Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Hoy no me puedo levantar

La protagonista y narradora de Mi año de descanso y relajación, una muchacha anónima de veintiséis años, quiere dormir sin parar. Según se describe, es «somnófila». En el comienzo, se ayuda con «trazodona y zolpidem y Nembutal», más adelante añade fenobarbital, Ambien o Ativan y, al cabo, descubre la panacea en un fármaco experimental (e imaginario) llamado «Infermiterol», que la deja frita tres días seguidos. «Alta y delgada y rubia y guapa», la muchacha es una bella durmiente de nuestro tiempo. Pero la novela no es ninguna fábula, y en su vertiente satírica registra la influencia del clásico de Iván Goncharov Oblómov (1859), cuyo antihéroe quería pasarse la vida en la cama. En la misma vena, Moshfegh salpimenta el descanso con el estrés y la relajación con las intrusiones del mundo.

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Un crítico amable

Contra todo pronóstico, E. M. Forster dio por terminada su carrera de novelista a los cuarenta y cinco años, con Pasaje a la India (1924), en opinión de muchos su obra maestra y, sin duda, la novela más popular de las cinco que publicó en vida. Dejó una sexta, de tema homosexual, en el cajón, y al parecer pasó a otras cosas sin grandes pesares. En los cuatro largos decenios adicionales que duró su vida, llevó a la imprenta cuentos, una biografía, crónicas de viaje, un libreto, teatro, conferencias y muchísima crítica literaria. Su fama, de hecho, no hizo sino crecer después de las novelas. Y, en los años de posguerra, Forster se consolidó como una versión muy británica del intelectual público: el literato amable, mezcla de asceta y activista, sabio y diletante, crítico y comunicador.

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La poeta de la familia

Emily Brontë hizo su entrada en el mundo de las letras en 1846, sin fanfarria, en un volumen de versos publicados en compañía de sus hermanas Charlotte y Anne, con el título anodino de Poems by Currer, Ellis, and Acton Bell. El libro pasó prácticamente inadvertido en su momento, y en parte por ello las hermanas decidieron volcarse en las «narraciones en prosa», lo que culminó, en el caso de Emily, en uno de los clásicos de la novela inglesa: Cumbres borrascosas. La poesía, sin embargo, fue mucho más que una fase de juventud. Brontë dedicó la mayor parte de su vida creativa adulta, desde los dieciocho años hasta su muerte a los treinta, a la escritura de versos. Y antes de que su novela eclipsara esa veta era la indudable poeta de la familia. Charlotte, en una semblanza de su hermana, llegó a decir que el único mérito de Poems residía en «los poemas de Ellis Bell» (Emily), que definió como «condensados y lacónicos, vigorosos y genuinos», con una música «silvestre, melancólica y elevadora». Es cierto que también dijo de su hermana que era «indocta» y que escribía movida «por los impulsos de la naturaleza»; pero ese juicio mixto no hizo sino realzar la reputación póstuma de Emily. Se inicia así una tradición que la tiene por la figura más romántica de las hermanas, la escritora instintiva, la poeta innata.

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Desde el púlpito

En 2014, muy al final de su carrera, James Salter dictó tres conferencias sobre el oficio de escribir de la Universidad de Virginia, donde había sido contratado en calidad de escritor residente. Salter murió poco tiempo después, y las charlas se recogieron en un librito más o menos conmemorativo publicado por University of Virginia Press, con un prólogo de John Casey ?amigo del autor, novelista y miembro de la universidad? que ponía las cosas en contexto y abultaba el texto hasta las ciento veinte páginas. El arte de la ficción reproduce esa edición póstuma, aunque, con buen juicio, los editores españoles han descartado el prólogo, y han incluido a modo de introducción un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado originalmente en Babelia: «Leyendo las conferencias ?apunta este último? uno no puede creerse que esas palabras hayan sido escritas y dichas por un hombre de ochenta y nueve años». (Yo sí me lo creo.) Y lo interesante no sería sólo «el grado de lucidez que muestran y la agudeza de sus observaciones, sino el aire de asombro y de tanteo que irradia de ellas, de entusiasmo a la vez sobrio y romántico hacia el oficio de escribir y las posibilidades de la literatura».

