Torre de marfil

La libertad, en su laberinto (I)

Durante la pasada primavera, tuve ocasión de visitar una interesante muestra organizada por el Museum of the City of New York, titulada Posters and Patriotism. Selling WWI in New York. Su tema no era otro que la contribución al esfuerzo bélico que realizaron por los artistas e ilustradores neoyorquinos después de la tardía entrada de Estados Unidos en la Gran Guerra en abril de 1917. Muchos de ellos trabajaron para la nueva División de Publicidad Pictórica creada por el gobierno federal, que tenía por objetivo estimular el patriotismo del público norteamericano y fomentar la lealtad, el sentido del deber y el espíritu sacrificial de los norteamericanos. A tal fin debían servir los carteles y folletos, las muestras de arte callejero, las ilustraciones en las revistas y demás imágenes orientadas a la difusión de masas creadas para la ocasión. Qué remedio: una guerra es una guerra. El problema es que, como podía verse con claridad en las salas del museo aquella lluviosa tarde de abril, la mayor parte de las representaciones ?muchas de ellas espléndidas en su concepción y acabado? tenían un único tema: la demonización de los alemanes.

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Fake news: verdades y mentiras

En 1983, en plena Guerra Fría, un pequeño periódico norteamericano de orientación prosoviética, The Patriot, lanzó una tesis sorprendente: el Pentágono había propagado deliberadamente el SIDA. ¿Inverosímil? En el plazo de unos pocos años, la historia había aparecido en publicaciones convencionales de al menos cincuentas países. Quizás una afirmación así no parecía tan descabellada en el clima intelectual de la época, como atestigua el escepticismo con que recibió la epidemia el mismísimo Michel Foucault. En todo caso, he aquí una fake news antes de las fake news sobre las que ahora discutimos. Y una que, ominosamente, exhibe también una conexión rusa.

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Female gaze (y V)

Durante varias semanas han venido discutiéndose en este espacio las implicaciones que el movimiento #MeToo puede tener para las relaciones entre hombres y mujeres, incluidas las normas y expectativas sociales llamadas a regularlas en el futuro. Por eso es razonable terminar esta reflexión preguntándonos hacia dónde vamos. ¿De qué manera pueden reorganizarse esas relaciones de un modo que sea satisfactorio para ambos sexos?

Desde el primer momento se dejó aquí claro que no había nada que discutir en lo concerniente al abuso, el acoso y cualquier otra forma de chantaje o violencia sexual. Nadie puede defender conductas de esa índole ni oponerse a que se establezcan mecanismos y protocolos eficaces para evitar su ocurrencia o facilitar su denuncia. Lo mismo puede decirse de tantas otras reivindicaciones feministas, por más que algunas de ellas adolezcan de una formulación inexacta (la llamada «brecha salarial», por ejemplo, no es lo que parece). 

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Female gaze (IV)

Nos preguntábamos la semana pasada, al hilo del debate sobre el acoso sexual y sus implicaciones, si la biología no se ha convertido en el último refugio del patriarcado. Es decir, si la apelación a las diferencias sexuales innatas entre hombres y mujeres no estaría utilizándose implícitamente para explicar ?que no justificar? la mayor agresividad del varón. Para el escritor conservador Andrew Sullivan, nos equivocaríamos si dejamos la biología fuera de la discusión:

Digo esto porque en el acalorado debate sobre las relaciones de género y el movimiento #MeToo, esta realidad natural ?reflejada en cromosomas y hormonas que ningún científico pone en entredicho? rara vez se discute. Se ha convertido, casi, en un tabú. […] Todas las diferencias entre los géneros, se nos dice, son una función no de la naturaleza sino del sexismo. […] La naturaleza misma sería una «construcción social» diseñada por los hombres para oprimir a las mujeres.

