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Tras días de terrible viento helado, hemos tenido unas semanas de tiempo casi primaveral. Seguía soplando el viento del norte, pero de pronto era un viento cálido y suave y uno podía pasear por la playa en camiseta y dormir con las ventanas abiertas. Esta es la época del año en la que la tierra, tras muchos meses dormida, empieza a entreabrir los ojos. El suelo de los naranjales abandonados y los solares se llenan de unas flores de un amarillo ácido muy intenso llamadas vinagrillos (Oxalis pes-caprae) –una especie invasora procedente de Sudáfrica— y de aliso de mar (Lobularia maritima), una planta rastrera con corimbos de flores diminutas que emanan un poderoso olor a miel. Sopla el viento y todas esas cabecitas vibran con una especie excitación infantil y la hierba está más verde de lo que puedo recordar y, al caminar entre la hierba, de vez en cuando se espanta una pareja de abubillas, que salen volando con esa característica danza blanquinegra, como de papeles volteados por el viento. De noche, los mochuelos lanzan salvajes chillidos posados sobre la carcasa de las farolas, perfectamente ocultos por la luz anaranjada de la lámpara de vapor de sodio bajo ellos, que no les alcanza. Por la mañana, antes de que amanezca, salgo con la bici. Pedaleo deprisa por los caminos entre huertos, el pequeño faro delantero creando una especie de película delante de mí, y en el cielo empiezan a aparecer luces infinitamente delicadas.

¿Para qué esos inmensos espectáculos? La naturaleza de la realidad parece ser el suntuoso derroche, la infinita riqueza para nadie. Mientras voy lanzado como una bala entre las cercas de cipreses, dejo de mirar el suelo y fijo la vista en el cielo. «El reino que estaba para mí», pronuncio vagamente, y me acuerdo de Hölderlin, hablando del crepúsculo:

En el cielo vespertino florece una primavera;
innumerables florecen las rosas y calmo parece
el mundo dorado; ¡oh, llevadme hasta allí,
nubes purpúreas, y quizá en las alturas,
en la luz y en el aire, se disuelvan el amor y el dolor!

El deseo de que el dolor y el amor se disuelvan. Dejar de sentir, dejar de ver, dejar de pensar, de soñar, de vivir. El dorado mundo es, desde cierto punto de vista, solo una ilusión. Es solo luz reflejándose en el vapor de agua. Nada vive allí arriba. Pero hay también una nostalgia de algo que nos ha pertenecido. ¿De dónde viene ese sentimiento? ¿Está nuestra vida rodeada de trampas como esa, de bromas a costa de nuestra vida y nuestra muerte?

Mi amigo Tomás y yo vamos a Jávea y nos sentamos a mirar el cielo desde la roca picada por el mar cerca de la Cala Blanca. A cierta distancia de la costa, unos charranes pasan gritando. Tomás me habla de las transcripciones de los cantos de aves que aparecen en las guías ornitológicas.

—No tienen sentido —dice—, son solo convenciones pasadas de una generación de ornitólogos a la siguiente. En aves menos conocidas, las transcripciones varían cómicamente de una guía a otra. Nos lo inventamos todo, Ismael. Así es cada descripción del mundo.

Me recuerda que Virginia Woolf, en cierto momento de su vida, oía a los pájaros tras su ventana cantando en griego antiguo.

—Pero Virginia Woolf estaba loca —digo.

Tomás me lanza una mirada dolida.

—¿Y eso con qué tiene que ver exactamente?

Me habla de cierto experimento acústico. Si escuchamos una grabación de un instrumento musical a la que se le ha eliminado el ataque, es sorprendentemente difícil, dice Tomás, saber de qué instrumento se trata. Uno confunde un piano con una flauta, un órgano con una mandolina. Me habla de esos ritmos en los que uno no reconoce dónde está el acento hasta que de pronto algo se recoloca en nuestro cerebro y el ritmo parece darse la vuelta, como esas fotografías de los cráteres de la Luna en las que parecen convexos en lugar de cóncavos.

Me habla de la llamada lateralización de la voz de ciertas aves cantoras por medio de la siringe, que es el órgano de fonación aviar y tiene forma de Y griega, como el aulós, el oboe doble de madera de saúco de los antiguos griegos. Me dice que las aves, que no tienen cuerdas vocales, usan la siringe para emitir sonidos complejos. Me dice que seguramente la siringe estaba ya presente en algunos dinosaurios. Me habla de su amor imposible por los dinosaurios. Me dice que cuando era niño, una vez clasificó los acontecimientos en tres categorías: los eventos concretos e imaginables, por ejemplo, Lutero clavando un papel en la puerta de una iglesia; eventos abstractos, es decir, eventos nominales hechos de infinitos eventos, por ejemplo, la invención de las flores, la caída del Imperio romano; y eventos concretos e inimaginables por ausencia de datos, por ejemplo, la vida de los dinosaurios. Ahora, sin embargo, cree que todos los eventos son abstractos, hipotéticos.

—¿También esta conversación, por ejemplo? —le pregunto, riéndome.

