Cada cierto tiempo, se oye que han desaparecido los intelectuales, que ya no hay figuras como Sartre o Camus, Ortega o Unamuno, Simone de Beauvoir o Hannah Arendt. El compromiso ha pasado de moda. En nuestros días, ya no hay figuras de la talla de un Zola o un Bertrand Russell, cuyas opiniones ejercían una poderosa influencia, trastornando el rumbo de los acontecimientos. Desde la Ilustración, Europa ha exaltado a santos laicos como Voltaire o Víctor Hugo, filósofos o escritores a los que se reconocía una enorme autoridad moral. Los intelectuales usurparon el lugar de los clérigos, convirtiéndose en los nuevos pastores del rebaño. Esa situación se mantuvo hasta el Mayo del 68, cuando los estudiantes amotinados reivindicaron las enseñanzas de Marcuse y Sartre, partidarios de demoler el régimen capitalista. No sé si han sido los últimos intelectuales influyentes, pero lo cierto es que no se me vienen a la cabeza otros nombres con su peso. El auge de la cultura de masas, que prefiere las redes sociales y los programas audiovisuales al libro, hace que resulte francamente difícil la aparición de nuevas figuras como ellos.