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Female gaze (III)

Hay una escena en American Hustle, la película de David O. Russell, que reúne en un despacho al agente del FBI, interpretado por el apuesto Bradley Cooper, y a una estafadora, a la que da vida una sensual Amy Adams: el primero quiere que ésta y su compinche engañen a unos políticos corruptos de Nueva Jersey. Sucede que la tensión sexual entre ellos no es pequeña y, en esta escena, Adams finge querer seducir a Cooper, quien, de hecho, le pregunta si está jugando con él. Ella está sentada en la mesa, en una postura insinuante, y cuando él se acerca parece que las pasiones van a desbordarse; pero, por distintas razones, él debe controlarse. Y lo hace, no sin evidentes dificultades, emitiendo un sonoro resoplido animal y retrocediendo unos pasos mientras trata de rebajar su excitación. Quien desee saber cómo evoluciona esta divertida trama de engaños cruzados habrá de ver la película. Lo que aquí nos interesa es la economía con que esta escena sintetiza la larga historia de la autorrepresión sexual o, lo que es igual, el control civilizatorio de los impulsos carnales más elementales. 

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Female gaze (II)

Se tiene la impresión, en el marco del intenso debate en curso sobre las normas que regulan las relaciones entre los sexos, de que andan mezclándose dos problemas distintos. Y están mezclándose porque no pueden separarse nítidamente, pues uno de ellos proyecta inevitablemente su sombra sobre el otro. Porque nadie ha salido en defensa de la violencia sexual ni ha sugerido que el chantaje laboral sea un medio legítimo para acceder al cuerpo de otra persona: en eso estamos de acuerdo. ¡Sólo faltaba! La peligrosidad del hombre para la mujer –aunque también para los demás hombres– es un viejo dato de la cultura: recordemos que Zeus rapta a Europa y que Troya arde porque Paris secuestra a Helena. Pero hoy no estamos discutiendo la legitimidad de estas conductas; el problema se plantea allí donde no parecen concurrir violencia ni intimidación. Porque es allí, justamente, donde, al decir de la crítica feminista, se produciría una intimidación no visible que constituye el sedimento psicosocial de milenios de dominio masculino sobre la mujer. 

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Female gaze (I)

Un ejército de mujeres vestidas de novia persigue sin tregua, ramo de flores en mano, a un hombre que huye despavorido por las calles de su ciudad: la memorable imagen pertenece a Siete ocasiones, comedia dirigida por Buster Keaton en 1925. Este novio a la fuga, interpretado por el propio Keaton, heredará una fortuna si se casa antes de que acabe el día, pues así lo dispone el testamento de su difunto abuelo. Ocurre que la negativa de su novia, que preferiría casarse por amor, lleva a su abogado a poner un anuncio en la prensa local y eso provoca una comparecencia masiva de candidatas. La delirante persecución que sigue es ajena a la voluntad del protagonista, que preferiría convencer a su amada y, de hecho, termina por lograrlo. Pero el caso es que Keaton pone en escena, a través de una insuperable sucesión de gags, una ácida representación de la compulsión nupcial que incluye la resistencia masculina a sentar la cabeza.

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La ideología del clima

No falla: en cuanto llega el invierno, aparecen las bromas sobre el cambio climático. Y es que si hace frío, ¿cómo va a estar calentándose el planeta? Del sarcasmo correspondiente ha participado el mismísimo presidente estadounidense, un Donald Trump que el pasado 29 de diciembre escribía en Twitter que, con unas temperatuas tan bajas como las registradas durante las últimas semanas en la costa oriental de Estados Unidos, a su país le vendría bien un poco de ese calentamiento global que tan caro habría salido a los norteamericanos si gracias a él no se hubieran desvinculado del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Así que apenas unos meses después de que la temporada de huracanes azotase el Caribe con especial fiereza, bajo una obsesiva atención mediática que para algunos comentaristas pertenece de pleno derecho al género del «porno de desastres», el negacionismo climático encuentra nuevos motivos para reivindicarse.