—También esta conversación —dice, y en seguida regresa a los dinosaurios—: No sabemos nada de ellos. ¿No te destruye pensar eso? Es una maldición y también una bendición. A lo largo de mi vida, y no solo de niño, he tenido infinitas visiones de reptiles gigantes. He visto a los Tupandactylus imperator, con desproporcionadas crestas purpúreas desplegadas como velas, sobrevolando las copas de los bosques de araucarias gigantes y lanzando una especie de breves ronquidos de bajo buffo, como eructos monstruosos; he visto a grupos de hadrosaurios entre la niebla al borde de un pantano, al atardecer, inflando en el hocico una especie de bolsas parecidas a los sacos vocales de las ranas para emitir melancólicos mugidos audibles a muchos kilómetros de distancia; he visto la lentitud de los saurópodos gigantes en la llanura a lo lejos…  Pero esto son solo fantasías. Nunca sabré cómo eran de verdad. Recuerdo que ese imbécil de Adorno, en Minima moralia, dice que los dinosaurios son fascistas.

Más tarde, en el coche, busca la cita en el teléfono móvil y me la lee. Adorno empieza hablando de una noticia en un periódico estadounidense sobre el descubrimiento de un esqueleto de dinosaurio. «Este tipo de noticias», dice Adorno, «igual que la insoportable moda humorística del monstruo del lago Ness y la película King Kong, es una proyección colectiva del monstruoso Estado totalista. La colectividad se prepara para afrontar sus horrores habituándose a figuras gigantescas. En la absurda inclinación a aceptarlas, la humanidad, caída en la impotencia, intenta desesperadamente incorporar a la experiencia lo que se burla de toda experiencia».

—Hay que ser tonto —dice Tomás.

—Oye —le digo—, y qué es eso de la invención de las flores.

—La aparición de las angiospermas, hace unos 150 millones de años.

Me informa, para mi sorpresa, que flores y dinosaurios nunca convivieron en la Tierra.

—¡No había flores! ¡Las plantas con semillas eran todas gimnospermas! Es tan cómico el ser humano… Fíjate las veces que un pobre hombrecillo o una pobra mujercilla ha mirado una flor y ha pensado en cosas eternas, ¡cuando en realidad una flor es una invención reciente y pasajera, es una moda!

Tomás padece una depresión. El médico le ha recetado dos tipos distintos de pastillas, pero él se niega a tomarlas y, en cambio, ha encargado por internet una especie de sustituto del LSD para administrarse cada pocos días lo que se llama microdosis, es decir, una pequeña cantidad de alucinógeno, insuficiente en sí misma para producir alteraciones importantes de la percepción. No encuentra placer en nada, no tiene ganas de hacer nada, siente profundos deseos de no existir, o más bien de no haber existido nunca y de que ningún otro ser exista. Dice que cada vez es peor y que no le parece posible seguir viviendo así.

—Aun así —dice—, una parte de mí sigue flotando por encima de todo esto, mirando.

Yo estoy extremadamente preocupado por él, pero, en realidad, me doy cuenta, no puedo ayudarle. Puedo hacerle compañía y escucharle, pero no puedo hacer nada más. Me invade una terrible sensación de soledad y de desamparo, pero el propio Tomás me consuela, a pesar de que, dice, no tiene ninguna esperanza.

—Bueno —le digo—, tienes esperanza de que llegue tu pedido de pseudo-LSD y de que te ayude en algo.

Se encoge de hombros y sonría de la forma más triste imaginable.

—En realidad no, Ismael.

Hace un tiempo que Tomás está viviendo con una chica mexicana llamada Yoselin. Es casi diez años más joven que él. Es muy alta y tiene el pelo castaño más asombroso que he visto, pesado y lustroso y en apariencia vivo. Es bióloga y lleva un año viviendo entre España y Francia, gastándose no sé qué ahorros y sin hacer nada, disfrutando de cada cosa que la vida le pone delante y por completo carente de cualquier ansiedad respecto al futuro o al pasado. Es la persona más esencialmente feliz que he conocido en mi vida. Cuando Tomás se pone triste, ella se ríe de él, le acuna la cabeza en el regazo y le dice: «Aguanta vara, Tomasito. Aguanta, que ya vas a ver la luz». Es como si no le importase lo más mínimo que Tomás sufriese, o como si pensase que es todo una especie de teatro. Tomás me dice que eso es exactamente lo que necesita.

El otro día ya comenzaba a hacer frío de nuevo, pero, al atardecer, me senté con Tomás y con Yoselin en el jardincito de tierra pelada de su casa, en el que han puesto una mesa, varias sillas de plástico y un absurdo gnomo de escayola casi del tamaño de un hombre adulto, y me bebí con ellos unas cervezas. Yoselin tenía también un poco de marihuana, así que nos fumamos un porro (muy poco cargado, a petición de Tomás y mía, que hacía años que no fumábamos) y miramos las estrellas, los tres bien abrigados.

Charlamos de varias cosas diferentes y nos reímos mucho. Yoselin tiene un humor seco y como falsamente escandalizado que me hace tronchar de la risa. Después recibió una llamada de México y entró en la casa para hablar. Me pareció que Tomás estaba más feliz de lo que lo había visto en algún tiempo.

