Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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-¡Leñe!- exclamó Martín, matando una mosca con la palma de la mano-. Se me han acabado la cerveza y el vino. Y tampoco hay queso ni embutido.

-Vaya desastre –protestó Julián, que compartía mesa en la calle con los curas, aprovechando una mañana soleada de febrero-. ¿De veras no te queda nada?

-Tengo algo de pan.

-No hablas en serio, ¿verdad? –preguntó el padre Juan, apartándose el pelo de la cara-. ¿No pretenderás ofrecer pan y agua? Menudo bar.

-¡Leñe! –chilló Martín, rascándose las mejillas-. Me cago en…

-¡Alto! –intervino el padre Bosco-. Sé lo que sigue. Si estás enfadado, desahógate diciendo simplemente «coño». Es muy español y así no sueltas una barbaridad.

-¡Ay que fastidiarse con los curas! –gruñó Martín, hurgándose un oído con el dedo corazón-. Siempre jodiendo la marrana.

-¿Cómo se ha producido este desastre? –inquirió el padre Juan, echándose el pelo hacia atrás. El obispo le había recriminado su melena, pero no estaba dispuesto a cortársela. Llevaba mucho tiempo con ella y no se hacía a la idea de hacerse un peinado tradicional, con raya a un lado y las patillas cortas.

-Dani, el chico que se encarga del reparto, está todo el día fumando porros –explicó Martín, observando la cera que se había sacado de los oídos-. Siempre se retrasa, pero nunca tanto. Lo mismo está tan colocado que se ha metido una hostia con la furgoneta y todo se ha ido a tomar por culo: las cervezas, el embutido, la leche, los bollos, el queso.  

-¿No tienes su teléfono? –preguntó el padre Bosco, apartando la mirada para no contemplar la pelotilla de cera que Martín elaboraba con los dedos, sin ocultar el gozo que le producía la asquerosa operación.

-Sí, pero le llamo y se oye esta mierda.

Martín puso el altavoz de su móvil para que se escuchara la música que servía de saludo. Una voz gangosa y desafinada escupió: «Le gusta a lo kinky nasty y aunque sea fancy / Se pone cranky si lo hago romantic».

-¿Qué coño es eso? –preguntó Julián, como si escuchara el sonido de una tiza chirriando en una pizarra.

-Creo que reggaetón –dijo el padre Bosco.

-¿Y eso qué es?

-Un estilo musical –aclaró el padre Juan, abatido por la perspectiva de no disponer de cerveza para aplacar su sed.

Incapaz de contenerse, Martín soltó una sarta de barbaridades, evitando escupir una blasfemia, pues no quería perder a los curas como clientes. Cuando pimplaban, se quedaban solos, encadenando una botella de vino tras otra. A veces, se preguntaba cómo aguantaban la bebida, pues los dos se marchaban muy tiesos, como si no les afectara el alcohol.

-En definitiva, estamos jodidos -dijo Julián, mirando con tristeza el dedo de vino que le quedaba en el vaso.

En ese momento se escuchó el motor de un coche entrando en el pueblo. Todos giraron la cabeza y descubrieron sorprendidos un viejo Renault 5 de color blanco, avanzando como si fuera un pollino de edad provecta, incapaz de soportar el peso de las albardas. El coche se detuvo en la puerta del bar y bajó un joven moreno, delgado, de cejas finas, casi femeninas, y una melena corta de color negro. El fulgor cristalino de sus ojos color miel contrastaba con su tez oscura, casi oriental. Llevaba una sudadera larga de color crema con una enorme capucha, unos vaqueros artificialmente rotos, que dejaban las rodillas al aire, y unas sandalias con unos calcetines granates. La sudadera -enorme, quizás de una talla superior o, simplemente, un diseño ajustado a esa moda que imita el estilo de los pandilleros- parecía una chilaba.  

-¡Coño! –resopló Martín-. Un moro.

-No –aclaró el joven, con un inequívoco acento extremeño-. De Cáceres. Tengo la piel oscura, pero soy español.

-No quería ofender –se disculpó Martín-. Tengo un empleado negro, Mamadou. Muy currante.

