Archivo Revista de Libros

Woody

David Evanier, que tiene una trayectoria demasiado sólida y contrastada como para trabajar de negro, afirma que Woody Allen reaccionó con cautela cuando le escribió para contarle su proyecto: «Aunque siempre se ha mostrado cordial y amistoso, en ningún momento ha aceptado colaborar en esta biografía ni ha dado el visto bueno a ninguna de sus partes» (p. 449). No parece, por tanto –y el tono del libro lo confirma?, que esta reciente biografía de Woody Allen sea producto del oportunismo, ni que haya sido pactada ni escrita por encargo, algo que siempre resulta sospechoso, como una mancha que no impide la lectura, pero que nunca deja de verse al fondo del papel. Conviene aclarar este aspecto porque el libro se ha publicado en Estados Unidos cuando ya parecían calmadas las furias del escándalo que volvió a zarandear al cineasta en 2014. Como se recordará, cuando Woody Allen se ganó ese año el aprecio de crítica y público con la película Blue Jasmine, con la que consiguió un Globo de Oro y Cate Blanchett el Oscar a la mejor actriz, Dylan Farrow, la hija adoptiva de Allen y Mia Farrow, publicó una carta acusándolo de abusos sexuales cuando era una niña, renovando las acusaciones vertidas por la actriz veinte años antes.

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Miguel de Unamuno, en sí mismo

Las palabras «filosofía» y «filósofos» suelen evitarse cuando se habla de la cultura española del siglo XX y en su lugar aparecen sustitutivos como «pensamiento» y «pensadores». Seguramente es inevitable a la vista de una anémica tradición académica (que ya se hizo patente en el inicio de la modernidad, momento de academización general de la filosofía como disciplina) y, por otro lado, si se tiene en cuenta la inalterable hegemonía del catolicismo más conservador. No hizo falta la sentencia de Menéndez Pelayo que convirtió en heterodoxos españoles a cualesquiera seguidores de doctrinas ajenas a la iglesia nacional. La conciencia de disidencia llevó a todos al regazo de los Ateneos avanzados, las revistas independientes y de los periódicos progresistas que fueron pronto tribunas de una filosofía moral, menos interesada en la especulación pura que en sus consecuencias prácticas: la reflexión política y jurídica, la psicología y la pedagogía, terrenos donde era más urgente batirse con el rival. 

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Películas para después de una guerra

Los estudios sobre nación, nacionalismo, construcción nacional y todo lo que pueda incluirse en esa órbita, hasta los diversos eventos festivos en torno a la nacionalidad, siguen gozando de buena salud en el panorama editorial, fuera y dentro de nuestras fronteras. Hace pocos meses, la misma editorial que publica el libro que nos ocupa presentaba un estimable volumen de Lara Campos Pérez, Celebrar la nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República (Madrid, Marcial Pons, 2016). La pervivencia de la pulsión nacionalista en un mundo globalizado –por más paradójico que resulte? y la pujanza de la ideología nacionalista como instrumento de resolución de conflictos complejos, como sucede en tantas regiones del mundo y en nuestro propio suelo peninsular, han llevado a los analistas a prestar una atención extraordinaria, pero sobradamente justificada, a todo lo relacionado con la cuestión nacional, que se ha convertido así desde hace varias décadas en verdadera estrella en las investigaciones de las ciencias sociales y, muy señaladamente, en el campo de los ensayos históricos.

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El humor agresivo: el caso de Gracia y Justicia (I)

Un pleonasmo, sé que dirán algunos –no sé si muchos? al leer el título de esta entrega. El humor es agresivo o no lo es. También suele decirse que el humor dispara siempre contra alguien. Ya he señalado aquí mismo en otras ocasiones que entiendo el humor como un vasto universo en el que cabe de todo y en el que no tiene sentido despachar patentes de corso. Puede hacerse humor de muchos tipos y no necesariamente contra a la contra. Aunque en esta ocasión es precisamente de este tipo de humor del que quiero tratar aquí. De un humor combativo, vitriólico, corrosivo. Un humor que nace precisamente como arma de combate. Normalmente, a lo largo de la historia –por lo menos, de nuestra historia, es decir, en el ámbito occidental? el humor de esas características se ha dirigido contra los poderes establecidos y, en particular, contra los grandes pilares de la sociedad, la Corona (o, en su defecto, el Gobierno o la cúspide del Estado), el Ejército y la Iglesia. 

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