Archivo Revista de Libros

Dos dispares biografías africanas

En el trabajo diario, fue la solidez de Selassie la que me sirvió de amparo. Selassie, que no participaba en las cooperativas de estudio y otras pillerías urdidas por Kaboré, siempre estaba en casa por las tardes, mientras que este último solía andar enredado en su intensa vida social. Davies había reclutado a Selassie cuando estaba a punto de graduarse en el Alemaya College. Había viajado a África para hacer una colección de semillas de sorgos etíopes y había diseñado unas siembras experimentales para comparar in situ las distintas variedades locales. En los campos del Alemaya College había plantado varias parcelas y necesitaba un ayudante que se las cuidara.

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Generosos mentores

Abel Selassie y Kofi Kaboré me habían acogido provisionalmente en su apartamento por indicación de Davies, quien sabía que tenían un dormitorio vacío desde la reciente marcha de un miembro del grupo que había completado su doctorado. Lo que iba a ser un alojamiento temporal, hasta el principio de curso, devino enseguida en residencia indefinida, pues fue muy poco lo que tardamos en congeniar. En retrospectiva, la grata convivencia con ellos marcó, sin duda, el tono de mi estancia en Saint Paul, me alegró, me facilitó la vida, me abrió los ojos a un mundo desconocido. Ellos me hicieron vislumbrar el corazón de África, un oscuro continente, misterioso y doliente, del que nada sabía. Sin ellos no habría salido indemne de una experiencia que no había empezado con buen pie; con ellos pude salvarme de un naufragio seguro.

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Tocar lo intocable

Sara sanea y venda la pierna de un leproso. Es el principio de una tibia mañana. El cooperante francés se ha marchado y le ha tocado a ella reemplazarlo. Es la primera vez que se enfrenta a esa enfermedad, pero le han bastado unas breves instrucciones de la enfermera Inge para hacerlo con eficacia; al fin y al cabo, ha tenido alguna práctica en el manejo de otros tipos de lesiones y lo que tiene que hacer en este caso no es muy distinto. Desbridábamos y vendábamos como autómatas, contaría Sara en una carta; usábamos una asepsia mínima, las pinzas y bisturíes se lavaban con agua y jabón en unas palanganas blancas, pero ni siquiera los pasamos por alcohol, y desde luego, ponemos inyecciones y vendas sin usar guantes.

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La vocación del Dr. K

En los capítulos anteriores. He relatado el choque inicial de Sara con el hemisferio doliente, su llegada a Calcuta, su instalación y su primer día en la clínica callejera del Dr. K. También cuento cómo conocí a Sara, antes de que ella se fuera a India y yo a la Universidad de Minnesota en Saint Paul, así como mi primera experiencia en los campos experimentales de dicha universidad.

Fue como una claridad marítima surgida después de la lluvia ?me escribió Sara en una ocasión?, bastaron apenas unas horas bajo la influencia del Dr. K para que viera con nitidez mi lugar en este otro hemisferio. Caí en él como por una resbaladiza pendiente inadvertida, sin vuelta atrás y sin querencia por lo perdido. Y así de súbita e irreversible debió de ser su mudanza, a juzgar por la firmeza con que mantuvo el rumbo a partir de entonces. Sin embargo, no es obvio en qué pudo consistir la influencia de K., a quien nunca llegó a conocer personalmente.

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Saint Paul, Minnesota

Asoma el sol por el horizonte cuando empezamos a cuadricular el campo con hilos rojos y estaquillas amarillas. Nos hemos puesto a la par los dos africanos, Selassie y Kaboré, el profesor Davies y yo, para ir sembrando grano a grano, a la distancia convenida, la descendencia de cada híbrido de maíz. Enseguida me dejan atrás. Sembrar, entresacar o escardar son tareas que requieren doblarse y mi mullida educación urbana no me ha preparado para ello, mientras que Selassie y Kaboré las realizan con facilidad y gracia, como nacidos en esa arte, y Davies lleva décadas asumiendo que el jefe debe encabezar su tropa en la batalla.

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La clínica del Dr. K

Imagino a Sara recién levantada, ojerosa y somnolienta después de una primera noche de inquietud y zozobra. Agradece el tazón de café instantáneo con leche en polvo que Silvia le ofrece y empieza a animarse cuando comprueba a través de la ventana que hace sol. No le desagrada el tacto rugoso del suelo de ladrillo en sus pies descalzos, pero se siente incómoda con la humedad ambiental. No ha terminado de beberse el café cuando Silvia le apremia para que se prepare: «Debemos llegar antes de que se abra la consulta para que pueda presentarte».

