Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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-Han pasado dos semanas desde la desaparición de nuestro compañero y amigo Nacho Álvaro –dijo Laura Barrachina, esforzándose en disimular su emoción-. No sabemos dónde está ni cómo se encuentra. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una nota. La policía no descarta la posibilidad de un secuestro, pero nos parece poco verosímil. ¿Quién podría secuestrar a Nacho Álvaro, «el Patillas»? ¿Con qué propósito? No es un político, ni un empresario. Solo es un locutor aficionado a la música bien alta, un enamorado de Madrid y la buena mesa, un hincha del Atlético de Madrid, un coleccionista compulsivo de vinilos y un apasionado de Tintín. Tenemos a nuestro lado a Carlos Galilea, presentador del mítico programa «Cuando los elefantes sueñas con la música» y Tintinófilo del Año 2022, un galardón sumamente codiciado y con un creciente prestigio internacional. ¿Qué piensas que puede haber sucedido, Carlos?
-No tengo ni idea, pero no pierdo la esperanza de que no se trate de nada grave. Quizás ha sufrido un cuadro de amnesia y en estos momentos vagabundea por cualquier ciudad, con la memoria temporalmente en blanco. Anoche soñé con él. Ya sabéis que es muy alto, pero en mi sueño su estatura se volvía descomunal y, poco a poco, se transformaba en el Bibendum de Michelin, pero con gafas de pasta negra y unas enormes patillas. Ya sabes que los sueños son absurdos.
-Caramba –dijo Laura, con los ojos dilatados por el estupor-. ¿Crees que has soñado algo profético? Quizás fue una visión.
-No sé qué pensar, pero la cosa no acaba ahí. En mi sueño, Nacho Álvaro, metamorfoseado en un Bibendum con aires de DJ, se subía a lomos de un elefante y comenzaba a tocar la trompeta. Milú, el perrito de Tintín, le acompañaba, sentado en el cuello del elefante. Y detrás, el profesor Filemón Ciclón, saludando con su chistera y con un cubo de pintura en la mano.
-¿Filemón Ciclón?
-Sí, el profesor chiflado de Los cigarros del faraón.
-¿Crees que la desaparición de Nacho Álvaro tiene algo que ver con Tintín y su mundo?
-Comenzaba a sonar su nombre como posible Tintinófilo del Año, pero me parece improbable que eso tenga alguna relación con lo sucedido.
-Todo esto es muy extraño. Solo nos cabe desear que Nacho Álvaro esté bien y que muy pronto volvamos a escuchar su voz. Nacho, si me escuchas, por favor vuelve a Radio Nacional de España, tu casa. Te echamos de menos.
-Eso –añadió Carlos Galilea, soltando un suspiro.
Con una sonrisa impregnada de amargura, apagó la radio. Aliviado porque no hubieran mencionado su nombre, se rascó detrás de la oreja y experimentó el desconcierto del que ha empezado algo y no sabe cómo continuar. El infame Ciruelo, que tras su paso por la política había vuelto a trabajar como editor de novelitas pornográficas, le había enviado un mensaje, advirtiéndole que Nacho Álvaro podría ser el próximo Tintinófilo del Año y la posibilidad le había resultado insoportable. Ciruelo le llamó por teléfono y le pidió que se reunieran en la terraza de las Vistillas. Quedaron a la una y, como siempre, llegó un poco antes, pero ya le esperaba sentado en una mesa. Se había colocado de espaldas, pues tenía muchos enemigos y no quería ser demasiado visible. En esa posición, su cabeza parecía –como dijo Chumy Chumez de Manuel Vicent- un pene gigantesco flotando sobre los hombros. Cuando se sentó frente a él, su voz cascada le provocó la misma grima que unas tijeras deslizándose por una superficie encerada.
-Sé que deseas mucho ser Tintinófilo del año y por eso te he llamado –dijo con esa turbia retórica de embaucador que le permitía confundir incluso a las mentes más preclaras-. ¿Sabes que la asociación Mil Rayos ya ha tomado una decisión? Este año le concederá el premio a Nacho Álvaro, «el Patillas».
-¿Por qué me cuentas eso?
-Porque te aprecio, claro –contestó Ciruelo, tragándose una aceituna. Su calvicie brillaba bajo el sol de finales de junio.