-Claro que es currante –dijo el padre Bosco-. Y encima no le pagas un euro.

-No soy un negrero –se defendió Martín-. Se queda las propinas, le doy de comer y un techo. Incluso le he construido un baño en el patio.

-Por cierto, ¿dónde está Mamadou? –preguntó el sacerdote.

-Lleva todo el día fuera. Se marchó a dar un paseo con «Viriato» y no ha vuelto. Como ve, no le exploto. Vive mejor que yo.

-No me sueltes cuentos, que nos conocemos.

Se formó un silencio. Todos miraron con melancolía sus vasos casi vacíos.

-Les veo un poco mustios –intervino el joven-. ¿Ha pasado algo malo?

-Una catástrofe –dijo el padre Juan-. Nos hemos quedado sin cerveza, vino y aperitivos.

-Eso tiene solución. Llevo un montón de cosas en el coche. Me encantaría compartirlas.

El joven abrió el maletero y sacó unas bolsas.

-Tengo de todo: cervezas, vino, sardinas en lata, panecillos, queso para untar, boquerones, mortadela, patatas fritas.

-Pero necesitarás todo esto… -dijo el padre Bosco.

-No se preocupe. Tengo el maletero a rebosar. Nunca viajo sin provisiones.

El joven colocó sobre la mesa varios botellines de cerveza, una botella de vino y comida en abundancia. Un clima festivo se apoderó de todos. Enseguida comenzaron las risas y los gestos de complicidad. El joven no parecía un forastero, sino alguien que había vivido en el pueblo toda la vida. Tenía una voz dulce y profunda, una forma seductora de mover las manos y una mirada que transmitía sinceridad. Extrovertido y con sentido del humor, sabía escuchar y siempre tenía la frase oportuna, como un locutor de radio curtido en mil entrevistas. El padre Bosco le escuchaba con asombro, pensando que podría haber sido un magnífico sacerdote o, simplemente, un buen comunicador. Se preguntó si era una especie de líder estudiantil, pero no parecía un radical, sino un muchacho con sentido común y empatía. Le calculó unos veinticinco años.

-¿A qué te dedicas? –le preguntó-. ¿Estudias o trabajas?

-No fui a la universidad. Terminé el bachillerato y me puse a trabajar con mi padre. Tiene una pequeña empresa de reformas. Mis hermanos y yo nos hemos repartido las tareas. Yo trabajo la madera.

-¿Eres carpintero?

-Eso es. Me gusta el trabajo manual, pero eso no significa que desprecie los estudios. Viajo con Tolstói, Thoreau, Romaind Rolland, Dostoievski, Miguel Delibes. Ahora que vivo como un vagabundo me sobra tiempo y puedo leer siempre que me apetece.

-¿Y de qué vives?

-De la artesanía. Vendo cubiertos, platos, figuras, cuencos, bandejas, flautas.

-¿Flautas?

-Sí, flautas. Me encanta la música.

En ese momento, se escuchó un ladrido procedente del Renault-5.

-Es «Zaqueo», mi perro, un mil leches. ¿Les importa que le saque del coche? Es muy tranquilo. No molestará.

-Yo también tengo perro –dijo Martín-. Se llama «Viriato», pero se lo ha llevado Mamadou.

-Mi perro se lleva bien con todo el mundo. Si aparece «Viriato», hará buenas migas.

-¿Por qué llevas esta vida? –preguntó el padre Juan, no sin cierta envidia por su existencia errante y sin responsabilidades.

-Me gusta. Me siento libre y feliz. No me van los horarios, ni las grandes ciudades.

-¿Cuándo empezaste a vivir como un nómada?

-Después de pasar una noche en comisaría por alborotar en la vía pública.

-¿Qué hiciste? –preguntó divertido el padre Bosco, presumiendo que no se trataba de nada grave. Sus años de sacerdote y las incontables confesiones que había escuchado le habían enseñado a conocer a un ser humano por su mirada y el tono de su voz. Y aquel joven parecía un alma limpia, sin zonas en penumbra.

