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Decía Milan Kundera en el arranque de La insoportable levedad del ser que la enunciación nietzscheana del eterno retorno era una idea misteriosa. Mutatis mutandi, lo mismo podría decirse de algunas de las formulaciones en boga en la filosofía, la historia y el ámbito humanístico en general, en particular aquellas que han alcanzado una general aquiescencia en el plano teórico, siendo por otra parte bastante problemática su traslación al terreno de los hechos concretos. Entre estas ideas, la concepción de que la realidad es un constructo, es decir, una elaboración socialmente establecida, constituye uno de esos casos con ribetes sorprendentes desde varios puntos de vista. Como ustedes saben, la construcción social de la realidad –título del libro de Peter Berger y Thomas Luckmann (hay traducción española en Amorrortu editores, 2008)- es un sintagma que desde hace tiempo ha hecho fortuna en las ciencias sociales. Al igual que otras acuñaciones equiparables –así, la invención de la tradición (Hobsbawm)-, se trata de un instrumento analítico que en su momento significó una pequeña revolución metodológica y conceptual. Asumida como noción incontrovertible, su utilización extensiva y un tanto dogmática ha degenerado en algunas ocasiones en algo muy parecido a lo que los escolásticos llamaban flatus vocis, o sea, un tópico desprovisto de significado y capacidad clarificadora (¡también se puede morir de éxito!)

Pero el constructivismo social nació –allá por los finales de la década prodigiosa, los sesenta- cuando era imposible imaginar siquiera la revolución tecnológica que acaecería no mucho después, antes de que muriera el siglo XX, cambiando nuestras vidas y, por supuesto, nuestra actitud ante la realidad. Así, por ejemplo, la concepción hoy universalmente asumida de realidad virtual, ha transformado nuestra idea del mundo y del papel que en él desempeñamos los seres humanos. Por primera vez en la historia podemos decir que en múltiples aspectos podemos burlar la realidad, deconstruirla -¡otro palabro!- y rehacerla a nuestra medida. Parafraseando a Berkeley, podemos percibir el ser –la realidad- que deseemos. Naturalmente, expresado así, esto es una exageración, porque lo que se produce en determinados casos y en ciertas condiciones no autoriza a una generalización a todas luces abusiva. Pero lo que me interesa destacar en este proceso es que nunca como hoy se ha dado tanta cancha a una realidad inventada. Llámenla como quieran, fake news, falsedad, impostura, desinformación, propaganda, bulos, spam, posverdad… Me dirán enseguida que esas mentiras o falsedades han existido siempre y es irrebatible que, como tales, son consustanciales a la vida comunitaria. Pero lo que distingue la época actual es que esas adulteraciones no solo compiten con la verdad, como siempre han hecho, sino que la desplazan hacia la irrelevancia. La nueva realidad, literalmente inventada, supera en todos los sentidos a la vieja realidad y hasta puede llegar a ser más verosímil. Si no lo es, aún mejor, más impacto.

La trascendencia que todo ello tiene desde el punto de vista comunitario -social y político- no puede ser minimizada en modo alguno, pues nos conduce a un escenario –nunca mejor dicho, pues de una representación se trata- que, sin ser, como antes reconocía, absolutamente novedoso si nos ponemos puristas, sí presenta en su conjunto una carpintería teatral, unas pautas de conducta y un significado final que probablemente nos conducen a la política del futuro. Una política sometida al mismo designio de la realidad virtual: la vieja realidad pasará por un filtro que la depurará de las adherencias indeseadas. La sensación subjetiva de percibir se impone al objeto de esa percepción: la realidad será lo que nosotros digamos que es. O lo que alguien nos haga creer. Algunos dirán que es la vieja Agit-prop en formato 5G. De acuerdo, pero si seguimos creyendo a McLuhan –“el medio es el mensaje”-, los nuevos formatos nos conducen a coordenadas inéditas, sobre todo porque aquí y ahora desconocemos cuáles son los límites y las reglas de juego. Estamos en los balbuceos de un experimento que no sabemos adónde nos llevará. No teman, no me voy a poner apocalíptico, primero por carácter y segundo porque aquí y ahora hay tantos motivos para el pesimismo como para lo contrario. Pero antes de ser más concreto, déjenme dar otro pequeño rodeo.

