Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Female gaze (III)

Hay una escena en American Hustle, la película de David O. Russell, que reúne en un despacho al agente del FBI, interpretado por el apuesto Bradley Cooper, y a una estafadora, a la que da vida una sensual Amy Adams: el primero quiere que ésta y su compinche engañen a unos políticos corruptos de Nueva Jersey. Sucede que la tensión sexual entre ellos no es pequeña y, en esta escena, Adams finge querer seducir a Cooper, quien, de hecho, le pregunta si está jugando con él. Ella está sentada en la mesa, en una postura insinuante, y cuando él se acerca parece que las pasiones van a desbordarse; pero, por distintas razones, él debe controlarse. Y lo hace, no sin evidentes dificultades, emitiendo un sonoro resoplido animal y retrocediendo unos pasos mientras trata de rebajar su excitación. Quien desee saber cómo evoluciona esta divertida trama de engaños cruzados habrá de ver la película. Lo que aquí nos interesa es la economía con que esta escena sintetiza la larga historia de la autorrepresión sexual o, lo que es igual, el control civilizatorio de los impulsos carnales más elementales. 

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Female gaze (II)

Se tiene la impresión, en el marco del intenso debate en curso sobre las normas que regulan las relaciones entre los sexos, de que andan mezclándose dos problemas distintos. Y están mezclándose porque no pueden separarse nítidamente, pues uno de ellos proyecta inevitablemente su sombra sobre el otro. Porque nadie ha salido en defensa de la violencia sexual ni ha sugerido que el chantaje laboral sea un medio legítimo para acceder al cuerpo de otra persona: en eso estamos de acuerdo. ¡Sólo faltaba! La peligrosidad del hombre para la mujer –aunque también para los demás hombres– es un viejo dato de la cultura: recordemos que Zeus rapta a Europa y que Troya arde porque Paris secuestra a Helena. Pero hoy no estamos discutiendo la legitimidad de estas conductas; el problema se plantea allí donde no parecen concurrir violencia ni intimidación. Porque es allí, justamente, donde, al decir de la crítica feminista, se produciría una intimidación no visible que constituye el sedimento psicosocial de milenios de dominio masculino sobre la mujer. 

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Female gaze (I)

Un ejército de mujeres vestidas de novia persigue sin tregua, ramo de flores en mano, a un hombre que huye despavorido por las calles de su ciudad: la memorable imagen pertenece a Siete ocasiones, comedia dirigida por Buster Keaton en 1925. Este novio a la fuga, interpretado por el propio Keaton, heredará una fortuna si se casa antes de que acabe el día, pues así lo dispone el testamento de su difunto abuelo. Ocurre que la negativa de su novia, que preferiría casarse por amor, lleva a su abogado a poner un anuncio en la prensa local y eso provoca una comparecencia masiva de candidatas. La delirante persecución que sigue es ajena a la voluntad del protagonista, que preferiría convencer a su amada y, de hecho, termina por lograrlo. Pero el caso es que Keaton pone en escena, a través de una insuperable sucesión de gags, una ácida representación de la compulsión nupcial que incluye la resistencia masculina a sentar la cabeza.

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La ideología del clima

No falla: en cuanto llega el invierno, aparecen las bromas sobre el cambio climático. Y es que si hace frío, ¿cómo va a estar calentándose el planeta? Del sarcasmo correspondiente ha participado el mismísimo presidente estadounidense, un Donald Trump que el pasado 29 de diciembre escribía en Twitter que, con unas temperatuas tan bajas como las registradas durante las últimas semanas en la costa oriental de Estados Unidos, a su país le vendría bien un poco de ese calentamiento global que tan caro habría salido a los norteamericanos si gracias a él no se hubieran desvinculado del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Así que apenas unos meses después de que la temporada de huracanes azotase el Caribe con especial fiereza, bajo una obsesiva atención mediática que para algunos comentaristas pertenece de pleno derecho al género del «porno de desastres», el negacionismo climático encuentra nuevos motivos para reivindicarse.

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La religión dentro de los límites de la mera emoción

El escritor francés Emmanuel Carrère nos relata en El Reino ?entre otras cosas? la historia de su breve experiencia como creyente católico a comienzos de los años noventa, cuando una crisis personal le condujo a la fe. Su planteamiento es individualista: una búsqueda subjetiva del sentido que, en el caso de Carrère, incluyó un exhaustivo comentario del Evangelio de San Juan. «Ser yo se me hizo literalmente insoportable», escribe: el fardo de la existencia se le había hecho demasiado pesado. A la evangélica edad de treinta y tres años, el escritor francés es instruido por su madrina; instruido en una vida espiritual encaminada a conquistar el reino interior al que alude el título de su libro. Pero sus reflexiones arrancan, veinte años después de ese chispazo religioso que le duraría tres años, con un sentimiento de extrañeza ante la posibilidad de que haya fieles que crean todavía hoy aquello que cuenta la Biblia.

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Testimonio del espectador

Ahora que termina el año, algunas publicaciones ?semanarios anglosajones y alemanes sobre todo? dedican suplementos enteros a poner el mundo en cifras, a la manera de un «estado de cosas» que permita medir los progresos y retrocesos experimentados en los últimos doce meses. Se aprenden así cosas curiosas. Por ejemplo, que después de una eficaz campaña estatal, solo el 2% de los chinos carece de retrete, un problema que, en cambio, sigue afligiendo a un 40% de indios: he ahí el tratado de política comparada más breve que pueda concebirse. Pero también los españoles, con motivo del 39º cumpleaños de la Constitución, hemos intentado cuantificar los considerables avances obtenidos tras casi cuatro décadas de democracia constitucional: desde la renta per cápita al número de diputadas. Y lo hemos hecho al final de un año que ha traído consigo el mayor sobresalto de nuestra historia política reciente, en forma de una intentona secesionista de carácter insólito que tendrá a los estudiosos ocupados durante muchos años. De momento, apenas estamos cogiendo aire.