—Todo es como un aulós, como una Y griega —me dijo—. Todo es una bifurcación. ¿Lo ves? Cada pensamiento, cada palabra, cada acto, se bifurca y se bifurca y se bifurca y se bifurca, interminablemente. Y, y, y, y, y, y, y, y, y. Reflejos de reflejos de reflejos de reflejos. Hasta el infinito. Y nosotros flotamos sobre la nada. Pero la nada es solo una palabra. Nunca hay una nada para la conciencia mientras es conciencia. Esto es nuestra vida. Este flotar sobre reflejos unos tras otros. Siempre hay una capa más que pelar. Nunca se llega al fondo. Nunca se comprende nada. Pero hay cierta felicidad en ese vacío. Vacío sobre vacío sobre vacío…

Me dice que, últimamente, extrae consuelo de varias cartas. Trae dos libros de la cocina para leerlas. Una es de Charles Lamb, dirigida a William Wordsworth. Cuando este le invitó a pasar una temporada en su casa de Cumberland, en mitad de la exuberante naturaleza que Wordsworth describe en The Prelude, Lamb rechazó amablemente la oferta: «Mis apegos son todos locales, puramente locales. No siento ninguna pasión por los bosques y los valles. Las habitaciones donde nací, los muebles que he tenido ante los ojos toda mi vida, un estante de libros que me ha seguido (como un perro fiel, solo que mucho más culto) a donde quiera que me he mudado… viejas sillas, viejas mesas, calles, plazas donde me ha calentado el sol, mi viejo colegio… esas son mis amantes. ¿Acaso no tengo suficiente sin tus montañas? No te envidio. Debería compadecerte si no supiera que la Mente se hace amiga de cualquier cosa. Tu sol y tu luna y tus cielos y colinas y lagos no me afectan más […] que una habitación dorada con tapices y velas donde vivir gustosamente con objetos visibles. Considero las nubes sobre mí tan solo un techo, hermosamente pintado pero incapaz de satisfacer mi alma, o como las pinturas en el apartamento de un connoisseur, incapaces de aportarle ya placer. Así se han desvanecido para mí, por el desuso, las Bellezas de la Naturaleza, tal como se las ha llamado —de forma tan limitada—, y así están para mí siempre verdes y frescas y cálidas las invenciones de los hombres y las asambleas de los hombres en esta gran ciudad».

La otra carta la escribió Robert Browning a una lectora desconocida que, en su lecho de muerte, le había escrito para agradecerle el consuelo de sus poemas.

«Querida amiga,
Estaría mal por mi parte desperdiciar una sola palabra acerca de mis propios sentimientos, excepto en la medida en que sean comunes a los dos, en una situación tal como describe usted la suya, que, por simpatía, puedo hacer mía anticipándome solo unos años como mucho. Es algo grande, lo más grande, que un ser humano haya pasado la prueba de la vida y sume su experiencia como testigo del poder y el amor de Dios. Me atrevo a felicitarla. Toda la ayuda que puedo ofrecer, en el pobre grado de que soy capaz, es la seguridad de que cada vez veo más razón para sostenerme en la misma esperanza, y eso sin ignorar en absoluto lo que se ha afirmado en contra, y, por bien de usted, desearía que fuera cierto que poseo el suficiente "genio" como para permitirme que el testimonio de una intuición especialmente privilegiada acudiera en ayuda de este ordinario argumento. Pues yo mismo sé que he sido consciente de la comunicación de algo más sutil que un proceso raciocinante cuando las convicciones del "genio" han estremecido mi alma hasta lo más profundo, como cuando Napoleón, cerrando el Nuevo Testamento, dijo de Cristo: "¿Sabe usted que yo entiendo de hombres? Pues bien, este no era un hombre»" ("Savez-vous que je me connais en hommes? Eh bien, celui-là ne fut pas un homme"). O como cuando Charles Lamb, bromeando con unos amigos acerca de cómo se sentirían si los más grandes entre los muertos se les aparecieran de pronto en carne y hueso una vez más, al sugerirse finalmente: "¿Y si Cristo entrase en esta habitación?", cambió rápidamente de tono y tartamudeó, como era su costumbre cuando se emocionaba: "Pero verás, si Shakespeare entrase, todos nos pondríamos de pie, pero si Él apareciese, entonces tendríamos que arrodillarnos". O, para no multiplicar los ejemplos, como cuando Dante escribió esto que voy a transcribir del testamento de mi esposa, donde lo escribí hace ya catorce años: "Así creo, así afirmo y así estoy seguro de que de esta vida pasaré a otra vida mejor, en la cual vive la dama de la que mi alma estuvo enamorada". Querida amiga, debo de haberla cansado a pesar de su buena voluntad. ¡Dios la bendiga, la sostenga y la reciba en su seno! Haga recíproca esta bendición a
suyo atentísimo
Robert Browning

—Yo no creo en Cristo —me dijo Tomás—, y creo que Browning no dice nada original y solo intenta ser amable con esa pobre señora moribunda. Pero es precisamente esa amabilidad lo que hace que me sienta un poco mejor con todo este lío en el que estamos metidos.

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