Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Las antinomias de Carlos V

En los últimos años Geoffrey Parker ha venido ofreciendo a sus lectores sucesivos especímenes en formato king size, esto es, biografías de reales personajes en volúmenes de considerable extensión. Si mi cuenta no falla, suman cuatro de sus últimas obras unas cuatro mil quinientas páginas, de las cuales en tres mil se despliegan las biografías de Carlos V y Felipe II con desigual reparto (mil y dos mil, aproximada y respectivamente), correspondiendo las restantes a tema bien diverso que en su día comenté en esta revista. De las biografías citadas, una primera sobre Felipe II  requirió de una segunda etiquetada como «definitiva», seguida a su vez de otra «esencial» . Ésta de Carlos V se presenta, sin embargo, como «nueva», aunque no porque suceda a otra previa del autor. Se trata, simplemente, de que, en su factura, el autor se ha propuesto «utilizar todas las fuentes disponibles acerca de Carlos», con el propósito añadido de trasladar íntegramente al público lector todo el caudal informativo que la documentación consultada le ha proporcionado: «Para bien o para mal –promete Parker–, de lo que yo sé del emperador poco dejaré que quede en mi propio tintero». Atributos de «definitiva» parecen, pues, no faltarle. Por lo demás, no sorprende tanto esfuerzo. Parker se dio a conocer con una obra que, a día de hoy, continúa siendo de referencia para el estudio del conflicto de Flandes, también conocido como Guerra de los Ochenta Años (1567-1648), y en algún momento cabía esperar que abordara la biografía del artífice político que dio cuerpo al ente político protagonista y escenario de tales hechos. La deuda ha quedado, por tanto, saldada.

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Alfonso Guerra y los dos Partidos Socialistas

Cientos de miles de españoles podrían acreditar idéntica experiencia: en su círculo más cercano de amigos y familiares –aquel en el que uno tiene confianza para hablar con los demás sobre el sentido de su voto–, muchas personas que antes votaban al PSOE han dejado de hacerlo en la actualidad. Estoy hablando de quienes José Ignacio Torreblanca ha denominado, con razón, votantes fantasma del PSOE, o, también votantes huérfanos, «los de toda la vida, los de centroizquierda moderado, los progresistas sin estridencias y los pragmáticos que abjuran de los radicalismos y las exageraciones ideológicas, los que prefieren que su partido haga mucho y diga poco a que diga mucho y haga poco. [Los que] no tienen problemas con la Constitución de 1978 y se sienten moderadamente patriotas, más por orgullo por lo logrado por este país en los últimos cuarenta años que por un fervor identitario y esencialista», aquellos a los que, entre otras cosas, les provoca escalofríos que el PSOE recurra a «silencios, omisiones y sobreentendidos» para «ganarse los votos de los independentistas». Aquellos, en fin, que no entienden ni pueden aceptar que «partidos autocalificados de izquierdas encuentren razonable la compañía de partidos que apelan a la identidad para justificar desigualdades».

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Hoy no me puedo levantar

La protagonista y narradora de Mi año de descanso y relajación, una muchacha anónima de veintiséis años, quiere dormir sin parar. Según se describe, es «somnófila». En el comienzo, se ayuda con «trazodona y zolpidem y Nembutal», más adelante añade fenobarbital, Ambien o Ativan y, al cabo, descubre la panacea en un fármaco experimental (e imaginario) llamado «Infermiterol», que la deja frita tres días seguidos. «Alta y delgada y rubia y guapa», la muchacha es una bella durmiente de nuestro tiempo. Pero la novela no es ninguna fábula, y en su vertiente satírica registra la influencia del clásico de Iván Goncharov Oblómov (1859), cuyo antihéroe quería pasarse la vida en la cama. En la misma vena, Moshfegh salpimenta el descanso con el estrés y la relajación con las intrusiones del mundo.

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La sátira, continuación de la política por otros medios (y II)

Me quedaban por comentar tres artículos de El humor y la cultura política en la España contemporánea, precisamente los tres que tienen más elementos en común, dado que todos ellos tratan básicamente del mismo período (los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, es decir, lo que se ha dado en llamar simplemente la Transición) y hasta tienen también los mismos protagonistas, esto es, las publicaciones y los humoristas de prensa que contribuyeron con sus críticas a la definitiva instauración del régimen democrático. Al comienzo de su análisis –que constituye el capítulo 6 del libro–, José Reig Cruañes establece las grandes líneas por la que transitará no solo él, sino, como veremos seguidamente, los autores de los siguientes capítulos: «La contribución del humor gráfico y la prensa satírica al proceso de deslegitimación del régimen franquista en su tramo final fue decisiva: mediante la sátira y el ridículo los humoristas fueron deconstruyendo minuciosamente la mayor parte del ideario y la mitología que daban fundamento al llamado franquismo sociológico, dejando así el campo libre para la edificación de una nueva cultura política que sí podría servir de base a un nuevo régimen democrático» (p. 157).

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Observación de la catástrofe

Tal como ya sucediera el año pasado, sólo que con un mes de antelación, la mayoría de los europeos está sufriendo una ola de calor que nos recuerda cuán ardua podría ser la existencia en este planeta si se vieran sustancialmente modificadas sus condiciones ambientales. No está claro que estos episodios climáticos produzcan algún efecto duradero sobre nuestra percepción de la realidad, aunque hay motivos para pensar que van dejando huella en la opinión pública: no es descabellado apreciar un nexo causal entre la proliferación de fenómenos climáticos extremos y el mayor número de ciudadanos, incluso en Estados Unidos, que aceptan la tesis de que el cambio climático en curso es de origen antropogénico y se requieren políticas públicas destinadas a atenuarlo.

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