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Middleton Row

He empezado por la estancia de Sara en la India, lo que, en principio, está a mi alcance, ya que decidió hacer ese viaje justo en los días en que nos conocimos, unas semanas antes de su aventura, y fui testigo de cómo Silvia la embarcó en ella. Luego Sara me contaría por carta una y otra vez las peripecias que allí le acaecieron, muchas de las cuales compartió con Silvia.

 

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El aeropuerto Dun Dun (Calcuta)

Un espeso olor la asaltó a la misma salida del avión. El aeropuerto Dun Dun olía a una mezcla de desinfectante fénico, podredumbre, cigarrillos apagados, cebolla frita, queroseno y humanidad; un olor a almacén de ropa usada que su sensible olfato aprendería más tarde a aceptar como normal y a distinguir en sus numerosas modalidades. Olvidando que Silvia ya le había advertido de que en la India tendría que arrinconar sus exagerados remilgos olfativos, fue a ella, que la estaba esperando, a quien se dirigió en actitud de reclamación.

Había sido precisamente Silvia quien la había animado a hacer el viaje; primero enganchándola de un modo indirecto, contando con entusiasmo su propia experiencia del año anterior y, luego, cuando mostró interés, haciéndole una promesa muy atractiva: «Ya verás, practicarás medicina sin red», le había dicho, con una amplia sonrisa, sabiendo que Sara se quejaba a menudo de lo poco práctica que era la medicina que le enseñaban en la universidad.

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A propósito del amaranto

En la tertulia del Sotoverde entablamos hace unos días una discusión a propósito del título, El color amaranto, con que acaban de aparecer publicados los Cuentos completos de Antonio Ferres. «¡No hay tal color en español!», dice uno. «No sé por qué puse ese título a uno de los cuentos», dice el propio Antonio. «Los ingleses sí hablan del color amaranto», dice otro. El Diccionario de la Real Academia no nos saca de dudas: la entrada amaranto está llena de errores. Al final me encargan que investigue el asunto y, hechas las consultas, decido compartirlas con ustedes en esta que será la última entrada del blog «El pan de nuestros días». El próximo enero cambiaremos de tema.

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El índice de Gini en el posneolítico agrícola

Los de mi generación crecimos preocupados más por la pobreza que por la desigualdad y, al menos yo, tuve que aprender muy tardíamente en qué consiste el índice de Gini (0, cuando todos tienen exactamente lo mismo y 1, cuando hay uno que lo tiene todo). Cuando ya empezaba a sentirme cómodo leyendo a Thomas Piketty, me ha saltado la liebre de que hay arqueólogos y antropólogos que han empezado a introducir en sus trabajos el mencionado índice y los conceptos a él asociados. Así ocurre, por ejemplo, en un trabajo que Timothy A. Kohler et altera acaban de publicar en la revista Nature sobre las mayores disparidades de riqueza en Eurasia en comparación con América del Norte y Central. Diremos, de entrada, que estas disparidades eran en aquellos tiempos menores que las que se dan en la actualidad en Norteamérica, por ejemplo.

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La cosecha fundacional

La domesticación en el neolítico precerámico del trigo diploide, la escaña menor (Triticum monococcum L.), es el acto fundacional de nuestra civilización occidental. En una conferencia reciente aludí de pasada a este hecho y hubo varias personas que posteriormente vinieron a hacerme preguntas sobre él. Hago ahora un poco de historia.

Ya he contado en algún sitio cómo hace más de dos décadas fui testigo de la pesquisa que mi buen amigo Francesco Salamini organizó para averiguar el momento y el lugar donde se produjo la mencionada domesticación. Era yo entonces miembro del consejo científico del Instituto Max Planck de Colonia, donde se llevó a cabo la investigación, y Salamini era uno de sus directores. En septiembre de 1995, un inmenso mapa, que cubría toda una pared de una pequeña habitación, aparecía acribillado por miles de chinchetas de distintos colores: cada chincheta localizaba una población de trigo diploide silvestre y cada color representaba una descripción codificada.

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La salud en Europa: 1750-1900

La eclosión de la sanidad moderna, pública y privada, tiene una historia compleja en un continente como el europeo, que incluye las más dispares situaciones políticas, económicas y sociales, que van de las correspondientes a países como Inglaterra, Francia o Alemania, en un extremo, hasta la Rusia profunda en el otro. Este libro nos habla de la revolución de la medicina y la higiene que se produce a lo largo de siglo y medio, manteniéndose en el plano de la salud pública y privada con alusiones puntuales a la revolución científica subyacente. El autor se centra en tres países clave ?Inglaterra, Francia y Alemania? y ocasionalmente saca a colación al resto de países europeos.

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