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La religión dentro de los límites de la mera emoción

El escritor francés Emmanuel Carrère nos relata en El Reino ?entre otras cosas? la historia de su breve experiencia como creyente católico a comienzos de los años noventa, cuando una crisis personal le condujo a la fe. Su planteamiento es individualista: una búsqueda subjetiva del sentido que, en el caso de Carrère, incluyó un exhaustivo comentario del Evangelio de San Juan. «Ser yo se me hizo literalmente insoportable», escribe: el fardo de la existencia se le había hecho demasiado pesado. A la evangélica edad de treinta y tres años, el escritor francés es instruido por su madrina; instruido en una vida espiritual encaminada a conquistar el reino interior al que alude el título de su libro. Pero sus reflexiones arrancan, veinte años después de ese chispazo religioso que le duraría tres años, con un sentimiento de extrañeza ante la posibilidad de que haya fieles que crean todavía hoy aquello que cuenta la Biblia.

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Testimonio del espectador

Ahora que termina el año, algunas publicaciones ?semanarios anglosajones y alemanes sobre todo? dedican suplementos enteros a poner el mundo en cifras, a la manera de un «estado de cosas» que permita medir los progresos y retrocesos experimentados en los últimos doce meses. Se aprenden así cosas curiosas. Por ejemplo, que después de una eficaz campaña estatal, solo el 2% de los chinos carece de retrete, un problema que, en cambio, sigue afligiendo a un 40% de indios: he ahí el tratado de política comparada más breve que pueda concebirse. Pero también los españoles, con motivo del 39º cumpleaños de la Constitución, hemos intentado cuantificar los considerables avances obtenidos tras casi cuatro décadas de democracia constitucional: desde la renta per cápita al número de diputadas. Y lo hemos hecho al final de un año que ha traído consigo el mayor sobresalto de nuestra historia política reciente, en forma de una intentona secesionista de carácter insólito que tendrá a los estudiosos ocupados durante muchos años. De momento, apenas estamos cogiendo aire.

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Ciudadano Wales

En una de las escenas de Ciudadano Kane, el magnate periodístico del mismo nombre pide a uno de sus ayudantes que le lea el cable enviado por el corresponsal del Herald en Cuba:

Deliciosas chicas en Cuba. Stop. Puedo enviarle poemas en prosa, pero no me parece correcto gastarme su dinero. Stop. No hay guerra en Cuba. Firmado: Wheeler.

A la pregunta de si desea enviar respuesta, un sonriente Kane dice que sí: «Querido Wheeler: usted ponga los poemas, que yo pondré la guerra». Y así fue: la guerra hispano-estadounidense que se libró entre abril y agosto de 1898 tomando a Cuba como pretexto tiene su origen en la competencia entre The New York Journal, de William Randolph Hearst, de quien es trasunto el Kane de Welles, y The New York World, de Joseph Pulitzer.

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Otoño en Berlín hacia 2017

Babylon Berlin, la serie televisiva alemana que puede verse estos días en nuestro país, es tan solo el último ejemplo de la fascinación que ejerce sobre el público occidental la corta vida de la República de Weimar: una y otra vez asistimos subyugados al fatídico espectáculo de una descomposición sociopolítica que termina con el ascenso de Hitler al poder. De hecho, el medio televisivo había conocido ya un hito creativo abordando el mismo tema, a saber: la adaptación que Rainer Werner Fassbinder hiciera de Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin, allá por 1980. A eso hay que sumar el éxito popular de novelas como Una princesa en Berlín, de Arthur R. G. Solmssen, o el más reciente de los diarios de Viktor Klemperer. Hay en Weimar sobreabundantes elementos dramáticos: la hiperinflación, las luchas callejeras entre nazis y comunistas, la llegada a Berlín de los rusos blancos que habían perdido la guerra civil, la actividad incesante de las vanguardias artísticas, el esplendor creativo del cine nacional.

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.