Hace bastantes años leí un libro de Mario Vargas Llosa que me gustó mucho. Debí de leerlo a comienzos de los años noventa, porque lo asocio con unas circunstancias precisas cuyos detalles ahora no vienen al caso. Lo he buscado en mi biblioteca pero es inútil, no está, no lo tengo en casa. Supongo que debí de tomarlo en préstamo de alguna biblioteca. Con la distancia temporal apenas puedo hablar de su contenido, más allá de la mencionada sensación de complacencia y la seguridad de que no se trataba de una obra de ficción sino de un ensayo crítico -y me parece recordar que apasionado- sobre una serie de obras de ficción que al narrador hispano-peruano le parecían relevantes por algún motivo. Ahora, al hacer un esfuerzo para retrotraerme al momento de su lectura, me viene también a la memoria la boutade de un amigo al comentar el libro en cuestión: “comprendo que te guste, ese es el mejor Vargas Llosa, el que se dedica no a parir sus fantasías particulares sino a la crítica literaria”. Más allá de estas disquisiciones, me convenció la tesis que daba sentido a la obra y que en última instancia justificaba el título: La verdad de las mentiras. (Déjenme consignar, por cierto, aunque sea entre paréntesis, que veo ahora que hay una segunda edición de la obra, corregida y aumentada, publicada por Alfaguara, que data de 2002).

Las obras de ficción en general y muy particularmente las novelas, sostenía el escritor, dicen o pueden decir con sus mentiras –sus invenciones- mucha más verdad que el supuesto relato fidedigno que proporcionan no ya solo las crónicas periodísticas sino hasta las propias ciencias sociales. En esta concepción del Nobel hispano, la fantasía podía desplegar sus alas y volar libre, evidentemente, sin servidumbre alguna y sin necesidad de rendir cuentas a nada ni a nadie, pero esa libertad fabuladora paradójicamente le permitía escapar de las restricciones que atenazan otras perspectivas más a ras de tierra y así, de este modo, lograba la literatura acceder al corazón de los seres humanos y al profundo secreto de la realidad. En definitiva, la mentira se colocaba al servicio de la verdad. No puedo reprimir una sensación de desapego al escribir esa frase: en ella, esos dos conceptos, mentira y verdad, aparecen como términos no solo antitéticos sino claramente definidos, es decir, absolutos. En la actualidad no hace falta ser un cínico redomado para poner en cuestión un planteamiento así. La verdad y la mentira han perdido sus perfiles nítidos y hasta en algunos casos se han convertido en polos intercambiables. Pero aún suponiendo que siguiéramos manteniéndolos como referencias enfrentadas, hoy en día la cuestión palpitante –por decirlo en los términos clásicos- sería más bien la opuesta a la que mantenía el ensayo de Vargas Llosa. Lejos de decir verdad con mentiras, la tendencia predominante en el mundo que vivimos parece más bien la de poner la verdad o las verdades –si algo queda- al servicio de un objetivo espurio, como por ejemplo la falsedad, la manipulación o el puro engaño.

