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No falla: en cuanto llega el invierno, aparecen las bromas sobre el cambio climático. Y es que si hace frío, ¿cómo va a estar calentándose el planeta? Del sarcasmo correspondiente ha participado el mismísimo presidente estadounidense, un Donald Trump que el pasado 29 de diciembre escribía en Twitter que, con unas temperatuas tan bajas como las registradas durante las últimas semanas en la costa oriental de Estados Unidos, a su país le vendría bien un poco de ese calentamiento global que tan caro habría salido a los norteamericanos si gracias a él no se hubieran desvinculado del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Así que apenas unos meses después de que la temporada de huracanes azotase el Caribe con especial fiereza, bajo una obsesiva atención mediática que para algunos comentaristas pertenece de pleno derecho al género del «porno de desastres», el negacionismo climático encuentra nuevos motivos para reivindicarse.

Es asombroso, si uno se para a pensarlo, que el clima del planeta haya adquirido cualidades políticas, pero así es. Y nada cambiará al respecto cuando se logre ?si es que se logra? una aceptación generalizada de la ciencia que ha permitido identificar el cambio climático mismo. Es decir, el conjunto de observaciones empíricas que permiten concluir sin ningún género de dudas que existe el cambio climático y atribuir con una altísima probabilidad el calentamiento correspondiente a la acción humana de los últimos dos siglos y medio. Allí donde este núcleo científico sea aceptado mayoritariamente, aún se hace necesario debatir qué medidas son más adecuadas para alcanzar qué objetivo en relación con una transformación planetaria cuyos futuros efectos no pueden, tampoco, esclarecerse con la precisión que acaso sería deseable. De momento, a pesar del amplio consenso alcanzado con la firma del Acuerdo de París, que, como resulta evidente, es algo muy distinto a la aplicación del Acuerdo de París, la conversación pública ordinaria sigue girando en torno a la verosimilitud del cambio climático: como si fuera una hipótesis por confirmar en lugar de una observación debidamente verificada. O, en otras palabras y como ya se señaló en este mismo blog, como si el cambio climático antropogénico fuese una creencia que pudiera ser aceptada o rechazada alegremente por quienes se asoman a la ventana en lugar de dedicar las tardes a familiarizarse con la abundante literatura científica sobre el asunto.

Es en este sentido como podemos hablar de una ideología del clima. Michael Freeden ha sugerido que la pugna ideológica equivale a la competición por el control del lenguaje público de carácter político. Así las cosas, no cabe duda de que el debate sobre el clima tiene carácter ideológico, pues lo que está en juego es la percepción pública sobre el problema climático. La anomalía reside en que su fundamento no es propiamente político ni tampoco moral, sino científico; en lugar de plantearse un debate sobre las implicaciones del calentamiento global, es la ocurrencia misma de este último la que empieza por discutirse. Bien mirado, no es la primera vez que sucede: hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que la peligrosidad del tabaco para la salud fuese debidamente reconocida, y todavía hoy los alimentos transgénicos son rechazados en nombre de unos riesgos cuya inexistencia ha quedado ya suficientemente acreditada. Sucede, además, que esa pugna ideológica no solamente se produce en las páginas de las revistas especializadas o en las salas donde se reúnen las elites políticas, sino dondequiera que exista un pensamiento político del que ?resalta Freeden? todos participamos. Y por eso, dice, hay que prestar atención a sus manifestaciones vernáculas, a menudo más influyentes sobre el modo en que las sociedades se piensan a sí mismas y conceptualizan sus arreglos políticos que el tratado político más sofisticado. De donde se deduce que el sarcasmo a pie de calle sobre la relación entre el frío invernal y la tesis del cambio climático reviste más importancia de lo que parece.

Y así ocurre, en buena medida, a causa de la peculiar naturaleza «fenomenológica» del cambio climático. Sólo difícilmente podrá apercibirse de su existencia un individuo cuya vida se desenvuelva ordinariamente en un contexto urbano, y tampoco está asegurado que pueda detectarlo quien habita un entorno rural donde algunas de sus manifestaciones son ya visibles. Dicho de otro modo: si no hablásemos de cambio climático ?si nadie lo hubiese medido ni conceptualizado nunca?, no le atribuiríamos espontáneamente el aumento de la temperatura del agua en el mar Cantábrico o la calurosidad creciente de las primaveras. Ni que decir tiene que tal invisibilidad complica extraordinariamente su aceptación pública; no digamos ya el reconocimiento de sus costes futuros. Pero nada de eso quiere decir que la alteración del clima no se produzca. La verdad es la verdad, dígala Trump o su porquero.

