy bien que defienda el medio ambiente, pero creo que sus campañas contra los coches, la carne, las chucherías y el calentamiento global han incurrido en excesos innecesarios. Rociar con pintura lila los expositores de una carnicería, malogrando chorizos, jamones y chuletones, solo le acarreó disgustos. Tuvo que pagar una multa (bueno, la pagasteis vosotros, ya que él no trabaja) y casi le imponen una pena de prisión, pues también roció el rostro del carnicero. Menos mal que era un hombre razonable y no utilizó sus cuchillos para reparar el agravio. Introducir patatas en los tubos de escape de los coches -¿quizás un homenaje a la famosa escena de Eddie Murphy en Superdetective en Hollywood, una de las películas preferidas de su infancia?-, destrozar aparatos de aire acondicionado a ladrillazos y lanzar agresivas consignas contra las chucherías en las puertas de los colegios, intimidando a los niños con advertencias apocalípticas sobre la obesidad y el colesterol, tampoco  me pareció muy razonable. Desde que abandonó los estudios, sus actividades como activista se han recrudecido y, en su cabeza, bullen los planes más descabellados. Su mente se ha convertido en el caldero de las brujas de Macbeth, siempre burbujeando en busca de nuevas fechorías. Ya sé que Javi alardea de pacifista, pero sus actos de sabotaje no son nada pacíficos. Al mismo tiempo escucha a Valtònyc y Pablo Hasél, lo cual acentúa la incongruencia entre sus declaraciones de principios y sus formas de protesta. Me preocupan mucho los juicios que aún le quedan por sus performances. Liberar al elefante de un circo ambulante estuvo a punto de provocar una tragedia en la M-30. El animal invadió la autovía y casi desencadena un accidente múltiple. Menos mal que su instinto le hizo circular por la derecha, evitando que los coches que se movían a más velocidad impactaran contra sus robustas patas. Javi está muy orgulloso de sus proezas. Según él, son legítimos actos de resistencia contra el sistema, pero no creo que el juez se muestre muy comprensivo con ese argumento.

Casi no me atrevo a preguntarte por Judith. Vi las fotografías de su última protesta como activista de Femen, con el torso desnudo y pintado con eslóganes contra el machismo. Me parece muy bien que combata esa lacra, pero ¿es necesario hacerlo en topless? ¿Por qué ataca tanto a la Iglesia? ¿Por qué escribe cosas como «Fuera de mi c…»? Agradezco a Dios que haya inventado los puntos suspensivos, pues así podemos evitar ciertas palabras. No hay nada mejor que los hijos, pero a veces son una terrible fuente de disgustos. De niños, me hacían caso. Los dos eran muy buenos, pero ahora me acusan de equidistante y me mandan… Bueno, ya sabes. Benditos puntos suspensivos, una obra maestra del idioma. Sin la elipsis, la comunicación sería un infierno. Ya sé que los buenos modales han caído en desuso y, con mis sobrinos, mi alzacuello no ayuda a mejorar las cosas. Ambos citan a Elizabeth Duval y me acusan de ser uno de los pilares del orden patriarcal. Judith me dijo orgullosa que había quemado una Biblia, pero que no volvería a hacerlo. No porque le inspire respeto la fe, sino porque lo de quemar libros es de nazis e inquisidores. Quizás con la edad –no hay que olvidar que son muy jóvenes- se aplaquen un poco y acepten dialogar, admitiendo que se puede convivir con los puntos de vista divergentes, pero hoy en día actúan –según sus propias palabras- como «partisanos» y han decidido que yo soy su enemigo. A pesar de todo, los quiero y no pierdo la esperanza de volver a fundirme con ellos en un abrazo.

