La fundación nacional del mal

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El hijo del chófer
Jordi Amat
Tusquets Editores
252 páginas. 18,5 euros

Sabemos el final de esta historia, por lo que revelarlo no borra el misterio: solo le da sentido. Cojamos cualquier crónica, la de la aséptica Agencia EFE, 19 de diciembre de 2016: “El periodista Alfons Quintà, de 73 años, dejó una nota antes de matar supuestamente a su pareja, de 57, y suicidarse con su escopeta, en la que lamentaba que la mujer se quisiera separar de él”. Esta noticia cerraba el círculo de una vida, le daba sentido, y para todos los que le conocieron, trataron o trabajaron bajo sus órdenes confirmaba que era la encarnación del mal absoluto, el ser más perverso -también complejo, por decir algo positivo- que pisara el mundo periodístico en Barcelona. Un mundo en el que, entre finales de los años 70 y 90, periodistas, políticos, empresarios y banqueros comían del mismo plato; un mundo que conformó esta Cataluña de hoy, o por lo menos el marco de juego del que nadie podía salirse. “No hay ningún periodista de su generación como él que sepa cómo se ha desarrollado el poder en Cataluña durante la posguerra desarrollista”, escribe Jordi Amat.

La flecha fue lanzada prácticamente desde su nacimiento o desde que siendo un niño acompañaba a su padre, Josep Quintà, el chófer, a la mítica masía de Josep Pla en Llofriu, al amparo de la gran chimenea, la mesa con el cenicero siempre humeante y la botella de whisky que acogió a aquel Camelot, según expresión de Amat, de catalanistas conservadores, siempre con un pie pragmático en el régimen, en la economía real del país -especialmente en el textil-, y el otro pie en un exiliado olvidado, Josep Tarradellas, único político que podría asegurar una transición en orden y laica -sin manipulación sentimental-, conocedor del mecanismo interno del poder y de su supeditación al dinero. Escribió Pla de ese “compromiso histórico” secreto entre franquismo y catalanismo: “Veintitrés años después de la guerra civil -y esta es una de sus principales amenidades- sigue siendo muy difícil saber si una persona determinada, que pasó la guerra en la Península, fue un traidor o un patriota” (“Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas”, fragmentos de su dietario de los años 60, aparecido en 2019).  

Un Camelot imposible de asediar desde uno y otro lado, sin obsesiones identitarias, respetuoso con sus tradiciones -sobre todo con las gastronómicas y el “tempo” anímico-, que dio al mundo unos cuantos grandes extravagantes. Allí estaban Vicens Vives, Manuel Ortínez, Joan Sardà, Duran Farrell, Ibáñez Escofet. Y el niño Quintà, junto a su padre, testigo de lo que sucedía en ese castillo encantado en el que todos querían entrar algún día para robar el fuego que ilumina el mundo de Pla: un escepticismo vital y político. Se preguntará: “¿Qué es la civilización, en realidad, sino la eliminación de los argumentos del caníbal chovinista en el trato social y político?”.

Todo podía haber quedado ahí, en el motivo que llevó a que un periodista al que todos reconocen tener las mejores fuentes de información, cultivarlas desde su infancia, y haberse constituido él mismo en un verdadero cuarto poder -puede que el único de Cataluña, él solo-, asesinase a su mujer y luego se quitase la vida. Dos meses antes había publicado un artículo premonitorio del final: “La sort de morir agafant la mà estimada” (“La suerte de morir cogiendo la mano querida”). Es el texto de un hombre que siente cómo se apaga la vida, que ya ha perdido el poder, sólo es la patética sombra de lo que fue, y que da alguna pista de cuál podía ser el final, o por lo menos para que, consumada la tragedia, se dijera: se veía venir. Ese designio siempre indemostrable puede que esté en la raíz del libro, pero sobre todo un hecho que convierte una vida particular -por más salvaje que fuese- en categoría política de esta Cataluña. Quintà fue el actor principal de dos hechos que han constituido la construcción nacional de la Cataluña actual: fue el periodista que reveló el caso de Banca Catalana y el que muy poco tiempo después puso en marcha TV3 por encargo del hombre al que quiso destruir.

El primero fue el caso de corrupción fundacional que implicó de lleno a Jordi Pujol, apenas una semana después de ser elegido presidente de la Generalitat, un agujero financiero que mostró los vínculos entre el dinero y el partido -o el régimen- que gobernaría Cataluña desde 1980. Y fue a raíz de la querella que preparaba la Fiscalía, cuando Pujol activaría el principio ideológico que guiará al nacionalismo catalán, su “deus ex machina”: cuando alguien ataca por el motivo que sea a un político catalán (nacionalista), se está atacando a Cataluña. O, si se prefiere, el pujolismo nace con un caso de corrupción y muere en un cenagal de defraudaciones fiscales que vienen del mismo banco y de su mismo progenitor. Hay tragedia, y Amat utiliza ese clásico resorte cultural, puede que en exceso, cuando el “caso Quintà” se explica desde la intención de matar al padre (Pujol, Tarradellas, Pla y, al final, Cataluña entera).  

