A vueltas con la cuestión animal
Se trata de un episodio característico de nuestro tiempo, lo que quiere decir también sintomático de las patologías que se incuban en el cuerpo social: el llamado Movimiento contra la Intolerancia ha denunciado a la Fiscalía al filósofo Ernesto Castro por establecer en Twitter una comparación entre la industria cárnica y la maquinaria nazi. Su alusión venía a cuento de la apertura en Binéfar (Huesca) de un matadero con capacidad para matar y procesar hasta treinta mil cerdos diarios. Para los denunciantes, asombrosamente, el símil es un menosprecio de las víctimas de la barbarie nazi y, por tanto, una muestra de antisemitismo. ¡Delito de odio! No importa que esa misma comparación fuera realizada en su momento por el literato judío de origen polaco Isaac Bashevis Singer y haya sido reiterada después por figuras tan reputadas como la del también premio Nobel, J. M. Coetzee. De hecho, se trata de un razonamiento de doble dirección, pues Theodor Adorno y Marguerite Yourcenar sugirieron que el exterminio metódico de los judíos en los campos nazis se habría hecho imaginable gracias a la existencia previa de los mataderos industriales. Salta a la vista que no hay en ello ni sombra de antisemitismo, sino tan solo una manera particular de razonar sobre un tema incómodo que demasiado a menudo se despacha con la simple afirmación –no sustanciada– de la superioridad humana sobre los animales. Que algo así pueda llevarse ante los tribunales es triste prueba de la facilidad con la que el sentimiento subjetivo de la ofensa funciona hoy como palo en las ruedas de la argumentación racional.






