Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

Yo es otro

«¿Es El doctor Jekyll y el señor Hyde una obra con altas intenciones filosóficas, o simplemente la más ingeniosa e irresponsable de las ficciones?» La pregunta se la hacía Henry James, amigo y admirador de Robert Louis Stevenson, en un afectuoso perfil literario publicado en 1888, dos años después de que apareciera la novela; y la respuesta, tras un típica acumulación de matices y salvedades, caía del lado de la ficción.

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Qué castigo

Cincuenta sombras de Grey es lo opuesto de una novela memorable, pero tengo para mí que la sufrida industria editorial la recuerda en sus oraciones a diario. Hace dos años, cuando me asomé por primera vez a las estadísticas comerciales para escribir un ensayo sobre el libro, se hablaba de cincuenta millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. 

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El espectáculo de la civilización

Sin entrar aún en la sonada actuación del escritor, hay un motivo excepcional para ir a ver la nueva obra de Mario Vargas Llosa al Teatro Español: ir a ver el Teatro Español. Asegurando el asombro, el director Joan Ollé y el escenógrafo Sebastià Brossa han desmontado entero el patio de butacas, erigido una enorme grada donde comúnmente se encuentra el escenario y colocado la escena en mitad de la sala, de manera tal que la representación se ve desde los cuatro costados. 

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El azar y la necesidad

Chica conoce a chico, chica y chico se enamoran, forman pareja, se separan un tiempo, vuelven a juntarse y viven felices y comen perdices. En el universo tal como lo conocemos, la estructura de la comedia romántica depende en esencia de dos variables: el chispazo azaroso del comienzo, generalmente producido por un encuentro que ninguno de los dos tenía previsto, y el necesario paso del tiempo, que, aun con el revés central, avanza siempre en la misma dirección. Pero todo cambia en un multiverso. 

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Un tajo y se acabó

A veces pienso que cada tragedia es trágica a su manera, pero que todas las comedias se parecen. No es sólo que Plauto imite a Menandro, la commedia dell’arte apele a Plauto, Molière elabore la commedia dell’arte y así hasta que todo se conecta con todo; es que, en gran medida, llevamos veinte siglos riéndonos de las mismas situaciones. 

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Tramoyas

Dice un personaje de Ionesco que «todas las obras teatrales que se han escrito desde la antigüedad hasta nuestros días no han sido sino historias policíacas», refiriéndose al mecanismo tradicional de plantear una intriga, complicarla y resolverla al final. Y una noción similar esboza Michel Foucault en su análisis de Edipo rey, cuando señala que la obra siembra pistas dispersas, para luego reunirlas como si él mismo fuese un detective.

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Interiores

Buena parte del mejor teatro del siglo pasado se escribió o, cuando menos, se montó contra el drama de salón, esa tradición en la que dos o más personajes dirimían diferencias conversando puertas adentro. Abriéndolas literal o figuradamente, Valle-Inclán lanzó a sus personajes a las calles, Beckett concibió localizaciones abstractas, Ionesco y Arrabal fragmentaron el lugar de la representación.

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Bichos raros

Agotadas las discusiones sobre el teatro del absurdo –quién pertenece al club, quién garantiza la pertenencia, hasta qué punto el club siquiera existe–, el dramaturgo franco-rumano Eugène Ionesco perdura como uno de los grandes alegoristas del pasado siglo. Casi todas sus obras, como notó en su momento Martin Esslin, elaboran una única imagen poética, una metáfora dominante. 

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En las antípodas

Hace unos veinte años, mi generación descubrió el cine australiano. Naturalmente, Australia había descubierto el cine mucho antes, prodigando estrellas más o menos desde que Errol Flynn (natural de Tasmania) empuñara el florete, de manera que cualquier cinéfilo podrá nombrar varias obras de fuste rodadas en ese país con bastante anterioridad. Pero, en los años noventa, la conciencia de que existía buen cine australiano despuntó gracias a unas pocas películas de directores jóvenes. 

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¡Más luz!

Con toda seguridad, Goethe no escribió las dos partes del Fausto para la escena, sino para ojos de los lectores atentos, capaces de desentrañar sus innumerables alusiones, figuras alegóricas, ecos mitológicos y vuelos metafísicos. Sin meternos siquiera con el significado, del que por momentos ni el mismo Goethe parecía estar seguro («Me pregunto qué idea quiero plasmar en Fausto», le dijo a Johann Peter Eckermann mientras trabajaba en la segunda parte), la obra plantea retos inusitados a la hora de ser llevada a las tablas.

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Un cuarto propio

En 1878, mientras disfruta de su exilio en Roma, alejado del ambiente conservador de Noruega, Henrik Ibsen toma notas para su próxima obra, una «tragedia actual», con un personaje femenino que afronte, no el destino, sino una entidad apenas menos opresiva: la rígida moral de la época: «Una mujer –reflexiona el autor– no puede ser auténticamente ella misma en la sociedad de hoy, que es una sociedad exclusivamente masculina, con leyes escritas por los hombres, con fiscales y jueces que condenan la conducta de la mujer desde un punto de vista masculino».

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Nostalgie de la boue

«Un hombre que duerme –escribió Proust– tiene a su alrededor el hilo de las horas, el orden de los años y los mundos. Al despertarse, los consulta instintivamente y, en un segundo, lee allí en qué lugar de la tierra se halla, cuánto tiempo ha transcurrido antes de despertar; pero los órdenes pueden confundirse, romperse». En la obra Hacia la alegría, del escritor y director teatral francés Olivier Py (Grasse, 1965), un hombre despierta en mitad de la noche, sobresaltado por «una deflagración lejana», y descubre que, en efecto, el orden habitual se ha evaporado; de repente, presiente que el suyo es «un despertar en la muerte». El silencio de la ciudad le «ayuda a tener un momento de conciencia

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