-Claro –replicó con ironía, consciente de que aquel hombre mostraba la misma preocupación por sus semejantes que un alacrán o una serpiente venenosa.
Ciruelo hundió sus dedos en su barba de tahúr del viejo Oeste. No era difícil imaginarlo en un carromato vendiendo un elixir prodigioso que en realidad solo servía para ensuciar el estómago.
Esa noche no pudo dormir. En estado de duermevela, su conciencia se saturó de imágenes de los villanos de Tintín: Allan Thompson, Laszlo Carreidas, el doctor Müller, el coronel Sponsz, el coronel Boris, el general Tapioca, Pablo. Todos se reían a carcajadas de él, mostrando sus dentaduras, casi como si fueran hienas que se preparan para darse un festín. Y entre esos rostros repelentes, destacaba el de Rastapopoulos, con una camisa rosa de cowboy, un sombrero tejano y un puro humeante. Su cara no permanecía inalterable, sino que poco se transformaba hasta convertirse en la de… Nacho Álvaro. Sus risotadas le resultaron particularmente hirientes. Con patillas a lo Curro Jiménez, Rastapopoulos parecía una pesadilla psicodélica.
Se despertó bañado en sudor. No permitiría que alguien nacido tres décadas después le usurpara la anhelada distinción. Nunca había perpetrado un secuestro, pero no se le ocurrió otra alternativa. Solo lo retendría hasta que la asociación Mil Rayos comprobara que era imposible comunicarse con él y renunciara a nombrarlo Tintinófilo del Año. Descartó esconderlo en su casa. No le pareció un lugar seguro. Un amigo le había hablado de Algar de las Peñas, un pueblo de Guadalajara con solo trescientos habitantes. Nadie buscaría en la España vacía. Tras visitarlo, comprobó que era un buen escondite. Compró una casa semiderruida y la reformó, encargando a la cuadrilla de obreros que construyera un sótano dividido en dos espacios separados por un espejo espía, uno de esos cristales que se utilizan en las comisarías para realizar interrogatorios o ruedas de identificación. Nacho Álvaro le caía bien. De hecho, casi eran amigos. No quería que sufriera más de lo inevitable. Por eso hizo instalar un grifo que le abasteciera de toda la cerveza Mahou que pudiera ingerir. Por supuesto, no le privaría de música. Compró en Studio 22 un viejo Technics con un brazo de alta sensibilidad, un amplificador integrado a válvulas con entrada USB y dos altavoces Pulsar tipo columna con tres salidas de sonido. Evidentemente, el equipo necesitaba combustible. En Delia Records adquirió un centenar de vinilos con música garage, rythm and blues y punk. Dado que solía escuchar country rock –Lucinda Williams, Caroline Herring, The Jayhawks-, se dejó guiar por Manu, el dueño de Delia Records, que seleccionó los títulos. Había ordenado insonorizar el sótano y Nacho Álvaro podría escuchar la música a todo volumen, tal como le gustaba. De todas formas, le dejó unos auriculares por si prefería sumergirse en la música hasta olvidarse de todo. Añadió la colección completa de Tintín, los veinticuatro álbumes, pues no quería privarle de uno de sus entretenimientos favoritos. Le harían reflexionar y quizás comprendería que aún no había llegado la hora de convertirse en Tintinófilo del Año.
Ante la imposibilidad de instalar ventanas, dispuso que se encastraran focos de luz blanca que proporcionaran suficiente claridad y unas bombillas de colores que evocaran el ambiente de una sala de conciertos. Completó la decoración con una cama con un buen colchón, un armario y una mesa con dos sillas. No iba a recibir visitas, pero dos sillas creaban el espejismo de disfrutar de cierta vida social. Por último compró provisiones. Descubrió que solo había un bar en el pueblo, el establecimiento de un tal Martín con una trastienda habilitada como un pequeño supermercado. Era un local pequeño y sombrío, con fotografías de folclóricas y toreros, y un pequeño aparato de radio con el dial en Radiolé, emitiendo coplas de Imperio Argentina.
-Buenos días –saludó con gesto cordial.
-¿Buenos? –contestó Martín, pasando un paño por encima de la barra.
-¿Ha pasado algo?
