Archivo Revista de Libros

Le pendu

A­ finales de mayo, recibo una llamada de C, un viejo conocido de la universidad. C nunca me ha caído bien. En aquellos tiempos, me parecía que hablaba más de la cuenta, a menudo sobre personas no presentes. Más tarde, por el contrario, creí notar que, consciente de su anterior verbosidad, afectaba un «elocuente laconismo». Hacía años que no sabía nada de él. Lo primero que hace cuando cojo la llamada es preguntarme si me he enterado.

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Siringe

Tras días de terrible viento helado, hemos tenido unas semanas de tiempo casi primaveral. Seguía soplando el viento del norte, pero de pronto era un viento cálido y suave y uno podía pasear por la playa en camiseta y dormir con las ventanas abiertas. Esta es la época del año en la que la tierra, tras muchos meses dormida, empieza a entreabrir los ojos.

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Fata morgana

Por la tarde, mi amigo Tomás y yo vamos a pasear a las perras a la playa, ahora que hemos tenido unos días de calor. Las tormentas recientes han cambiado una vez más la desembocadura del pequeño río Vedat, que discurre sus últimos metros —con apenas doce metros de anchura— trazando una suave curva entre las dunas. Ahora hay una amplia lengua de arena a un lado, recién abandonada por el mar, y la arena húmeda está finamente fruncida, del mismo modo que ciertas extensiones planas de nubes en estos atardeceres de otoño.

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Apuntes de noviembre

He estado leyendo el Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras. El libro se escribió en once días en 1630 y en seguida se hizo famoso y se tradujo a varios idiomas. Me asombra descubrir que existen adaptaciones para niños. Las andanzas de Contreras comienzan a los doce o trece años, un día que va a ver unas corridas de toros junto al Puente de Segovia, cuando asesina por primera vez: «Saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo. Y como me parecía no le hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada».

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La casa de los caquis

Ayer cambió la hora y, cuando saco a pasear a Estela, a eso de las seis y media, ya es casi de noche. La llevo por una calle que bordea un terreno que antiguamente pertenecía a una huerta y en el que aún no han construido. Hay una casa medio derruida, con la entrada sofocada de vegetación. Hay varios caquis muy frondosos que en esta época están repletos de unos frutos más bien pequeños y amarillos.

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Laila

Mi mujer es voluntaria en la protectora local y se ocupa de la colonia felina del barrio. Fuera de los meses de verano, no hay casi nadie por aquí, aparte de algunos amables alemanes en el cámping junto a la playa y de dos o tres vecinos. Los gatos son pocos y no viven tan mal como en otras zonas: apenas hay tráfico y hay muchos solares vacíos, llenos de vegetación y de viejas ruinas de las antiguas casas de labranza. El objetivo es esterilizar a todos los gatos y dar en adopción a los más sociables. Es complicado, y, curiosamente, por todas partes hay gente que se opone furiosamente.

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Mundos verdes

Mi amigo Tomás ha vuelto de Madrid y se ha traído el viejo vibráfono que tocaba de adolescente y que tenía guardado en casa de no sé quién. Es un trasto enorme que no funciona muy bien, pero ahora Tomás se pasa el día con dos mazas despeluchadas en cada mano, extrayendo sonidos solo a veces musicales del viejo instrumento. Al pasar cerca de su casa, junto al río, se oye esa música fantasmal saliendo de las ventanas, flotando entre las cañas.

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Baby swans

Últimamente, todo es una especie de caos, aunque no del todo desagradable. Tengo de pronto muchas cosas que hacer y las hago todas a la vez y las termino tarde y mal, pero siento algo suelto y libre dentro de mí. Las hordas de turistas parecen haberse calmado un poco, como si por fin se hubieran resarcido de pasar unos meses encerrados en casa viendo mucha televisión y comiendo mal. Algunos días, echo una mano a Guada con su estupendo proyecto de esterilizar y encontrar casa de adopción para los gatos callejeros del barrio (tiene hasta su propio canal de YouTube). Pero esto me estresa.