El segundo punto angular de esta Cataluña fue la creación de un poderoso medio de comunicación público, TV3, verdadera conciencia colectiva a imagen y semejanza del ideario pujolista. Pujol encargó su puesta en marcha a Quintà, lo que sólo puede interpretarse como tener bajo control a su adversario, el hombre que lo quiso destruir y ahora lo va a construir, pero también el que conoce todos los resortes de poder en Cataluña, los ha tratado y atienden sus llamadas. También le temen. “Alfons Quintà apuntala el mito que antes quiso destruir”, escribe Amat de la retransmisión que TV3 hizo del acto de desagravio que el propio poder convergente -l'amo de la Generalitat- organizó contra aquellos que querían destruir Cataluña a través del caso Banca Catalana.

Hasta aquí los hechos y la perversa conexión que mantiene un personaje como Quintà con la verdadera construcción nacional, en medio de una sociedad obsesionada -como hoy- por la “transversalidad” -una versión más inconsciente del unanimismo-, en la que todos los medios de comunicación -el caso Banca Catalana se destapó en “El País” mientras la prensa catalana se mantuvo escrupulosamente al margen- silenciaron lo que, pasados muchos años, se conoció como una corrupción institucionalizada con precio fijo.

“El hijo del chófer” me ha recordado lo que Leonardo Sciascia se propuso como método en “El caso Moro” (1978): volverlo a contar todo de nuevo, “cambiándolo todo sin cambiar nada”. Para ello, parte del cuento de Borges “Pierre Menard, autor del Quijote” -incluido en “Ficciones” (1944)-, y su intención de volver a escribir la obra de Cervantes exactamente igual, palabra a palabra, y comprobar que el sentido cambia pasados los años, como cambia la fascinación por los libros de caballerías, el amor galante o el “quijotesco” sentido del honor, aunque sea la misma historia. Ya no importa la verdad histórica, lo que sucedió; en el caso de Aldo Moro, el secuestro y asesinato del líder de la Democracia Cristiana italiana a manos de las Brigadas Rojas, sino cómo juzgamos lo que sucedió, cómo lo literaturizamos, sin tener en cuenta los detalles de aquellos 54 días de cautiverio, los comunicados, el frío chantaje al Estado, la investigación policial, la seguridad de que acabaría muerto, el abandono a su suerte de sus compañeros de partido, pero sabiendo que Moro iba a morir. Sabiendo el final.

Igual que el secuestro y asesinato de Moro acaba sucediendo también literariamente como un relato perfecto, porque todo cuanto sucede de facto niega cualquier otra posibilidad, el de Jordi Amat sobre la vida poco ejemplar de Alfons Quintà también niega otra posibilidad de ser. De no haberse producido tan truculento final, “El hijo del chófer” no se hubiese escrito. Efectivamente, a la vida de Quintà, por más miserablemente que se describa, le faltaba el relato, pero lo puso él mismo dando un final perfecto, apoteósico. Ahora tal vez ya no interesen los detalles de aquella corrupción política durante el pujolismo en pleno proceso de construcción nacional, de la que Quintá lo sabía todo, sino cómo fue posible hacerlo ante una sociedad complacida.

Es sorprendente el encarnizamiento hacia un personaje en el que nadie, por lo menos de los que en algún momento ponen su voz en el relato, sabe encontrar un lado bueno, por pequeño que sea. Debió ser así, como demostró su final. Tarde, como siempre, se señala al monstruo, que no tiene escapatoria porque la flecha no fallará el objetivo. Su destino está trazado en esa carta que con 17 años escribió a Pla (publicada en la correspondencia que éste mantuvo con Vicens Vives). En ella le pide que interceda ante su padre para que le firme la autorización para pedir el pasaporte y otra para obtener el carné de conducir. De no ser así, y vencido un plazo de tiempo fijado, le amenaza con denunciarle a la Brigada Político Social de Barcelona, nada menos que al comisario Creix, por realizar viajes a Francia para verse con Josep Tarradellas. “Espero que esta carta -concluye-, defina exactamente y para siempre nuestras futuras relaciones”. Qué carta más extraña y qué ocasión perdida que el propio Quintà la hubiese podido comentar en vida (se publicó en 2019), porque hay algo de humor fúnebre, pero humor y furor juvenil de demostrar que estaba al tanto de lo que hacía aquel sanedrín de hombres influyentes.

Lo cierto es que Quintà siempre y hasta el final estuvo en el círculo más cercano de Pla -ahí está esa obscena crónica de su muerte escrita desde el propio lecho-, que es lo realmente relevante para conformar un personaje intelectualmente soberbio, precisamente por esa proximidad a un escritor tanto totémico para la cultura catalana, Pla, tanto como despreciado por la burocracia cultural catalana, de obra “oceánica”, suele decirse, donde chapotean los que quisieran ser sus herederos. Ilusos. El escritor, hoy, ya sólo pone voz y confirma lo que esa sociedad, esta Cataluña, quiere oír en cada momento. Es posible que ahora quieran escuchar este relato de Jordi Amat, donde el muerto, como siempre, es el culpable.

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