Generosos mentores
Abel Selassie y Kofi Kaboré me habían acogido provisionalmente en su apartamento por indicación de Davies, quien sabía que tenían un dormitorio vacío desde la reciente marcha de un miembro del grupo que había completado su doctorado. Lo que iba a ser un alojamiento temporal, hasta el principio de curso, devino enseguida en residencia indefinida, pues fue muy poco lo que tardamos en congeniar. En retrospectiva, la grata convivencia con ellos marcó, sin duda, el tono de mi estancia en Saint Paul, me alegró, me facilitó la vida, me abrió los ojos a un mundo desconocido. Ellos me hicieron vislumbrar el corazón de África, un oscuro continente, misterioso y doliente, del que nada sabía. Sin ellos no habría salido indemne de una experiencia que no había empezado con buen pie; con ellos pude salvarme de un naufragio seguro.