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Solo sé que existo

Cuando mi amigo Tomás y yo éramos más jóvenes, nos preguntaban si éramos hermanos, a pesar de que nunca nos hemos parecido mucho. Increíblemente, más de una vez, yendo solo por Madrid, desconocidos me confundieron con él, aunque a él nunca lo confundieron conmigo. «¿Existo?», solía yo preguntarle de broma, «¿o soy solo una especie de sueño tuyo postprandial?». Hace unas semanas que Tomás se ha ido a pasar unos meses a Madrid y le echo de menos. Me doy cuenta de que, poco a poco, empiezo a suplir su ausencia pensado sus pensamientos, sintiendo sus sentimientos, hablando como él. Noto que me voy transformando un poco en Tomás. A Guada no le gusta demasiado.

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Yakushima

Desde hace más de un mes, la playa cercana a mi casa está día y noche llena de pescadores. Algunos pescan para ganar dinero (el pescado «de playa» es muy apreciado), pero la mayoría son ociosos, «deportistas» que, tras la larga prohibición, recuperan el tiempo perdido. Clavan largas pértigas en la arena, a las que acoplan sus cañas equipadas con láser, se sientan en sillas plegables, consultan constantemente sus teléfonos móviles y, de noche, se iluminan con linternas frontales mientras escuchan la radio y beben latas de cerveza. Desde mi casa se escuchan sus risotadas. Algunos dejan basura tirada y otros se preocupan por dejar su lugar limpio. Para pasear por la playa, hay que pasar por debajo de los invisibles sedales, tendidos desde lo alto de las cañas hasta más de veinte metros agua adentro.

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La silla

Hace no mucho, sentí el urgente deseo de deshacerme de mi vieja silla de oficina y de comprarme una silla de verdad. No quería ruedas, ni asiento giratorio, ni palancas para ajustar la altura o la inclinación. Quería una silla de madera con cuatro patas, un respaldo y dos brazos. Por quince euros, encontré una que cumplía mis requisitos en una página web de compraventa entre particulares. Contacté con el vendedor y acordé con él recogerla en su casa, en Alfahuir, cerca de Gandía. Justo cuando Guada y yo salíamos, me llamó mi amigo Tomás para pedirme que lo llevase a la biblioteca de Gandía a devolver unos libros. Quince minutos después estábamos frente a la puerta de su casa y lo vimos salir, tropezando por las prisas y absurdamente vestido con una camisa de manga larga y un sombrero de paja que oculta sus carencias capilares y que, según dice él, le confiere un aire distinguido (se equivoca). No exagero si digo que cuando quedamos solos los dos va vestido como un mendigo, pero Guada, mi mujer, tiene un extraño efecto en él. No es que esté enamorado de ella (al menos eso creo), pero le profesa una veneración que, aunque aprecio y obviamente comparto, considero excesiva. Me bajé del coche para saludarlo y él, de forma sutil, me apartó para sentarse en el asiento delantero junto a Guada, que conducía y estaba de un humor triste (con fundadas razones).

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Montségur

Estas noches del mes de mayo, en los tamariscos y cipreses apretados de la medianería entre dos parcelas de naranjos, cerca de mi casa, canta un ruiseñor, invisible. Yo cruzo en bici el puente sobre el río (ir en bici en la oscuridad es una extraordinaria sensación, y también es quizá estúpido) y me quedo escuchando, convirtiéndome poco a poco en un oído. El ruiseñor canta escondido y es difícil verlo, de día o de noche. Es lo bastante común como para oírlo cada primavera y lo bastante tímido y escaso como para que encontrarse con uno sea un pequeño acontecimiento. Es famoso por cantar de noche, pero, como explica el desdichado poeta John Clare en una carta a los señores Taylor y Hessey, «canta tan comúnmente de día como de noche, aunque no es un hecho generalmente conocido. A ustedes los londinenses les gusta mucho hablar de este pájaro y se piensan que cada pájaro que canta después de la puesta de sol es un ruiseñor. Recuerdo que, la última vez que estuve allí, iba paseando con un amigo por los campos de Shacklewell cuando vimos a un caballero y a una dama que escuchaban con mucha atención junto a unos arbustos y, al acercarnos, les oímos hacer espléndidos elogios del hermoso canto del ruiseñor, que resultó ser un tordo».

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