-El tiempo. Pasa el tiempo y las cosas se joden sin remedio. ¡Leñe!
-¿Se refiere a algo en particular?
-Han cerrado el banco. Era una sucursal pequeña con un empleado y un cajero. Ahora habrá que coger el coche para sacar dinero. ¡Hay que joderse! Yo tengo ochenta años, pero aún conduzco. Tengo un Peugeot 205. Está un poco cascado, pero aguanta. Tiene más de 300.000 kilómetros, pero no me da la gana comprar otro. A fin de cuentas, no voy a durar mucho. Bueno, dígame qué quiere.
-Provisiones.
-Coño, tal como lo dice parece que se prepara la guerra.
-Perdone, quizás debería haber empleado otra expresión. Quiero un poco de todo: cartones de leche, galletas, un barril de cerveza Mahou, café, mantequilla, embutidos, carne, latas de legumbres, conservas. Todo en abundancia.
-Pues sí que parece que se va a la guerra. ¿No pretenderá llevarse todo eso ahora?
-¿Podría ser dentro de una semana?
Se sobresaltó al notar algo húmedo en la mano.
-No ponga esa cara, hombre. Es «Viriato», mi perro, un chucho muy simpático. Querrá que le dé algo. Tome. Dele este trozo de pan y se harán amigos.
«Viriato» engulló el pan casi sin masticarlo, mientras meneaba la cola en señal de gratitud. Miró hacia arriba, esperando algo más de comida, pero cuando entendió que ya no le darían más, se dirigió a un rincón y se tumbó, comenzando a lamer su pata delantera.
-Es muy limpio –dijo Martín-. A veces pienso que se cree un gato.
Al salir del bar de Martín, se cruzó con dos sacerdotes. El más mayor llevaba alzacuello. El otro, bastante más joven, solo vestía de negro.
-¿De visita? –preguntó el que manifestaba claramente su profesión.
-He comprado una casa. Pasaré aquí un tiempo.
-Estupendo –dijo extendiendo la mano-. Soy el padre Bosco. ¿Podremos contar con usted en la misa de los domingos?
-Lo intentaré, pero no le prometo nada. Estoy volcado en un proyecto que apenas me deja tiempo.
-Espero que sea algo edificante.
Se aclaró la vez con un ligero carraspeo, evitando responder.
-Yo soy el padre Juan –dijo el joven, alargando también la mano-. Tiene usted aspecto de buena persona. Celebro que se una a nuestra parroquia.
Sintió una punzada en el estómago, pero decidió no hacer caso a la mala conciencia. Ya no podía echarse atrás. Volvió a Madrid e invitó a Nacho Álvaro a su casa para enseñarle sus vinilos, tentándole con joyas como el primer LP de los Ilegales.
-¡Qué puntazo! –dijo Nacho-. Me encantará verlo, tocarlo, olerlo. El vinilo es algo más que un objeto. Yo diría que constituye una experiencia sensual.
-O mística.
-Sin duda –contestó, lanzando una de sus estruendosas carcajadas-. Me pondré de rodillas para adorarlo.
Cuando al fin tuvo el vinilo en sus manos, aprovechó su entusiasmo para animarle a beber una Mahou donde había deslizado unas gotas de narcótico. Empezaron a sonar los primeros compases de «Tiempos nuevos, tiempos salvajes» y Nacho Álvaro le pidió que subiera el volumen, mientras tarareaba la canción: «Tiempos nuevos, tiempos salvajes / Toma una arma, eso te salvará / Levántate y lucha / Esta es tu pelea / Levántate y lucha, / No voy a luchar por ti». No pudo finalizar la letra. Unos bostezos descomunales le obligaron a sentarse, mientras sus párpados caían como dos persianas metálicas. A los pocos minutos, roncaba en el sofá. Comprobó que tenía pulso y sonrió. Su plan había funcionado, pero ahora llegaba lo más complicado. No sería fácil trasladar un joven de un metro y noventa. ¿Por qué las nuevas generaciones habían crecido tanto? Era ofensivo que un tintinófilo fuera tan alto. Tintín era bajito. Alguien con ese tamaño no merecía ser Tintinófilo del Año. Anticipándose a las dificultades, había comprado una silla de ruedas para personas de gran corpulencia. La verdad es que se estaba gastando un dineral, pero lo hacía por un buen motivo. No le importaba que otros le consideraran un chiflado. ¿Acaso no había filatélicos que había matado a un rival por conseguir un sello de extraordinaria rareza?