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Bajo el volcán

A lo largo de los últimos diez años, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) ha escrito media docena de novelas y colecciones de cuentos que lo sitúan entre los más originales de la literatura española actual. En su último libro, El silencio y los crujidos, combina esas dos formas con tres relatos que se funden en una especie de novela, aunque no por completo. Como para fomentar aún más la indefinición, los tres relatos son variaciones de una misma historia. El primero está ambientado en una provincia remota del imperio bizantino a finales del siglo VI, el segundo se desarrolla en la década de 1960 en una zona aislada del Amazonas y el tercero mira hacia Menorca en un futuro próximo. En esos escenarios reaparecen varios motivos, incluido el de la obsesión con las alturas y el aislamiento, así como personajes que encallan en situaciones imposibles. Por momentos, nadie parece hallarse en más apuros que el autor. ¿Cuánta libertad de movimientos, por ejemplo, puede tenerse en un relato como «Columna», que versa sobre un estilita obsesionado con la pureza, decidido a acabar sus días encima de un capitel?

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Historia de quien escapa y quien se queda

Hace casi diez años, Zadie Smith publicó en The New York Review of Books un ensayo en el que comparaba la novela Netherland, de Joseph O’Neill, con Residuos, de Tom McCarthy. La argumentación era simple y eficaz: el «realismo lírico» de O’Neill se oponía a la narración sin «interioridad» de McCarthy, y el contraste señalaba «dos caminos» posibles para la novela contemporánea. Era una forma de volver sobre la antítesis entre tradición y vanguardia, pero la pregunta central llegaba al fondo de la ficción: ¿cómo debía retratarse a una persona? Smith misma estaba entre dos novelas, y la que publicó a continuación, NW (2012) (el nombre de su barrio londinense), trasladó a la práctica sus simpatías por la solución de McCarthy. NW resultó ser una novela de corte experimental, con escaso foco psicológico. A la manera modernista, la historia estaba llena de fugas y puntos ciegos, por no hablar de una ausencia de conclusión. Al cabo, se detenía entre los malestares de sus personajes, como si la narración confundiera el tema (la desorientación moderna) con la manera de presentarlo.

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Vislumbres de la India

Han pasado veinte años desde que Arundhati Roy publicó El dios de las pequeñas cosas, aquella notable primera novela que se hizo con el premio Booker, recibió los elogios de críticos y colegas (nada menos que John Updike la llamó «deslumbrante»), se tradujo a más de cuarenta idiomas y acabó vendiendo unos ocho millones de ejemplares en todo el mundo. Así las cosas, El ministerio de la felicidad suprema, la segunda novela de la autora, llega envuelta en interrogantes y expectativas. Pero Roy ha explicado con sencillez el porqué del paréntesis: «La ficción toma su tiempo», ha dicho en una entrevista reciente. Y no se trata de que el tiempo se le haya pasado esperando la llegada de la ficción. En estos dos decenios, las realidades socioeconómicas de su país la han llamado a dedicarse al activismo político, centrarse en el periodismo y publicar media docena de colecciones de ensayos y artículos sobre temas como la independencia de Cachemira, el nacionalismo hindú o la construcción de nuevas centrales eléctricas que, con sus presas, dejaron miles de hogares anegados en la India.

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Todo tiempo es irredimible

«La narrativa ?escribió Ursula K. Le Guin? es el único barco que nos permite navegar por el río del tiempo», pero antes navegó por el espacio, de preferencia por mar. Los argonautas zarparon en busca del vellocino de oro, los griegos lanzaron los bajeles hacia Troya, Eneas huyó con sus naves a Macedonia y así de seguido, sin olvidar los viajes nostálgicos de los héroes trágicos (bien hubiera hecho Agamenón en no volver a Argólida) y el regreso del astuto Odiseo, al cabo de diez años de parrandas. La narrativa siguió yendo y viniendo durante la Edad Media, y tanto John Mandeville como Rustichello de Pisa, autor de Los viajes de Marco Polo, cautivaron a sus lectores con cuentos de maravillas transoceánicas. Desde entonces, la alianza entre los relatos de viajes y el género fantástico no hizo más que afianzarse, aun a contrapelo de sus autores: Jonathan Swift, como dice por ahí Borges, escribió Los viajes de Gulliver para satirizar a la sociedad británica de su época, pero el libro pervive como una fantasía casi autónoma.

