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Prostitución, feminismo y las guerras del sexo

La prostitución y la pornografía han planteado, y siguen planteando, una encrucijada a la teoría feminista. En las postrimerías del pasado siglo fueron autoras como Catharine MacKinnon o Andrea Dworkin quienes más se destacaron en denunciar que esas actividades son una expresión radical del dominio patriarcal y su correa de transmisión; hoy constituyen legión las pensadoras que así se manifiestan en foros de toda laya. Pero el asunto es antiguo, como nos recuerda Ana de Miguel en Neoliberalismo sexual, premio Ángeles Durán del Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid en su edición de 2016, y que será objeto de comentario en las páginas que siguen. Aleksandra Kolontái, por ejemplo, una importante teórica del marxismo feminista de principios del siglo XX, ya habría consignado en La nueva moral sexual (1910) que la prostitución, como el matrimonio, obstaculiza el fomento de los sentimientos de solidaridad y camaradería entre los seres humanos.

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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (y II)

Gracia y Justicia fue una de las principales revistas satíricas que existieron durante la Segunda República. Nació algunos meses después del 14 de abril, fecha de proclamación de aquel régimen. Exactamente, el primer número vio la luz el 5 de septiembre de 1931. Se mantuvo durante casi todo el tiempo que duró el sistema político que tanto criticaba, con un largo paréntesis de suspensión –cuatro meses? después de la sanjurjada (la fallida sublevación del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932). Como tantos otros diarios y revistas de la época, sufrió otras prohibiciones y secuestros porque, en contra de lo que suelen pensar los no versados en asuntos históricos, la República no fue nada complaciente con la prensa (de derechas y de izquierdas). Más bien se distinguió por todo lo contrario: una confrontación bastante reiterada con las actitudes y publicaciones críticas, a las que en buena medida se les aplicó durante un largo intervalo aquella auténtica ley de excepción que fue la «Ley de Defensa de la República».

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El Imperio del Centro

El nombre del país al que llamamos China sólo cuajó a mediados del siglo XIX. Parece provenir de la denominación persa para el Estado de Qin, de donde brotó la dinastía epónima (221-206 a. C.). Aunque esa dinastía contó sólo con un emperador –Qin Shi Huan–, a él se atribuye la fundación del Estado chino, cuyas estructuras políticas perduraron con otras hasta el final de la manchú o Qing en 1911. El término farsi lo convirtieron en China los portugueses en el siglo XVI cuando empezaron sus correrías por la zona. Antes y después también solía llamarse Catay a esa comunidad política. Curiosamente, esta palabra deriva del nombre Khitan (Qìd?n en pinyin). Los khitan eran un pueblo nómada que merodeaba por el norte de la actual China entre los siglos X y XII, es decir, que no eran chinos: antes al contrario, enemigos suyos feroces. Pero, vaya usted con melindres a los viajeros europeos de la época. Catay le decía Marco Polo a China, y Catay se quedó durante siglos.

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