De esta manera, quien a partir de un récord en las temperaturas invernales deduce un argumento contra el calentamiento global está incurriendo en una elemental confusión entre tiempo y clima. Esto es, entre las manifestaciones inmediatas y locales, directamente experimentadas, del clima, y el comportamiento general de éste, expresado en las temperaturas medias en el largo plazo del conjunto del sistema. No existe entonces ninguna contradicción entre el aumento global de las temperaturas medias del planeta y la ocurrencia de días o meses fríos; ni siquiera cuando las temperaturas son inusualmente bajas. Es más, la ratio de extremos calientes y extremos fríos en Estados Unidos durante el último año es favorable a los primeros en una proporción de 3 a 1; realidad que, sin embargo, es fácil de olvidar cuando uno está atrapado dentro de su coche en plena ventisca.

De hecho, los récords experimentados en la Costa Este durante las últimas semanas son coherentes con los modelos informáticos elaborados para predecir el comportamiento del sistema climático en un contexto de calentamiento gradual (y se producirían del mismo modo si el origen de este no fuese antropogénico). No es, así, casual que coexistan las altas temperaturas de California, que alimentan los vastos incendios de los que hemos tenido noticia en las últimas semanas, con las bajísimas de Nueva Inglaterra: las altas presiones que se sitúan sobre el Oeste desvían hacia Canadá los vientos que traerían tiempo lluvioso a California, provocando las gélidas temperaturas del Este una vez que la corriente de aire desciende sobre aquella costa. Ocurre que, a medida que el clima se calienta, este efecto se hace más frecuente. Y lo mismo pasa con el llamado «efecto lago» sobre la nieve: cuando los lagos no se congelan, la cantidad de nieve que cae sobre la zona cercana aumenta formidablemente, debido a que el aire frío que sopla sobre el agua recoge vapor de agua (algo que no podría hacer si se congelase la superficie), lo sube y, ya enfriado, lo deja caer de nuevo en forma de nieve. La conexión con el calentamiento global es clara: el hielo tiene más dificultades para formarse en un planeta más cálido y, cuando se forma, es menos duradero. Durante quince de los veinte últimos años, la capa de hielo de los Grandes Lagos ha estado por debajo de su media histórica.

En fin, la normalización de esta clase de efectos climáticos quizás explique la relativa fortuna del término global weirding, o «enrarecimiento global», acuñado por el director del Instituto de las Montañas Rocosas, Hunter Lovins, y popularizado por el columnista Thomas Friedman. Se trata de una alternativa conceptual que tiene por objeto subrayar el aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos climáticos extremos: incendios forestales, sequías, huracanes, inundaciones, picos de temperaturas. Habrá quien diga que nada de eso es extraordinario, que estas cosas han sucedido siempre. Pero si su intensidad es cualitativamente distinta, será la ciencia la que haya de determinarlo, no un vecino. Y todo indica que el clima del planeta, complejo, pero también susceptible de comprensión, está conociendo los efectos desestabilizadores de un calentamiento gradual.

Que esos efectos los haya causado o no la actividad humana es cuestión distinta. Hay críticos que, aun aceptando ?¡algo es algo!? el resultado que arrojan las mediciones del clima, atribuyen su actual calentamiento a las fluctuaciones naturales y no a la acción del ser humano. Sin embargo, todo indica que existe una correspondencia directa entre la emisión de gases de efecto invernadero ?liberados masivamente a la atmósfera desde los comienzos de la Revolución Industrial? y el aumento de las temperatuas globales. Concretamente, el CO2 ha pasado de una concentración de 280 partes por millón (ppm) a comienzos de la Revolución Industrial a 400 ppm en 2013, un nivel no conocido en los últimos tres millones de años, de creer a los paleoclimatólogos. Si a los otros gases de efecto invernadero (metano y óxido nitroso) añadimos los clorofluorocarbonos y los hidroclorofluorocarbonos que emiten nuestros aparatos refrigeradores, podemos explicarnos fácilmente que la temperatura media del planeta haya aumentado 0,8 grados desde mediados del siglo XIX y que, de acuerdo con los cálculos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, se prevea su incremento en uno, dos o seis grados para finales del presente siglo. El carácter antropogénico del cambio climático, por tanto, se deriva de la correspondencia entre concentración atmosférica de CO2 y aumento de las temperaturas: ¿cómo creer que se trata de una coincidencia? Huelga añadir que estamos ?o estábamos hasta hace bien poco? ante un cambio climático no deliberado: un efecto colateral de la civilización industrial.