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Ciudadano Wales

En una de las escenas de Ciudadano Kane, el magnate periodístico del mismo nombre pide a uno de sus ayudantes que le lea el cable enviado por el corresponsal del Herald en Cuba:

Deliciosas chicas en Cuba. Stop. Puedo enviarle poemas en prosa, pero no me parece correcto gastarme su dinero. Stop. No hay guerra en Cuba. Firmado: Wheeler.

A la pregunta de si desea enviar respuesta, un sonriente Kane dice que sí: «Querido Wheeler: usted ponga los poemas, que yo pondré la guerra». Y así fue: la guerra hispano-estadounidense que se libró entre abril y agosto de 1898 tomando a Cuba como pretexto tiene su origen en la competencia entre The New York Journal, de William Randolph Hearst, de quien es trasunto el Kane de Welles, y The New York World, de Joseph Pulitzer.

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Otoño en Berlín hacia 2017

Babylon Berlin, la serie televisiva alemana que puede verse estos días en nuestro país, es tan solo el último ejemplo de la fascinación que ejerce sobre el público occidental la corta vida de la República de Weimar: una y otra vez asistimos subyugados al fatídico espectáculo de una descomposición sociopolítica que termina con el ascenso de Hitler al poder. De hecho, el medio televisivo había conocido ya un hito creativo abordando el mismo tema, a saber: la adaptación que Rainer Werner Fassbinder hiciera de Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin, allá por 1980. A eso hay que sumar el éxito popular de novelas como Una princesa en Berlín, de Arthur R. G. Solmssen, o el más reciente de los diarios de Viktor Klemperer. Hay en Weimar sobreabundantes elementos dramáticos: la hiperinflación, las luchas callejeras entre nazis y comunistas, la llegada a Berlín de los rusos blancos que habían perdido la guerra civil, la actividad incesante de las vanguardias artísticas, el esplendor creativo del cine nacional.

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (y III)

Veníamos diciendo, en el curso de esta reflexión acerca de la revolución bolchevique en su centenario, que para entender este singular acontecimiento y su posterior desarrollo ?incluyendo el tipo de régimen político que fue la Unión Soviética? hay que fijarse en la ideología. Es decir, en el marxismo-leninismo como doctrina de rasgos a la vez mesiánicos y científicos, o, si se quiere, como religión política que no renunció a elementos propios del romanticismo político. Sigamos y terminemos.

Fue Lenin quien, convencido de que el obrero no adquiriría conciencia universal de clase sin ser guiado por el partido, y persuadido del carácter internacional de la revolución proletaria (antes de refugiarse en el «socialismo de un solo país»), tomó el poder para hacer la revolución. 

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (II)

Una noche de 1953, Stalin llama a la sala donde está celebrándose un concierto de Radio Moscú y pide al ingeniero de sonido que le haga llegar una grabación del mismo en cuanto la orquesta termine de tocar. Aterrado, el ingeniero comprueba que la sesión no estaba grabándose y en cuanto termina ordena a los espectadores permanecer en su sitio y volver a interpretar a Mozart desde el principio. Como el director queda inconsciente tras caer al suelo, la policía secreta saca de su cama a un sustituto, que se despide de su esposa convencido de que van a ejecutarlo y termina moviendo la batuta sin haberse quitado la bata; mientras, los huecos en el público se rellenan con viandantes obligados a aplaudir. Por fin, misión cumplida: Stalin recibe la grabación y, mientras se pone a oírla, cae fulminado por un derrame cerebral.

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El discreto encanto de la ideología: comunismo y revolución, un siglo después (I)

Es de suponer que la manía conmemorativa que aqueja al mundo contemporáneo obedece a una razón práctica: son tantos los hechos históricos potencialmente conmemorables que dejamos que sea el calendario quien decida por nosotros, fijando así nuestra atención de manera sucesiva en aquello que va dejándonos sobre la mesa. Es imposible aburrirse; sobre todo con un siglo XX tan entretenido. En este mes de noviembre, le toca el turno ?cambio de calendario mediante? a la así llamada «Revolución de Octubre» http://www.revistadelibros.com/articulos/1917-la-revolucion-rusa-y-su-epoca que llevó a los bolcheviques al poder en Rusia un día como ayer de hace cien años. Se evoca así el nacimiento de una de las mitologías políticas más poderosas de la modernidad, por envejecida que ahora pueda parecernos. Y el efecto que produce su revisión en las actuales circunstancias psicopolíticas es más bien ambiguo.

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Ventanas epistémicas: seis lecciones catalanas

Los tiempos interesantes han resultado ser tiempos extenuantes: la crisis constitucional provocada por el independentismo catalán, cuya fase más intensa se ha desarrollado durante el pasado mes de octubre, ha mantenido a los ciudadanos españoles en un estado de permanente tensión política. Por remota que fuera, la posibilidad de que el país se desmembrase nos ha tenido en vilo, pendientes de los medios de comunicación y atentos a las interpretaciones que pudieran hacerse de cada nuevo suceso. No es que el nuevo siglo esté siendo aburrido: desde el atentado contra las Torres Gemelas a la Gran Recesión, pasando por los atentados yihadistas en Europa o el ascenso del populismo, sería más correcto decir que no ganamos para sustos. Pero la crisis catalana ha afectado especialmente al ánimo de los ciudadanos españoles: no sólo por su mayor cercanía, sino porque ha amenazado con quebrantar el orden democrático que disfrutamos desde hace cuarenta años. 

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