-No voy a ser tan miserable de echarle la culpa a un amigo, pero tengo que decir que la idea fue suya. Conocí a Juan por casualidad. Soy aficionado al senderismo. Me gustan los paisajes desérticos, donde puedes contemplar el horizonte y se pone a prueba tu resistencia psicológica. Pasé cuarenta días en Los Monegros. Aquello parece la estepa siberiana. Las saladas de Bujaraloz-Sástago son impresionantes. Es un paisaje lunar. Me sentía muy solo. Pasé hambre y sed, pues iba a pie y en la mochila no cabían muchas cosas. Me arrepentí muchas veces de estar allí, pero me había propuesto aguantar cuarenta días. En muchas culturas, ese plazo se corresponde con una iniciación espiritual.

-¿Qué buscabas? –preguntó Julián, mirándole con curiosidad. Aquel joven se parecía a los pioneros del anarquismo, espíritus insobornables que recorrían los caminos anunciando su credo, una especie de buena nueva que acabaría con las miserias de la historia.

-Imagino que a mí mismo. Quería averiguar quién era, qué podía hacer, cómo podía darle sentido a mi vida.

-¿Te rendiste o cumpliste tu objetivo? –preguntó el padre Bosco.

-Aguanté hasta el final, pero el último día, cuando hacia autoestop en una carretera de mala muerte, me topé con Juan. Tenía un aspecto horrible. Sucio, polvoriento, con la ropa estragada. Alto, con los ojos brillantes, como si tuviera fiebre, y la delgadez de un faquir, me contó que se moría de asco en Madrid y que había decidido buscar alternativas en aquel desierto. Ahora tenía las cosas muy claras. La sociedad estaba podrida por culpa de la avaricia y el egoísmo. Había que aprender a vivir con lo mínimo y pensar más en los demás. Me dijo que era un hombre nuevo. Ahora se sentía feliz y quería compartir lo que había aprendido. Me contó que iba a organizar una performance para llamar la atención y lograr que le escucharan. Pensaba meterse en la fuente de Neptuno y sumergirse en el agua. Me dijo que sería como renacer. Me invitó a participar y yo acepté. La policía no se mostró muy comprensiva con nuestro gesto y los que presenciaron la escena nos tomaron por un par de chiflados.

-¿Qué pasó en comisaría? –preguntó Julián, recordando sus años en prisión, cuando unos pasos en el pasillo podían ser el anuncio de una paliza inminente o de una temporada en una celda de castigo.

-Nos metieron en calabozos separados. Juan estuvo toda la noche chillando consignas pacifistas. A mí me soltaron al día siguiente, pero a él lo retuvieron, acusándole de desacato. Creo que acabaron hasta las narices de sus gritos.

Martín dio un manotazo al aire, intentando espantar a una mosca, pero calculó mal las distancias y pegó un golpe a la mesa. Un vaso cayó al suelo, rompiéndose en trozos relativamente grandes. Cometió la imprudencia de recogerlos con la mano y se cortó:

-¡Leñe! –gruñó, chupándose la herida.

-No se preocupe –dijo el joven-. Tengo alcohol y tiritas en el coche. Y no se chupe la herida. No es bueno.

-¡Coño, que el alcohol duele! –protestó Martín-. ¿No tiene agua oxigenada?

-Me temo que no. El alcohol es mucho mejor. Tiene más poder de desinfección. Además, usted es un hombre valiente. Lo aguantará bien. 

Mientras le curaba, «Zaqueo» observaba con curiosidad la herida de Martín, casi como si fuera un enfermero que supervisa una intervención. El herido lanzó un exabrupto cuando sintió el escozor provocado por el alcohol, pero recordó que le habían llamado valiente y apretó los dientes para no quejarse más de la cuenta.  El padre Bosco reconoció con admiración que el forastero poseía un fino sentido de la psicología, pues había neutralizado las quejas de Martín elogiando su presunto valor.

-También eres enfermero –dijo el sacerdote, aprobando con un gesto la forma con que había limpiado el corte y colocado la tirita-. Y un buen samaritano.

-No exagere, hombre.

-Creo que ocultas algo. Tengo la sensación de que no te limitas a vagabundear.

-Le aseguro que no he matado a nadie.

-Eso lo sé, pero has hecho algo que te impide volver a Madrid.