Sentar a Nacho Álvaro en la silla, bajarle en el ascensor a las tres de la madrugada para no encontrarse con nadie, meterle en el maletero, sacarle de él y llevarle –otra vez en silla de ruedas- hasta el sótano que había preparado le situó al borde de la angina de pecho, pero cuando al fin lo depositó sobre la cama, suspiró satisfecho. A la mañana siguiente, Nacho Álvaro abrió los ojos y se encontró con un escenario inesperado. ¿Dónde estaba? ¿Qué significaba aquel lugar? Había un espejo gigantesco, semejante a los de las películas policíacas, un buen equipo de música, bastantes vinilos y la colección completa de Tintín. Todo indicaba que se trataba de un sótano. Se quedó estupefacto al descubrir un grifo de cerveza y un par de jarras. Tiró el grifo y descubrió que salía Mahou. ¿Le estaban tomando el pelo? Pidió explicaciones a gritos, pegándole un puntapié a una silla.
-¿Qué es esto? ¿Un secuestro? Si lo han hecho por dinero, les advierto que tengo la cartilla pelada.
No esperaba que le respondiera una voz con el timbre de Darth Vader, suplicándole tranquilidad. Con un micrófono y un software, habían logrado una simulación casi perfecta.
-No se ponga nervioso. No le sucederá nada. Esto es algo temporal. Relájese. Tiene música, libros y cerveza. Recuerde lo que decían en Con la muerte en los talones, «un secuestro de vez en cuando, no está mal».
Dos días más tarde, Nacho Álvaro se había resignado. Se dedicaba a leer a Tintín, escuchaba música y bebía cerveza. A través de una compuerta, le pasaban comida cuatro veces al día. Los bocadillos de morcilla eran espectaculares. ¿Por qué amargarse si no podía hacer nada? Era mejor tomárselo con filosofía. Solo echaba de menos trabajar en la radio y le apenaba pensar en su madre, que estaría muy preocupada.
El padre Bosco comenzó a sospechar algo. El forastero apenas salía de su casa, salvo para comprar en el bar de Martín. Los obreros que hicieron la reforma le contaron que había construido un sótano. Un vecino le dijo que la noche en que llegó bajó del coche con un joven en silla de ruedas. No habían vuelto a verlo. Decidió investigar. Después de rondar varios días por la casa, escuchó un hilo de música. Pegó el oído a la pared y reconoció el estribillo de una canción de Siniestro Total: «En el desierto me verás / bailando el cha-cha-chá / Soy un enemigo de Alá / No me gusta la rumba ni el jazz». Al día siguiente, el hilo de música era distinto. Esta vez reconoció una canción de los Ramones: «I hate the teachers and the principal / Don’t wanna be taught to be no fool / Rock, rock, rock, rock, rock ‘n’ roll high school». Había escuchado a Nacho Álvaro pinchando esas canciones. Seguía su trabajo en Radio 3. Le gustaba mucho. Derrochaba energía, vitalismo, sentido del humor y bonhomía. De joven, cuando ni siquiera se le pasaba por la cabeza la idea de ser sacerdote, escuchaba a Siniestro Total, los Ramones y Deep Purple. Ahora lo hacía discretamente, con la radio bajita para no ser descubierto. Afortunadamente, el padre Juan compartía sus gustos. Eso sí, no le gustaba el heavy metal y el punk tanto como a él. Prefería escuchar a Pink Floyd, Genesis o Yes. De noche, con las ventanas cerradas, subían el volumen de la radio. Los dos eran fans de Nacho Álvaro y se preguntaban qué le habría sucedido. Sus compañeros Laura Barrachina y Carlos Galilea hablaban a menudo de él. A veces se angustiaban, pensando que le había pasado algo malo, pero otras especulaban que se había perdido en alguna zona de Nueva York, buscando vinilos míticos y difíciles de adquirir, o tal vez se había marchado al Tíbet para meditar en un monasterio budista.
