Archivo Revista de Libros

Repudio y necesidad del centro (y III)

Hablábamos, a cuenta de las tesis de Pierre Manent sobre el «fanatismo del centro» y la estigmatización de las posiciones populistas como «ilegítimas», de la paradoja del pluralismo. A saber: el pluralismo es una cualidad del sistema que no es necesariamente compartida por los actores que operan en él, ya que éstos no practican exactamente un uso público de la razón orientado hacia el acuerdo ?a partir de la convicción de que no existen verdades absolutas?, sino que suelen defender su verdad convencidos de que no hay otra y se resignan a compartir la esfera pública con quienes sostienen «verdades» distintas. No existe, como quería Hobbes a fin de evitar la discordia civil, un poder centralizado ?un Leviatán? capaz de fijar el significado del bien y del mal, esto es, legitimado para determinar la verdad pública. Se espera por ello que los actores políticos y los ciudadanos que toman parte en la conversación pública sean educados por el sistema democrático: su convivencia forzosa, como sugería Richard Rorty, debería enseñarles que no existen «vocabularios finales» y que, por lo tanto, no nos queda más remedio que aceptar la contingencia de todos los vocabularios particulares. Pero lo que no es en ningún modo contingente es el sistema democrático mismo, que crea el marco donde se encuentran ?en las instituciones y fuera de ellas? quienes piensan de manera diferente. Es gracias a esta estructura moral que pueden surgir voces nuevas: desde el feminismo al animalismo. Conviene entender bien esto: las novedades morales no se producen a pesar de la democracia liberal, sino debido a la configuración de la democracia liberal. Hay aquí, pues, una epistemología que se asienta sobre la pluralidad de puntos de vista.

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Lengua que te quiero lengua

Cuando de la redacción de Revista de Libros me preguntaron si querría reseñar El origen de las palabras, de inmediato respondí que sí, aunque pensando que ese título darwiniano era el de un libro muy distinto al que me llegó dos días después. Tras abrir el paquete, hojear y ojear el libro fue para mí un regalo de Navidad anticipado que nunca sabré cómo agradecer.

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¿Quién es Mary Poppins?

El libro de María Tausiet responde a esta pregunta. Lo hace de un modo eficaz y preciso, como sólo puede hacerlo alguien que, como ella, sea un estudioso y un conocedor de la historia de las religiones, de fenómenos como la magia y la brujería, de mitos y leyendas, de las relaciones que mantienen las manifestaciones folclóricas con los textos sagrados, los símbolos y los ritos. Se experimenta una gran emoción al leer su libro, como siempre ocurre cuando se desvelan profundidades insospechadas de sentido que se ocultan tras las apariencias de lo banal. La autora de este libro se enfrenta a este personaje a partir de la obra literaria de Pamela Lyndon Travers (1899-1996), quien dedicó más de cincuenta años de su vida a su construcción, quedando plasmada en una serie de ocho libros publicada entre 1934 y 1988. Descubrimos a esta escritora, de la que nos había llegado algún atisbo con el rostro de Emma Thompson en la película Saving Mr. Banks, de John Lee Hancock (2013), para sorprendernos ante su vasta cultura en el ámbito de la mitología y las religiones. Pero, como la misma Travers se apresuró a dejar claro, no es a partir de la erudición desde donde construye su mito, sino desde la interiorización y vivencia de lo simbólico, reclamando la posibilidad de la actualización y de la reelaboración, absolutamente legítimos desde la monumental obra de Hans Blumenberg, en la que se comprueba que en eso reside justamente la vida de los mitos.

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Artes de ser honesto: hacia una hipocresía sostenible

En su Visión sucinta de los derechos de la América británica, un pliego de 1774 con el que Thomas Jefferson inauguró su carrera política, el que fuera tercer presidente de Estados Unidos dejó escrito que «el arte de gobernar no es otra cosa que el arte de ser honesto». Andando el tiempo, sus rivales políticos le echarían en cara estas palabras suyas para reprocharle su conducta posterior, tan pródiga en astucias y marrullerías como la de cualquier otro púgil político de su generación. Eso, por no hablar de la más obscena hipocresía de todas, insoportable desde la sensibilidad contemporánea y ya de pesada digestión en la época: que la persona que había anunciado al mundo, como «verdad evidente», que «todos los hombres nacen iguales» fuera el orgulloso propietario de ciento setenta y cinco esclavos que dormían en los galpones de su mansión en Monticello y a los que no tenía ninguna intención de emancipar.

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La España constitucional

Quizá los padres de la Constitución de 1978 se equivocaron al crear el Estado de las autonomías, propiciando una división artificial que ha incrementado innecesariamente la burocracia y el gasto público, pero a estas alturas no se puede dar marcha atrás sin provocar un cataclismo político y social. Al menos podemos extraer una lección histórica. En el caso del País Vasco y Cataluña, el independentismo no se aplacó con estas concesiones. Al revés, se interpretaron como un gesto de debilidad y como una excelente oportunidad para exacerbar el sentimiento nacionalista. La transferencia de las competencias educativas y culturales sólo ha servido para falsear la historia, marginar el castellano e inculcar en las nuevas generaciones el desprecio por España. La crisis económica de 2008 se convirtió en un inesperado aliado del independentismo. La izquierda se despeñó por el populismo, apoyando los «procesos soberanistas» y exaltando el «socialismo del siglo xxi» de Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa. Se entonaron alabanzas al castrismo y se sacó del armario a Marx, olvidando –o minimizando? los crímenes del comunismo. El independentismo catalán se radicalizó, presentándose ante el mundo como una nación alegre y democrática ocupada por un Estado colonialista y represor. El independentismo vasco sonrió ante este giro, pues le permitía blanquear su pasado y redundar en su discurso jeremíaco.

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Este mundo está mal hecho

Imagine, estimado lector, que es usted Dios y le encargan crear el mundo. No he pasado de la primera frase y ya me doy cuenta de que va a ponerme cara rara y va a exigirme explicaciones. Tiene razón. Si es usted Dios, no tiene a nadie por encima y, en cualquier caso, nadie puede hacerle ningún encargo. Dejémoslo entonces en que usted, por cuenta propia, como Dios, quiere volver a crear el mundo. Me refiero, claro está, a que usted va a hacer de Dios tradicional, el de siempre, el de toda la vida. Y con respecto a lo de crear el mundo, como el mundo está ya creado, hecho, evolucionado o como prefiera llamarlo, se trataría de darle unos retoques, porque tampoco es cuestión de tirarlo todo y empezar de cero, con todo lo que está ya montado. Es decir, a usted, a pesar de ser Dios (o precisamente por eso), no se le oculta que el mundo no le ha salido muy bien o, simplemente, que hay algunas cosas regularcillas, para decirlo suavemente. O que, estando bien en su conjunto, puede mejorarse, para no pisar más callos. Lo importante, en definitiva, es que se ponga en situación y se plantee, aunque sólo sea como un juego inocente, si esto que nos rodea tiene remedio o, por lo menos, algún remedio. En contrapartida, si me sigue la corriente, le diré pronto adónde quiero ir a parar. Pues ¡vamos allá! Pero, antes, necesito dar un pequeño rodeo.

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