Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Menos es más

La última obra de David Mamet, estrenada en simultáneo en Nueva York y Madrid, allí dirigida por el autor y aquí por José Pascual, le saca máximo provecho a un mínimo de elementos: dos actrices, un espacio cerrado, una sola conversación entablada en tiempo real. El montaje se contenta con apenas unos papeles sueltos, una lámpara, dos asientos y un escritorio de ángulos rectos, cuyo mayor efecto geométrico es partir la escena en dos, como una red divide una pista de tenis. Que vamos a presenciar un enfrentamiento se presiente antes de que las actrices abran la boca, pero algunos detalles de la escenografía indican que las oponentes no están en pie de igualdad. Uno nota los asientos: de un lado, un raído sillón de ordenador, de esos que se ven en oficinas públicas; del otro, una silla rígida, en la que nadie podría estar cómodo durante más de diez minutos.

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El otro calentamiento global

En el mundo literario ha sido un año fantástico para el sexo. No me refiero a los romances de una noche que, dicen, surgen cada vez que agentes, editores y demás peritos de las bellas letras llegan a una capital para tambalearse de cóctel en cóctel, con la excusa de que allí se celebra una feria del libro. De eso hay poca información fehaciente. Me refiero al estallido comercial de la trilogía Cincuenta sombras de Grey, con su onda expansiva de márketing sicalíptico. Ha sido el año en que se vieron, casi seguro por primera vez, esposas forradas de peluche, como las que usa el protagonista homónimo, en los escaparates de varias librerías de Madrid. Y ha sido el año en que, al menos en una de ellas, se atrajo a clientes con expositores temáticos sobre los que la trilogía se alzaba como una torre, rodeada de Kama Sutras, ensayos sobre el porno, colecciones de desnudos, libros de la colección rosa «La sonrisa vertical» y hasta una «historia cultural», traducida del alemán, titulada Vulva

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Palabras mayores

La cuestión de quién es Don Quijote no es tan fácil como decir «el protagonista del libro de Cervantes». Uno puede considerarlo un loco irremediable, como hicieron los primeros lectores del libro, o, por el contrario, alinearse con los románticos alemanes para ver en él la contienda entre lo real y el ideal. Puede tomarlo por el lado del nacionalismo cervantista, subrayando la galanura castellana del hidalgo. Puede concentrarse en el texto, declarando a Don Quijote el prototipo del personaje realista, o irse a lo posmoderno y zanjar que el libro ya es una parodia del realismo y, por ende, el personaje un constructo autorreferencial o alguna otra cosa por el estilo. Lo cierto es que, desde cada una de las posturas anteriores, cabe decir lo siguiente: todas las demás se equivocan, cuando menos, en parte. Pero también aciertan en parte, por lo que las versiones no forman puros mentises, sino un rico sedimento para el brote de nuevos significados.

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Los premios

La noticia literaria del mes pasado fue la concesión del Premio Nacional de Narrativa a Javier Marías por su novela Los enamoramientos. Fue una noticia doble, pues Marías respondió que, si de aceptar se trataba, prefería, como Bartleby, no hacerlo. Acto seguido convocó una rueda de prensa en el Círculo de Bellas Artes para explicar sus razones. Al hacerlo se mostró medido e incluso considerado. Contestó las preguntas de los periodistas con paciencia de monje tibetano, habló de la crisis de la cultura, lamentó que se recortaran los presupuestos de las bibliotecas y, sobre todo, se explayó acerca de los deberes del escritor para consigo mismo y, en un sentido más amplio, para con sus mayores. El rechazo –afirmó– se condecía con una decisión madurada desde hacía años: no aceptar distinciones provenientes del erario público. «Creo que el Estado no tiene por qué darme nada por ejercer mi tarea de escritor que, al fin al cabo, es algo que yo elegí.»

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Chéjov 2.0

Hay una primera vez para todo, pero nunca hubiera imaginado que alguna vez, en mitad de una obra de Chéjov, una de las actrices pasaría por entre el público, sin salirse de su papel, ofreciendo sándwiches de jamón y queso. Mucho menos que el público –yo incluido– los aceptaría. Más tarde vinieron los pepinillos, pero fue en el tercer acto y más vale no adelantarnos. Digamos para empezar que no estábamos en un teatro de los de butacas, bambalinas y todo el resto, sino en La Casa de la Portera, una sala escondida en una antigua portería de La Latina, a la que se entra por un portal sin señas particulares ni marquesina.

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En el límite

Nueva York, esa «ciudad de pie», como la llamó Céline, continúa fascinando a los narradores. La fascinación recuerda a quienes siguen las tendencias que, en literatura, no hay ley tan implacable como la de los rendimientos decrecientes, y que cada novela sobre lo mismo vale menos que la anterior. Pero de tanto en tanto aparece un libro que sacude toda una tradición. Tal es lo que logra esta primera novela de Teju Cole, una narración plenamente neoyorquina, que redefine cuál es el material literario de Nueva York. No esperen, pues, una exploración de las fachadas de cristal, la modernidad palpitante, el dinero sucio, los asesinos con glamour o los demás tópicos a que nos tienen acostumbrados los DeLillos, los Austers, los Easton Ellis.

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Vínculos

«El encanto del matrimonio es que obliga a las dos partes a llevar una vida de engaños», dice un personaje de Oscar Wilde. Babel, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, indaga en la segunda mitad del epigrama mientras niega enérgicamente la primera. ¿Encanto? Engañar a un cónyuge es, en esta obra, el primer paso de un vía crucis.

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Shakespeareana

Estrenada el pasado 28 de agosto en Madrid, y en cartel hasta el 23 de septiembre, Enrique VIII llega directamente desde Londres, donde se representó en el teatro Globe, una primicia para una compañía española, junto a otras treinta y seis obras a cargo de compañías internacionales, en el marco del festival Globe to Globe, organizado por el comité olímpico. La primicia es doble, porque nunca antes se había montado la pieza en España, un hecho que el director, Ernesto Arias, atribuye en parte a su temática. Arias ha elegido un montaje despojado que remite al modernismo de un Peter Brook y a las prácticas del teatro isabelino. 

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¿Series de oro?


El crítico literario argentino examina la relación entre la literatura y el cine a través de las series Mad Men y Boardwalk Empire, dos notables representantes de la edad de oro que está viviendo la escritura televisiva.

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La novela de un literato

Karl Ove Knausgård no es un hombre que oculte sus sentimientos. En La muerte del padre, el primero de los seis volúmenes de Mi lucha, cuenta cómo, a poco de ocurrir el deceso al que alude el título, «lloraba sin parar»; en Un hombre enamorado, el segundo, señala que «tenía los ojos llenos de lágrimas» cuando nació su hija. Las lágrimas son un torrente en La isla de la infancia, donde el pequeño Karl Ove llora «tanto que no [ve] nada» cuando lo reprenden por una travesura, y el narrador admite incluso que el llanto «era un gran problema». Se refiere a sí mismo a los ocho años, pero la fuente mana durante toda la niñez.

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Pulsión permanente

El británico Jed Mercurio se atreve a retratar a John F. Kennedy como «dedicado fornicador» en El adúltero americano.

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Rutas argentinas

Un artículo audaz sobre el presente de la literatura argentina a veinticuatro años de la muerte de Borges.

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