Después de rondar la casa del forastero durante una semana y escuchar sucesivamente canciones de Steven Van Zandt, The White Stripes y The Cramps, resolvió que era necesario hacer algo definitivo, aunque implicara infringir la ley. La música no era el único indicio. El forastero, un hombre que rozaría los sesenta, bajito, con gafas, elegante –casi siempre llevaba corbata y americana o una rebeca de punto- y con una ligera alopecia en la coronilla, compraba en el bar grandes cantidades de comida. Salvo que se regalara con grandes festines que revelaban un apetito pantagruélico, parecía imposible que su cuerpo menudo ingiriera tantas viandas. Además, cada pocos días adquiría un barril de Mahou. Si se lo bebía, su tolerancia al alcohol era asombrosa, pues nunca había mostrado signos de embriaguez. Tenía que despejar ese misterio y no se lo ocurría otra forma que colarse en su casa. Aprovecharía una de las salidas del forastero. Después de comer, solía dar un paseo por las afueras del pueblo. A veces se llevaba a «Viriato», el perro de Martín, con el que había hecho buenas migas.
Se apostó en un banco de piedra que le permitía observar la casa y cuando el forastero salió, esperó diez minutos, comprobando que se alejaba hasta desaparecer por el campo. Avanzaba deprisa, con esos pasos cortos y enérgicos de los hombres menudos. A su lado, trotaba «Viriato», con aire de felicidad. Empujó la puerta de la casa, pero estaba cerrada. Sin embargo, la ventana de la cocina se había quedado ligeramente abierta. Como era corredera, solo tuvo que deslizarla con cuidado, evitando hacer ruido. Dada su envergadura, le costó acceder a la vivienda. Tuvo que sortear el fregadero, empujándose con los codos y aterrizó en el suelo con estrépito, frustrando su intención de pasar desapercibido. A pesar del escándalo, no apareció nadie, lo cual le hizo pensar que la casa estaba vacía, pero decidió buscar ese sótano del que le habían hablado los obreros. Bajó por unas escaleras de piedra y se topó con un cristal espía y descubrió con estupor que al otro lado Nacho Álvaro escuchaba música con unos auriculares mientras atacaba con evidente placer un bocadillo de tortilla de patatas, pegándole enormes y ávidos mordiscos, como si tuviera hambre atrasada. Golpeó el cristal con los nudillos, pero no le oyó. Giró la cabeza y vio una puerta con un cerrojo. Sin pensarlo dos veces, lo descorrió y entró en el habitáculo, un espacio acogedor decorado con carteles de Tintín, un póster de Joe Strummer, un cuadro con la imagen de «La vaca que ríe» y otro con el muñeco de Michelin con dos cananas y un sombrero mexicano. Tocó el hombro de Nacho Álvaro con delicadeza, pero no puedo evitar darle un susto de muerte. El joven se levantó de golpe, se quitó los auriculares de mala manera y se tragó bruscamente el trozo de bocadillo que masticaba.
-Tío, ¿quién eres? Hostias, un cura.
-Tranquilo, Nacho. No he venido a darte la extremaunción.
-¿Cómo sabe quién soy?
-Escucho tus programas. Me gusta el rock.
-Caramba. Yo pensaba que los curas solo escuchaban canto gregoriano y réquiems.
-No, hombre no. ¿No conoces a Vicente Espugles, el cura de «La sotana metálica»? Es un programa de Radio Nacional de España. Pincha heavy metal.
-Coño, tiene razón, pero ¿qué hace aquí?
-Eso te pregunto yo a ti.
-Me han secuestrado.
-¿Por qué?
-Ni idea. Rafael Narbona me invitó a su casa y me quedé dormido, pero descarto que haya sido él. Es incapaz de matar una mosca. Quizás también le han secuestrado a él.
-Narbona… ¿el periodista?
-Sí, ese.
-¿Cómo es?
-Bajito, con gafas, cincuentón, algo de barriga.
-¿Te tratan mal?
-No me puedo quejar. No me gusta estar bajo tierra como un topo y echo de menos la sala Fun House y Delia Records, una tienda de vinilos, pero tengo música, comida, cerveza y los álbumes de Tintín.
-¿Qué oías?
-A Joe Strummer. Me encanta.