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Un reino junto al mar

No es casual que el protagonista de La isla de Arturo tenga nombre de rey. Prócida, una isla de apenas cuatro kilómetros cuadrados situada en el golfo de Nápoles, es al comienzo su reino junto al mar. En ese territorio hay «caminitos solitarios flanqueados por muros antiguos», «huertos y viñedos que parecen jardines imperiales», «playas de arena clara y delicada» y un oleaje «apacible y fresco» que «se deposita en la arena como el rocío». Arturo, recién entrado en la adolescencia, no va a la escuela, no conoce reglas y pasa el tiempo vagando o leyendo los libros que encuentra en casa, un palacete señorial de dos plantas con unos tres siglos de antigüedad. Desde que tiene memoria, su padre, un italoalemán llamado Wilhelm Gerace, se ausenta largas temporadas, dejándolo al cuidado de un ayo o, simplemente, a la buena de Dios. El retiro, el sol y el aire mineral crean una atmósfera propensa para la fantasía.

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El precio de escribir

¿Cómo anda esa novela? ¿Los personajes le dan fastidio? ¿Se le hace difícil orquestar las escenas imaginadas sobre el papel? No desespere. La industria editorial ha previsto sus problemas, y no escasean de libros con lecciones para los escritores principiantes. Hace unos años, Andrés Ibáñez publicó en estas mismas páginas un ensayo estupendo sobre el tema, que debería ser la primera escala para todo aquel que quiera hacerse una bibliografía amplia: lo recomiendo vivamente. Hoy toca, sin embargo, una tarea más modesta: centrarse en uno de los más recientes: Escribe con Rosa Montero. El libro, en realidad, es apenas un cuaderno en blanco con un puñado de consejos, pero viniendo de donde vienen ?y no me refiero sólo a la autora, sino a la producción?, los consejos son significativos. Casi se diría que son sintomáticos de cierta idea hoy extendida en el ámbito editorial. De entrada, Montero se opone al mito romántico de que el genio se transmuta en obra como por arte de magia. Para ella, la literatura no es inspiración, sino esfuerzo. 

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Pura perseverancia

Haruki Murakami oyó por primera vez la llamada de la vocación literaria una tarde de abril de 1978, mientras veía un partido de béisbol en el estadio Meiji Jingu de Tokio. Tenía casi treinta años, estaba casado desde sus días de estudiante y regentaba su propio bar en un distrito pintoresco de la ciudad, con pérdidas y ganancias que se alternaban, pero con una sensación agradable ?y novedosa? de estabilidad. Libre de preocupaciones, fue a ver un partido entre los Hiroshima Toyo Carp y su equipo, los Tokyo Yakult Swallows. La afición era escasa; el estadio tenía pocas gradas. Murakami compró una cerveza fría, se tumbó en una loma cubierta de césped y vio salir al primer bateador de su equipo, un norteamericano llamado Dave Hilton. 

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Reinvenciones de Shakespeare

Entre los innumerables adaptadores de Shakespeare, es casi obligado empezar por Charles y Mary Lamb, dos hermanos que, en el año de 1807, recogieron veinte obras del autor y las reescribieron en un libro para niños, «con palabras familiares que pudieran comprender las mentes más jóvenes». Famoso desde entonces, el volumen se llamó Tales From Shakespeare (Cuentos de Shakespeare) y sentó sin disimulo sus bases didácticas. Los Lamb creían en entretener educando. No dudaban al escribir en el prólogo que la materia shakespeareana podía «ilustrar las acciones y los pensamientos dulces y honrados», ni escatimaban acentos moralizantes en los relatos mismos. En ese sentido, eran hijos de su época, la misma en que un médico como Thomas Bowdler hizo furor con la publicación, en el mismo año, de su The Family Shakespeare, una edición expurgada de palabras malsonantes y escenas truculentas, que podía leerse sin ofender. Pero sería un error creer que los Lamb carecían de originalidad. Fueron los primeros en considerar a Shakespeare como una mitología, un acervo de tipos móviles que podían recombinarse de manera narrativa en nuevos contextos y nuevas formas, a fin de reavivar una historia para todos.

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