-Caramba. ¿Es usted el padre Brown? Tiene una mente perspicaz.

-No, por Dios. Solo soy un pobre cura que se equivoca constantemente.

-En este caso, no. Hice una tontería, pero no me arrepiento. En mi barrio, hay un local de apuestas. Muchos de mis amigos se gastan un dinero que no tienen. Algunos son adictos. Un día perdí los estribos y entré en el local. Tiré unas cuantas tragaperras al suelo y lancé unos gritos, diciendo que aquello era una cueva de ladrones. El guardia de seguridad se abalanzó sobre mí, pero salí a la calle y puse tierra de por medio. Tengo buenas piernas. Imagino que me habrán denunciado a la policía y, como ya me tomaron los datos, seguro que algún juez estima que merezco un escarmiento.

-¿Y qué vas a hacer ahora? –preguntó el padre Bosco-. Honestamente, no creo que estés en busca y captura.

-Seguiré así un tiempo. Me gusta vagabundear.

En ese instante, apareció el Land Rover de la Guardia Civil y, a escasos metros, la furgoneta que abastecía a Martín y a otros bares de la zona. Tenía un golpe en el parachoques y una puerta hundida.

-¡Leñe! –explotó Martín-. ¿Qué ha hecho ese desgraciado? Putos porros.

El Land Rover aparcó delante del bar y Yolanda se bajó, saludando con el semblante muy serio. José Antonio, su compañero, se limitó a hacer un gesto con la barbilla. La furgoneta aparcó detrás. La conducía Mamadou, acompañado por «Viriato», que se había sentado en el asiento del copiloto. El senegalés abrió la puerta y «Viriato» corrió hacia «Zaqueo», que lo recibió con indiferencia.

-¿Qué ha sucedido? –preguntó el padre Bosco, dirigiéndose a Yolanda.

-Mamadou encontró la furgoneta en el arcén. Dani se durmió al volante y se estrelló contra una señal de tráfico. Está tumbado en el asiento de atrás, con un chichón. Creo que se ha fumado una plantación de hachís.

-No se lo tenga en cuenta –dijo el joven-. Todos hemos hecho tonterías.

-Ya, pero esta es grave –respondió Yolanda muy seria-. Si quiere fumar hachís que lo haga en su casa, pero no al volante.  

-¿Usted no se ha equivocado nunca? El que esté libre de culpa…

-Que tire la primera piedra. Me conozco eso, pero la parábola se aplica a una adúltera, no a un idiota que podría haber causado una tragedia. Por cierto, ¿quién es usted?

-Un buen muchacho –medió el padre Bosco-. Acaba de curar a Martín, que se ha cortado con un vaso. Y nos ha invitado a todos a cerveza y a unos aperitivos.

-Si usted responde por él, no puede ser malo.

Los curas invitaron al joven a dormir a su casa tras escuchar que había planeado pernoctar en el Renault 5.

-No quiero causarles molestias –dijo-. Estoy acostumbrado a dormir con «Zaqueo» en el asiento de atrás.

Los curas insistieron, añadiendo una invitación a cenar. El padre Juan preparó unas rodajas de merluza y descorcharon un Ribera del Duero, ignorando la recomendación de beber vino blanco con el pescado. La velada se prolongó hasta las dos de la madrugada:

-¿Eres cristiano? –preguntó el padre Bosco, con una sonrisa de felicidad inspirada por una leve intoxicación etílica.

-Más o menos.

-¿Puedes explicarte un poco?

-Creo en la fraternidad y tengo esperanza. Esa es la esencia del cristianismo, ¿no?

-Sí, eso es lo fundamental.

De repente se escuchó el frenazo de un coche en la calle. El joven se levantó y miró por la ventana:

-Son los romanos –dijo, con visible aflicción.

-¿Cómo? –exclamó el padre Juan.

El padre Bosco se asomó y vio el Land Rover de la Guardia Civil.

-La agente me pidió el DNI y anotó mi nombre en un cuaderno. Habrá descubierto que estoy en busca y captura.

-¿Dónde tienes el coche?

-Detrás de la parroquia.

-Me inventaré algo y les entretendré. Intenta hacer poco ruido y dile a Zaqueo que no ladre. Por cierto, no me has dicho tu nombre.

