Archivo Revista de Libros

Antiintelectualismo con amplitud de miras

Durante las últimas décadas del siglo XX y los años ya recorridos del XXI, el conocimiento ha experimentado un avance tan vertiginoso en todos los ámbitos que cada vez es más acusada la tendencia a la especialización. Esto ha afectado en gran medida a la filosofía, tradicionalmente considerada como un saber de vocación horizontal, ambición omniabarcadora y voluntad de sistema, obligándola a disgregarse en disciplinas autónomas. Lo que antes eran diversos temas abordables desde el punto de vista unitario de un autor capaz de enfrentarse a todos ellos, hoy son campos estancos en los que trabajan de modo exclusivo filósofos tan especializados como en las ciencias: la filosofía política, la ética, la estética, la metafísica o la epistemología. Entre estas disciplinas escasean los canales de comunicación, como escasean los autores contemporáneos que pretenden unificar y dar sentido a todas las ramas del saber en su conjunto. 

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Recuerdos de un viaje de 1941

Para los maniáticos de la taxonomía no será fácil determinar el estatuto genérico de este libro de Jon Juaristi. Su contracubierta habla de una visión «casi novelesca», pero la colección en que figura –Taurus Historia– y la propia ejecutoria del autor lo remiten a la condición de «ensayo», un género que de suyo puede considerarse una variedad de la autobiografía y un heredero de la escritura moral –que amalgama noticia y experiencia, reflexión y divagación–, pero que pasa de largo por la imaginación y se detiene justo a la entrada de la exigencia del tratado o del rigor de la monografía.

No faltan, sin embargo, algunas pistas para el despistado. En la página 24 de Los árboles portátiles se habla de W. G. Sebald, «un autor que aprecio», aunque sea para enmendar sus noticias sobre la húngara Paula Horváth (que fue amante del pretendiente carlista Carlos VII). 

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Tiempo para la ira (y II)

Para alguien en busca de explicación para las turbulencias de nuestra época, Pankaj Mishra tiene una respuesta: todo empezó ayer. Tal como exponíamos aquí la semana pasada, el intelectual británico sugiere en su último y resonante libro ?Age of Anger, recién publicado en España con el título de La edad de la ira (Galaxia Gutenberg)? que las raíces del nihilismo contemporáneo hay que encontrarlas en la mezcla de desorientación y resentimiento que provoca la modernidad. Ahora, la globalización ha expandido el alcance del proceso de modernización y generado nuevas formas de dislocación. Paradójicamente, aduce Mishra, son los propios principios de la modernidad liberal los que provocan reacciones agresivas en su contra: quienes pretenden ser individuos libres y autónomos se desesperan ante la imposibilidad de serlo. Y la razón de que no lo sean está en las desigualdades socioeconómicas globales, consecuencia a su vez del fracaso de las elites liberales a la hora de honrar sus promesas emancipatorias. De ahí el resentimiento, la frustración, la violencia.

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¡Qué difícil es hacer reír!

Hacer humor es una tarea muy difícil. ¿Por qué? Supongo que, entre otros muchos motivos, estará relacionado con determinadas actitudes e inclinaciones con que nos asomamos a la vida y nos enfrentamos al mundo, culturalmente hablando. De todos es sabido, por ejemplo, que en nuestro ámbito occidental –y más en nuestro país?, el pesimista tiene un plus de atención y un prestigio inmerecido, mientras que el optimista y el risueño pasan la mayoría de las veces por ingenuos, cuando no simplemente por tontos de baba. El pesimista es el profeta y el optimista representa el candor. Es lo mismo que sucede con la palabra y el silencio: el callado suele beneficiarse de una predisposición a su favor, como si fuese un sabio siempre en potencia, mientras que el locuaz nos despierta un recelo instantáneo. Es frecuente oír a personas graves y circunspectas decir que valoran mucho el sentido del humor. La experiencia me ha hecho desconfiar inmediatamente de ellas. 

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Disonancia cognitiva

Posiblemente Xi Jinping sea, desde Mao Zedong, el dirigente comunista chino más tentado por la ambición. Esto significa dos cosas. La primera, que tiene grandes planes: por eso es ambicioso. La ambición –querer algo con vehemencia– no es, de suyo, una pasión insana. Que llegue a serlo depende de sus fines y, sobre todo, de los medios con que se despliega. La segunda –y este es el problema–, que los planes de Xi y su grupo dirigente se resumen en devolver a China el papel central que desempeñó durante siglos en el Este de Asia y del que, en la versión nacionalista que los comunistas comparten con sus antiguos enemigos del Kuomintang, fue desposeída por los tratados desiguales impuestos por las potencias coloniales. Ese siglo de humillaciones, insisten, se ha ido para nunca más tornar, cosa cierta de la que a continuación deducen que ha sonado la hora global de China.

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