Yo he vuelto a Algar de las Peñas. Cada vez que puedo, me subo al autobús y dejo Madrid atrás. No descuido mi parroquia, pero he descubierto que tengo vocación de cura de pueblo. Los pueblos no son perfectos. Aquí hay envidias, chismes y rencores, pero en una pequeña comunidad siempre existe la posibilidad de acercar posturas. En una ciudad, los vecinos a veces ni siquiera se saludan. Todo el mundo defiende ferozmente su intimidad, pero aquí todavía se vive en la calle y las puertas de las casas casi nunca se cierran. Nadie se siente invadido porque un vecino aparezca sin avisar en el vestíbulo y, tras dar una voz, se interne en el pasillo, apareciendo en el salón sin utilizar ningún pretexto, salvo el deseo de conversar. En Algar de las Peñas, los conflictos a veces se enquistan y no hay forma de extirparlos, pero muchas veces se resuelven con una charla amistosa. Martín, el dueño del bar, estaba harto de que el perro de Julia, una vecina, levantara la pata cada vez que pasaba por su local y dejara su huella en la fachada. El perro es un mestizo llamado «Pulgas». Bizco, pequeño, peludo y paticorto, se mueve a su aire por el pueblo. El bar de Martín es uno de esos lugares que marca una y otra vez, quizás porque desprende toda clase de olores, algunos no muy agradables, como el aceite barato que se utiliza en la cocina, mostrando una absoluta indiferencia hacia las digestiones de sus comensales.

Martín y Julia discutieron y, como no llegaron a nada, salvo a intercambiar improperios cada vez más ofensivos, dejaron de saludarse. Hablé con Martín, pidiéndole que no se tomara las cosas tan a la tremenda. «Yo también tengo un chucho», me contestó, «pero le he educado para que no haga esas cosas». El perro de Martín se llama «Viriato» -antes perteneció a Pacho, un forastero que pasó de apoyar a Podemos a militar en Vox- y no es cierto que se comporte mucho mejor. De entrada, no obedece a su dueño, persigue a los ciclistas y motoristas y hace sus necesidades donde le viene en gana. Martín ha intentado enseñarle a acosar a los conejos para ponerlos al alcance de su escopeta, pero el perro cada vez que agarra uno, se lo come, sin inquietarse por los gritos de su propietario, que se desahoga soltando toda clase de juramentos. Cuando le comenté a Martín que «Viriato» se comportaba como «Pulgas», meneó la cabeza y me dijo que no era cierto. Como es muy cabezón, preferí no insistir. Decidí intentarlo con Julia, pensando que quizás sería más razonable, pero ella me dijo que «Viriato» se había comido una de sus gallinas y que no haría nada hasta que su propietario la indemnizara. Volví a hablar con Martín, pidiéndole que se hiciera cargo del daño causado por su perro, pero solo conseguí una reacción airada: «Ni un duro. No pienso soltar ni un duro. La culpa es de Julia por dejar que sus gallinas se paseen por la calle». Le dije que los duros ya no circulaban, que ahora había euros, y no debió hacerle mucha gracia, pues me dio la espalda, cogió el matamoscas y aplastó con saña a una avispa que se había posado en un vasar. Vi que perdía el tiempo, pero le supliqué que al menos no blasfemara cada vez que «Pulgas» regaba la fachada de su bar. Desde entonces, suelta una horrible grosería, pero ha dejado de mencionar a la Sagrada Familia. Algunos dirán que hablar no sirvió de nada, pero yo les contestaré que no es cierto, pues Martín al menos ya no lanza injurias contra Dios y la Virgen. Seguro que dentro de un tiempo vuelve a saludar a Julia y esta, aunque es obstinada, hará lo mismo. «Pulgas» y «Viriato» no son seres racionales, pero se llevan bien. Cuando se encuentran, exploran mutuamente sus genitales –es su forma de saludarse, no hay que recriminárselo, pues obran de acuerdo con su instinto-, menean la cola y juegan un rato. ¿Serán menos civilizados que ellos sus dueños, con un cerebro mucho más desarrollado?

El padre Juan y yo nos hemos pasado una semana viendo películas religiosas, como Ben-Hur, Quo vadis? y La túnica sagrada. Aún no ha llegado la Semana Santa, pero nos ha apetecido organizar un pequeño ciclo casero. Ya sabes que los dos somos grandes aficionados al cine. Nos compramos una buena provisión de cervezas, patatas fritas de bolsa, aceitunas y frutos secos, y encendimos el televisor, una de esas pantallas de plasma de 55 pulgadas que escarnecen a los viejos televisores de tubo donde tú y yo vimos esas mismas películas por primera vez. El padre Juan, que se defiende bastante bien con las nuevas tecnologías, se dedica a descargar películas y las guarda en un disco duro. Creo que no es legal, pero dado que lo hace todo el mundo, me parece un poco ridículo afear su conducta. Ha almacenado cientos de títulos y, gracias a eso, podemos encadenar una película tras otra, reproduciendo esas sesiones continuas de los setenta, cuando los cines de barrio programaban dos películas seguidas, solo que en nuestro caso no son dos, sino tres y cuatro. La verdad es que nos lo pasamos de miedo. Imagino que si alguien nos observara desde fuera, pensaría que nos comportamos como dos adolescentes, rodeados de latas vacías y comida basura, pero lo cierto es que no hacemos daño a nadie y yo, como le dije al padre Juan, siento que rejuvenezco con esas tardes de péplum, cerveza y Cheetos.