-Me llamo Jesús.

-Dijiste que eres de Cáceres.

-Sí, de un pueblo muy pequeño.

-¿Cómo se llama?

-Belén. No ponga esa cara. Ya sé que suena raro. Es un núcleo urbano de trescientos habitantes. Llevo toda la vida aguantando bromas con mi nombre y mi lugar de nacimiento.

-Pues escóndete una temporada en ese pueblo. Hasta que se olviden de ti.

-No creo que sea capaz. Nací para meterme en líos. Me gusta vagabundear por los caminos.

-Márchate ya. Están llamando a la puerta.

El padre Bosco dejó que el timbre sonara un buen rato. Cuando al fin abrió, Yolanda le miró con mucha seriedad:

-¿No nos han oído?

-Ay, no. Nos habíamos quedado traspuestos. Creo que se nos ha ido la mano con el vino.

El padre Juan saludó desde el sofá, levantando un vaso de vino.

-¿Y el joven de la plaza?

-¿Quién?

-El chico del Renault 5 blanco. Martín me dijo que le habían invitado a cenar y dormir.

-Cambio de opinión. Se marchó del pueblo hace varias horas.

-¿Sabe algo de él?

-Nada. Ni siquiera su nombre.

-Jesús, se llama Jesús. Y está en busca y captura. Montó un Cristo… Perdone, un follón de cuidado en un local de máquinas tragaperras. Destrozó tres o cuatro. Y unas semanas antes se metió en una fuente pública.

-No me parecen actos especialmente graves.

-Destruyó una propiedad privada y utilizó de forma ilegal una propiedad pública.

-¿Bañarse en una fuente es ilegal?

-Son 120 euros de multa. En verano, la multa sube a 750.

-Pues no puedo ayudarles.

-No le creo. ¿Me deja registrar la casa?

-Claro. Pase y mire a fondo, sin prisa.

Yolanda y Juan Antonio, su compañero, pasaron con cara de pocos amigos. El padre Bosco les entretuvo todo lo que pudo, encadenando historias y chismes. Era un buen narrador y no le costó trabajo captar su atención. Como quien no quiere la cosa, encendió la radio y subió el volumen, aprovechando que sonaba la Misa en si menor de Bach. Mientras tanto, Jesús se escabulló, intentando hacer el menor ruido posible.

-¿Qué piensa del joven del Renault 5? –preguntó Julián unos días después, apurando su vaso de vino, con su perro «Tolstói» durmiendo a sus pies.

El sol persistía en un febrero particularmente caluroso.

-Creo que era un buen chaval –dijo el padre Bosco, mientras inclinaba su vaso para vaciar un botellín de cerveza sin que la espuma se desbordara.

-¿Sabe lo que creo yo? –dijo Julián-. Pienso que era anarquista. Quizás huía de algo.

-Algo hay de eso, pero no creo que su lema fuera «ni Dios ni amo».

El Land Rover de la Guardia Civil enfiló la calle principal de Algar de las Peñas y se detuvo frente al bar de Martín. Yolanda se bajó y se sentó con el padre Bosco y Julián, que se disponían a jugar al dominó.

-Un anarquista y un cura. Vaya pareja rara hacen ustedes, pero creo que tienen muchas cosas en común.

-¿Cómo cuál? –preguntó el sacerdote.

-A ninguno le gusta la autoridad. No crea que no sé lo que hizo el otro día, padre. Nos entretuvo para que su joven amigo huyera. Ya le pillarán en algún control. Lo cierto es que no es peligroso.

Yolanda cogió una aceituna y se la tragó casi sin masticarla.

-No sé por qué, pero el pueblo me parece distinto hoy -dijo, paseando la mirada por las casas, la parroquia, la marquesina del autobús.

-Aquí nunca pasa nada –comentó Julián-, pero ese chico al que usted persigue injustamente nos ha recordado que el mundo es muy grande y no se acaba aquí. De vez en cuando todos deberíamos echarnos a los caminos. A fin de cuentas, como dicen los curas y por una vez les doy la razón, todos somos peregrinos. -Amén –asintió el padre Bosco-. Amén.

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