Por lo demás, el negacionismo no es una mera posición estética, sino que puede tener consecuencias directas sobre la realidad. Donald Trump acaba de autorizar la explotación de petróleo y gas natural en más del 90% de las aguas continentales estadounidenses, vale decir, en el Atlántico, el Pacífico y el Ártico, enmendando así las protecciones dispuestas por la presidencia de Barack Obama: Estados Unidos podrá alcanzar con ello una producción diaria ?récord nacional? de once millones de barriles. Sin embargo, la explotación de ese gigantesco subsidio energético que el pasado planetario dejó en el subsuelo en forma de carbón y petróleo no se debe únicamente al pérfido multimillonario: la semana pasada, un tribunal de Oslo avaló el plan del Gobierno de Noruega que permite la extracción de petróleo en el Mar de Barents, en pleno Círculo Polar Ártico, a trece empresas de todo el mundo. Y el razonamiento del tribunal es interesante, pues apunta directamente a las contradicciones medioambientales del país escandinavo: Noruega no podría ser considerada responsable de las emisiones de CO2 causadas por los hidrocarburos que exporta a otros países. ¡Nacionalismo metodológico! Hay precedentes: Noruega fue el primer país industrializado en ratificar el Acuerdo de París, tres semanas después de otorgar nuevas licencias para perforar el suelo marino.

Recordemos que Noruega es un país donde la mitad de los vehículos son ya eléctricos y que pasa por representar una elevada conciencia ecológica que se postula como modelo para otras sociedades. Sin embargo, su riqueza tiene el mismo origen que la de Arabia Saudí: la exportación de petróleo. Por eso son tan interesantes las conclusiones obtenidas por la socióloga Kari Norgaard por medio de un trabajo de campo que nos descubre la existencia de ciudadanos noruegos que niegan la seriedad de la amenaza climática. Hablamos de personas informadas que conocen la existencia del fenómeno, pero sienten la necesidad de preservar su identidad individual y colectiva: necesitan seguir viéndose como miembros de una sociedad justa y no toleran la idea de que la producción petrolera y gasística que les permite vivir en ella contribuya al cambio climático global. Por eso prefieren no pensar en ello y vivir como si el asunto no existiera: tomárselo en serio equivaldría a una impugnación de sí mismos.

Podríamos así establecer una línea divisoria más o menos precisa entre quienes aceptan la evidencia científica y quienes, por razones distintas según los casos, niegan su veracidad o se niegan a considerarla. Pero, como ha escrito Bruno Latour, esta distinción quizás oculta una realidad más amarga:

Es hora de confesar que todos somos escépticos climáticos. Yo, desde luego, lo soy. Y también lo es ese climatólogo al que entrevisté hace unos meses, un científico entristecido que, tras describirme su bella disciplina, suspiró: «Pero en la práctica soy también un escéptico, pues, a pesar del conocimiento objetivo que contribuyo a producir, no hago nada para proteger a mis hijos de lo que está por venir».

Apunta con esto Latour a la considerable brecha que se abre entre las potenciales consecuencias del cambio climático y la inacción colectiva que acompaña a su identificación; como si no terminásemos de creer lo que decimos creer. En parte, debido a esa invisibilidad a la que se ha hecho antes referencia; en parte también, no obstante, porque no está claro cuál sea el curso de acción que haya de seguirse ni cómo pueda llevarse a término.

Y, por cierto, que, como ha sugerido el geógrafo Mark Maslin, tiene más sentido hablar de «negacionista» que hacerlo de «escéptico», ya que cualquier científico está obligado a ser escéptico y, por tanto, a dudar de las hipótesis que le son presentadas mientras no hayan sido verificadas. Será negacionista, en cambio, quien rechace de plano la evidencia científica verificada sin oponer a la misma nada más que una opinión o una creencia. ¡O una emoción! No es fácil evitarlo, dada la imantación afectiva que aqueja al término: quien se encuentra con él reacciona espontáneamente en función de sus simpatías, rechazando aquella información que pudiera desorganizar la convicción ?favorable o contraria? que ese sujeto alberga.

Mucho camino se ha recorrido ya desde que la hipótesis del cambio climático antropogénico empezase a discutirse seriamente en la esfera pública a finales de la década de los ochenta del siglo pasado. Pero semejante avance se debe, ante todo, a la sólida acumulación de pruebas científicas. De ahí que se imponga establecer una distinción entre dos operaciones sucesivas, aunque entremezcladas: la aceptación del cambio climático antropocénico como punto de partida para el posterior debate sobre las medidas que hayan de adoptarse para, cuando menos, evitar sus peores consecuencias. En fin de cuentas, una de las causas mayores del negacionismo climático es la asociación histórica entre anticapitalismo y medioambientalismo. Pero esta vinculación, aunque todavía vigente en muchos sectores del medioambientalismo, ha quedado algo anticuada. Reconocer la existencia de un cambio climático antropogénico no equivale a concluir que hay que desmontar el capitalismo, aunque para algunos sea la única conclusión posible. El debate sobre la sostenibilidad en el Antropoceno ?nueva época geológica cuya principal manifestación es el cambio climático? es, por fuerza, pluralista, pues no hay una única forma de promover aquella, sino muchas: desde el ecosocialismo comunitarista al ecomodernismo hipoertecnológico. Ninguna, en cambio, pasa por reírse de la ciencia cuando caen los primeros copos de nieve.

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