-A mí también. Mi tema favorito es «White Riot». Me alegro que coincidan nuestros gustos musicales. ¿Qué te parece si subimos arriba y esperamos a tu secuestrador con una Mahou en la mano? No parece peligroso.
-Yo no le he visto la cara. Se comunica conmigo con un micro conectado a un software que distorsiona la voz. Parece Darth Vader.
-Te aseguro que no es Darth Vader. De hecho, se parece más a Yoda.
No tuvieron que esperar demasiado. El forastero entró silbando una canción de los Beatles. Desafinaba terriblemente. Cuando vio al padre Bosco y a Nacho Álvaro se quedó de piedra, con la mandíbula descolgada y la mirada petrificada.
-¡Ostras de la China! –exclamó Nacho Álvaro-. Si es Rafael Narbona. No puedo creerlo.
-¿Por qué ha hecho esto? –preguntó el padre Bosco-. No es propio de usted.
-Me enteré de que iban a nombrarle Tintinófilo del Año. Ese premio debería ser para mí. He escrito un libro sobre Tintín y he publicado veintidós artículos sobre el personaje. Nacho es muy joven y yo me acerco a los sesenta.
-¿Cómo averiguó lo del premio? Imagino que las deliberaciones son secretas.
-Ciruelo. Él me lo dijo.
-¿Quién es Ciruelo? –preguntó Nacho Álvaro.
-Un editor de pornografía –aclaró el padre Bosco-. No es la primera vez que se cruza en mi camino. Es mi Moriarty. Seguramente mintió. No me extrañaría que trabajara para Nick Rodwell, un supervillano de la talla de Rastapopoulos.
-¿Usted también es aficionado a Tintín? –preguntó Narbona, que se había sentado en un sofá rojo.
-Sí, claro. Los álbumes eran muy caros y mis padres no podían comprarlos, pero los sacaba de la biblioteca municipal.
-¿Y ahora qué? –inquirió el periodista con cierto miedo en la mirada. No ignoraba que un secuestro era un delito muy grave.
-Nacho Álvaro decide –respondió el padre Bosco-. Él es la víctima.
-Por mí parte no hay ningún problema. No soy rencoroso. Ha sido una experiencia. Ha enriquecido mi concepción de la vida. Me he metido en la piel del conde de Montecristo, pero sin su mala leche. Además, entiendo que Narbona actuara así. El año pasado la revista Forbes calificó el premio de Tintinófilo del Año como uno de los diez galardones más importantes del mundo. Dicen que Bill Gates está estudiando la posibilidad de asignarle una notable dotación económica. Hablan de 500.000 dólares.
-No puede volver a hacer estas cosas –dijo el padre Bosco, dirigiéndose a Narbona-. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿Secuestrar a Pérez Reverte o a Spielberg? Ambos podrían recibir el premio.
Narbona movió la cabeza y aseguró en voz baja que no volvería a hacerlo. Parecía realmente abochornado.
Esa noche se reunieron en el bar de Martín. El padre Juan, que dibujaba bastante bien, hizo una caricatura de Ciruelo y Nick Rodwell, intercambiando un abrazo. Narbona le arrebató el papel y le prendió fuego con un mechero.
-Necesito consolarme de algún modo –se disculpó-. No niego mi responsabilidad, pero este incidente no se habría producido sin sus malas artes. Ciruelo es un intrigante y Rodwell está contaminando el legado de Tintín.
El padre Bosco se abstuvo de censurar el gesto. Odiaba ser moralista. Se limitó a levantarse y colocó un vinilo sobre un viejo tocadiscos que conservaba desde su juventud. Era un aparato muy rudimentario, pero milagrosamente funcionaba, quizás por su pasmosa sencillez. El brazo comenzó a avanzar y se escuchó la voz de George Harrison, cantando «My Sweet Lord»: «My sweet Lord / Hm, my Lord / Hm, my Lord / I really want to see you / Really want to be with you / Really want to see you, Lord».
El padre Bosco sonrió, el padre Juan asintió, Narbona tarareó torpemente la canción y Nacho Álvaro miró al cielo, pensando que la felicidad era algo muy sencillo: una noche de verano, una bonita canción, una Mahou, la proximidad de los amigos y, si era posible, un álbum de Tintín.

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