Al reflexionar sobre estos temas me he acordado también de un ensayo de Christian Salmon (Storytelling, traducción de Inés Bértolo, Península, Barcelona, 2008; nueva edición, 2019), que tuvo un gran impacto hace unos años, hasta el punto de que, según vi después en una información periodística, “el equipo de Nicolás Sarkozy” lo convirtió en “su biblia particular” y el “entorno de José Luis Rodríguez Zapatero” hizo lo propio con “los cuadros socialistas”. El volumen del ensayista francés llevaba en su versión española un subtítulo que eximía de mayores precisiones, al detallar todo lo que le faltaba al título: La máquina de fabricar historias y formatear las mentes. Consignaré de paso que el libro de Salmon me gustó más en su planteamiento inicial que en el desarrollo ulterior, excesivamente prolijo para mi gusto y demasiado dependiente del contexto económico, cultural y político de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. A partir del planteamiento de Roland Barthes, según el cual “el relato es una de las grandes categorías del conocimiento”, Storytelling analizaba el proceso que había conducido a la sustitución de las marcas comerciales por historias y, en un contexto más amplio, cómo se había impuesto la categoría de relato como modelo para afrontar cualquier tipo de realidad: “Ya sea para llevar a buen puerto una negociación comercial o hacer que facciones rivales firmen un tratado de paz, para lanzar un nuevo producto o hacer que un colectivo laboral acepte un cambio importante, incluido su propio despido, para diseñar un videojuego «serio» o curar los traumas de guerra de los soldados, se considera que el storytelling es la panacea. Lo utilizan los pedagogos como técnica de enseñanza y los psicólogos como medio para curar traumatismos. Constituye una respuesta a la crisis del sentido en las organizaciones y una herramienta de propaganda, un mecanismo de inmersión y el instrumento para hacer perfiles de individuos, una técnica de visualización de la información y un arma temible de desinformación”.

Escribe Salmon que la nueva –ya no tanto- estrategia comercial no pasa simplemente por “convencer al consumidor de que compre un producto, sino sumergirlo en un universo narrativo” es decir, ofrecerle “un relato de vida que propone modelos de conducta”. Si solo se tratara de eso, las consecuencias se verían limitadas al ámbito comercial o, si se prefiere, al marketing. Pero el éxito e imparable expansión del storytelling implica mucho más, según demuestra el autor, pues no se trata solo de narrar historias de modo sistemático como modo de aproximación a la realidad, sino de ocultar esta “con un velo de ficciones engañosas” y orientar así en un determinado sentido emociones y comportamientos. Como se dice sentenciosamente más adelante, “mejor que el control y la disciplina, compartir supuestamente una historia colectiva”. Ya puede colegirse en qué va a desembocar todo esto. El capítulo quinto está dedicado al “relato de la política”, aunque más exacto sería decir la política como relato (sobra precisar que de ficción, claro), pues de lo que se trata en el fondo es de “crear una contrarrealidad”. De este modo, la clave para conquistar o mantenerse en el poder no pasa tanto por argumentos racionales como por “la capacidad para conseguir la adhesión, para seducir, para engañar”. De ahí la importancia de los expertos en estas lides, los spin doctors o story spinners convertidos en gurúes todopoderosos capaces de encumbrar a un político inane en jefe supremo de un país (¿les suena?). En conclusión, con un debate democrático cada vez más sometido “a las nuevas tecnologías del poder”, el auge del storytelling expresa como ningún otro, sostiene Salmon, la pulsión por instrumentalizar emociones, “el formateo de los deseos”. El fin último es conseguir la domesticación y el sometimiento de los individuos (un adormecimiento placentero, como el de una droga, o una versión posmoderna de la vieja alienación marxista).

Desde mi punto de vista, sucede con este tipo de ensayos que una feliz idea, la que constituye la urdimbre del relato –nunca mejor dicho, en este caso- se malogra al tener que sustentar o soportar ella sola todo el andamiaje argumental. La obra se convierte así en casuística, los ejemplos se multiplican sin mesura –la misma historia con nombres distintos- y, en definitiva, se pone a prueba la paciencia del lector con cientos de anécdotas que no añaden nada nuevo. Para darle un cierto empaque se usa –y abusa- de un lenguaje ampuloso, que alcanza no ya solo a los conceptos y argumentaciones redundantes, sino a los propios epígrafes: “La caza del silencio y el mandato de hacer relatos”, “Shakespeare on management”, “El nuevo modelo de autoridad del capitalismo emocional”, “Los efectos desestructurantes de la apología del cambio permanente”. Consigno todo ello para que comprendan mi necesidad de compensarme con una lectura de signo opuesto, aun sin necesidad de salir del tema que nos ocupa. La encuentro en Fake. La invasión de lo falso de Miguel Albero (Espasa, Madrid, 2020). Quizá lo que en otro momento me hubiera sido indiferente o incluso disuasorio –una ausencia de pretensiones que puede confundirse fácilmente con mera superficialidad- se convierte, teniendo en cuenta las coordenadas aludidas, en un incentivo equivalente a la bocanada de aire fresco después de estar encerrado en una atmósfera cargada.

