Yakushima
Desde hace más de un mes, la playa cercana a mi casa está día y noche llena de pescadores. Algunos pescan para ganar dinero (el pescado «de playa» es muy apreciado), pero la mayoría son ociosos, «deportistas» que, tras la larga prohibición, recuperan el tiempo perdido. Clavan largas pértigas en la arena, a las que acoplan sus cañas equipadas con láser, se sientan en sillas plegables, consultan constantemente sus teléfonos móviles y, de noche, se iluminan con linternas frontales mientras escuchan la radio y beben latas de cerveza. Desde mi casa se escuchan sus risotadas. Algunos dejan basura tirada y otros se preocupan por dejar su lugar limpio. Para pasear por la playa, hay que pasar por debajo de los invisibles sedales, tendidos desde lo alto de las cañas hasta más de veinte metros agua adentro.