Ben-Hur nos gustó mucho. La película no ha envejecido. Creo que han hecho una versión moderna verdaderamente lamentable, donde Mesala y Judá Ben-Hur se reconcilian. No pienso verla. La versión clásica es de 1959, pero la carrera de cuadrigas es insuperable y la batalla naval no está demasiado mal, aunque se nota que los barcos son maquetas. La escena en que aparece Cristo de espaldas está rodada con muy buen gusto y la Pasión se recrea de forma bastante convincente. La figura de Baltasar es particularmente entrañable. Cada vez que acaba una película, intercambiamos impresiones mientras nos bebemos una cerveza más. A los dos nos gusta la Voll-Damm con doble malta. La Mahou normal nos parece agua. El padre Juan me preguntó si no había notado nada raro en la relación entre Judá Ben-Hur y Mesala. Le respondí que sí, que había cierta tensión, cierta ambigüedad. Las escenas de Stephen Boyd con una toalla alrededor de la cintura desprendían algo más que arrogancia. Dado que intervino Gore Vidal en el guion –perdona que omita el acento, pero la RAE así lo ha dispuesto-, no me parece un detalle casual. Imagino que Charlton Heston no se dio cuenta de nada, pues habría montado en cólera. No seré yo quien critique ese aspecto de la película. Como dice el Papa Francisco, ¿quiénes somos nosotros para juzgar y condenar? Los sacramentos de la Iglesia no pueden cambiar, pero esas personas, que son nuestros hermanos y hermanas, tienen derecho a tener vínculos afectivos y los gobiernos deben apoyarles en cuestiones como las herencias y la sanidad.

El Nerón de Quo vadis? es divertidísimo. Peter Ustinov hace una gran interpretación. Eso sí, su amaneramiento parece una parodia del amor que no osa decir su nombre. En otro tiempo, se le habría calificado de «afeminado». Quizás debería emplear otra palabra, pues suena un poco despectiva, pero el idioma no ofrece muchas alternativas. Cada vez hay más palabras bajo sospecha: «gordo», «cojo», «negro». Si vamos a tener que utilizar paráfrasis para expresarnos, la comunicación se complicará y podría colapsar, propiciando las confusiones y los malentendidos. Tampoco entiendo lo del lenguaje inclusivo. ¿Vamos a empezar a decir cosas como «hablantas», «militantas» o «agentas»? Por cierto, Judith no deja de enviarme fotografías donde posa con su novia. Algunas son muy provocativas. Imagino que lo hace para molestarme. Por lo que he visto, su novia también pertenece a Femen. Solo pido a Dios que las proteja, pues hacen cosas poco sensatas, como irrumpir en actos de Falange. No sé si buscan algo parecido al martirio, pero están tentando a la suerte y cualquier día podría sucederles una desgracia. Es como meterse en la jaula de un tigre y esperar que se limite a rugirte o se ponga a dormitar en un rincón.

Después de Quo vadis?, vimos La túnica sagrada. Nos pareció un poco aburrida. Me pregunto si Richard Burton la rodó sobrio. Se muestra tan inexpresivo que parece flotar en la somnolencia que provoca el alcohol. Bebiendo dos botellas de vodka al día, me sorprende que llegara a los cincuenta y ocho años. En cuanto a Victor Mature, solo cabe corroborar lo que él mismo dijo en la recepción de un hotel, cuando se negaron a alojarle con el pretexto de que no admitían actores: «He rodado sesenta y cuatro películas y, según cientos de críticas, no soy actor. Me limito a hacer el gandul ante la cámara, pero lo hago con mucho estilo».