El nombre del autor no me era desconocido. Había seguido parcialmente su trayectoria –adelanto ya que Albero es un prolífico ensayista- en los años anteriores, con la lectura (y crítica) de dos de sus obras: Instrucciones para fracasar mejor. Una aproximación al fracaso (Abada, Madrid, 2013) y Roba este libro. Introducción a la bibliocleptomanía (Abada, Madrid, 2017). Encuentro tres características recurrentes en las obras mencionadas –también en esta de Fake, a la que voy a dedicar unas líneas-: primera, Albero tiene debilidad por los temas relativamente originales o por el envés de lo convencional, como salta a la vista solo con la mención de los títulos; segundo, aplica a esos asuntos un tratamiento heterodoxo y desprejuiciado, con buenas dosis de un ingenio que desemboca en jocosidad, rasgos todos ellos que contribuirán sin duda alguna a espantar a los puristas y a la gente seria en general; tercero, que, pese a todo, la lectura de sus libros arroja una sensación ambivalente, como de promesas no cumplidas, pues Albero no termina de satisfacer las expectativas que él mismo suscita en el lector que se acerca a los mismos. Como acabo de anticipar, el ejemplar que ahora nos ocupa, Fake, constituye también una buena muestra de todo ello.

Fake, como cualquiera puede fácilmente colegir, toma como referencia o punto de partida eso que señalaba yo al principio, la proliferación de lo falso en el mundo en el que vivimos. Falsedad en todo y para todo, pues no se trata tan solo de las fake news, sino de la invasión de la impostura en tales proporciones que termina desplazando a lo real o auténtico, y ello hasta el punto de que las categorías usuales –entre ellas, para empezar, la tradicional antítesis de verdad/mentira- dejan con frecuencia de tener sentido o ser operativas. En este punto nos topamos indefectiblemente con el escéptico que nos recuerda que la falsificación es tan vieja como la humanidad. Cierto, pero hay un par de cosas que singularizan nuestra era: los avances tecnológicos han posibilitado el desarrollo de la simulación hasta extremos nunca vistos, generando de este modo un salto cualitativo; segundo, como resultado inmediato de ello, es nuestra propia concepción de la realidad la que se ve afectada con este cambio. Lo que en un primer momento tendríamos que llamar ficticio, para entendernos, termina siendo real (¡y hasta más real que la realidad primigenia!)

Ya en la primera frase de su ensayo, dice Albero que “vivimos tiempos donde el fake, lo falso, se expande como una mala enfermedad”. El fake lo invade todo, “todo es falso”. Cierto, podríamos admitir con una sonrisa cínica, pero tal inflación puede constituir a su vez una celada para el ensayista y, mucho me temo, el autor ha caído en ella. Apabullado por la expansión de la falsedad, Albero ha querido abarcar aquí todas o, al menos, las principales facetas de la misma, desde la mistificación de la historia a la falsificación artística, desde las estratagemas comerciales a los bulos que se extienden por las redes, desde los impostores profesionales a la falaz propaganda política. Demasiado campo para un breve tratado que apenas sobrepasa las doscientas cincuenta páginas. Albero se ve impelido a picotear en múltiples recintos sin hincar el diente en ningún momento, retratando no ya lo superficial, sino lo meramente obvio. Eso sí, lo hace con un encomiable sentido del humor que hace la lectura de estas páginas un agradable divertimento. Pero nada más. Uno se encuentra tentado de decir que, en más de un sentido, este libro de Miguel Albero es también, en sí mismo, una genuina expresión del Fake que nos rodea por todas partes.

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