Como es habitual, RdL suspende la publicación de novedades durante las fiestas navideñas. El siguiente boletín se recibirá el 12 de enero de 2022

Apuntes de noviembre

He estado leyendo el Discurso de mi vida, de Alonso de Contreras. El libro se escribió en once días en 1630 y en seguida se hizo famoso y se tradujo a varios idiomas. Me asombra descubrir que existen adaptaciones para niños. Las andanzas de Contreras comienzan a los doce o trece años, un día que va a ver unas corridas de toros junto al Puente de Segovia, cuando asesina por primera vez: «Saqué el cuchillo de las escribanías y eché al muchacho en el suelo, boca abajo, y comencé a dar con el cuchillejo. Y como me parecía no le hacía mal, le volví boca arriba y le di por las tripas, y diciendo todos los muchachos que le había muerto, me huí y a la noche me fui a mi casa como si no hubiera hecho nada».

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Lengua que te quiero lengua

Cuando de la redacción de Revista de Libros me preguntaron si querría reseñar El origen de las palabras, de inmediato respondí que sí, aunque pensando que ese título darwiniano era el de un libro muy distinto al que me llegó dos días después. Tras abrir el paquete, hojear y ojear el libro fue para mí un regalo de Navidad anticipado que nunca sabré cómo agradecer.

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El derecho a equivocarse

Uno de los lugares donde mejor se come en todo el mundo es La Habana. Es decir, La Habana de las novelas de Leonardo Padura; y La transparencia del tiempo no es una excepción. Bien es verdad que al lado de la cena de doña Augusta, en el séptimo capítulo de Paradiso, los banquetes de Padura son los de un faquir. Pero haciendo una salvedad importante: que la novela de Padura transcurre hoy, razón por la cual escribo mi frase en presente. En cambio, la acción de Paradiso transcurre un par de décadas antes, tanto que me atrevo a situarla en unos años anteriores a la castración de Cuba. Con lo cual resulta que el barroco Lezama narraba como realista, y el realista Padura lo hace como autor de historia ficción. Y es hora de que me ocupe de la novela objeto de esta reseña.

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Mademoiselle Baudelaire brilla por su ausencia

El lector decadente es un brillante bien tallado por lapidarios expertos, aunque con una mácula que hubiera sido evitable: su título. Un título casi tan solo justificado por el texto editorial de la contraportada, donde al final se nos dice que este libro presenta en nuestra lengua una cuidadosa recopilación de textos «que harán las delicias de todo buen lector “decadente”».

Pero ¿qué es un lector «decadente»? Si la referencia es a las mismas premisas que dieron nacimiento a una literatura decadente, estoy convencido de que los mismos lectores de estos autores compaginaban sus lecturas con las de la trilogía Lourdes Rome Paris de Émile Zola y los prólogos sapientísimos a las comedias de George Bernard Shaw. Es más: en el prefacio a la sección francesa se nos dice que el decadentismo fue un «epíteto peyorativo acuñado por la crítica académica para desautorizar a aquellos escritores dispuestos a romper con la tradición del naturalismo».

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Nada menos que todo un Chesterton

Recuerdo que José María Guelbenzu contó hace tiempo cómo decidió hacerse escritor luego de haber leído El hombre que fue Jueves. Pude entenderlo a cabalidad porque a mí me pasó algo de lo mismo después de leer el volumen Charlas, en Austral, que fue mi primera pero contundente lectura de un libro de Chesterton: ahí decidí que quería ser periodista y escribir en ese formato, no en cualquier otro. Aunque tanto Guelbenzu como yo tenemos muy claro que no es la obra de Chesterton una que nos haya influido, sino tan solo servido de acicate. Y fue así, en primer y principalísimo lugar, por lo mucho que tiene de estimulante la funesta manía de pensar, a la que don Gilberto era tan contagiosamente aficionado.

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