Cuando acabó La túnica sagrada –serían las doce de la noche-, apareció Julia, gimiendo y chillando. Entre las cervezas y las más de nueve horas de cine, el padre Juan y yo nos encontrábamos algo aturdidos. Julia, muy nerviosa y con lágrimas en los ojos, nos enseñó el móvil. Le habían enviado una fotografía de «Pulgas», atado con una cuerda a la pata de una mesa. El animal no parecía asustado y no mostraba signos de haber sido maltratado. La imagen del perro aparecía acompañada por un mensaje: «Que deje de mearse en todas partes o no bolberá a berlo». Era evidente que el autor del mensaje tenía un problema con la letra «v» o quizás deseaba presionar a la RAE para que adoptara uno de esos cambios extravagantes de los últimos tiempos. Le pregunté a Julia si conocía el número que enviaba el mensaje. Me dijo que no, pero yo sospeché de inmediato que se trataba de Martín. Sabía que utilizaba dos números: uno para asuntos personales, y otro para los proveedores. Contrasté los números con los del mensaje y, efectivamente, se trataba de Martín. Había utilizado el de los proveedores, pensando que así pasaría desapercibido. Desde luego, no tenía mucho talento como secuestrador.

Pedí a Julia que esperara un poco y me acerqué a casa de Martín. Vive encima del bar. Vi que había luz en una ventana y llamé. De inmediato, ladraron dos perros. Martín se hizo el remolón, pensando que me marcharía, pero no dejé de dar golpes en la puerta hasta que bajó y abrió. «Leñe», exclamó. «¿Qué quiere, padre?». Sin responder, entré el bar y me dirigí a la cocina. Allí se encontraban «Pulgas» y «Viriato», muy excitados por el ruido. Ladraban sin parar, pero al reconocerme empezaron a menear el rabo. Recriminé a Martín lo que había hecho y agarré a «Pulgas» por el collar, advirtiéndole que no volviera a secuestrarlo. Me dijo que no lo haría si dejaba de mearse en la fachada del bar, sin ignorar que pedía algo imposible. Como sabía que apelar a razones de orden moral no causaría ningún efecto, le amenacé con romper las relaciones comerciales de la iglesia con su establecimiento. Cada vez que se acercaba el obispo, y casi siempre lo hacía acompañado por dos o tres curas, comíamos en su bar. Además, el padre Juan le compraba el vino de las misas. Eso sin contar, nuestras numerosas visitas para tapear y alegrarnos el cuerpo con algo de alcohol. Martín apretó los labios y soltó un taco. Pedir excusas no cuadraba con su temperamento, pero el hecho de que no profiriera amenazas ponía de manifiesto que renunciaba a nuevas represalias contra «Pulgas».

Julia abrazó a su perro cuando se lo devolví y juró vengarse. En sus ojos vi la misma rabia que en los de Judá Ben-Hur. Le supliqué que olvidara el rencor. Sé que no es capaz de hacerle nada a «Viriato», pero no me extrañaría que le pusiera la zancadilla a Martín o le rompiera los cristales del bar. Haré todo lo posible para que se produzca una reconciliación. Ya te he dicho que me gusta eso de ser cura de pueblo.

El padre Juan y yo nos acostamos tardísimo, con el cuerpo baldado y la cabeza cargada. Quedamos en continuar el maratón cinematográfico al día siguiente, pero esta vez solo veríamos dos películas. Yo propuse El evangelio según san Mateo, de Pasolini. Desde mi punto de vista, el mejor film sobre la vida de Cristo. El padre Juan, no sin cierto rubor, sugirió Jesucristo Superstar. Debí hacer un gesto de sorpresa, pues enseguida dijo que la película tenía muchos defectos, como haber escogido a un negro para el papel de Judas, pero la música le gustaba y algunos números eran francamente divertidos, como el de Nerón bailando una especie de charlestón o foxtrot.

Volveré a escribir pronto. Cuídate mucho y, por favor, dile a Judith que deje de enviarme fotografías al Whatsapp con las acciones de Femen. Si alguien las encuentra, saldré en la prensa y me acusarán de ser un degenerado.

Un afectuoso abrazo de tu hermano Bosco P. S. Os envío trescientos euros que he ahorrado para ayudaros con la lluvia de multas que os están cayendo por culpa de la cruzada de Javi y Judith contra el capitalismo y el heteropatriarcado.

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